En ciertos tramos en que la monotonía parece infinita, la ruta 3 y su paisaje puede resultar tan desoladora como el mismo desierto y tan pesada como la carga que transportamos. Decidí hacer una parada en Puerto Madryn, cenar bien y dormir algunas horas para retomar fresco el camino a Río Gallegos. Había viajado a buen ritmo pese a la lluvia que me sorprendió en Viedma. Contaba con tiempo para hacer una pausa necesaria que me pusiera a salvo de quedarme dormido.
Ingresé a la ciudad y conduje hasta la avenida Gales, porque es la más ancha, permite el estacionamiento de camiones como el mío y cuenta con varios sitios en los que se puede cenar. Busqué el que me había recomendado un compañero por la buena mano del cocinero y por los precios. Era una casa vieja con forma de cabaña en su exterior y una cálida ambientación con las paredes de madera, candiles que emitían una luz amarillenta y música nacional de fondo a un volumen que permitía conversar sin tener que levantar la voz. Manteles rojos y blancos en cuadrillé cubrían sus mesas. Elegí mi lugar cerca de una de las ventanas que daban a la calle, leí detenidamente el menú y elegí un estofado de cordero patagónico. Observé que quien identifiqué como el dueño del lugar, recorría las mesas saludando a los clientes conocidos y preguntando si estaba todo bien.
En una de las paredes había cuatro relojes de distintas épocas detenidos a diferentes horas. Uno de ellos se destacaba por su antigüedad, con su dial en números romanos y manecillas negras que lucían los detalles del trabajo de un orfebre. Mientras esperaba mi plato, busqué una relación entre los números que marcaban. Entendía que había allí un mensaje y que no estaban detenidos en esos horarios porque sí. Los relojes, desde mi niñez, son instrumentos fascinantes y hoy, entre las primeras cosas que hago luego de despertar, es ajustar a mi muñeca la correa de un reloj de pulsera que conservo desde hace muchos años.
Disfruté el plato que me resultó exquisito y, cuando estaba por pedir la cuenta, se acercó el dueño a mi mesa para preguntarme si estaba conforme con el servicio. Le conté que un compañero me había recomendado el lugar y él sonrió recordando que para quienes viajan por una ruta es buena referencia ver muchos camiones estacionados en algún parador. Los camioneros somos como las boyas en el mar: señalamos los lugares seguros. Le confesé que había imaginado que los cuatro relojes no señalaban horas al azar y que despertaron en mí la misma curiosidad que encierran ciertos enigmas. Volvió a sonreír y me ofreció un café como gentileza de la casa por la observación. El lugar ya había cumplido diez años desde su inauguración y nadie le había preguntado el porqué de las horas. Se fue y volvió con el café que yo había aceptado en una mano y en la otra tenía un carajillo que me recomendó probar, hecho en casa, respetando la tradición familiar. Me pidió permiso para compartir la mesa y naturalmente acepté.
El hombre andaba por los cuarenta y cinco años, una cabellera rubia disimulaba una raíz de antepasados españoles. La piel curtida por el sol, porque la playa seguía siendo, según confesó, una sana adicción que conservaba desde la niñez, aunque la temperatura de las aguas de Madryn no son para cualquiera. Usaba jeans azules bien gastados, una camisa color salmón y lentes con marcos de color cromo que podían confundirlo con un psicoanalista o un escritor. Mientras hablaba observaba a su alrededor y de vez en cuando sonreía y saludaba el ingreso de un cliente conocido.
El reloj más antiguo, señaló al que estaba colocado en la parte más alta de la pared, había sido traído por su abuelo desde España a principios del siglo pasado cuando aceptó, a pocos días de haber llegado a Buenos Aires, el trabajo que ofrecía el ferrocarril asegurándole una vivienda y buena paga. En Madryn conoció a una descendiente de galeses con quien se casó y con la que tuvo tres hijos varones y una mujer. Sus años trabajando en el ferrocarril fueron tan duros como felices. Las cartas eran la única manera de enterarse de la vida de su familia en España y ese reloj se detuvo misteriosamente a las cuatro y diecisiete. Puerto Madryn no contaba con relojeros para su reparación y su abuelo esperaba llevarlo a Buenos Aires en uno de los viajes que cada tanto hacía convocado por la empresa de ferrocarriles. Llegó una carta de España donde le contaron que su hermano había sido fusilado por republicano en la guerra civil española. El no supo, hasta unos meses después, que el reloj se detuvo en la hora del fusilamiento. Nunca más pensó en repararlo y lo dejó como referencia física, como la tienen algunas fotografías, un punto en la línea del destino donde el camino se bifurca.
Señalando otro reloj, el segundo en orden y con el que comenzó a trazar una colección de hechos con mensaje personal, marcaba las doce y siete minutos y en éste comenzaba a incluirse en los hechos que lo tuvieron como protagonista. Él formaba parte de un grupo de jóvenes más inquietos que el común denominador de la población, cuyos espíritus fueron erosionados por la aspereza del viento y las bebidas blancas en un lugar en el que el invierno invita al encierro. En la playa de Madryn había cuatro trampolines instalados en la misma línea y separados por unos diez metros de distancia colocados mar adentro. Aprovechando la bajante de la marea, una noche, él y sus compañeros, colgaron de los trampolines cuatro maniquíes vestidos con ropa de gente trabajadora y una bolsa negra cubriendo sus cabezas. Cuando la marea subió al amanecer la gente podía ver cuatro figuras humanas colgadas sobre el mar. El intendente vivía frente a la playa y cuando observó la escena, presa del pánico, llamó a las fuerzas de seguridad. Bomberos y policías formaron parte del operativo que, observando el lugar con prismáticos, aseguraba que se trataba de seres humanos. Tuvieron que meterse en el agua para quitarlos. Esa misma noche, el mismo trío que organizó la puesta, simuló la toma de una radio en complicidad con el locutor de un programa y emitieron un comunicado en tono militar explicando el porqué de esa intervención. El hombre sonrió como si alguien le hubiese susurrado al oído un comentario gracioso.
El tercer reloj, me contó, era el menos preciso y un homenaje a un amigo, uno de los integrantes del trío que organizó la intervención de los maniquíes colgados en la playa, que volvió a la ciudad como ex combatiente de Malvinas y que trabajó durante un tiempo con él en el restaurante, porque sospechaban que los que volvían del frente estaban locos y nadie les daba trabajo. Marcaba las diez y siete minutos y reflejaba la hora en que amanecía en las islas, el sol ofrecía un baño de esperanza a los soldados y los fantasmas nocturnos abandonaban las trincheras y los pozos de zorro.
Se disculpó por tener que interrumpir su relato. Alguien necesitaba hacerle una consulta en la cocina. Volvió a mi mesa con una copa de coñac en la mano y fui yo el que le pidió los detalles del último reloj que marcaba las ocho y veinticinco. Bebió un trago y al apoyar la copa bajó la vista. Me dijo que había tenido un romance que duró unos meses. Ella se fue a vivir a Trelew y se casó con un hombre de la ciudad. No volvieron a verse hasta dieciséis años después, cuando, a esa hora, apareció una mañana. Me pidió perdón sin que yo supiera porque lo hacía y me confesó que se había casado embarazada de un niño que era hijo mío. La noche anterior le había contado la verdad al muchacho y venía a avisarme de que le había dado mi dirección para que viniese a conocerme. Se reencontró con él dos días después.
Salí del restaurante, encendí un cigarrillo y me fui caminando lentamente hasta el camión. Hacía frío. Preparé la litera y me quedé unos minutos tendido boca arriba. Esa noche soñé con los relojes.
