El peso de una carta simple es de aproximadamente veinte gramos, el mismo valor que el de un Colibrí. Entre la carta y el pájaro hay otras coincidencias. En algunas culturas, el Colibrí es augurio de buenas noticias, en otras, su presencia, cuando agita sus alas sostenido en el aire, le da un crédito a quien lo observe para pedir un deseo, en otras afirman que es el mensaje de un alma que nos visita. Las buenas cartas, las inspiradas, las bien escritas, también comparten con el pájaro la pasión por el vuelo.
Siempre afirmé que las cartas son una prueba física y contundente de que alguien ha pensado en nosotros mientras la escribió y días después, esperando su llegada a las manos y a la lectura del destinatario.
Las cartas ponen en duda la precisión de las balanzas con las que fueron pesadas. Entre el papel y el sobre alcanzan un valor que nada tiene que ver con el que posee el contenido de las palabras escritas en ella. ¿Cuánto peso lleva la carta que anuncia la muerte de un soldado en combate? ¿Qué artefacto mide el vertiginoso cambio en el ritmo cardíaco de quien escribe una carta de amor y de quien la recibe?
Una novela cuenta que en el desmantelamiento de una prisión encontraron, en una de sus celdas, una caja de cartón de cigarrillos empotrada a la pared donde el convicto que la habitó recopiló las cartas recibidas de su esposa. El escritor de la novela imaginó y recompuso con esas cartas las que el presidiario pudo haber escrito para obtener esas respuestas en las que atesoraba. La mujer escribía muy bien y su prosa estaba perfumada de una exquisita poesía. Imaginemos por unos minutos ese intenso intercambio, esa luz de esperanza que se enciende en la oscuridad de una celda. El tiempo de espera en una respuesta de correspondencia es distinto en prisión.
Hay quienes aman recibir cartas desprolijas, repletas de correcciones y tachaduras, escritas febrilmente en la hoja de un cuaderno, con notas en los márgenes y pequeños dibujos, cuya caligrafía y cambios de tinta nos dicen que su escritura fue realizada en distintos momentos, con diferentes estados de ánimo y ambientes. Algunos redactores generosos compartirán con nosotros en qué lugar las escribieron: en un bar durante una tarde de lluvia, debajo de un árbol tan frondoso como antiguo, cerca de un río, mirando el mar, en la agobiante soledad de un cuarto de hotel.
Los que desprecian su valor literario desconocen la existencia de la correspondencia entre artistas y tampoco pueden imaginar el poderoso caudal de poesía que emanan naturalmente al escribir los amantes.
¿Cómo se mide el valor de las cartas demoradas? Entre estas hay una muy famosa que llega tarde para evitar la muerte de una pareja mundialmente conocida y su demora, provoca el desenlace de su trágica historia de amor.
Las cartas tienden un puente temporal mágico y exclusivo: se escriben en tiempo presente para que sean leídas en un futuro que dependerá de la velocidad de su viaje a destino. Redactor y receptor se encuentran en espacios distintos en el momento de la escritura y durante el viaje de la correspondencia, mudan, también, sus estados de ánimo.
El cuidado en la caligrafía, para que sea legible, nos da tiempo para armar oraciones más precisas. Aconsejo escribirlas con una pluma estilográfica, con buena luz y buen papel para que el brillo de la tinta nos aporte un placer extra y motivador al que inspira su sola redacción.
El sello postal no es tan importante como el personal, artesanal y artístico del redactor, por eso yo cuido el tratamiento del papel en el doblez y cuento con distintas y sofisticadas maneras de hacerlo que aprendí de mi amiga Adriana Grotto en el intercambio de cartas que mantuvimos durante diez años.
Cartas famosas:
Vincent Van Gogh le escribió cientos de cartas a su hermano Theo. Esas cartas, de notable valor histórico, cuentan una parte importante en la vida de uno de los pintores más maravillosos en la historia de la humanidad. Alguien incomprendido en su tiempo, que ganó fama universal y admiración muchos años después de haber muerto. Sus desgarradoras cartas tienen un buen puerto, algo que no siempre es posible en los tiempos en qué vivimos.
Alguien rescató las cartas de Mozart. A través de un estudio grafológico se pueden descubrir sus diferentes estados de ánimo al momento de escribirlas, el deterioro físico y emocional que le produjo su enfermedad y los días luminosos al alcanzar la gloria con sus más inspiradas creaciones musicales.
Mauricio Rosencof, escritor, poeta uruguayo escribió “Las cartas que no llegaron” sobre la parte de su familia judía que quedó en el Gueto de Varsovia y el paralelismo con su prisión durante la dictadura. En los dobladillos de sus camisas logró sacar de prisión sus poemas. En su disco con Jaime Roos, La margarita, cuenta una historia de amor desde la adolescencia a un posible casamiento. El hombre vuelve al barrio muchos años después y dice:
¿Qué
misteriosa brisa de la memoria
refresca con el tiempo aquel amor?
¿Qué misteriosa brisa del amor
refresca con el tiempo mi memoria?
No
hay final para esta historia
tierna, sencilla, de puro candor;
estuvo y está en pleno verdor
viviendo su eternidad transitoria;
Las cartas al escribirse y leerse viven su eternidad transitoria.
Le pedí a mi amiga Mónica un testimonio de lo que significaban las cartas para ella y me sorprendió con el envío de dos muy particulares, muy íntimas, muy inspiradoras, valientes confesiones entre dos personas que tienen pocos encuentros, un profundo conocimiento a través de la escritura y cuyos textos oficiaron de umbral para un romance que aún perdura. La escritura hace emerger y saca a la luz lo más profundo de nuestra sensibilidad. Escribir con honestidad es parecido a desnudarse ante el otro por primera vez.
Ante una humanidad bombardeada por efímeros estímulos digitales, las cartas siguen conservando un valor genuino, real, analógico e imperecedero.
Escribiría un poco más pero tengo que salir para el correo.
