Los azarosos caminos del destino

 

Fragmento de la carta de Luis Lizarralde

Si alguien puede certificar que las líneas del destino se componen de una serie de oportunas, exactas e inesperadas casualidades es Julio Parissi. Su vida es un tratado perfecto sobre ellas. Por eso no debería sorprenderme que, tras el fallido intento de asignarle la misión de escribir un libro a un colega, producto que al ser presentado para su evaluación a la editorial se le encontraron algunos datos imprecisos, la responsabilidad de llevar a cabo la tarea recayera sobre Julio, decisión que lo obligó a encender los motores de la investigación periodística y recopilar todo el material que disponía sobre el tema. 

El 24 de agosto de 1994 Josu Maru Goitia, Mikel Ibañez y Luis Lizarralde se encontraban internados en el hospital Filtro de Montevideo, Uruguay como consecuencia de una huelga de hambre y sed que llevaba semanas en protesta a que el gobierno uruguayo aceptó el pedido de extradición por parte del gobierno español de los internados cuando el país tiene entre sus leyes no extraditar a nadie por cuestiones políticas. El Gobierno de Luis Alberto Lacalle modificó ese artículo y una multitud se congregó para rodear el hospital e impedir el traslado de los tres vascos acusados de pertenecer a la ETA, una organización terrorista del País Vasco que allí permanecían internados por haberse agravado su estado de salud. 

La represión policial fue una de las más feroces de las que se tenga memoria, perpetrada con estrategias militares de combate, alentada por consignas de sus efectivos que gritaban “Vamo’ arriba, que no quede uno vivo”, apalearon manifestantes, arrojaron gases lacrimógenos y dispararon con balas de plomo, provocando un saldo de miles de heridos y dos muertos. Los vascos vieron desde las ventanas del hospital los estragos de una batalla donde la correlación de fuerzas eran armas de guerra contra piedras. Los tres prisioneros fueron trasladados al aeropuerto para su deportación y Julio recopiló todos los datos certeros disponibles en un libro que se pregunta: “¿Qué fue de ellos?” 

Unos años más tarde, enterado de la existencia del libro y su autor, le escribió a Julio el padre de un preso pidiéndole un ejemplar porque su hijo estaba cumpliendo una condena en el mismo lugar que Luis Lizarralde y lo conocía. Hacerle llegar el libro fue una dura tarea con final feliz. 

En enero del 2009 Julio recibe una carta que Luis Lizarralde le envía desde prisión rompiendo con años de silencio. En ella le cuenta que Mikel Ibañez se encontraba en prisión domiciliaria por padecer un cáncer terminal y que su compañero Goitia disfrutaba ya de su libertad. Lizarralde esperaba una decisión judicial para saber si lo liberaban en el 2011 o debía esperar hasta el 2022. La carta concluye: Con el agradecimiento y la estima debida me despido con un abrazo y por extensión a la patria chica de la Banda Oriental del Uruguay.

Antes de la tormenta

Ilustración: Darío Parissi

Escuché que ella lloraba en el dormitorio. Yo estaba en la cocina haciendo el mate, envuelto en un mar de preguntas. En el living esperaban las maletas con toda su ropa, el bastidor, la caja de pinceles y el último atrapasueños que no terminó. Afuera, la tarde, imitando a la casa, vestía al cielo de nubes para semanas de frío y de tormenta. Mientras daba el primer sorbo al mate mordiendo la bombilla, sentí que el suelo se movía, que algo sacudía la estructura de la casa y entendí que los naufragios no les ocurren solo a los barcos. 

Tuve el impulso de encender la radio para no escuchar el llanto pero intuí que nada disimularía ese mundo lúgubre y desolador que me rodeaba. Cuando abrí la alacena encontré sus galletas preferidas, esa costumbre tan propia y tan suya de mezclar dulce y salado como la vida que ahora se me presentaba sin permiso en la cocina de mi casa. Ya no tenía resto anímico para despedidas. Ambos soportamos la partida de nuestros hijos y ella solo lloró en el auto cuando volvíamos del aeropuerto para despedir al mayor que viajaba a Alemania. Con Inesita fue distinto. Se habían peleado y llevaban tiempo sin hablarse cuando ella nos dijo que se iba. 

La casa se fue vaciando de a poco, casi sin que nos diéramos cuenta. Hay cosas que no pueden reponerse como la yerba o el azúcar. Muchas tardes, después de dedicarle horas al cuidado del jardín, me dijo que al amor hay que cuidarlo y regarlo como a las plantas. Yo sabía que no era un reproche, era su punto de vista sobre la actitud que siempre tuvo hacia mí. Siempre me cuidó, me supo acompañar con su palabra y con su silencio, cuando sentía que caminaba en círculos o que estaba al borde del pozo de un fracaso. Me escuchó y me dio paz en mis aborrecibles sermones sobre el trabajo, aunque no entendiera la raíz del conflicto. Me tomó la mano como solo ella sabía hacerlo. 

Nunca tuve tanto miedo como ahora. Dudaré cada mañana con cada cosa que ella resolvía en un parpadeo. Seré testigo de la lenta muerte de las flores por mi ineptitud o mi abandono. Solo me quedaré con sus cuadros, los pulóveres que me tejió y algunas cartas. La ceremonia será a las cinco según me adelantó la funeraria. Juro que ella no deja de llorar en nuestro dormitorio.

Las sábanas estampadas


Por la mirilla de la puerta vi la cara de mi vecino del quinto H y allí recordé que Laura, mi mujer, me había dicho que vendría a conversar con ella unos minutos. No era una situación especial. Laura y él, Alfredo, el del quinto H, muchas veces se reunían como integrantes de la comisión del consorcio, para hablar temas del edificio a resolver y plantearlos en la reunión que celebraban con nuestros vecinos y la administración periódicamente. Siempre lo llamé Alfredo, el del quinto, nunca averigüé su apellido. De vez en cuando lo encuentro en la entrada del edificio o cerca de los ascensores y charlo con él lo justo y necesario que se puede conversar en un viaje que dura cinco pisos hasta que él se baja y yo continúo hasta el piso once que es donde vivimos con Laura. 

Alfredo está rondando los cincuenta y desde hace unos meses planea terminar con su invicta soltería. Tiene un buen pasar y sabemos que vive de los alquileres de las propiedades que heredó de su padre. También, desde muy joven, mantiene en cero el casillero de la experiencia laboral y salvo la concurrencia con su madre a misa los domingos y tres veces a la semana la práctica de tenis en un coqueto club de la capital, se desliga de compromisos que lo alejen demasiado de su departamento. Con Laura se entendieron muy bien cuando hubo que resolver un tema grave que nos perjudicaba a todos. Iban a cortar el gas de todos los departamentos por la duda de una fuga en el subsuelo. Sus buenos contactos hicieron que se resolviera en pocos días. Me hacen gracia sus comentarios de niño bien y la forma en que se relaciona con su madre.  

Lo invité a pasar y a sentarse en la mesa del comedor mientras le avisaba a Laura,  instalada desde mediodía frente de su computadora. Laura emitió un ya voy y yo tuve que quedarme unos segundos con él sin saber muy bien si romper el silencio con el tiempo, con los perros de los vecinos que ladran a la noche o felicitarlo porque me había enterado de que estaba a punto de casarse. Laura apareció por el pasillo que conduce a los dormitorios con una sonrisa amplia y un paquete envuelto con papel de regalo en su mano. Imaginé que ya había resuelto el presente de bodas y me eximió de toda responsabilidad para su elección o su compra. 

-Al fin tenemos buenas noticias en el edificio -comentó Laura entregándole el paquete.

-Por favor, no te hubieras molestado -dijo Alfredo sonriendo, mientras yo pensaba que correspondía pluralizar el agradecimiento

-Es una pavada que se necesita en toda casa de recién casados -acotó Laura y yo dudaba entre un nunchaku o una caja de preservativos.

Lo abrió con mucho entusiasmo y ponderó el buen gusto de Laura para elegir un juego de vasos. 

-Por favor, Alfredo, tomá asiento mientras yo preparo un café -dije mientras Laura me sonreía cómplice por el gesto de buen vecino. 

Fui a la cocina mientras ellos se sentaban a la mesa entre comentarios sobre el día y el malhumor del encargado del edificio donde vivíamos.

-Me imagino que estarás loco con los detalles -dijo Laura

-Pocas veces en la vida sufrí tanto stress -respondió mi vecino.

Quien lo escuche puede pensar que regresó de un país en guerra.

-Es una fiesta de casamiento y demanda mucha atención en detalles -dijo Laura

-Que la elección del salón, el arreglo de las mesas, los souvenires, los platos para celíacos, el menú para los veganos… Empezás a arrepentirte -se quejó mi vecino.

Y yo consideraba que era una profesión arriesgada la de los Médicos sin fronteras.

-¿Tu madre qué dice? -preguntó mi mujer

-Mi madre es un casamiento aparte. Un ancla que debo arrastrar barranca arriba -exclamó mi vecino como si estuviera al borde de un síncope.

-Tenés que entenderla. Se casa su único hijo varón -trató de suavizar mi esposa

-Pero no para un minuto y se mete en todas las decisiones que tomamos con Pato. Hasta en las tarjetas de invitaciones! Pronto les va a llegar. Me imagino que vienen -dijo en voz alta para que lo escuche

-Jamás me pierdo una fiesta de casamiento! -mentí a los gritos desde la cocina

-Desde ya, vengan con lo que se sientan cómodos para pasar varias horas. Nada de comprar ropa -aconsejó mi vecino

Tuve intenciones de decir que había alquilado un frac pensando en el nivel de sus amistades y que era una pena que hayan abolido la tracción a sangre cuando me hubiese encantado llegar en un mateo pero me callé.

-Pato me pide que intervenga para que no nos invada -se quejó Alfredo

Pensé que era pedirle marcha atrás en pleno desembarco a la Séptima flota.

-Además, al principio, mi vieja con Patricia fue bastante dura -comentó con pena mi vecino.

La madre sospechaba que serían dos para mantener y organizar.

-Las madres padecen celos -trató de explicar Laura como si fuese autora del libro “Consejos para futuros esposos”

-¿Y Patricia está nerviosa? -preguntó mi mujer

-Patricia tiene una agenda como mi madre sobre la que consulta todos los días -exclamó Alfredo

No se puede exigir de esa manera despiadada a un hombre que nunca trabajó ni sabe para qué fue inventado el reloj despertador.

-Además, está en plan de hacer cambios en mi casa, de renovar cosas -se quejó Alfredo

-Bueno, tenés que entender. Ella quiere empezar una nueva vida con vos -opinó Laura.

-Si, pero se pasa de la raya. Ahora está con la idea de cambiar los juegos de sábanas -dijo mi vecino. Las sábanas verdes con violetas, dice que son horribles. Vos viste que están bárbaras.

Se me derramó el café. ¿Qué acababa de escuchar? ¿Mi mujer conoce las sábanas de mi vecino? Un potente ruido de utensilios desmoronándose en la cocina provocaron que ellos se alarmaran y preguntaran si estaba bien.

-Perfecto! No pasó nada! Solo un descuido -dije mientras daba vueltas en un mosaico y ponía la mano bajo el agua fría para aliviar el ardor del café caliente que se derramó sobre mi mano.

Las voces en eco en mi interior me impedían entender la razón de las risas que escuchaba desde el comedor. ¿Se estarían riendo de mi, acaso? Cuando abrí uno de los cajones lo primero que vi fue la hermosa cuchilla que uso para trozar el pollo. Alcancé a entender la magnitud del crimen y lamenté no contar con algún veneno para verterlo en el café.

Cuando me acerqué llevando la bandeja con las tazas y las galletitas todas quebradas por la catástrofe, ellos conversaban como nada hubiese ocurrido, con una naturalidad que volvió a recordarme la belleza de la cuchilla

-Gracias, amor -me dijo Laura con una sonrisa

-De nada, cariño -respondí poniendo énfasis en una palabra que jamás utilizamos ninguno de los dos y que hizo que me mirase de manera inquisitiva. Yo solo agrandé mis ojos todo lo que pude.

-¡Cómo se nota, vecino, el oficio de años de matrimonio -dijo con una sonrisa estúpida mi vecino

-Y porque no me viste doblando sábanas, haciendo el asado, limpiando el baño -respondí

-No creo que pueda llegar a ese nivel

-¿Doblando sábanas? -pregunté sin darle tiempo

-No entendí -respondió mi vecino desconcertado

-Es el humor excéntrico de mi marido

-Tomo el café y me voy porque Pato me espera para ir a la charla con el párroco -dijo Alfredo mirando su celular

-Una pena. Ahora que me podía sumar a los preparativos -dije con sorna

-Otra vez será! Vendremos con Pato o serán invitados a cenar -dijo Alfredo apurando el café

-Y podemos seguir con el curso de doblado de sábanas -dije remarcando sábanas como antes la palabra cariño.

-Te acompaño a la puerta -dijo Laura

Mientras se despedían yo recogía las tazas de la mesa. Laura se paró en la puerta de la cocina mientras yo colocaba todo en la bacha.

-Estás muy raro -dijo Laura ¿Te pasa algo?

-Casi nada. ¡Qué tipo más simpático nuestro vecinito

-Difícil de soportar -dijo en un suspiro Laura

-¿Pesa mucho? -fui a la carga decidido

-Tiene cosas pelotudas como pelearse por un juego de sábanas espantoso. Hace unos días lo encontré en el laverap y había traído un juego de sábanas horrible de color verde con violetas estampadas que a él le parecen maravillosas.

-Hace mucho que no te digo que te amo -dije y la besé sorprendiéndola

 

 

 

 

 

  

Reunión cumbre

 

Foto: Aye Decuzzi

Reunidos alrededor de una mesa estaban los dioses de todos los tiempos, de todas las eras. Sus semblantes severos reflejaban el desastre de los resultados. La humanidad se había extinguido y ellos fracasaron. Sus malos hábitos y sus pésimas decisiones llevaron a la quiebra a un buen negocio. No discutieron los datos que reflejaban los libros contables. Pusieron en una urna sus nombres para sortear quién cerraría la persiana de entrada y le daría una barrida al local.


Laberinto

 


Me había perdido de manera absurda. La angustia tomó otras dimensiones cuando descubrí que las calles y las casas me resultaban conocidas. Enfrenté la macabra situación de reconocer el laberinto en el que me hallaba pero no recordar cuál era la puerta de salida. Recordé a Borges y sus reyes perdidos. La ciudad gris y su atmósfera plomiza me trajo a la memoria a Ricardo Reiss y sus encuentros con el fantasma de Pessoa en Lisboa, donde logró reunirlos la imaginación de Saramago. 

Al fondo de una calle solitaria había un bar. Un vistazo rápido al interior me quitó todo deseo de ingresar en él. En una mesa cuatro hombres parecían haberse fugado del cuento Los asesinos de Hemingway. En otra un hombre, con la vista fija en un plano, pensaba en una estrategia para un atraco perfecto. Una mujer mayor, frente a un vaso de ginebra, cantaba tangos y recitaba versos de Carriego. A unos pocos metros un rufián la observaba con aire de venganza contenida. 

Me alejé del callejón sin ser visto. No me extrañó no encontrar un policía en ese barrio de mala muerte ni alguna persona que pudiera orientarme para dar con el camino de regreso a casa. Estaba perdido en un lugar atiborrado de nombres y referencias cuando siglos atrás los vikingos atravesaban el océano sin otra orientación que la de las estrellas. No tenía consuelo. En un mundo mapeado por teléfonos móviles y satélites yo observaba el fin de los objetos analógicos como los personajes de Fahrenheit cuando ardían los libros, o el protagonista de “una soledad demasiado ruidosa” metido en un sótano observando como la prensa hidráulica compactaba y destruía kilos de joyas de la literatura universal. 

Días atrás había conversado sobre las cartas personales y aquellos escritos como la Biblia que registraron siglos en la vida de la Humanidad. Si todo eso se perdiera, ¿cómo sabrán las futuras generaciones cuáles fueron nuestros pasos, nuestros miedos y dudas, los peligros que debimos enfrentar? Ese temor de Juan Forn a que historias maravillosas se olviden. 

Alguien me tomó del brazo y me hizo una pregunta que no entendí. Su rostro conocido y amable me devolvió la calma. Confesé: “estoy perdido. Me distraje y me perdí”. Sonrió como suelen sonreír los rescatistas. Me acompañó por un pasillo repleto de libros diciéndome: “Volvieron a editar a Hrabal. No todo está perdido”

Miguel escribe

 

Ilustración: Darío Parissi
Dedicado a Miguel Corbo

Miguel escribe y viaja en reversa,

las palabras lo llevan de la mano a la niñez,

a su viejo barrio,

a la voz materna pronunciando su nombre,

a seguir con los ojos el recorrido del tranvía,

a los viajes de su padre en busca del sustento,

a la fila de amigos que lo rodearán en su cumpleaños,

a la galería de fotos de los que no comparten ya su mesa.

Descubre con asombro el poder de la escritura,

su fuerza transformadora

y sin proponérselo repasa

el acopio de cartas que nunca envió,

las conversaciones consigo mismo,

mensajes a sus hijos y nietos

que quedaron en su teléfono móvil

y que algún día quizás se revelen.

Miguel escribe con el impulso de una necesidad,

de un reflejo primario que lo gobierna,

cautivo de una sensación que lo libera.

Escribe como le habla a los amigos,

a la naturaleza o a Dios,

en su tono íntimo y directo

cuando medita y se aleja del caos,

cuando se interna mar adentro de sí mismo.

Miguel escribe y viaja a cada casa,

a cada rincón de la memoria,

abrazándose a cada alma.

Y mientras escribe no imagina

que yo imagino que él escribe.

Los relojes

 

Breguet No. 160 Grand Complication, más conocido como Marie-Antoinette o la reina

Henry Graves Supercomplication de Patek Philipe

Nos encontramos con Julio como tantas otras veces en un café. Conversamos sin orden, como sucedieran los temas que ambos hilvanábamos naturalmente. Yo le comenté sobre la teoría de lo perjudicial que puede ser para una casa el efecto de los relojes detenidos en ella, que le había comentado eso a mi hermana y cuando comenzó con la tarea de hacerlos reparar hubo una sucesión de hechos inesperados. Recordé a Cortázar que decía que regalar un reloj no es obsequiar un simple objeto, sino entregar "un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire".

Julio me contó que había escrito por encargo de una editorial un libro sobre historias de relojes y dos de esas historias eran fascinantes.

El Breguet No. 160 Grand Complication, más conocido como Marie-Antoinette o la reina, es un reloj de bolsillo diseñado por el relojero suizo Abraham Louis Breguet, al que le correspondió el número de serie 160.[1] Mencionado como un poema en relojería, se cree que el reloj fue encargado en 1783 por el conde sueco Hans Axel de Fersen, amante de la reina de Francia María Antonieta de Austria.[] El trabajo en el reloj comenzó en 1783 y se completó en 1802.[2]

El reloj está integrado por 823 componentes,[1] y debía contener todas las complicaciones conocidas en la época en la que se concibió, incluidas las siguientes:

·       Reloj

·       Hora solar[]

·       Reserva de cuerda

·       Calendario perpetuo

·       Repetidor de minutos

·       Termómetro

·       Cronógrafo

·       Amortiguación –se llama Incabloc—, un sistema de protección contra golpes, invención propia de Breguet.

·       Repetidor de minutos

·       Cuerda automática[]

·       Segundero independiente

Incluso para los estándares de la época, era una pieza astronómicamente cara. Se utilizaron los materiales más valiosos (incluidos oro, platino, rubíes y zafiros) sin límite de tiempo o costo. El reloj está revestido de oro, con una esfera transparente que muestra el complicado movimiento de los engranajes en su interior. Breguet utilizó zafiros en el mecanismo para reducir la fricción.]

Los registros de la empresa Breguet indican que los costos de fabricación llegaron a la colosal suma de 30.000 francos. Esto es más de seis veces el costo de la otra gran obra de Breguet, el nº 92, que se vendió al duque de Preslin por 4.800 francos.

El reloj, con los años, cambió de dueños entre expertos en relojería y coleccionistas. Fue robado junto a otras piezas del Instituto L. A. Mayer de Arte Islámico el 17 de abril de 1983. De los 106 relojes sustraídos, solo se recuperaron 39 en 2007, incluido el de María Antonieta.[] Los relojes fueron devueltos al museo de Jerusalén. En 2013, el reloj se valoró en 30 millones de dólares.

James Ward Packard (1863-1928) fue un enorme inventor, fascinado por las tecnologías que aparecieron a fines del siglo XIX, ingresó en la producción industrial, primero con una empresa de lámparas eléctricas y luego con su compañía Packard Motor Car. Packard se había hecho fanático de la mecánica miniaturizada y recibió su primer Patek de bolsillo en 1905. De inmediato encargó dos piezas complicadas. La primera tenía un cronómetro capaz de medir medio segundo. En total, era 16 complicaciones, la pieza más compleja que Patek había creado en ese entonces. Pero la pieza que acicateó el espíritu competitivo de Graves fue el pedido de Packard de un reloj con una bóveda celeste con 500 estrellas, ya que deseaba poseer un grande complication que representara el cielo nocturno de su amada ciudad de Warren. A pocos meses de su deceso, en 1927, Packard recibió este reloj, que se lo conoce como el Reloj con Complicaciones Packard. Era un reloj con repetidor de minutos de tres gongs, calendario perpetuo con fases y edad de la Luna, indicación de oriente y poniente, ecuación del tiempo y mapa celeste.

El pedido de Packard fue alrededor de 1925 y Graves, al enterarse, buscó que Patek Philippe le hiciera “el reloj más complicado de la Tierra”. El reloj le fue entregado en 1933 y fue el Supercomplication más complejo del mundo, con 24 complicaciones controladas por 900 piezas en dos esferas. De la misma manera que Packard, Graves puso el cielo nocturno de su ciudad, Nueva York, para inmortalizarlo. Además, le añadió indicación de la salida y la puesta del Sol, y ecuación del tiempo en la esfera secundaria. En la principal tenía un calendario perpetuo con fases y edad de la Luna, indicador de reserva de marcha para el movimiento y para el repetidor, cronógrafo rattrapante, alarma con gong y repetición de minutos con carrillón Westminster con grande y petite sonnérie. Su costo fue cinco veces superior al de Packard.

En un momento de su vida, cuando Graves tuvo la desgracia de perder a dos de sus hijos varones, sintió deseos de arrojar al lago su Supercomplication, pero su hija consiguió disuadirlo. Más adelante, en 1969, ya fallecido Graves, su hijo aceptó la oferta de un coleccionista norteamericano y lo vendió por 200.000 dólares. En 1999, Sotheby’s fue elegido para vender el Supercomplication entre otras antiguas pertenencias de Graves. Fue comprado en 11 millones de dólares por el primo del emir de Qatar, Sheikh Ali Al-Thani. Más adelante, en 2012, para pagar deudas que había contraído Al-Thani, el reloj volvió a subastarse en Sotheby’s. El 11 de noviembre de 2014, el Henry Graves Jr. Supercomplication terminó vendido en 24 millones de dólares.

Miré mi reloj de pulsera y pedí la cuenta. El mozo nos dijo el valor en una denominación en Bitcoins que ni Julio ni yo conocíamos. Le dije que no entendía lo que me estaba diciendo y el mozo respondió extrañado por mi desubicación que la moneda que mencionaba era de curso legal a partir del año 2158.

Mientras ella duerme

 

Ilustración Darío Parissi

Ella dormía

mientras los hombres la soñaban

y despertaban habiendo olvidado lo soñado

con la densa bruma de la vigilia.

Cada uno la veía en una escena diferente,

a veces íntima como una confesión, otras en un mar de gente.

Quizás sonreía enigmáticamente,

tal vez desbordando su inquietante sensualidad.

Para todos ellos el sueño era único y secreto,

y como toda fantasía

nunca elegían las situaciones ni los lugares,

no se cumplían en ellas sus deseos

y quedaban a merced de parecidos interrogantes.

Ella dormía

desconociendo sus múltiples paraderos en la noche,

furtivos domicilios,

eventuales citas sin horario,

extraño deambular sin rumbo fijo.

Ella irrumpía como un súbito desmayo,

sin tiempo para buscar sostenerse,

para amortiguar el derrumbe contra el suelo

ni asimilar la sorpresa.

Ella dormía

desconociendo que la llamaban en otros sueños por su nombre,

que la seguían por calles de otros mundos,

sin tiempo para detenerse

ni sospechas para mirar atrás.

Ella dormía también

en la imaginación de sus soñadores,

que no se atrevían a despertarla

creyendo que su sueño les pertenecía,

que podían contemplar sin ser visto

la maravillosa sensación de ser soñado,

para acercarse a ella con sigilo,

sin un ruido ni un gesto que perturbe,

acercar a sus labios el oído

y recibir la bendición de oír sus nombres.

El Indio

 


Lejos de las necrológicas y de los infames que pueden festejar una muerte, elijo escuchar su música mientras escribo. Una de mis letras preferidas es Queso ruso.

El Indio es el cacique de una tribu de huérfanos. Rebelde como Lautaro, Arbolito, Cafulcurá, Sayhueque, Caballo Loco, Toro sentado, Gerónimo. A diferencia de ellos que cabalgaban lanza en mano, el Indio portaba un micrófono y un block de notas para sus letras cargadas de mensajes. Y su tribu recibía el recado y asimilaba el contenido en sus memorables misas ricoteras.

El Indio es mucho más que un fenómeno popular. Nos dan cuenta de ello sus fieles en una despedida eterna.

La resistencia es cosa seria.

Él eligió hace tiempo las banderas para su corazón. Y aquellos que reprochan su elección son los que no tienen corazón ni otra bandera que la del dinero y la genuflexión ante el poder.

La rebeldía es cosa seria en tiempos de pueblos narcotizados por una maquinaria digital que arría sus deseos quitándole toda actividad neuronal y conciencia.

Siempre me puse del lado de los rebeldes. Atrás de los mansos y los lameculos hay muchos más.

Muchos años atrás Jorge Cafrune cantaba “El orejano”, que es aquel animal que no tiene marca ni dueño. Cafrune fue atropellado y muerto mientras viajaba a caballo para rendirle un homenaje en Yapeyú a San Martín.

Me encantan los que se plantan y cuestionan, los que nos sacan de la fantasía de Disney para mostrarnos la basura y los gusanos que nos rodean.

Ya sabemos, tenemos experiencia sobre como opera la maquinaria del poder contra los que se plantan.

El Indio es también una bandera y una forma de plantarse en ésta humanidad rota.

De esa miel no comen las hormigas.