Abro los ojos y recorro con la vista lentamente mis dominios, saboreando la luz cálida de este sol matinal que me invita a la modorra. Mis súbditos duermen y presiento que en breve iniciarán el ceremonial de rendirme pleitesía y congraciarse conmigo deseando alcanzar con el banquete ofrecido el nivel de exquisitez que con pequeños gestos y ademanes sabré corresponder. Mi Corte lleva años descifrando mis gustos, tratando de complacerme para que continúe con el carácter afable de mi linaje y no despertar en mí la ira suficiente para que desate sobre ellos un comportamiento que definen como tiranía.
Preocupados estarían si al despertar no me vieran ocupado en los asuntos del reino, administrando movimientos y decisiones para que todo se mantenga en orden y en su sitio, como a mi me gusta, aunque a algunos les resulte aburrido y rutinario, porque el orden perfecto y Divino es aquel que imita a la estática de los personajes de los cuadros y de las fotos, cuyos detalles no varían pero esa quietud y ese orden son los principales enemigos del caos que toda sociedad provoca naturalmente con sus casi insignificantes acciones cotidianas.
Me desperezo y estiro. Ensayo algún bostezo que suelen interpretar como sueño. Escucho ruido de enseres en la cocina, voces que invocan mi nombre dulcemente, no esa irritable desesperación de la que fueron víctimas cuando no me encontraron como siempre en mis funciones monárquicas, cuando desórdenes de distinta gravedad en países vecinos me obligaron a partir sin aviso al extranjero. Menudo caos se desató en la Corte, siempre proclives a vociferar a todo pulmón sus infantiles emociones y sembrar dudas y desconcierto con estériles corridas e intrigas palaciegas. Son incapaces de entender que mi poder divino es solo comparable al del sol y su eterna magnificencia, no a aquello tan humanamente impreciso que en su falta de lógica llaman Dios.
A mis espaldas comentan, nunca sabrán que los escucho, ciertos pormenores sobre mi gobierno atribuyéndolos a fugaces estados de ánimo propios de mi carácter inestable y creen que influyen de manera drástica en las decisiones que tomo, en mis respuestas a sus odiosas zalamerías, a sus incansables muestras de gratitud, a sus inaceptables formas de compararme con un Dios al que invocan religiosamente pero nunca ven. Entonces se expresan en su pobre lenguaje reemplazando mi nombre por Su Majestad. Su Majestad no ha comido todo lo que le hemos preparado, Su Majestad se ha despertado en uno de esos días, Su Majestad está irritable, Su Majestad reclama atención. No me quejo. Es mi Corte, lacayos medianamente útiles, razonablemente eficaces, tenaces en su afán por disimular sus vulgares conflictos personales con los que mantengo vigente mi supremacía.
Allí vienen en procesión con sus semblantes iluminados y nombrándome con dulzura, intentando conseguir mi apreciada indulgencia. Sospecho por el tono de voz y los torpes gestos corporales que necesitan de mí alguna aprobación extraordinaria, un guiño de buena voluntad para resolver alguna urgencia en sus asuntos, que están midiendo de manera sutil mi estado de ánimo, hasta ahora tranquilo y reposado. Son gentiles, tan amables como de costumbre, pero cierto tufillo enturbia el aire y naturalmente se encienden mis delicados sensores con su señal de alerta, como la que percibo en las irritables corridas de las fiestas, en las incomprensibles mudanzas del palacio y en todo aquello que impregna el ambiente con un velado cometido parecido a una traición. Entonces la veo y me sobresalto ante el peligro de stress y muerte súbita, al arrebato del galope de mi corazón. Trajeron a escondidas su temible instrumento de tortura. Me reducirán por la fuerza hasta dejarme inmóvil e indefenso, me meterán en ella a empujones, sordos a mis inútiles reclamos, me taparán con una manta y me llevarán en la jaula prisionero a ese horrendo lugar al que llaman veterinario.


