Breve tratado sobre las cartas

 

Ilustración de la tapa del disco: Darío Parissi

El peso de una carta simple es de aproximadamente veinte gramos, el mismo valor que el de un Colibrí. Entre la carta y el pájaro hay otras coincidencias. En algunas culturas, el Colibrí es augurio de buenas noticias, en otras, su presencia, cuando agita sus alas sostenido en el aire, le da un crédito a quien lo observe para pedir un deseo, en otras afirman que es el mensaje de un alma que nos visita. Las buenas cartas, las inspiradas, las bien escritas, también comparten con el pájaro la pasión por el vuelo. 

Siempre afirmé que las cartas son una prueba física y contundente de que alguien ha pensado en nosotros mientras la escribió y días después, esperando su llegada a las manos y a la lectura del destinatario. 

Las cartas ponen en duda la precisión de las balanzas con las que fueron pesadas. Entre el papel y el sobre alcanzan un valor que nada tiene que ver con el que posee el contenido de las palabras escritas en ella. ¿Cuánto peso lleva la carta que anuncia la muerte de un soldado en combate? ¿Qué artefacto mide el vertiginoso cambio en el ritmo cardíaco de quien escribe una carta de amor y de quien la recibe? 

Una novela cuenta que en el desmantelamiento de una prisión encontraron, en una de sus celdas, una caja de cartón de cigarrillos empotrada a la pared donde el convicto que la habitó recopiló las cartas recibidas de su esposa. El escritor de la novela imaginó y recompuso con esas cartas las que el presidiario pudo haber escrito para obtener esas respuestas en las que atesoraba. La mujer escribía muy bien y su prosa estaba perfumada de una exquisita poesía. Imaginemos por unos minutos ese intenso intercambio, esa luz de esperanza que se enciende en la oscuridad de una celda. El tiempo de espera en una respuesta de correspondencia es distinto en prisión. 

Hay quienes aman recibir cartas desprolijas, repletas de correcciones y tachaduras, escritas febrilmente en la hoja de un cuaderno, con notas en los márgenes y pequeños dibujos, cuya caligrafía y cambios de tinta nos dicen que su escritura fue realizada en distintos momentos, con diferentes estados de ánimo y ambientes. Algunos redactores generosos compartirán con nosotros en qué lugar las escribieron: en un bar durante una tarde de lluvia, debajo de un árbol tan frondoso como antiguo, cerca de un río, mirando el mar, en la agobiante soledad de un cuarto de hotel. 

Los que desprecian su valor literario desconocen la existencia de la correspondencia entre artistas y tampoco pueden imaginar el poderoso caudal de poesía que emanan naturalmente al escribir los amantes. 

¿Cómo se mide el valor de las cartas demoradas? Entre estas hay una muy famosa que llega tarde para evitar la muerte de una pareja mundialmente conocida y su demora, provoca el desenlace de su trágica historia de amor. 

Las cartas tienden un puente temporal mágico y exclusivo: se escriben en tiempo presente para que sean leídas en un futuro que dependerá de la velocidad de su viaje a destino. Redactor y receptor se encuentran en espacios distintos en el momento de la escritura y durante el viaje de la correspondencia, mudan, también, sus estados de ánimo. 

El cuidado en la caligrafía, para que sea legible, nos da tiempo para armar oraciones más precisas. Aconsejo escribirlas con una pluma estilográfica, con buena luz y buen papel para que el brillo de la tinta nos aporte un placer extra y motivador al que inspira su sola redacción. 

El sello postal no es tan importante como el personal, artesanal y artístico del redactor, por eso yo cuido el tratamiento del papel en el doblez y cuento con distintas y sofisticadas maneras de hacerlo que aprendí de mi amiga Adriana Grotto en el intercambio de cartas que mantuvimos durante diez años. 

Cartas famosas:

Vincent Van Gogh le escribió cientos de cartas a su hermano Theo. Esas cartas, de notable valor histórico, cuentan una parte importante en la vida de uno de los pintores más maravillosos en la historia de la humanidad. Alguien incomprendido en su tiempo, que ganó fama universal y admiración muchos años después de haber muerto. Sus desgarradoras cartas tienen un buen puerto, algo que no siempre es posible en los tiempos en qué vivimos. 

Alguien rescató las cartas de Mozart. A través de un estudio grafológico se pueden descubrir sus diferentes estados de ánimo al momento de escribirlas, el deterioro físico y emocional que le produjo su enfermedad y los días luminosos al alcanzar la gloria con sus más inspiradas creaciones musicales. 

Mauricio Rosencof, escritor, poeta uruguayo escribió “Las cartas que no llegaron” sobre la parte de su familia judía que quedó en el Gueto de Varsovia y el paralelismo con su prisión durante la dictadura. En los dobladillos de sus camisas logró sacar de prisión sus poemas. En su disco con Jaime Roos, La margarita, cuenta una historia de amor desde la adolescencia a un posible casamiento. El hombre vuelve al barrio muchos años después y dice: 

¿Qué misteriosa brisa de la memoria
refresca con el tiempo aquel amor?
¿Qué misteriosa brisa del amor
refresca con el tiempo mi memoria?

No hay final para esta historia
tierna, sencilla, de puro candor;
estuvo y está en pleno verdor
viviendo su eternidad transitoria;

Las cartas al escribirse y leerse viven su eternidad transitoria.

Le pedí a mi amiga Mónica un testimonio de lo que significaban las cartas para ella y me sorprendió con el envío de dos muy particulares, muy íntimas, muy inspiradoras, valientes confesiones entre dos personas que tienen pocos encuentros, un profundo conocimiento a través de la escritura y cuyos textos oficiaron de umbral para un romance que aún perdura. La escritura hace emerger y saca a la luz lo más profundo de nuestra sensibilidad. Escribir con honestidad es parecido a desnudarse ante el otro por primera vez.

Ante una humanidad bombardeada por efímeros estímulos digitales, las cartas siguen conservando un valor genuino, real, analógico e imperecedero.

Escribiría un poco más pero tengo que salir para el correo.

Los relojes de Puerto Madryn

 

Ilustración: Darío Parissi

En ciertos tramos en que la monotonía parece infinita, la ruta 3 y su paisaje puede resultar tan desoladora como el mismo desierto y tan pesada como la carga que transportamos. Decidí hacer una parada en Puerto Madryn, cenar bien y dormir algunas horas para retomar fresco el camino a Río Gallegos. Había viajado a buen ritmo pese a la lluvia que me sorprendió en Viedma. Contaba con tiempo para hacer una pausa necesaria que me pusiera a salvo de quedarme dormido. 

Ingresé a la ciudad y conduje hasta la avenida Gales, porque es la más ancha, permite el estacionamiento de camiones como el mío y cuenta con varios sitios en los que se puede cenar. Busqué el que me había recomendado un compañero por la buena mano del cocinero y por los precios. Era una casa vieja con forma de cabaña en su exterior y una cálida ambientación con las paredes de madera, candiles que emitían una luz amarillenta y música nacional de fondo a un volumen que permitía conversar sin tener que levantar la voz. Manteles rojos y blancos en cuadrillé cubrían sus mesas. Elegí mi lugar cerca de una de las ventanas que daban a la calle, leí detenidamente el menú y elegí un estofado de cordero patagónico. Observé que quien identifiqué como el dueño del lugar, recorría las mesas saludando a los clientes conocidos y preguntando si estaba todo bien. 

En una de las paredes había cuatro relojes de distintas épocas detenidos a diferentes horas. Uno de ellos se destacaba por su antigüedad, con su dial en números romanos y manecillas negras que lucían los detalles del trabajo de un orfebre. Mientras esperaba mi plato, busqué una relación entre los números que marcaban. Entendía que había allí un mensaje y que no estaban detenidos en esos horarios porque sí. Los relojes, desde mi niñez, son instrumentos fascinantes y hoy, entre las primeras cosas que hago luego de despertar, es ajustar a mi muñeca la correa de un reloj de pulsera que conservo desde hace muchos años. 

Disfruté el plato que me resultó exquisito y, cuando estaba por pedir la cuenta, se acercó el dueño a mi mesa para preguntarme si estaba conforme con el servicio. Le conté que un compañero me había recomendado el lugar y él sonrió recordando que para quienes viajan por una ruta es buena referencia ver muchos camiones estacionados en algún parador. Los camioneros somos como las boyas en el mar: señalamos los lugares seguros. Le confesé que había imaginado que los cuatro relojes no señalaban horas al azar y que despertaron en mí la misma curiosidad que encierran ciertos enigmas. Volvió a sonreír y me ofreció un café como gentileza de la casa por la observación. El lugar ya había cumplido diez años desde su inauguración y nadie le había preguntado el porqué de las horas. Se fue y volvió con el café que yo había aceptado en una mano y en la otra tenía un carajillo que me recomendó probar, hecho en casa, respetando la tradición familiar. Me pidió permiso para compartir la mesa y naturalmente acepté. 

El hombre andaba por los cuarenta y cinco años, una cabellera rubia disimulaba una raíz de antepasados españoles. La piel curtida por el sol, porque la playa seguía siendo, según confesó, una sana adicción que conservaba desde la niñez, aunque la temperatura de las aguas de Madryn no son para cualquiera. Usaba jeans azules bien gastados, una camisa color salmón y lentes con marcos de color cromo que podían confundirlo con un psicoanalista o un escritor. Mientras hablaba observaba a su alrededor y de vez en cuando sonreía y saludaba el ingreso de un cliente conocido. 

El reloj más antiguo, señaló al que estaba colocado en la parte más alta de la pared, había sido traído por su abuelo desde España a principios del siglo pasado cuando aceptó, a pocos días de haber llegado a Buenos Aires, el trabajo que ofrecía el ferrocarril asegurándole una vivienda y buena paga. En Madryn conoció a una descendiente de galeses con quien se casó y con la que tuvo tres hijos varones y una mujer. Sus años trabajando en el ferrocarril fueron tan duros como felices. Las cartas eran la única manera de enterarse de la vida de su familia en España y ese reloj se detuvo misteriosamente a las cuatro y diecisiete. Puerto Madryn no contaba con relojeros para su reparación y su abuelo esperaba llevarlo a Buenos Aires en uno de los viajes que cada tanto hacía convocado por la empresa de ferrocarriles. Llegó una carta de España donde le contaron que su hermano había sido fusilado por republicano en la guerra civil española. El no supo, hasta unos meses después, que el reloj se detuvo en la hora del fusilamiento. Nunca más pensó en repararlo y lo dejó como referencia física, como la tienen algunas fotografías, un punto en la línea del destino donde el camino se bifurca. 

Señalando otro reloj, el segundo en orden y con el que comenzó a trazar una colección de hechos con mensaje personal, marcaba las doce y siete minutos y en éste comenzaba a incluirse en los hechos que lo tuvieron como protagonista. Él formaba parte de un grupo de jóvenes más inquietos que el común denominador de la población, cuyos espíritus fueron erosionados por la aspereza del viento y las bebidas blancas en un lugar en el que el invierno invita al encierro. En la playa de Madryn había cuatro trampolines instalados en la misma línea y separados por unos diez metros de distancia colocados mar adentro. Aprovechando la bajante de la marea, una noche, él y sus compañeros, colgaron de los trampolines cuatro maniquíes vestidos con ropa de gente trabajadora y una bolsa negra cubriendo sus cabezas. Cuando la marea subió al amanecer la gente podía ver cuatro figuras humanas colgadas sobre el mar. El intendente vivía frente a la playa y cuando observó la escena, presa del pánico, llamó a las fuerzas de seguridad. Bomberos y policías formaron parte del operativo que, observando el lugar con prismáticos, aseguraba que se trataba de seres humanos. Tuvieron que meterse en el agua para quitarlos. Esa misma noche, el mismo trío que organizó la puesta, simuló la toma de una radio en complicidad con el locutor de un programa y emitieron un comunicado en tono militar explicando el porqué de esa intervención. El hombre sonrió como si alguien le hubiese susurrado al oído un comentario gracioso. 

El tercer reloj, me contó, era el menos preciso y un homenaje a un amigo, uno de los integrantes del trío que organizó la intervención de los maniquíes colgados en la playa, que volvió a la ciudad como ex combatiente de Malvinas y que trabajó durante un tiempo con él en el restaurante, porque sospechaban que los que volvían del frente estaban locos y nadie les daba trabajo. Marcaba las diez y siete minutos y reflejaba la hora en que amanecía en las islas, el sol ofrecía un baño de esperanza a los soldados y los fantasmas nocturnos abandonaban las trincheras y los pozos de zorro. 

Se disculpó por tener que interrumpir su relato. Alguien necesitaba hacerle una consulta en la cocina. Volvió a mi mesa con una copa de coñac en la mano y fui yo el que le pidió los detalles del último reloj que marcaba las ocho y veinticinco. Bebió un trago y al apoyar la copa bajó la vista. Me dijo que había tenido un romance que duró unos meses. Ella se fue a vivir a Trelew y se casó con un hombre de la ciudad. No volvieron a verse hasta dieciséis años después, cuando, a esa hora, apareció una mañana. Me pidió perdón sin que yo supiera porque lo hacía y me confesó que se había casado embarazada de un niño que era hijo mío. La noche anterior le había contado la verdad al muchacho y venía a avisarme de que le había dado mi dirección para que viniese a conocerme. Se reencontró con él dos días después. 

Salí del restaurante, encendí un cigarrillo y me fui caminando lentamente hasta el camión. Hacía frío. Preparé la litera y me quedé unos minutos tendido boca arriba. Esa noche soñé con los relojes.

Pipo

 


Vagó solitario por la tierra helada,

con la fiebre de los navegantes sin rumbo,

escapando a la suerte de los presidiarios,

después de aprovechar la distracción de los guardias.

Caminó por un lugar donde todo era blanco

como la nieve,

como la inocencia perdida.

Lo encontraron congelado,

parecía dormido,

recién salido de la celda para formar.

Dejó para la posteridad su nombre

con el que bautizaron al río donde lo hallaron.