No fui su verdugo y me arrepiento. Tenía los motivos, las pruebas, la sangre caliente y la insaciable sed que provoca la venganza y no calma la justicia.
Me habían designado como juez y escuché los testimonios reprimiendo los gestos que delataran mi asco, rabia e impotencia. Con la cabeza apoyada en la almohada, durante cada noche, le pedí fuerzas a Dios para ser ecuánime.
Ella no dudó y mantuvo el pulso firme. Fueron seis disparos y cinco hicieron blanco de manera tan perfecta como mortífera. En medio de los gritos y el caos del salón bajó el arma y se dejó rodear por la policía que la redujo.
Sabía con dolor, pesimismo y angustiantes dudas del proceso judicial que la errática declaración del acusado y las grietas que aprovechaba su defensa, podían obrar para que en unos años estuviera libre o internado en un instituto psiquiátrico.
Llevo años en el juzgado y se escuchar si los silencios de la sala responden a dudas, estupor o indignación contenida. En medio de ese caótico universo hay una voz que dicta lo que no se asentará en el informe taquigráfico.
La víctima tenía ocho años y su muerte en manos del acusado fue atroz.
No se escuchó el sonido de mi martillo, se oyeron los disparos.
Yo me quedé inmóvil en mi sillón de juez.
Ella dictaminó sentencia antes que yo como la madre de la víctima.


