Los relojes de Puerto Madryn

 

Ilustración: Darío Parissi

En ciertos tramos en que la monotonía parece infinita, la ruta 3 y su paisaje puede resultar tan desoladora como el mismo desierto y tan pesada como la carga que transportamos. Decidí hacer una parada en Puerto Madryn, cenar bien y dormir algunas horas para retomar fresco el camino a Río Gallegos. Había viajado a buen ritmo pese a la lluvia que me sorprendió en Viedma. Contaba con tiempo para hacer una pausa necesaria que me pusiera a salvo de quedarme dormido. 

Ingresé a la ciudad y conduje hasta la avenida Gales, porque es la más ancha, permite el estacionamiento de camiones como el mío y cuenta con varios sitios en los que se puede cenar. Busqué el que me había recomendado un compañero por la buena mano del cocinero y por los precios. Era una casa vieja con forma de cabaña en su exterior y una cálida ambientación con las paredes de madera, candiles que emitían una luz amarillenta y música nacional de fondo a un volumen que permitía conversar sin tener que levantar la voz. Manteles rojos y blancos en cuadrillé cubrían sus mesas. Elegí mi lugar cerca de una de las ventanas que daban a la calle, leí detenidamente el menú y elegí un estofado de cordero patagónico. Observé que quien identifiqué como el dueño del lugar, recorría las mesas saludando a los clientes conocidos y preguntando si estaba todo bien. 

En una de las paredes había cuatro relojes de distintas épocas detenidos a diferentes horas. Uno de ellos se destacaba por su antigüedad, con su dial en números romanos y manecillas negras que lucían los detalles del trabajo de un orfebre. Mientras esperaba mi plato, busqué una relación entre los números que marcaban. Entendía que había allí un mensaje y que no estaban detenidos en esos horarios porque sí. Los relojes, desde mi niñez, son instrumentos fascinantes y hoy, entre las primeras cosas que hago luego de despertar, es ajustar a mi muñeca la correa de un reloj de pulsera que conservo desde hace muchos años. 

Disfruté el plato que me resultó exquisito y, cuando estaba por pedir la cuenta, se acercó el dueño a mi mesa para preguntarme si estaba conforme con el servicio. Le conté que un compañero me había recomendado el lugar y él sonrió recordando que para quienes viajan por una ruta es buena referencia ver muchos camiones estacionados en algún parador. Los camioneros somos como las boyas en el mar: señalamos los lugares seguros. Le confesé que había imaginado que los cuatro relojes no señalaban horas al azar y que despertaron en mí la misma curiosidad que encierran ciertos enigmas. Volvió a sonreír y me ofreció un café como gentileza de la casa por la observación. El lugar ya había cumplido diez años desde su inauguración y nadie le había preguntado el porqué de las horas. Se fue y volvió con el café que yo había aceptado en una mano y en la otra tenía un carajillo que me recomendó probar, hecho en casa, respetando la tradición familiar. Me pidió permiso para compartir la mesa y naturalmente acepté. 

El hombre andaba por los cuarenta y cinco años, una cabellera rubia disimulaba una raíz de antepasados españoles. La piel curtida por el sol, porque la playa seguía siendo, según confesó, una sana adicción que conservaba desde la niñez, aunque la temperatura de las aguas de Madryn no son para cualquiera. Usaba jeans azules bien gastados, una camisa color salmón y lentes con marcos de color cromo que podían confundirlo con un psicoanalista o un escritor. Mientras hablaba observaba a su alrededor y de vez en cuando sonreía y saludaba el ingreso de un cliente conocido. 

El reloj más antiguo, señaló al que estaba colocado en la parte más alta de la pared, había sido traído por su abuelo desde España a principios del siglo pasado cuando aceptó, a pocos días de haber llegado a Buenos Aires, el trabajo que ofrecía el ferrocarril asegurándole una vivienda y buena paga. En Madryn conoció a una descendiente de galeses con quien se casó y con la que tuvo tres hijos varones y una mujer. Sus años trabajando en el ferrocarril fueron tan duros como felices. Las cartas eran la única manera de enterarse de la vida de su familia en España y ese reloj se detuvo misteriosamente a las cuatro y diecisiete. Puerto Madryn no contaba con relojeros para su reparación y su abuelo esperaba llevarlo a Buenos Aires en uno de los viajes que cada tanto hacía convocado por la empresa de ferrocarriles. Llegó una carta de España donde le contaron que su hermano había sido fusilado por republicano en la guerra civil española. El no supo, hasta unos meses después, que el reloj se detuvo en la hora del fusilamiento. Nunca más pensó en repararlo y lo dejó como referencia física, como la tienen algunas fotografías, un punto en la línea del destino donde el camino se bifurca. 

Señalando otro reloj, el segundo en orden y con el que comenzó a trazar una colección de hechos con mensaje personal, marcaba las doce y siete minutos y en éste comenzaba a incluirse en los hechos que lo tuvieron como protagonista. Él formaba parte de un grupo de jóvenes más inquietos que el común denominador de la población, cuyos espíritus fueron erosionados por la aspereza del viento y las bebidas blancas en un lugar en el que el invierno invita al encierro. En la playa de Madryn había cuatro trampolines instalados en la misma línea y separados por unos diez metros de distancia colocados mar adentro. Aprovechando la bajante de la marea, una noche, él y sus compañeros, colgaron de los trampolines cuatro maniquíes vestidos con ropa de gente trabajadora y una bolsa negra cubriendo sus cabezas. Cuando la marea subió al amanecer la gente podía ver cuatro figuras humanas colgadas sobre el mar. El intendente vivía frente a la playa y cuando observó la escena, presa del pánico, llamó a las fuerzas de seguridad. Bomberos y policías formaron parte del operativo que, observando el lugar con prismáticos, aseguraba que se trataba de seres humanos. Tuvieron que meterse en el agua para quitarlos. Esa misma noche, el mismo trío que organizó la puesta, simuló la toma de una radio en complicidad con el locutor de un programa y emitieron un comunicado en tono militar explicando el porqué de esa intervención. El hombre sonrió como si alguien le hubiese susurrado al oído un comentario gracioso. 

El tercer reloj, me contó, era el menos preciso y un homenaje a un amigo, uno de los integrantes del trío que organizó la intervención de los maniquíes colgados en la playa, que volvió a la ciudad como ex combatiente de Malvinas y que trabajó durante un tiempo con él en el restaurante, porque sospechaban que los que volvían del frente estaban locos y nadie les daba trabajo. Marcaba las diez y siete minutos y reflejaba la hora en que amanecía en las islas, el sol ofrecía un baño de esperanza a los soldados y los fantasmas nocturnos abandonaban las trincheras y los pozos de zorro. 

Se disculpó por tener que interrumpir su relato. Alguien necesitaba hacerle una consulta en la cocina. Volvió a mi mesa con una copa de coñac en la mano y fui yo el que le pidió los detalles del último reloj que marcaba las ocho y veinticinco. Bebió un trago y al apoyar la copa bajó la vista. Me dijo que había tenido un romance que duró unos meses. Ella se fue a vivir a Trelew y se casó con un hombre de la ciudad. No volvieron a verse hasta dieciséis años después, cuando, a esa hora, apareció una mañana. Me pidió perdón sin que yo supiera porque lo hacía y me confesó que se había casado embarazada de un niño que era hijo mío. La noche anterior le había contado la verdad al muchacho y venía a avisarme de que le había dado mi dirección para que viniese a conocerme. Se reencontró con él dos días después. 

Salí del restaurante, encendí un cigarrillo y me fui caminando lentamente hasta el camión. Hacía frío. Preparé la litera y me quedé unos minutos tendido boca arriba. Esa noche soñé con los relojes.

Pipo

 


Vagó solitario por la tierra helada,

con la fiebre de los navegantes sin rumbo,

escapando a la suerte de los presidiarios,

después de aprovechar la distracción de los guardias.

Caminó por un lugar donde todo era blanco

como la nieve,

como la inocencia perdida.

Lo encontraron congelado,

parecía dormido,

recién salido de la celda para formar.

Dejó para la posteridad su nombre

con el que bautizaron al río donde lo hallaron.

Mercachifle

 


Hace años, en algunos pueblos del Interior, recibían la visita de vendedores que en sus carros cargaban enseres para la casa, elementos para la limpieza, ungüentos para los dolores y tónicos milagrosos, que según su propia descripción, hacían crecer el pelo y los dientes, terminaba con enfermedades crónicas, devolvía la virilidad a los más viejos y a las mujeres las volvía fértiles.

Los llamaban mercachifles y todos le creían.

Hoy aparecen de tanto en tanto ofreciendo las mismas milagrosas oportunidades pero los nombran presidentes.

Viaje al Fin del mundo

Me enteré de este viaje el día de mi cumpleaños, cuando mi hija me entregó un sobre que contenía los pasajes para ambos, me mostró el maravilloso lugar que había alquilado frente al mar y me notificó de que cuando llegásemos al aeropuerto nos esperaba un auto alquilado para poder hacer los paseos que quisiéramos a voluntad. 

En nuestro viaje del verano a Colonia me hizo una pregunta: “¿Qué lugar te gustaría conocer?” -esperando que entre las posibilidades apareciera Estambul, París, Nueva York, La Habana. Yo respondí: Ushuaia. 

El paisaje no da tregua. Uno desea tener los ojos de las moscas y una cámara que tome fotos sin solución de continuidad. La geografía emana una energía, que como los buenos whiskies, hay que saborear en pequeños sorbos para no marearse. 

Entre las fotos que tomó mi hija (por algo estudia fotografía) y las que tomé yo, superamos ampliamente las seiscientas. Ella, además, se ocupó de registrar en video algunas escenas con el auto, esas que son risueñas hoy pero que en el momento nos hacen dudar si la tecnología de los vehículos modernos creció al ritmo de la humanidad para comprenderla. 

Asimilamos el contundente impacto visual con el de la historia del lugar y la de algunas personas con las que pudimos conversar.








El motor que impulsó el desarrollo de la ciudad fue su cárcel. Los presos aserraron árboles cuyos troncos alimentaron la caldera de la prisión y la usina eléctrica, desarrollaron la carpintería, las vigas para futuras construcciones, una panadería que se distribuía entre la pequeña población estable. En un momento eran más los confinados en las celdas que la población estable. La cárcel daba empleo además a personal administrativo, guardias, enfermeros.

Su construcción fue copiada de otras cárceles de seguridad con pabellones que convergen a un mismo patio común con el propósito de mantener el orden con un mínimo de personal armado. 




En celdas de 2 metros por dos pasaron sus días desde el primer asesino serial de niños: Cayetano Santos Godino, conocido como “el petiso orejudo”, quien murió luego de una golpiza que le propinaron sus compañeros cuando con la misma saña y métodos que utilizó con sus víctimas mató al gato de la prisión; Simón Radowitzki, anarquista que arrojó una bomba en el carruaje del  jefe de la policía federal, Ramón Falcón, un despiadado represor que además de una labor terrorífica en la Campaña al desierto, llevaba bajo su responsabilidad la muerte de centenares de personas. Simón Radowitzki fue el único que escapó de esa prisión pero fue capturado por la armada chilena cuando lo transportaban en un barco con destino a Puerto Arenas. Ricardo Rojas cumplió prisión domiciliaria en una casa cercana al presidio.

La importancia de la prisión está reflejada en distintos lugares de la ciudad.


La cárcel se cerró por orden de Perón en 1949 luego de muchas denuncias sobre abusos y torturas cometidas contra los presos. Sentenciados al encierro en un clima tan hostil, con unas pobres salamandras en el pasillo como única calefacción, los presos pedían a hacer cualquier tipo de trabajo al aire libre.

La propiedad fue cedida a la Armada aunque ésta la abandonó y hoy está en manos privadas que cobran por el acceso y la visita guiada.

El tren que utilizaron los presos para ir a buscar leña y traerla a la ciudad hoy cumple un servicio turístico. Se toma cerca del Parque Nacional y tiene un recorrido maravilloso.




Pipo fue un preso que escapó en una de las labores de desmonte. Apareció congelado en un río unos días después y por eso el cauce de agua lleva su nombre.





Cascada de la estación Macarena, la primera del recorrido. Desde Macarena a la última hay 30 minutos más de viaje. El tren se detiene para cambiar de lugar a la locomotora y hace el camino de regreso.

Varias empresas ofrecen un viaje en catamarán para ir a la pingüinera, el Faro del fin del mundo y la isla de los lobos marinos.





Hoy el faro se encuentra automatizado pero imaginemos al guardafaro en esta isla durante el invierno cuando la luz solar es de seis horas diarias.

El guía, nacido y criado en Tierra del Fuego habla con enorme respeto y admiración por los pueblos originarios que recorrían estas zonas en canoas construídas por ellos y timoneada por mujeres. Un pueblo que supo elegir cuáles eran los lugares que podían habitar, que lucharon primero contra los Onas y luego con cada expedición extranjera.

En una de esas expediciones probaron la carne de pingüino y decidieron matar a miles para transportarlas con fines comerciales a Inglaterra. Al llegar al Trópico del Ecuador la carne comenzó a pudrirse y a agusanarse. Los gusaron atacaron inicialmente a la madera de la embarcación y luego a sus tripulantes. De 76 que zarparon de las islas llegaron vivos 7 encerrados en la cubierta con los gusanos acechándolos.

El Parque Nacional es un entramado de accesos a distintos lagos, ríos, senderos, cascadas y caminatas señalizadas con su nivel de dificultad y el tiempo de duración.









No llegamos a visitar la castorera, el proyecto de un trasnochado en el año 1949 para comercializar la piel del castor. Trajo las primeras crías y abandonó el lugar. La proliferación de castores provocó un desmonte impresionante en un sector del parque. Un desastre de extraordinarias dimensiones. Parece que los negocios no van en línea paralela con la naturaleza.

En los primeros días de instalados tuvimos una grata visita.


Vista nocturna desde el departamento que alquiló mi hija. En el reflejo mi hija cocinando.

A las doce de la noche sigue habiendo luz en el cielo y la noche cerrada, antes de amanecer, dura aproximadamente una hora.

Conversamos con distintas personas que aman la vida en este lugar, que vinieron por los buenos ingresos de un empleo desde distintas provincias y se quedaron. Una camarera que llegó por un hermano que le aconsejó el viaje, volvió a Buenos Aires y regresó a Ushuaia con el proyecto de traer a sus padres.

El nieto del fundador del Almacén de ramos generales en la avenida Mitre que conserva en el restaurante que finalmente armó parte del mobiliario de su abuelo. Llegó buscándolo y cuando golpeó la puerta del almacén su abuelo no estaba allí. Estaba comiendo un asado con amigos y otro nieto lo puso al tanto del paradero.

Viaje al Fin del Mundo.