Viejos métodos

 


De vez en cuando, sin premeditación, necesito volver a elementos analógicos como la máquina de escribir Olivetti Lettera 32 que acompaña mi peregrinaje literario desde 1977. 

Mi tía Clara, la única monja de la familia, la trajo un día como “regalo para mi madre”, tan consciente de cuál sería el destino de esa maravilla, que nos pagó un curso de dactilografía a mi hermana Ana y a mí en las afamadas y renombradas Academias Pitman, institución que extendía un diploma que certificaba que quienes lo había obtenido, previo exámen, que éramos capaces de escribir un mínimo de cuarenta y cinco palabras por minuto. 

Sentarme frente a la Olivetti fue un punto de inflexión en mi vida. Luego de maravillarme al ver las letras que transportaban al papel mis ideas de aquellos días, pasé a utilizarla febrilmente durante años, hasta que las editoriales exigieron el material en formato Word facilitando la corrección y edición para la impresión de libros. Compré mi primera computadora. 

La computadora comenzó a llenarse de archivos que se podían corregir sin recurrir al frasco con líquido blanco y pincel que una vez esparcido sobre la hoja había que esperar a que secara para seguir escribiendo o a la cinta adhesiva blanca. 

Las herramientas digitales no tienen el sonido ni el impacto de la tracción a sangre, el ritmo es otro, un tanto frenético contra el analógico que exige un tiempo para que la varilla que carga en la punta la letra de plomo pueda volver a reposo en su sitio de espera y dar espacio a la nueva para que haga impacto sobre la cinta entintada y el papel. 

La hoja de papel en blanco es mucho menos dañina para la vista que la luz de la pantalla y mientras que el material que tipeamos en la computadora se guarda en ella de manera automática, el papel puede traspapelarse, mancharse, dañarse irremediablemente o perderse obedeciendo a algún tipo desconocido de justicia divina.

Los azarosos caminos del destino

 

Fragmento de la carta de Luis Lizarralde

Si alguien puede certificar que las líneas del destino se componen de una serie de oportunas, exactas e inesperadas casualidades es Julio Parissi. Su vida es un tratado perfecto sobre ellas. Por eso no debería sorprenderme que, tras el fallido intento de asignarle la misión de escribir un libro a un colega, producto que al ser presentado para su evaluación a la editorial se le encontraron algunos datos imprecisos, la responsabilidad de llevar a cabo la tarea recayera sobre Julio, decisión que lo obligó a encender los motores de la investigación periodística y recopilar todo el material que disponía sobre el tema. 

El 24 de agosto de 1994 Josu Maru Goitia, Mikel Ibañez y Luis Lizarralde se encontraban internados en el hospital Filtro de Montevideo, Uruguay como consecuencia de una huelga de hambre y sed que llevaba semanas en protesta a que el gobierno uruguayo aceptó el pedido de extradición por parte del gobierno español de los internados cuando el país tiene entre sus leyes no extraditar a nadie por cuestiones políticas. El Gobierno de Luis Alberto Lacalle modificó ese artículo y una multitud se congregó para rodear el hospital e impedir el traslado de los tres vascos acusados de pertenecer a la ETA, una organización terrorista del País Vasco que allí permanecían internados por haberse agravado su estado de salud. 

La represión policial fue una de las más feroces de las que se tenga memoria, perpetrada con estrategias militares de combate, alentada por consignas de sus efectivos que gritaban “Vamo’ arriba, que no quede uno vivo”, apalearon manifestantes, arrojaron gases lacrimógenos y dispararon con balas de plomo, provocando un saldo de miles de heridos y dos muertos. Los vascos vieron desde las ventanas del hospital los estragos de una batalla donde la correlación de fuerzas eran armas de guerra contra piedras. Los tres prisioneros fueron trasladados al aeropuerto para su deportación y Julio recopiló todos los datos certeros disponibles en un libro que se pregunta: “¿Qué fue de ellos?” 

Unos años más tarde, enterado de la existencia del libro y su autor, le escribió a Julio el padre de un preso pidiéndole un ejemplar porque su hijo estaba cumpliendo una condena en el mismo lugar que Luis Lizarralde y lo conocía. Hacerle llegar el libro fue una dura tarea con final feliz. 

En enero del 2009 Julio recibe una carta que Luis Lizarralde le envía desde prisión rompiendo con años de silencio. En ella le cuenta que Mikel Ibañez se encontraba en prisión domiciliaria por padecer un cáncer terminal y que su compañero Goitia disfrutaba ya de su libertad. Lizarralde esperaba una decisión judicial para saber si lo liberaban en el 2011 o debía esperar hasta el 2022. La carta concluye: Con el agradecimiento y la estima debida me despido con un abrazo y por extensión a la patria chica de la Banda Oriental del Uruguay.

Antes de la tormenta

Ilustración: Darío Parissi

Escuché que ella lloraba en el dormitorio. Yo estaba en la cocina haciendo el mate, envuelto en un mar de preguntas. En el living esperaban las maletas con toda su ropa, el bastidor, la caja de pinceles y el último atrapasueños que no terminó. Afuera, la tarde, imitando a la casa, vestía al cielo de nubes para semanas de frío y de tormenta. Mientras daba el primer sorbo al mate mordiendo la bombilla, sentí que el suelo se movía, que algo sacudía la estructura de la casa y entendí que los naufragios no les ocurren solo a los barcos. 

Tuve el impulso de encender la radio para no escuchar el llanto pero intuí que nada disimularía ese mundo lúgubre y desolador que me rodeaba. Cuando abrí la alacena encontré sus galletas preferidas, esa costumbre tan propia y tan suya de mezclar dulce y salado como la vida que ahora se me presentaba sin permiso en la cocina de mi casa. Ya no tenía resto anímico para despedidas. Ambos soportamos la partida de nuestros hijos y ella solo lloró en el auto cuando volvíamos del aeropuerto para despedir al mayor que viajaba a Alemania. Con Inesita fue distinto. Se habían peleado y llevaban tiempo sin hablarse cuando ella nos dijo que se iba. 

La casa se fue vaciando de a poco, casi sin que nos diéramos cuenta. Hay cosas que no pueden reponerse como la yerba o el azúcar. Muchas tardes, después de dedicarle horas al cuidado del jardín, me dijo que al amor hay que cuidarlo y regarlo como a las plantas. Yo sabía que no era un reproche, era su punto de vista sobre la actitud que siempre tuvo hacia mí. Siempre me cuidó, me supo acompañar con su palabra y con su silencio, cuando sentía que caminaba en círculos o que estaba al borde del pozo de un fracaso. Me escuchó y me dio paz en mis aborrecibles sermones sobre el trabajo, aunque no entendiera la raíz del conflicto. Me tomó la mano como solo ella sabía hacerlo. 

Nunca tuve tanto miedo como ahora. Dudaré cada mañana con cada cosa que ella resolvía en un parpadeo. Seré testigo de la lenta muerte de las flores por mi ineptitud o mi abandono. Solo me quedaré con sus cuadros, los pulóveres que me tejió y algunas cartas. La ceremonia será a las cinco según me adelantó la funeraria. Juro que ella no deja de llorar en nuestro dormitorio.