De vez en
cuando, sin premeditación, necesito volver a elementos analógicos como la
máquina de escribir Olivetti Lettera 32 que acompaña mi peregrinaje literario
desde 1977.
Mi tía Clara, la
única monja de la familia, la trajo un día como “regalo para mi madre”, tan
consciente de cuál sería el destino de esa maravilla, que nos pagó un curso de
dactilografía a mi hermana Ana y a mí en las afamadas y renombradas Academias
Pitman, institución que extendía un diploma que certificaba que quienes lo
había obtenido, previo exámen, que éramos capaces de escribir un mínimo de
cuarenta y cinco palabras por minuto.
Sentarme frente
a la Olivetti fue un punto de inflexión en mi vida. Luego de maravillarme al
ver las letras que transportaban al papel mis ideas de aquellos días, pasé a
utilizarla febrilmente durante años, hasta que las editoriales exigieron el
material en formato Word facilitando la corrección y edición para la impresión
de libros. Compré mi primera computadora.
La computadora
comenzó a llenarse de archivos que se podían corregir sin recurrir al frasco
con líquido blanco y pincel que una vez esparcido sobre la hoja había que
esperar a que secara para seguir escribiendo o a la cinta adhesiva blanca.
Las herramientas
digitales no tienen el sonido ni el impacto de la tracción a sangre, el ritmo
es otro, un tanto frenético contra el analógico que exige un tiempo para que la
varilla que carga en la punta la letra de plomo pueda volver a reposo en su
sitio de espera y dar espacio a la nueva para que haga impacto sobre la cinta
entintada y el papel.
La hoja de papel
en blanco es mucho menos dañina para la vista que la luz de la pantalla y
mientras que el material que tipeamos en la computadora se guarda en ella de
manera automática, el papel puede traspapelarse, mancharse, dañarse
irremediablemente o perderse obedeciendo a algún tipo desconocido de justicia
divina.