Al gran Atahualpa Yupanqui le preguntaron en una
entrevista qué era la cultura. El viejo, sabio como pocos, se refirió a una
anécdota personal. Estaba tocando la
guitarra entre un grupo de arrieros al pie de una montaña. Uno de los paisanos
tenía una chala entre sus dedos a punto de terminarse. La brasa ya llegaba a la
piel de los dedos. Atahualpa terminó de tocar y el hombre arrojó la chala. Otro
le preguntó: ¿Te quemaste? Casi, respondió. Eso es cultura. Para no distraer
con el gesto de arrojar la colilla al suelo al auditorio y romper el clima, el
hombre esperó a que terminara. Un arriero con pocos libros leídos seguramente. Un
arriero muy culto.
El hombre, ya mayor, se acercó a nosotros en la playa de Cumbuco. Piel curtida y repleta de arrugas, paso cansino. Llevaba un morral colgado del hombro con el que portaba algunos libros. Saludó y comenzó a improvisar en rima una descripción sobre la sonrisa de mi mujer, mis canas, el mar, el sol, la playa. Notable. Luego dijo que tenía un libro con su poesía para ofrecernos. Lo dijo con extrema humildad. Lo dijo confesando: “No se leer”.
Me he encontrado con hombres de mucha formación académica que no tienen la mitad de la cultura de este
poeta.