Historias que no deben olvidarse I

 


Carlos Fasano, hermano del periodista y director del Diario La República de Montevideo, pasó seis años en prisión como preso político en la celda número 282 del Penal de Punta Carretas.

Con su cuchara dibujó en la madera de la puerta de la celda un mapa de viajes imaginarios.

La prisión fue cerrada, desmantelada luego para convertirla en un shopping que quedó en el centro del barrio de Punta Carretas.

Carlos Fasano encontró la puerta de su celda puesta a la venta en una barraca que tenía objetos de la prisión desmantelada. La reconoció por sus marcas personales en la madera.

Decidió comprarla, llevarla a su casa ubicada en un balneario cercano a Montevideo y colocarla en su jardín abierta para siempre.

El juicio final

 


No fui su verdugo y me arrepiento. Tenía los motivos, las pruebas, la sangre caliente y la insaciable sed que provoca la venganza y no calma la justicia. 

Me habían designado como juez y escuché los testimonios reprimiendo los gestos que delataran mi asco, rabia e impotencia. Con la cabeza apoyada en la almohada, durante cada noche, le pedí fuerzas a Dios para ser ecuánime. 

Ella no dudó y mantuvo el pulso firme. Fueron seis disparos y cinco hicieron blanco de manera tan perfecta como mortífera. En medio de los gritos y el caos del salón bajó el arma y se dejó rodear por la policía que la redujo. 

Sabía con dolor, pesimismo y angustiantes dudas del proceso judicial que la errática declaración del acusado y las grietas que aprovechaba su defensa, podían obrar para que en unos años estuviera libre o internado en un instituto psiquiátrico. 

Llevo años en el juzgado y se escuchar si los silencios de la sala responden a dudas, estupor o indignación contenida. En medio de ese caótico universo hay una voz que dicta lo que no se asentará en el informe taquigráfico. 

La víctima tenía ocho años y su muerte en manos del acusado fue atroz. 

No se escuchó el sonido de mi martillo, se oyeron los disparos. 

Yo me quedé inmóvil en mi sillón de juez. 

Ella dictaminó sentencia antes que yo como la madre de la víctima.

Viejos métodos

 


De vez en cuando, sin premeditación, necesito volver a elementos analógicos como la máquina de escribir Olivetti Lettera 32 que acompaña mi peregrinaje literario desde 1977. 

Mi tía Clara, la única monja de la familia, la trajo un día como “regalo para mi madre”, tan consciente de cuál sería el destino de esa maravilla, que nos pagó un curso de dactilografía a mi hermana Ana y a mí en las afamadas y renombradas Academias Pitman, institución que extendía un diploma que certificaba que quienes lo había obtenido, previo exámen, que éramos capaces de escribir un mínimo de cuarenta y cinco palabras por minuto. 

Sentarme frente a la Olivetti fue un punto de inflexión en mi vida. Luego de maravillarme al ver las letras que transportaban al papel mis ideas de aquellos días, pasé a utilizarla febrilmente durante años, hasta que las editoriales exigieron el material en formato Word facilitando la corrección y edición para la impresión de libros. Compré mi primera computadora. 

La computadora comenzó a llenarse de archivos que se podían corregir sin recurrir al frasco con líquido blanco y pincel que una vez esparcido sobre la hoja había que esperar a que secara para seguir escribiendo o a la cinta adhesiva blanca. 

Las herramientas digitales no tienen el sonido ni el impacto de la tracción a sangre, el ritmo es otro, un tanto frenético contra el analógico que exige un tiempo para que la varilla que carga en la punta la letra de plomo pueda volver a reposo en su sitio de espera y dar espacio a la nueva para que haga impacto sobre la cinta entintada y el papel. 

La hoja de papel en blanco es mucho menos dañina para la vista que la luz de la pantalla y mientras que el material que tipeamos en la computadora se guarda en ella de manera automática, el papel puede traspapelarse, mancharse, dañarse irremediablemente o perderse obedeciendo a algún tipo desconocido de justicia divina.