En la manga

 

Ilustración: Darío Parissi

Son las diecinueve. Me bajo del auto para comprar cigarrillos. El frío es más intenso de lo que suponía, basta con mirar los vidrios para darse cuenta que estos días de junio vienen anticipando un invierno duro. Me encojo de hombros y levanto las solapas de mi viejo gamulán. El viento en la cara me quita la modorra y caminar es mucho mejor que sentarse a esperar dentro del coche. 

Desde la caída de los cinco anoche no hay novedades. Se blanquearon los números en la morgue, según me dijo Ramón. Vuelta de página en el archivo, ingreso y pianola, señales, respetar el orden del procedimiento. Fin para los cinco, nada más. Semáforo verde, cruzo. Pueyrredón y Las Heras. Puedo pararme en esta esquina y reconocer al detalle los lugares destacados, las referencias y sus gentes con los ojos cerrados. Esto más que una gimnasia para la memoria, es una cuestión de seguridad que se confirma cuando abro los ojos y allí están el viejo de las flores, encorvado a la luz de una vidriera, separando el cambio chico para dárselo a los tacheros, el cura que pasa seis y media, apurado por el atraso, con un portafolios de cuerina negra, la vieja de la plaza, el gordito del kiosco de cigarrillos que hoy no para de reírse. Me viene bien para practicar un poco. Después de tantos días sin que pase nada estoy fuera de estado. Quedate quieto gordito, no te agachés que te convierto en un número. Ya está. Se nota que no tengo un carajo que hacer. Todo en orden, sin novedades. El movimiento de siempre y las caras de siempre. Me parece que hoy tambien me vine al pedo. Por la dudas me preparo porque reconocer al seis entre tanta gente no va a ser nada fácil. Eligieron una buena zona y habrá que estar listo. 

El tipo que está en la esquina es el seis. Se bajó de un taxi en Gelly y Obes y camina despreocupado por la avenida Las Heras. Es de gran contextura física, conforme a los datos, cabellera tupida y canosa, tiene un saco sport de color claro, usa la corbata ligeramente desajustada, con el primer botón de la camisa blanca desabrochado. Lleva un perramus oscuro doblado en el brazo izquierdo. Se coloca el perramus y se frota las manos. Se detuvo para pedir fuego en la parada de los colectivos. Al seis le gusta sonreír, se mueve cómodamente en esta zona bacana, su vestimenta y su aire cortés son típicos de Barrio Norte. Tiene clase, pasa desapercibido para todos menos para mí que sé que es el seis. Llega al kiosco de diarios y revistas y se inquieta o se sorprende más bien con un titular del vespertino y vuelve la cabeza para terminar de leerlo. Toma un ejemplar. Vamos seis que estás caminando por la manga como la vaca rumbo al matadero. Al fin decide sacar uno de la pila, extrae del bolsillo del saco algo de dinero para pagar mientras sostiene el diario con la otra mano, sin apartar los ojos de la lectura. Extiende la palma abierta para recibir el vuelto y sin mirarlo lo guarda en el bolsillo. Cuarta página, tercera columna, ahí tenés que leer. Eso, ponete nervioso, seguí leyendo, enterate, fue culpa del cuatro. Sigue caminando muy preocupado ahora, no tan tranquilo. Tropezó con alguien presumiblemente tan distraído como él y levanto la vista como para pedir disculpas. Es una mujer delgada, de cabello oscuro, lleva un trajecito sastre color habano, muy elegante, secretaria ejecutiva de cajón. Se están excusando. Ella está de espaldas. Ahora gira. Sus gestos enmarcan perfectamente sus treinta o treinta y cinco años. Las primeras sonrisas del casual encontronazo se fueron diluyendo rápidamente y la conversación que sostienen es de frases cortas, precisas. Ella abre la cartera y saca algo que no puedo registrar bien. Es el siete. Ella es el siete. No me caben dudas. Parecía un encuentro casual pero se conocen. Son buenos actores. La sorpresa me inmovilizó un instante mientras ellos charlaban, un poco la sorpresa y otro poco el frío que me congela los dedos de las manos. El seis no disimula su nerviosismo al hablar, acompaña sus palabras con un vistazo general y permanente a la avenida. Aparta los ojos de la mujer para mirar por encima de sus hombros el movimiento de la cuadra. 

El seis la toma suavemente del brazo colocándose a su izquierda, le señala la confitería de la esquina en un gesto entre enérgico y amable. Ella asiente con la cabeza y baja la vista, en una actitud de subordinación, sometimiento, inseguridad, más que de aprobación. Caminan por Las Heras con pasos cortos, rozándose. Es él el que habla mientras ella lo observa con mucha atención. Él mira al suelo al hablar y cada tanto levanta la vista para observar de reojo a la gente que pasa a su lado. 

Yo retrocedo hasta la plaza atropellando a cuanto infeliz se me cruza en el camino y pidiendo disculpas a la carrera, jadeando de tanto faso y culo pegado a la silla, con medio pulmón en la boca. Me pesa hasta el gamulán y no me queda otra que acomodarme las cosas como pueda y seguir. En la carrera pisé un charco y siento la humedad en la media cerca del talón. Mierda con este frío. Tienen que aparecer ahora. Llegan a la confitería de Las Heras y Pueyrredón y el seis saca la mano del perramus para empujar la puerta y con la cabeza hace una leve y cortés reverencia. Es amable el seis, seguramente tan amable y refinado como el hijo de mil putas del cuatro. Ella entró en la confitería en silencio, con la cabeza gacha y señaló tímidamente una de las mesas cercanas a la ventana que da a Peuyrredón. Gracias por la gentileza, debo corregirme y decir que los dos son muy amables. 

Se sentaron y él la toma de la mano sacudiéndola como si intentara despertarla o hacerla reaccionar. Ella levanta la vista y sonríe. El se echa hacia atrás con la silla. La mira de reojo, como viejo zorro que es. Imagino que tratando de adivinar cómo se enteró de lo de anoche. Porqué lo llamó por teléfono a él y le contó todo. Estás desconfiando seis. No te gusta que la tripulación abandone el barco cuando se hunde. Que huyan como ratas para todos los agujeros posibles y vos te quedés arriba, como buen capitán que sos. Además sabés, porque el tres te lo dijo, que ella y el cuatro se entendían muy bien desde hace un tiempo, que los amueblados no eran un lugar para citas como éstas. 

El seis la sigue mirando sin decir nada, es como si intentara calcular su peso a ojo. Saca un paquete de cigarrillos del perramus y le convida mientras le hace el pedido al mozo. Ella le dio fuego y comienza a hablar en forma pausada, acompañando su relato con algunos dibujos que su índice traza sobre la mesa. El seis está muy interesado. Ella es muy linda, mucho más linda de lo que me había imaginado por su voz, tan parecida a la de Estela, nuestra operadora. Se acerca el mozo con los whiskys y ella deja de hablar, nerviosa y conmovida. Una vez servidos, el hombre hace una pregunta señalando el mantel nuevamente. Ella se niega con la cabeza y lo interrumpe, lo mira con furia, dice algo en un tono violento. Él vuelve a tomarla del brazo, la llama al orden, temeroso que las personas sentadas a las otras mesas los escuchen. Alguien que se detuvo para encender un cigarrillo, los ocultó un instante. El siete intentó irse pero él sin inmutarse dijo algo muy breve que la detuvo cuando ya había tomado la cartera y el abrigo. La mujer abrió grandes los ojos. Dentro de su sorpresa había algo de horror, abatimiento, indecisión. Se quedó tiesa, como si hubiese visto caer un rayo a dos metros suyo, con la mirada apuntando y disparando sobre el seis a quemarropa, varias veces. El seis volvió a dirigirse a ella en voz baja per de manera enérgica, mascullando insultos. Ella giró la cabeza mirando hacia la calle y pude verla mejor. Es realmente muy linda la siete, de ojos grandes y profundos, cualquiera diría que es abogada, arquitecta, o algo así. Él está agitado. Se pasa la mano por la frente y trata de serenarse. Golpea suavemente la mesa con las manos abiertas, enfatizando minuciosamente. Recalcó lo dicho varias veces en un tono muy bajo. Estira el cuello y se ajusta la corbata sacando pecho. Parece un gerente de fábrica hablándole a un empleado que vine a pedirle aumento, soberbio, poderoso, sin dejar lugar para el error o el equívoco, con una clase y firmeza dignas del seis. Por eso llegaste, por ser impersonal y preciso, exacto, trepador, tenaz, obsecuente. La mujer resopla fastidiada. Él saca un papel arrugado del bolsillo del saco y lo coloca sobre la mesa. Ella se desentiende. El vuelve a llamarla al orden y el siete al fin, asiente con disgusto. Siguen dialogando en un tono mucho más calmo ahora. Él llama al mozo, para pagarle seguramente, mientras da las últimas indicaciones. Se levantaron casi al mismo tiempo, después de pagar la cuenta y ahora caminan hacia la puerta como si estuviesen apurados, mirando sus relojes de pulsera. 

Están en la vereda. El se coloca el perramus. La veo otra vez a ella de cuerpo entero. Recuerdo que con Ramón, habíamos hecho una apuesta cuando pinchamos el teléfono hace dos meses. Habíamos arreglado una cena para el que acertaba en qué número aparecía una voz femenina. Yo dije el siete. La séptima llamada la hizo ella. Los primeros cinco cayeron anoche. El seis está en la manga y es una lástima que vos, siete, también caigas. Él vuelve a ofrecerle cigarrillos. Los tengo a los dos de frente y saco la última foto, última y mejor para dos copias. Desde mi posición puedo ver el vapor que exhalan de sus bocas claramente. Hace mucho frío y yo estoy medio congelado, satisfecho por el deber cumplido y pensando en la cara del Oficial Principal al mirar mi trabajo. Ansioso por contarle a Ramón cómo apareció el siete y que vea las fotos. Mientras guardo la cámara en la guantera del auto los veo caminar por Las Heras en dirección a Azcuénaga, derechitos por la manga, en cuyo final espera un gatillo distinto al de mi cámara que pondrá punto final al trabajo.

Aquellos días con Elpidio

 


Durante décadas la mayoría de los presidentes latinoamericanos tenían dos sueños recurrentes: terminar su mandato sin que lo interrumpa un golpe de estado o un extraño accidente mientras bebían un té medicinal, y ver su busto y su nombre en una plaza donde las palomas le devolverían en cuotas lo que ellos descargaron sobre su pueblo alguna vez. 

Elpidio Buffarretti no fue la excepción aunque su mandato dejó una huella imborrable entre los historiadores al analizar la increíble capacidad creativa del ex funcionario para resolver diferentes problemas de la vida pública de un país subdesarrollado en Latinoamérica. 

Los diarios de la época cambiaron radicalmente su formato durante su presidencia y no había ni siquiera en el período de vacaciones una tapa que no tuviera titulares con letra de molde catástrofe. Algunos de esos títulos, los más llamativos, fueron recopilados en el best seller del periodista Benito Atilio Malatesta. 

Fin de año a todo o nada!!!!

Ruido en los cuarteles

Se dividió la sociedad

No somos nada

Últimos en el ranking del Banco Mundial y sin miras de mejorar

Otra vez la violencia y el Gobierno mira para otro lado

Así no se llega a fin de mes 

Aunque su gabinete fue el más numeroso de la historia del país con 114 ministerios y 302 asesores, para sus decisiones trascendentales recurría a su gurú personal, el Toti Menéndez, especialista en runas, lectura de la borra del café y espiritismo, quien le trazaba un mapa sobre las posibles condiciones para su éxito como si se tratara del servicio meteorológico junto con algunos pálpitos en los juegos de azar y las carreras de caballos. 

Fue Menéndez quien lo aconsejó para que se acercara al mundo de la farándula, a las vedettes de moda, a las fiestas empresarios y al mundo del deporte incitándolo a participar de manera activa y pública, como protagonista, mostrándole con un compilado de videos de los más destacados en cada disciplina que no había secretos en el basquet, en el fútbol o en el automovilismo para convertirse en una estrella. En cada acto oficial, y a su lado, estaba el Toti Menéndez con sus runas, siete velas y su lechuza. 

Cuando decidió disolver el congreso porque obstaculizaba sus proyectos para la grandeza de la Patria, lo reemplazó por comisiones conformadas por los más exitosos empresarios del país bajo el lema: “Si a ellos les va fenómeno, al país también” 

Fue criticado desde el exterior cuando modificó la Corte Suprema de Justicia convocando a presidirla a su hijo Octavio, que no era formado en leyes pero se había destacado como ceramista. Dispuso que en otros lugares importantes del gobierno estuvieran varios familiares tan destacados como su hijo. 

No fue difícil ubicar a sus ex ministros, alojados todos ellos en el mismo pabellón de la cárcel de Punta Rodete aunque el ex mandatario fue el único del gobierno que consiguió huir, sus colaboradores no le guardan rencor y siguen admirando esa chispa sagrada de los inmortales para no caer en las garras del fracaso. 

Domingo Alcaparra, su irreemplazable ministro de economìa, hoy en un sector especial de la penitenciaría para protegerlo de los presos comunes, nos cuenta lo que él considera una de sus grandes perlas: 

Un día toqué desesperado la puerta del despacho y le dije: “Elpidio, se nos vienen encima los vencimientos de fin de año y no tenemos cómo cubrir la deuda”. Lo vi mirar el calendario que siempre tenía a mano en el escritorio y ponerse a escribir sobre su block con frenesí. Cuando llegué a casa me enteré por la televisión: con un decreto aplazó el fin de año hasta el 20 de abril. Aunque la gente hoy diga que les arruinó la organización de las fiestas y los aguinaldos y todas esas pavadas, salvó al país de un derrumbe financiero que no lo arreglaba ni Cristo.” 

Si bien durante el último tramo de su ciclo como presidente hubo más días de paro que laborables (hecho hasta entonces inédito), la organización obrera rescata que el marco de diálogo siempre fue perfecto con el sector. “Lo hacíamos en la quinta con asado, vino, traía músicos y salíamos todos abrazados. Dos días después nos dábamos cuenta que no habíamos conseguido nada a nivel gremial, así que pedíamos otra reunión en su agenda que nunca fue antes de seis meses” 

Pasaron diez años para que las investigaciones pusieran a luz uno de los encubrimientos más escalofriantes. 

Sobre el final del segundo año de su mandato promocionó durante meses un fin de año a toda orquesta celebrando los logros de su gobierno, empapeló las ciudades y financió el viaje de miles de personas que partían de distintos puntos del país hasta Garramendia, extraño lugar para la mayoría de los habitantes donde se iban a realizar los festejos y el lanzamiento de fuegos artificiales como nunca antes se había visto ni en Europa. La gente quedó perpleja a las 0 del nuevo año cuando vio que el cielo estaba iluminado y la tierra se movía con las explosiones. Perfectamente sincronizado con los festejos, se hizo volar un polvorín donde se investigaba la venta ilegal de armas, con varios funcionarios del gobierno de Elpidio Buffarretti en carácter de  sospechados. Hubiese sido un éxito rotundo si se hubieran evitado que las explosiones tiraran  abajo las casas de medio barrio obrero de las cercanías de Garramendia, no lamentándose víctimas fatales porque todos estaban a diez kilómetros de sus casas embobados con el despliegue de fuego y luces. 

En menos de tres meses el país pasó por cincuenta y siete conflictos diplomáticos con otros países donde sus embajadores terminaron expulsados, trece de esos conflictos fueron con superpotencias que amenazaron con invasión militar. Una noche de Pascuas se dirigió al pueblo en un mensaje en cadena diciendo entre otras cosas: “Han bloqueado nuestro puerto con una flota. No bloquearán nuestra esperanza. Con la verdad no temo ni ofendo. Como devoto cristiano creo en la resurrección y cuando esto ocurra, ay de ellos” 

No menos célebre fue su discurso en un país en llamas, con miles de personas manifestándose en las calles en protesta por el  desabastecimiento y las corridas cambiarias. “Se derrama más sangre en las corridas de toros y nadie mueve un dedo por ese pobre animal que nos da la leche y el cuero”. 

La Juventud Buffarretista fue el escudo humano con el que pudo subirse al jet que lo llevaría a las Galápagos mientras decía a los que se agolpaban furiosos para agredirlo “no empujen que entramos todos, sean civilizados. El Mundo nos está mirando”

Nelly

 


Hoy, en la mitad de mi segunda semana de vacaciones, escribí un poco. Me traje un par de textos incompletos, una idea a desarrollar sobre un nuevo espectáculo y algunos borradores. Comencé un proyecto nuevo inspirado en una corta caminata desde el lugar donde me hospedo hasta la rambla, aproximadamente una cuadra y media, con la intención de encontrar vacío el banco en el que una tarde conversamos con mi hermana sobre insolubles conflictos familiares, anhelando que su magia continuase intacta y que yo pudiese hacer viajar a mi corazón al otro lado del río, donde no lejos de su casa, en una cama extraña, con una máscara de oxígeno colocada, mi madre esperaba que la batería de antibióticos venciera a una neumonía. Llevé un solo cigarrillo, el encendedor y las llaves del departamento que me prestó un generoso amigo, quien a esta hora en que yo escribo, duerme.

Cuando me enteré de la noticia sobre la internación de mi madre quedé fijado, suspendido, en ciertas imágenes, en algunas fotos de la infancia y en una vida que lleva noventa y un años en los que le cuesta encontrar momentos de felicidad, y allí queda, ante la insólita pregunta, detenida, repasando un arduo inventario como un buscador de perlas.

Nada de lo que sus hijos podamos hacer parece suficiente. Ella no demanda otra cosa que atención pero no puede elegir qué le gustaría hacer, a quién visitar, qué lugar cercano recorrer. Entonces si resultan dolorosos, agraviantes los reclamos de los domingos después del almuerzo cuando le pedimos que se mueva como su médico prescribe, como da cuenta la lógica para conservar la salud. Muchas veces responde con una verdad irrefutable: no tiene ganas, ya hizo mucho, ya cocinó los suficientes platos para todos, ya planchó camisas y delantales escolares, ya rezó por todos y nos cuidó en fiebres, paperas, sarampiones, ya atravesó la densa bruma de los miedos cuando llegó el momento de cumplir con el  servicio militar obligatorio y luego la guerra de Malvinas. Cuando una peritonitis exigió cuarenta y ocho horas de espera para saber si su hijo mayor se salvaba o pasaba a reposar en el Parque de los quietos. Ya pasó por el sufrimiento de una hija ante cada cura de su oído, y nosotros creíamos que había exageración en esos gritos hasta que nos enteramos que sus tímpanos perforados estaban en carne viva y las tres gotas que había que administrarle tenían una alta dosis de alcohol. Ahora pareciera que esos hijos toman revancha de arcaicos retos y penitencias y los devuelven con tasa de interés incluída.

Lleva un peso enorme en las espaldas, un kilo por cada año donde fue descubriendo que no existe la familia perfecta, del doloroso error al construir un hogar en la casa de sus suegros, de tener que compensar el invalorable asilo con el cuidado y el oficio de enfermera para ellos cuando pasaron los años como a ella le pasaron. No quiere recordar su infancia en Alpachiri, Tucumán, su viaje a Buenos Aires, sus trabajos como empleada doméstica en familias acomodadas de zona norte, un barrio residencial donde una tarde, en un colectivo, se encontró con mi padre.

Ya habló lo que tenía que decir, sin saber si perdonó imperdonables infidelidades, la férrea y despótica disciplina que impuso un suegro de personalidad explosiva, porque al fin de cuentas era su casa y bajo su arbitrio nacían y se cumplían las reglas.

Una inteligencia superior la alumbraba, desaprovechada por un autoexilio en una comarca cuyos límites los marcaban una cocina y un lavadero. Sabía lo elemental y con eso le alcanzaba para hacer proezas con la economía familiar con los exiguos ingresos de un marido taxista y luego camionero en una fábrica textil.

Inmenso viaje hizo en un tren más largo que el transiberiano y más añorado que el Estrella del Norte, servicio de ferrocarril que la trajo a Buenos Aires como antes había traído a su tía, y que la llevó de regreso pocas veces, incluso conmigo muy pequeño en una travesía que selló mi amor incondicional por los trenes.

Tiene sus secretos bien guardados, lecturas de situaciones en que la ha guiado más su intuición que su razonamiento, escuchas fraccionadas con las que supo hilvanar la trama completa que la motivó. Una chispa de humor ácido e ingenio que a veces acompañaba con un gesto de picardía o una risa silenciosa. Una inteligencia superior para conseguir lo que quería sin pedirlo, para lograr una aprobación, habilidad que me inspiró a bautizarla como “El Cardenal Richelieu". En algunos desvaríos por su enfermedad soltó algunas frases que nos parecieron incongruentes pero que estoy seguro tendrían su sustento.

Lleva consigo escenas de dolor imborrables. Yo fui testigo de dos: cuando volvió de la clínica donde nació la menor de mis hermanas y Haydee, la esposa de mi tío Ernesto, mientras ella almorzaba, le recriminó la falta de conciencia para traer al mundo a un tercer hijo cuando a duras penas podían sostener a dos.

Mi padre estaba en el dormitorio cuando escuchó los gritos y su intervención originó la ruptura definitiva con su hermano, una división familiar que se sostuvo con el tiempo y marcó el fin de las fiestas familiares compartidas. El otro lado de la historia dice que mi tío Ernesto, de mejor posición económica que mi padre, comparaba suertes con su hermano, esgrimiendo que mi padre con sus magros ingresos pudo tener tres hijos y él con lo abultado de los suyos solo dos. Este reclamo había sido la mecha que detonó la discusión. Mi hermana menor cargó con el estigma de haber dividido a la familia con su llegada al mundo.

En ciertos ciclos de su enfermedad, en un discurso catártico, repasa como en un rosario las penurias desentendiéndose de eso que llaman destino.

En todos estos años la vi perder el control en dos ocasiones: la última fue en un brote de su demencia temporal transitoria cuando llegué a su casa acompañado de mi pareja de entonces cuando ella me había pedido hablar a solas. Se convirtió en un volcán de gritos e insultos. La primera fue una tarde, cuando antes de poner a lavar los pantalones de trabajo de mi padre, vació sus bolsillos y encontró una carta de amor que le había escrito a mi padre una mujer.

Su viaje a Córdoba no tuvo muchas explicaciones: “Mamá necesita descansar” fue la respuesta oficial. Pasó unos días en la casa de su tía Alcira. No sé si además de asilo recibió consejos. No sé si meditó sobre lo que había pasado. La historia volvió entre quejas una tarde, muerto ya mi padre, ante sus hijos, en un discurso catártico, sin comas ni puntos seguidos, en uno de esos sermones que detonaba la demencia, para que tomemos nota de que en la vida hay episodios que no sepulta el olvido.

La vida en color sepia, como el suplemento que venía con el diario La prensa los domingos. Mario Levrero, el escritor uruguayo, quiso escribir la novela luminosa. El lado luminoso de la novela sobre la vida de mi madre está en los capítulos que hablan del amor incondicional para sus hijos, por los amigos de sus hijos, a quienes les daba el cariño que según percibía acertadamente les faltaba. Marcelo, mi amigo de la infancia, vivió en su casa unos meses. Varios compañeros de colegio pasaban de visita para recibir un poco del sol del hogar y eso la reconfortaba tanto como vernos disfrutar su tarta de duraznos y su torta trenzada de vainilla con limón. Era generosa en gestos amorosos. Silvina, una amiga de la secundaria y su beba tuvieron asilo en momentos difíciles. Silvina me dijo que nunca le preguntó ni le cuestionó nada, que allí estaba Nelly con su plato de comida y su gesto maternal para escuchar lo que quisiera decir. Cuentan que una vez, siendo un bebé, me dejó sin aire en medio de besos y abrazos. Ella contaba que me llevó al pediatra porque no lloraba y el médico se rió porque el llanto era el reclamo común de las madres y ella lo estaba consultando por mi silencio.

Así como inspiró mi amor a los trenes, me inició en el vicio de la correspondencia epistolar, cuando agregábamos algo de nuestra actualidad a una carta que ella les escribía a sus hermanos en Tucumán o a su tía en Australia. El amor por la correspondencia, como el de los trenes, se sostiene hasta hoy y aquello que en mi infancia me parecía mágico, hoy me resulta imprescindible. Poner la voz en una carta, poner el alma. Antes que germinaran las primeras poesías y las primeras letras de canciones escribí esas cartas. Ella y mi padre me convencieron de que escribía bien, que tenía talento para la poesía y la prosa. Una herencia que impregna mi escritura y mi inmenso amor por la literatura. La vereda del sol de su lado luminoso.