El juicio final

 


No fui su verdugo y me arrepiento. Tenía los motivos, las pruebas, la sangre caliente y la insaciable sed que provoca la venganza y no calma la justicia. 

Me habían designado como juez y escuché los testimonios reprimiendo los gestos que delataran mi asco, rabia e impotencia. Con la cabeza apoyada en la almohada, durante cada noche, le pedí fuerzas a Dios para ser ecuánime. 

Ella no dudó y mantuvo el pulso firme. Fueron seis disparos y cinco hicieron blanco de manera tan perfecta como mortífera. En medio de los gritos y el caos del salón bajó el arma y se dejó rodear por la policía que la redujo. 

Sabía con dolor, pesimismo y angustiantes dudas del proceso judicial que la errática declaración del acusado y las grietas que aprovechaba su defensa, podían obrar para que en unos años estuviera libre o internado en un instituto psiquiátrico. 

Llevo años en el juzgado y se escuchar si los silencios de la sala responden a dudas, estupor o indignación contenida. En medio de ese caótico universo hay una voz que dicta lo que no se asentará en el informe taquigráfico. 

La víctima tenía ocho años y su muerte en manos del acusado fue atroz. 

No se escuchó el sonido de mi martillo, se oyeron los disparos. 

Yo me quedé inmóvil en mi sillón de juez. 

Ella dictaminó sentencia antes que yo como la madre de la víctima.

Viejos métodos

 


De vez en cuando, sin premeditación, necesito volver a elementos analógicos como la máquina de escribir Olivetti Lettera 32 que acompaña mi peregrinaje literario desde 1977. 

Mi tía Clara, la única monja de la familia, la trajo un día como “regalo para mi madre”, tan consciente de cuál sería el destino de esa maravilla, que nos pagó un curso de dactilografía a mi hermana Ana y a mí en las afamadas y renombradas Academias Pitman, institución que extendía un diploma que certificaba que quienes lo había obtenido, previo exámen, que éramos capaces de escribir un mínimo de cuarenta y cinco palabras por minuto. 

Sentarme frente a la Olivetti fue un punto de inflexión en mi vida. Luego de maravillarme al ver las letras que transportaban al papel mis ideas de aquellos días, pasé a utilizarla febrilmente durante años, hasta que las editoriales exigieron el material en formato Word facilitando la corrección y edición para la impresión de libros. Compré mi primera computadora. 

La computadora comenzó a llenarse de archivos que se podían corregir sin recurrir al frasco con líquido blanco y pincel que una vez esparcido sobre la hoja había que esperar a que secara para seguir escribiendo o a la cinta adhesiva blanca. 

Las herramientas digitales no tienen el sonido ni el impacto de la tracción a sangre, el ritmo es otro, un tanto frenético contra el analógico que exige un tiempo para que la varilla que carga en la punta la letra de plomo pueda volver a reposo en su sitio de espera y dar espacio a la nueva para que haga impacto sobre la cinta entintada y el papel. 

La hoja de papel en blanco es mucho menos dañina para la vista que la luz de la pantalla y mientras que el material que tipeamos en la computadora se guarda en ella de manera automática, el papel puede traspapelarse, mancharse, dañarse irremediablemente o perderse obedeciendo a algún tipo desconocido de justicia divina.

Los azarosos caminos del destino

 

Fragmento de la carta de Luis Lizarralde

Si alguien puede certificar que las líneas del destino se componen de una serie de oportunas, exactas e inesperadas casualidades es Julio Parissi. Su vida es un tratado perfecto sobre ellas. Por eso no debería sorprenderme que, tras el fallido intento de asignarle la misión de escribir un libro a un colega, producto que al ser presentado para su evaluación a la editorial se le encontraron algunos datos imprecisos, la responsabilidad de llevar a cabo la tarea recayera sobre Julio, decisión que lo obligó a encender los motores de la investigación periodística y recopilar todo el material que disponía sobre el tema. 

El 24 de agosto de 1994 Josu Maru Goitia, Mikel Ibañez y Luis Lizarralde se encontraban internados en el hospital Filtro de Montevideo, Uruguay como consecuencia de una huelga de hambre y sed que llevaba semanas en protesta a que el gobierno uruguayo aceptó el pedido de extradición por parte del gobierno español de los internados cuando el país tiene entre sus leyes no extraditar a nadie por cuestiones políticas. El Gobierno de Luis Alberto Lacalle modificó ese artículo y una multitud se congregó para rodear el hospital e impedir el traslado de los tres vascos acusados de pertenecer a la ETA, una organización terrorista del País Vasco que allí permanecían internados por haberse agravado su estado de salud. 

La represión policial fue una de las más feroces de las que se tenga memoria, perpetrada con estrategias militares de combate, alentada por consignas de sus efectivos que gritaban “Vamo’ arriba, que no quede uno vivo”, apalearon manifestantes, arrojaron gases lacrimógenos y dispararon con balas de plomo, provocando un saldo de miles de heridos y dos muertos. Los vascos vieron desde las ventanas del hospital los estragos de una batalla donde la correlación de fuerzas eran armas de guerra contra piedras. Los tres prisioneros fueron trasladados al aeropuerto para su deportación y Julio recopiló todos los datos certeros disponibles en un libro que se pregunta: “¿Qué fue de ellos?” 

Unos años más tarde, enterado de la existencia del libro y su autor, le escribió a Julio el padre de un preso pidiéndole un ejemplar porque su hijo estaba cumpliendo una condena en el mismo lugar que Luis Lizarralde y lo conocía. Hacerle llegar el libro fue una dura tarea con final feliz. 

En enero del 2009 Julio recibe una carta que Luis Lizarralde le envía desde prisión rompiendo con años de silencio. En ella le cuenta que Mikel Ibañez se encontraba en prisión domiciliaria por padecer un cáncer terminal y que su compañero Goitia disfrutaba ya de su libertad. Lizarralde esperaba una decisión judicial para saber si lo liberaban en el 2011 o debía esperar hasta el 2022. La carta concluye: Con el agradecimiento y la estima debida me despido con un abrazo y por extensión a la patria chica de la Banda Oriental del Uruguay.