Las huellas de mi abuelo



Recuerdo a mi abuelo con ternura y admiración. Solíamos quedar a su cuidado mi hermano y yo en los primeros tiempos de la separación de mis padres. Compartíamos con él algunas horas en la semana a la tarde y cuando mi madre tenía algún compromiso nos gustaba quedarnos a dormir en su casa.

Mi abuelo disfrutaba leyéndonos cuentos antes de dormir. Solía sostener el libro con una mano y apoyaba la otra sobre la mía hasta que el sueño me vencía. A mi me gustaba creer que era su nieta preferida.

Sus manos rugosas, llenas de cicatrices tenían un porqué y a él le gustaba contarnos sobre cada una de ellas de la manera más poética que hasta hoy conocí.
Cada huella tenía una relación con su pasado, un signo donde se reflejaban sus tiempos de trabajo de la tierra, de criar animales, de hacer leña en los crudos inviernos de la lejana Europa.

Recién en mi adolescencia me habló de esos números que tenía en su brazo derecho.

El mensajero


Recibió la bolsa ya organizada como siempre y por su experiencia calculó en el peso cuál sería su trajín de la jornada. Desde hacía días notó que habían regresado los tiempos de transportar y entregar malas noticias. Quince telegramas de despido la semana anterior y no sabía cuántos repartiría en ésta que comenzaba.

Pensó que este trabajo deja huellas de todo tipo. Él prefería a las que se consideraban gajes del oficio. La mordedura en la pantorrilla dejó una cicatriz profunda. El perró no aflojó y se llevó un pedazo de su humanidad. Lo atacó en la mitad de un corredor estrecho y no le dio tiempo a huir. El codo derecho rememora de vez en cuando la mañana de lluvia en la bicicleta y la caída contra el cordón de la vereda.

Duele más y arde por dentro el recuerdo del alarido de dolor de una madre que no tenía noticias de su hijo combatiente en Malvinas.

Son tiempos difíciles nuevamente. Ya no se envían cartas de amor, postales de viajes ni avisos para el retiro de encomiendas. El cartero llamando a la puerta es una señal de mal augurio.

Lleva muchos años caminando estas calles con su bolso al hombro, esperanzado con ser el que transporta una buena noticia.

Pluma fuente



Me dijo mi padre que perteneció a mi tatarabuelo y que la conocían como pluma fuente. Tenía una carga de tinta que se esparcía sobre el papel con el trazo bajo presión. La gente la utilizaba para escribir en tiempos en que la comunicación era manuscrita. Dice mi padre que en aquellos tiempos la gente se enviaba notas pagando un servicio que lo entregaba en el domicilio del destinatario del mensaje.

Con la revolución tecnológica llegaron los cien mil signos con los que hoy describimos perfectamente nuestras emociones y sentimientos. La gente esperaba meses para enterarse por papeles escritos con este elemento de lo que sucedía con sus seres queridos.

¿Qué pensaría hoy el inventor de este instrumento arcaico si supiera que todos sabemos dónde se encuentran nuestros seres cercanos clickleando el ícono ubicación en nuestros celulares y que presionando Actualización nos aparecen las fotos de los últimos lugares donde estuvo y sus estados de ánimo más recientes?
Cuenta mi padre que anterior a este instrumento existió la pluma que se cargaba con tinta a mano mojando la punta en un frasco y que fue el principio de un movimiento artístico que se llamó literatura.

Los únicos ejemplares que se conservan de aquellos años están guardados en un museo en la Luna.