Historias que no deben olvidarse II

 


Mauricio Rosencof, escritor y poeta uruguayo, escribió estando en prisión sus poemas en papel de cigarrillos y logró que salieran del presidio sin ser detectados por los guardias colocándolos en los dobladillos de las camisas que su familia retiraba para lavar.

Jaime Roos los recopiló y musicalizó en un disco precioso: “La margarita” donde nos cuentan el comienzo y el desenlace de un romance. Recomiendo su escucha.

Sin aquel vehículo transgresor nos hubiésemos perdido una obra maravillosa sobre una historia de amor.

https://youtu.be/RaX71olWrV4?si=J_BXgxp7mvT0E7n-


Historias que no deben olvidarse I

 


Carlos Fasano, hermano del periodista y director del Diario La República de Montevideo, pasó seis años en prisión como preso político en la celda número 282 del Penal de Punta Carretas.

Con su cuchara dibujó en la madera de la puerta de la celda un mapa de viajes imaginarios.

La prisión fue cerrada, desmantelada luego para convertirla en un shopping que quedó en el centro del barrio de Punta Carretas.

Carlos Fasano encontró la puerta de su celda puesta a la venta en una barraca que tenía objetos de la prisión desmantelada. La reconoció por sus marcas personales en la madera.

Decidió comprarla, llevarla a su casa ubicada en un balneario cercano a Montevideo y colocarla en su jardín abierta para siempre.

El juicio final

 


No fui su verdugo y me arrepiento. Tenía los motivos, las pruebas, la sangre caliente y la insaciable sed que provoca la venganza y no calma la justicia. 

Me habían designado como juez y escuché los testimonios reprimiendo los gestos que delataran mi asco, rabia e impotencia. Con la cabeza apoyada en la almohada, durante cada noche, le pedí fuerzas a Dios para ser ecuánime. 

Ella no dudó y mantuvo el pulso firme. Fueron seis disparos y cinco hicieron blanco de manera tan perfecta como mortífera. En medio de los gritos y el caos del salón bajó el arma y se dejó rodear por la policía que la redujo. 

Sabía con dolor, pesimismo y angustiantes dudas del proceso judicial que la errática declaración del acusado y las grietas que aprovechaba su defensa, podían obrar para que en unos años estuviera libre o internado en un instituto psiquiátrico. 

Llevo años en el juzgado y se escuchar si los silencios de la sala responden a dudas, estupor o indignación contenida. En medio de ese caótico universo hay una voz que dicta lo que no se asentará en el informe taquigráfico. 

La víctima tenía ocho años y su muerte en manos del acusado fue atroz. 

No se escuchó el sonido de mi martillo, se oyeron los disparos. 

Yo me quedé inmóvil en mi sillón de juez. 

Ella dictaminó sentencia antes que yo como la madre de la víctima.