Quedaron cuatro notas

 

Ilustración Darío Parissi

Quedaron cuatro notas suspendidas,

tres líneas de fiebre y una carta sin terminar,

las facturas de servicios ordenadas,

las fotos familiares y una taza de café frío.

Un cenicero repleto de colillas y la estilográfica cerrada,

una guitarra cubierta de polvo,

algunos apuntes con letra despareja

y un reloj despertador a cuerda detenido.

La luz se filtraba por las cortinas claras,

un olor a tabaco flotaba en el ambiente,

una máscara de porcelana sonreía en la pared

y un libro señalado en la mitad esperaba sobre la mesa.

La luna redonda dentro de una cerradura,

la lectura de algunos libros esenciales,

las risas de veladas maravillosas,

canciones impregnadas en las paredes.

la sombra de una hilera de discos,

dos constelaciones por descubrir,

el eco del choque de unas copas en el brindis,

la euforia contenida y el amor derramado,

las noches de vigilia,

los besos sin pasión

y todo el universo en cuatro notas.

Inconmovible

 


No me conmovió la noche,

ni la luna plateando el río,

ni las luces de mi ciudad en la otra orilla,

ni el gato blanco y negro que esperaba ver cruzar la calle.

No me conmovió el susurro del viento

revelando su secreto indescifrable,

la abrumadora presencia de tantas estrellas titilantes,

la mansa soledad de las calles en las noches de verano,

el perfume de las glicinas

ni el aroma de las casas anunciando la reunión de la cena.

Estaba anestesiado,

borracho de ideas absurdas

y pesadillas improbables,

literalmente suspendido,

ausente,

en pausa como algunas canciones,

detenido como un tren expreso

en medio de la estepa siberiana.

Nada parecía atravesarme,

podía ver los estragos de la batalla

sin escuchar el estruendo de las armas, los muertos, los heridos, la pólvora,

era el pesado instante que antecede al luto,

el caos enmarañado de interrogantes,

el desorden de una habitación luego de una pelea,

los estragos de la marejada.

En medio de ese humo y desconcierto estaba

y no hubo sirena de alarma

para ponerme a salvo en un refugio,

estaba distraído cuando me aturdió una llamada.

Del otro lado del río,

entre las luces de mi ciudad,

mi madre daba un paso hacia la noche.



El último sonido

 


Repasó los últimos días arrepentido por las consecuencias de sus actos. Caminó hacia la higuera escuchando el tintineo en sus bolsillos de las treinta monedas.