Laberinto

 


Me había perdido de manera absurda. La angustia tomó otras dimensiones cuando descubrí que las calles y las casas me resultaban conocidas. Enfrenté la macabra situación de reconocer el laberinto en el que me hallaba pero no recordar cuál era la puerta de salida. Recordé a Borges y sus reyes perdidos. La ciudad gris y su atmósfera plomiza me trajo a la memoria a Ricardo Reiss y sus encuentros con el fantasma de Pessoa en Lisboa, donde logró reunirlos la imaginación de Saramago. 

Al fondo de una calle solitaria había un bar. Un vistazo rápido al interior me quitó todo deseo de ingresar en él. En una mesa cuatro hombres parecían haberse fugado del cuento Los asesinos de Hemingway. En otra un hombre, con la vista fija en un plano, pensaba en una estrategia para un atraco perfecto. Una mujer mayor, frente a un vaso de ginebra, cantaba tangos y recitaba versos de Carriego. A unos pocos metros un rufián la observaba con aire de venganza contenida. 

Me alejé del callejón sin ser visto. No me extrañó no encontrar un policía en ese barrio de mala muerte ni alguna persona que pudiera orientarme para dar con el camino de regreso a casa. Estaba perdido en un lugar atiborrado de nombres y referencias cuando siglos atrás los vikingos atravesaban el océano sin otra orientación que la de las estrellas. No tenía consuelo. En un mundo mapeado por teléfonos móviles y satélites yo observaba el fin de los objetos analógicos como los personajes de Fahrenheit cuando ardían los libros, o el protagonista de “una soledad demasiado ruidosa” metido en un sótano observando como la prensa hidráulica compactaba y destruía kilos de joyas de la literatura universal. 

Días atrás había conversado sobre las cartas personales y aquellos escritos como la Biblia que registraron siglos en la vida de la Humanidad. Si todo eso se perdiera, ¿cómo sabrán las futuras generaciones cuáles fueron nuestros pasos, nuestros miedos y dudas, los peligros que debimos enfrentar? Ese temor de Juan Forn a que historias maravillosas se olviden. 

Alguien me tomó del brazo y me hizo una pregunta que no entendí. Su rostro conocido y amable me devolvió la calma. Confesé: “estoy perdido. Me distraje y me perdí”. Sonrió como suelen sonreír los rescatistas. Me acompañó por un pasillo repleto de libros diciéndome: “Volvieron a editar a Hrabal. No todo está perdido”

Miguel escribe

 

Ilustración: Darío Parissi
Dedicado a Miguel Corbo

Miguel escribe y viaja en reversa,

las palabras lo llevan de la mano a la niñez,

a su viejo barrio,

a la voz materna pronunciando su nombre,

a seguir con los ojos el recorrido del tranvía,

a los viajes de su padre en busca del sustento,

a la fila de amigos que lo rodearán en su cumpleaños,

a la galería de fotos de los que no comparten ya su mesa.

Descubre con asombro el poder de la escritura,

su fuerza transformadora

y sin proponérselo repasa

el acopio de cartas que nunca envió,

las conversaciones consigo mismo,

mensajes a sus hijos y nietos

que quedaron en su teléfono móvil

y que algún día quizás se revelen.

Miguel escribe con el impulso de una necesidad,

de un reflejo primario que lo gobierna,

cautivo de una sensación que lo libera.

Escribe como le habla a los amigos,

a la naturaleza o a Dios,

en su tono íntimo y directo

cuando medita y se aleja del caos,

cuando se interna mar adentro de sí mismo.

Miguel escribe y viaja a cada casa,

a cada rincón de la memoria,

abrazándose a cada alma.

Y mientras escribe no imagina

que yo imagino que él escribe.

Los relojes

 

Breguet No. 160 Grand Complication, más conocido como Marie-Antoinette o la reina

Henry Graves Supercomplication de Patek Philipe

Nos encontramos con Julio como tantas otras veces en un café. Conversamos sin orden, como sucedieran los temas que ambos hilvanábamos naturalmente. Yo le comenté sobre la teoría de lo perjudicial que puede ser para una casa el efecto de los relojes detenidos en ella, que le había comentado eso a mi hermana y cuando comenzó con la tarea de hacerlos reparar hubo una sucesión de hechos inesperados. Recordé a Cortázar que decía que regalar un reloj no es obsequiar un simple objeto, sino entregar "un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire".

Julio me contó que había escrito por encargo de una editorial un libro sobre historias de relojes y dos de esas historias eran fascinantes.

El Breguet No. 160 Grand Complication, más conocido como Marie-Antoinette o la reina, es un reloj de bolsillo diseñado por el relojero suizo Abraham Louis Breguet, al que le correspondió el número de serie 160.[1] Mencionado como un poema en relojería, se cree que el reloj fue encargado en 1783 por el conde sueco Hans Axel de Fersen, amante de la reina de Francia María Antonieta de Austria.[] El trabajo en el reloj comenzó en 1783 y se completó en 1802.[2]

El reloj está integrado por 823 componentes,[1] y debía contener todas las complicaciones conocidas en la época en la que se concibió, incluidas las siguientes:

·       Reloj

·       Hora solar[]

·       Reserva de cuerda

·       Calendario perpetuo

·       Repetidor de minutos

·       Termómetro

·       Cronógrafo

·       Amortiguación –se llama Incabloc—, un sistema de protección contra golpes, invención propia de Breguet.

·       Repetidor de minutos

·       Cuerda automática[]

·       Segundero independiente

Incluso para los estándares de la época, era una pieza astronómicamente cara. Se utilizaron los materiales más valiosos (incluidos oro, platino, rubíes y zafiros) sin límite de tiempo o costo. El reloj está revestido de oro, con una esfera transparente que muestra el complicado movimiento de los engranajes en su interior. Breguet utilizó zafiros en el mecanismo para reducir la fricción.]

Los registros de la empresa Breguet indican que los costos de fabricación llegaron a la colosal suma de 30.000 francos. Esto es más de seis veces el costo de la otra gran obra de Breguet, el nº 92, que se vendió al duque de Preslin por 4.800 francos.

El reloj, con los años, cambió de dueños entre expertos en relojería y coleccionistas. Fue robado junto a otras piezas del Instituto L. A. Mayer de Arte Islámico el 17 de abril de 1983. De los 106 relojes sustraídos, solo se recuperaron 39 en 2007, incluido el de María Antonieta.[] Los relojes fueron devueltos al museo de Jerusalén. En 2013, el reloj se valoró en 30 millones de dólares.

James Ward Packard (1863-1928) fue un enorme inventor, fascinado por las tecnologías que aparecieron a fines del siglo XIX, ingresó en la producción industrial, primero con una empresa de lámparas eléctricas y luego con su compañía Packard Motor Car. Packard se había hecho fanático de la mecánica miniaturizada y recibió su primer Patek de bolsillo en 1905. De inmediato encargó dos piezas complicadas. La primera tenía un cronómetro capaz de medir medio segundo. En total, era 16 complicaciones, la pieza más compleja que Patek había creado en ese entonces. Pero la pieza que acicateó el espíritu competitivo de Graves fue el pedido de Packard de un reloj con una bóveda celeste con 500 estrellas, ya que deseaba poseer un grande complication que representara el cielo nocturno de su amada ciudad de Warren. A pocos meses de su deceso, en 1927, Packard recibió este reloj, que se lo conoce como el Reloj con Complicaciones Packard. Era un reloj con repetidor de minutos de tres gongs, calendario perpetuo con fases y edad de la Luna, indicación de oriente y poniente, ecuación del tiempo y mapa celeste.

El pedido de Packard fue alrededor de 1925 y Graves, al enterarse, buscó que Patek Philippe le hiciera “el reloj más complicado de la Tierra”. El reloj le fue entregado en 1933 y fue el Supercomplication más complejo del mundo, con 24 complicaciones controladas por 900 piezas en dos esferas. De la misma manera que Packard, Graves puso el cielo nocturno de su ciudad, Nueva York, para inmortalizarlo. Además, le añadió indicación de la salida y la puesta del Sol, y ecuación del tiempo en la esfera secundaria. En la principal tenía un calendario perpetuo con fases y edad de la Luna, indicador de reserva de marcha para el movimiento y para el repetidor, cronógrafo rattrapante, alarma con gong y repetición de minutos con carrillón Westminster con grande y petite sonnérie. Su costo fue cinco veces superior al de Packard.

En un momento de su vida, cuando Graves tuvo la desgracia de perder a dos de sus hijos varones, sintió deseos de arrojar al lago su Supercomplication, pero su hija consiguió disuadirlo. Más adelante, en 1969, ya fallecido Graves, su hijo aceptó la oferta de un coleccionista norteamericano y lo vendió por 200.000 dólares. En 1999, Sotheby’s fue elegido para vender el Supercomplication entre otras antiguas pertenencias de Graves. Fue comprado en 11 millones de dólares por el primo del emir de Qatar, Sheikh Ali Al-Thani. Más adelante, en 2012, para pagar deudas que había contraído Al-Thani, el reloj volvió a subastarse en Sotheby’s. El 11 de noviembre de 2014, el Henry Graves Jr. Supercomplication terminó vendido en 24 millones de dólares.

Miré mi reloj de pulsera y pedí la cuenta. El mozo nos dijo el valor en una denominación en Bitcoins que ni Julio ni yo conocíamos. Le dije que no entendía lo que me estaba diciendo y el mozo respondió extrañado por mi desubicación que la moneda que mencionaba era de curso legal a partir del año 2158.