Por la mirilla de la puerta vi la cara de mi vecino del quinto H y allí recordé que Laura, mi mujer, me había dicho que vendría a conversar con ella unos minutos. No era una situación especial. Laura y él, Alfredo, el del quinto H, muchas veces se reunían como integrantes de la comisión del consorcio, para hablar temas del edificio a resolver y plantearlos en la reunión que celebraban con nuestros vecinos y la administración periódicamente. Siempre lo llamé Alfredo, el del quinto, nunca averigüé su apellido. De vez en cuando lo encuentro en la entrada del edificio o cerca de los ascensores y charlo con él lo justo y necesario que se puede conversar en un viaje que dura cinco pisos hasta que él se baja y yo continúo hasta el piso once que es donde vivimos con Laura.
Alfredo está rondando los cincuenta y desde hace unos meses planea terminar con su invicta soltería. Tiene un buen pasar y sabemos que vive de los alquileres de las propiedades que heredó de su padre. También, desde muy joven, mantiene en cero el casillero de la experiencia laboral y salvo la concurrencia con su madre a misa los domingos y tres veces a la semana la práctica de tenis en un coqueto club de la capital, se desliga de compromisos que lo alejen demasiado de su departamento. Con Laura se entendieron muy bien cuando hubo que resolver un tema grave que nos perjudicaba a todos. Iban a cortar el gas de todos los departamentos por la duda de una fuga en el subsuelo. Sus buenos contactos hicieron que se resolviera en pocos días. Me hacen gracia sus comentarios de niño bien y la forma en que se relaciona con su madre.
Lo invité a pasar y a sentarse en la mesa del comedor mientras le avisaba a Laura, instalada desde mediodía frente de su computadora. Laura emitió un ya voy y yo tuve que quedarme unos segundos con él sin saber muy bien si romper el silencio con el tiempo, con los perros de los vecinos que ladran a la noche o felicitarlo porque me había enterado de que estaba a punto de casarse. Laura apareció por el pasillo que conduce a los dormitorios con una sonrisa amplia y un paquete envuelto con papel de regalo en su mano. Imaginé que ya había resuelto el presente de bodas y me eximió de toda responsabilidad para su elección o su compra.
-Al fin tenemos
buenas noticias en el edificio -comentó Laura entregándole el paquete.
-Por favor, no te
hubieras molestado -dijo Alfredo sonriendo, mientras yo pensaba que
correspondía pluralizar el agradecimiento
-Es una pavada
que se necesita en toda casa de recién casados -acotó Laura y yo dudaba entre
un nunchaku o una caja de preservativos.
Lo abrió con mucho entusiasmo y ponderó el buen gusto de Laura para elegir un juego de vasos.
-Por favor, Alfredo, tomá asiento mientras yo preparo un café -dije mientras Laura me sonreía cómplice por el gesto de buen vecino.
Fui a la cocina
mientras ellos se sentaban a la mesa entre comentarios sobre el día y el
malhumor del encargado del edificio donde vivíamos.
-Me imagino que
estarás loco con los detalles -dijo Laura
-Pocas veces en
la vida sufrí tanto stress -respondió mi vecino.
Quien lo escuche
puede pensar que regresó de un país en guerra.
-Es una fiesta de
casamiento y demanda mucha atención en detalles -dijo Laura
-Que la elección
del salón, el arreglo de las mesas, los souvenires, los platos para celíacos,
el menú para los veganos… Empezás a arrepentirte -se quejó mi vecino.
Y yo consideraba
que era una profesión arriesgada la de los Médicos sin fronteras.
-¿Tu madre qué
dice? -preguntó mi mujer
-Mi madre es un
casamiento aparte. Un ancla que debo arrastrar barranca arriba -exclamó mi
vecino como si estuviera al borde de un síncope.
-Tenés que
entenderla. Se casa su único hijo varón -trató de suavizar mi esposa
-Pero no para un
minuto y se mete en todas las decisiones que tomamos con Pato. Hasta en las
tarjetas de invitaciones! Pronto les va a llegar. Me imagino que vienen -dijo
en voz alta para que lo escuche
-Jamás me pierdo
una fiesta de casamiento! -mentí a los gritos desde la cocina
-Desde ya, vengan
con lo que se sientan cómodos para pasar varias horas. Nada de comprar ropa
-aconsejó mi vecino
Tuve intenciones
de decir que había alquilado un frac pensando en el nivel de sus amistades y
que era una pena que hayan abolido la tracción a sangre cuando me hubiese
encantado llegar en un mateo pero me callé.
-Pato me pide que
intervenga para que no nos invada -se quejó Alfredo
Pensé que era
pedirle marcha atrás en pleno desembarco a la Séptima flota.
-Además, al
principio, mi vieja con Patricia fue bastante dura -comentó con pena mi vecino.
La madre
sospechaba que serían dos para mantener y organizar.
-Las madres
padecen celos -trató de explicar Laura como si fuese autora del libro “Consejos
para futuros esposos”
-¿Y Patricia está
nerviosa? -preguntó mi mujer
-Patricia tiene
una agenda como mi madre sobre la que consulta todos los días -exclamó Alfredo
No se puede
exigir de esa manera despiadada a un hombre que nunca trabajó ni sabe para qué
fue inventado el reloj despertador.
-Además, está en
plan de hacer cambios en mi casa, de renovar cosas -se quejó Alfredo
-Bueno, tenés que
entender. Ella quiere empezar una nueva vida con vos -opinó Laura.
-Si, pero se pasa
de la raya. Ahora está con la idea de cambiar los juegos de sábanas -dijo mi
vecino. Las sábanas verdes con violetas, dice que son horribles. Vos viste que
están bárbaras.
Se me derramó el
café. ¿Qué acababa de escuchar? ¿Mi mujer conoce las sábanas de mi vecino? Un
potente ruido de utensilios desmoronándose en la cocina provocaron que ellos se
alarmaran y preguntaran si estaba bien.
-Perfecto! No
pasó nada! Solo un descuido -dije mientras daba vueltas en un mosaico y ponía
la mano bajo el agua fría para aliviar el ardor del café caliente que se
derramó sobre mi mano.
Las voces en eco
en mi interior me impedían entender la razón de las risas que escuchaba desde
el comedor. ¿Se estarían riendo de mi, acaso? Cuando abrí uno de los cajones lo
primero que vi fue la hermosa cuchilla que uso para trozar el pollo. Alcancé a entender
la magnitud del crimen y lamenté no contar con algún veneno para verterlo en el
café.
Cuando me acerqué
llevando la bandeja con las tazas y las galletitas todas quebradas por la
catástrofe, ellos conversaban como nada hubiese ocurrido, con una naturalidad
que volvió a recordarme la belleza de la cuchilla
-Gracias, amor
-me dijo Laura con una sonrisa
-De nada, cariño
respondí poniendo énfasis en una palabra que jamás utilizamos ninguno de los
dos y que hizo que me mirase de manera inquisitiva. Yo solo agrandé mis ojos
todo lo que pude.
-¡Cómo se nota,
vecino, el oficio de años de matrimonio -dijo con una sonrisa estúpida mi
vecino
-Y porque no me
viste doblando sábanas, haciendo el asado, limpiando el baño -respondí
-No creo que
pueda llegar a ese nivel
-¿Doblando
sábanas? -pregunté sin darle tiempo
-No entendí
-respondió mi vecino desconcertado
-Es el humor
excéntrico de mi marido
-Tomo el café y
me voy porque Pato me espera para ir a la charla con el párroco -dijo Alfredo
mirando su celular
-Una pena. Ahora
que me podía sumar a los preparativos -dije con sorna
-Otra vez será!
Vendremos con Pato o serán invitados a cenar -dijo Alfredo apurando el café
-Y podemos seguir
con el curso de doblado de sábanas -dije remarcando sábanas como antes la
palabra cariño.
-Te acompaño a la
puerta -dijo Laura
Mientras se
despedían yo recogía las tazas de la mesa. Laura se paró en la puerta de la
cocina mientras yo colocaba todo en la bacha.
-Estás muy raro
-dijo Laura ¿Te pasa algo?
-Casi nada. ¡Qué
tipo más simpático nuestro vecinito
-Difícil de
soportar -dijo en un suspiro Laura
-¿Pesa mucho?
-fui a la carga decidido
-Tiene cosas
pelotudas como pelearse por un juego de sábanas espantoso. Hace unos días lo
encontré en el laverap y había traído un juego de sábanas horrible de color
verde con violetas estampadas que a él le parecen maravillosas.
-Hace mucho que
no te digo que te amo -dije y la besé sorprendiéndola

