Ella dormía
mientras los
hombres la soñaban
y despertaban
habiendo olvidado lo soñado
con la densa
bruma de la vigilia.
Cada uno la veía
en una escena diferente,
a veces íntima
como una confesión, otras en un mar de gente.
Quizás sonreía
enigmáticamente,
tal vez
desbordando su inquietante sensualidad.
Para todos ellos
el sueño era único y secreto,
y como toda
fantasía
nunca elegían las
situaciones ni los lugares,
no se cumplían en
ellas sus deseos
y quedaban a
merced de parecidos interrogantes.
Ella dormía
desconociendo sus
múltiples paraderos en la noche,
furtivos
domicilios,
eventuales citas
sin horario,
extraño deambular
sin rumbo fijo.
Ella irrumpía
como un súbito desmayo,
sin tiempo para
buscar sostenerse,
para amortiguar
el derrumbe contra el suelo
ni asimilar la
sorpresa.
Ella dormía
desconociendo que
la llamaban en otros sueños por su nombre,
que la seguían
por calles de otros mundos,
sin tiempo para
detenerse
ni sospechas para
mirar atrás.
Ella dormía
también
en la imaginación
de sus soñadores,
que no se
atrevían a despertarla
creyendo que su
sueño les pertenecía,
que podían
contemplar sin ser visto
la maravillosa
sensación de ser soñado,
para acercarse a
ella con sigilo,
sin un ruido ni
un gesto que perturbe,
acercar a sus
labios el oído
y recibir la bendición de oír sus nombres.
