El Indio

 


Lejos de las necrológicas y de los infames que pueden festejar una muerte, elijo escuchar su música mientras escribo. Una de mis letras preferidas es Queso ruso.

El Indio es el cacique de una tribu de huérfanos. Rebelde como Lautaro, Arbolito, Cafulcurá, Sayhueque, Caballo Loco, Toro sentado, Gerónimo. A diferencia de ellos que cabalgaban lanza en mano, el Indio portaba un micrófono y un block de notas para sus letras cargadas de mensajes. Y su tribu recibía el recado y asimilaba el contenido en sus memorables misas ricoteras.

El Indio es mucho más que un fenómeno popular. Nos dan cuenta de ello sus fieles en una despedida eterna.

La resistencia es cosa seria.

Él eligió hace tiempo las banderas para su corazón. Y aquellos que reprochan su elección son los que no tienen corazón ni otra bandera que la del dinero y la genuflexión ante el poder.

La rebeldía es cosa seria en tiempos de pueblos narcotizados por una maquinaria digital que arría sus deseos quitándole toda actividad neuronal y conciencia.

Siempre me puse del lado de los rebeldes. Atrás de los mansos y los lameculos hay muchos más.

Muchos años atrás Jorge Cafrune cantaba “El orejano”, que es aquel animal que no tiene marca ni dueño. Cafrune fue atropellado y muerto mientras viajaba a caballo para rendirle un homenaje en Yapeyú a San Martín.

Me encantan los que se plantan y cuestionan, los que nos sacan de la fantasía de Disney para mostrarnos la basura y los gusanos que nos rodean.

Ya sabemos, tenemos experiencia sobre como opera la maquinaria del poder contra los que se plantan.

El Indio es también una bandera y una forma de plantarse en ésta humanidad rota.

De esa miel no comen las hormigas.

Rebaño

 


El rebaño pastaba tranquilo en el prado,

ajeno al manto de las estrellas que lo cubría,

al seseo del viento que mecía la hierba,

indiferente a la estación y a los trópicos.

Y deglutía con lentitud pese al hambre saciado,

el rebaño ignoraba la utilidad de su lana y de su carne,

desconocía los deseos del pastor en su vigilia,

el trajinar de los hombres,

el rodeo silencioso del sueño que los invitaría a tenderse.

Inmerso en su impertérrita mansedumbre,

exiliado de cualquier voluntad,

ignoraba los designios del destino,

su historia, su linaje,

el eterno ciclo de su especie,

el brillo de los ojos del lobo acechándolo.

Quedaron cuatro notas

 

Ilustración Darío Parissi

Quedaron cuatro notas suspendidas,

tres líneas de fiebre y una carta sin terminar,

las facturas de servicios ordenadas,

las fotos familiares y una taza de café frío.

Un cenicero repleto de colillas y la estilográfica cerrada,

una guitarra cubierta de polvo,

algunos apuntes con letra despareja

y un reloj despertador a cuerda detenido.

La luz se filtraba por las cortinas claras,

un olor a tabaco flotaba en el ambiente,

una máscara de porcelana sonreía en la pared

y un libro señalado en la mitad esperaba sobre la mesa.

La luna redonda dentro de una cerradura,

la lectura de algunos libros esenciales,

las risas de veladas maravillosas,

canciones impregnadas en las paredes.

la sombra de una hilera de discos,

dos constelaciones por descubrir,

el eco del choque de unas copas en el brindis,

la euforia contenida y el amor derramado,

las noches de vigilia,

los besos sin pasión

y todo el universo en cuatro notas.