Editorial de la semana

Durante algún tiempo escribí una editorial contando los hechos de la semana. Luego lo dejé pero jamás lo compartí aquí.

Por la dimensión que ha tomado esta publicación, me permito compartirla entre la ensalada de cosas que hago.

Que la disfruten,

𝔼𝕕𝕚𝕥𝕠𝕣𝕚𝕒𝕝

𝙽𝚞𝚎𝚜𝚝𝚛𝚘 𝚚𝚞𝚎𝚛𝚒𝚍𝚘 𝚃𝚘𝚝𝚘, 𝚖𝚒𝚗𝚒𝚜𝚝𝚛𝚘 𝚍𝚎 𝚎𝚌𝚘𝚗𝚘𝚖𝚒́𝚊, 𝚌𝚘𝚗 𝚞𝚗𝚊 𝚎𝚜𝚌𝚊𝚛𝚊𝚙𝚎𝚕𝚊 𝚎𝚗 𝚕𝚊 𝚜𝚘𝚕𝚊𝚙𝚊 𝚙𝚘𝚛 𝚎𝚕 𝚏𝚎𝚜𝚝𝚎𝚓𝚘 𝚍𝚎𝚕 𝟸𝟻 𝚍𝚎 𝚖𝚊𝚢𝚘, 𝚗𝚘𝚜 𝚙𝚒𝚍𝚒𝚘́ 𝚊 𝚕𝚘𝚜 𝚊𝚛𝚐𝚎𝚗𝚝𝚒𝚗𝚘𝚜 𝚚𝚞𝚎 𝚜𝚎𝚊𝚖𝚘𝚜 𝚙𝚊𝚝𝚛𝚒𝚘𝚝𝚊𝚜 𝚢 𝚙𝚘𝚗𝚐𝚊𝚖𝚘𝚜 𝚎𝚗 𝚎𝚕 𝚖𝚎𝚛𝚌𝚊𝚍𝚘 𝚕𝚘𝚜 𝚟𝚎𝚛𝚍𝚎𝚜 𝚚𝚞𝚎 𝚓𝚞𝚗𝚝𝚊𝚖𝚘𝚜 𝚍𝚞𝚛𝚊𝚗𝚝𝚎 𝚎𝚕 𝚛𝚘𝚋𝚘 𝚔𝚒𝚛𝚌𝚑𝚗𝚎𝚛𝚒𝚜𝚝𝚊 𝚙𝚘𝚛𝚚𝚞𝚎 𝚎́𝚕, 𝙼𝚎𝚕𝚌𝚘𝚗𝚒𝚊𝚗, 𝚂𝚝𝚞𝚛𝚣𝚣𝚎𝚗𝚎𝚐𝚎𝚛 𝚢 𝚘𝚝𝚛𝚘𝚜 𝚚𝚞𝚎 𝚎𝚜𝚝𝚞𝚟𝚒𝚎𝚛𝚘𝚗 𝚎𝚡𝚒𝚕𝚒𝚊𝚍𝚘𝚜 𝚎𝚗 𝚎𝚜𝚘𝚜 𝚊𝚗̃𝚘𝚜, 𝚕𝚊 𝚝𝚒𝚎𝚗𝚎𝚗 𝚎𝚗 𝚎𝚕 𝚎𝚡𝚝𝚎𝚛𝚒𝚘𝚛. 𝚃𝚛𝚊𝚎𝚛𝚕𝚊 𝚊 𝚕𝚊 𝙰𝚛𝚐𝚎𝚗𝚝𝚒𝚗𝚊 𝚎𝚜 𝚞𝚗 𝚟𝚎𝚛𝚍𝚊𝚍𝚎𝚛𝚘 𝚝𝚛𝚊𝚜𝚝𝚘𝚛𝚗𝚘 𝚢 𝚚𝚞𝚒𝚕𝚘𝚖𝚋𝚘 𝚍𝚎 𝚙𝚊𝚙𝚎𝚕𝚎𝚜.
𝚃𝚘𝚝𝚘 𝚢𝚊 𝚎𝚜𝚝𝚞𝚟𝚘 𝚎𝚗𝚟𝚒𝚊𝚗𝚍𝚘 𝚕𝚒𝚗𝚐𝚘𝚝𝚎𝚜 𝚍𝚎 𝚘𝚛𝚘 𝚊 𝙶𝚛𝚊𝚗 𝙱𝚛𝚎𝚝𝚊𝚗̃𝚊 𝚙𝚘𝚛𝚚𝚞𝚎 𝚊𝚌𝚊́ 𝚎𝚜𝚝𝚊𝚋𝚊𝚗 𝚓𝚞𝚗𝚝𝚊𝚗𝚍𝚘 𝚙𝚘𝚕𝚟𝚘 𝚢 𝚎𝚗 𝚎𝚕 𝚁𝚎𝚒𝚗𝚘 𝚄𝚗𝚒𝚍𝚘 𝚕𝚎 𝚙𝚊𝚜𝚊𝚗 𝚎𝚕 𝚙𝚕𝚞𝚖𝚎𝚛𝚘 𝚝𝚘𝚍𝚘𝚜 𝚕𝚘𝚜 𝚍𝚒́𝚊𝚜.
𝙳𝚊𝚛𝚒́𝚗, 𝚚𝚞𝚎 𝚢𝚊 𝚑𝚊𝚋𝚒́𝚊 𝚊𝚙𝚊𝚛𝚎𝚌𝚒𝚍𝚘 𝚊𝚗𝚝𝚎 𝚎𝚕 𝚙𝚞́𝚋𝚕𝚒𝚌𝚘 𝚌𝚘𝚗 𝚎𝚕 𝙴𝚝𝚎𝚛𝚗𝚊𝚞𝚝𝚊, 𝚞𝚗𝚊 𝚜𝚎𝚛𝚒𝚎 𝚚𝚞𝚎 𝚊𝚌𝚘𝚗𝚜𝚎𝚓𝚘́ 𝚗𝚘 𝚖𝚒𝚛𝚊𝚛 𝙲𝚛𝚒𝚜𝚝𝚒𝚗𝚊 𝙿𝚎́𝚛𝚎𝚣 𝚙𝚘𝚛𝚚𝚞𝚎 𝚝𝚒𝚎𝚗𝚎 𝚞𝚗 𝚜𝚎𝚜𝚐𝚘 𝚒𝚍𝚎𝚘𝚕𝚘́𝚐𝚒𝚌𝚘 𝚚𝚞𝚎 𝚙𝚞𝚎𝚍𝚎 𝚍𝚎𝚜𝚙𝚎𝚛𝚝𝚊𝚛 𝚖𝚊𝚕𝚘𝚜 𝚙𝚎𝚗𝚜𝚊𝚖𝚒𝚎𝚗𝚝𝚘𝚜 𝚎𝚗 𝚕𝚊 𝚐𝚎𝚗𝚝𝚎 𝚍𝚎 𝚋𝚒𝚎𝚗 𝚢 𝚕𝚕𝚎𝚟𝚊𝚛𝚕𝚊 𝚙𝚘𝚛 𝚎𝚕 𝚌𝚊𝚖𝚒𝚗𝚘 𝚍𝚎𝚕 𝚖𝚊𝚕, 𝚊𝚕𝚐𝚘 𝚚𝚞𝚎 𝚜𝚞 𝚖𝚊𝚛𝚒𝚍𝚘 𝚝𝚛𝚊𝚝𝚊 𝚍𝚎 𝚎𝚟𝚒𝚝𝚊𝚛 𝚍𝚒𝚜𝚏𝚛𝚊𝚣𝚊𝚍𝚘 𝚍𝚎 𝚊𝚕𝚖𝚒𝚛𝚊𝚗𝚝𝚎. 𝙽𝚘 𝚖𝚎 𝚚𝚞𝚒𝚎𝚛𝚘 𝚒𝚛 𝚙𝚘𝚛 𝚕𝚊𝚜 𝚛𝚊𝚖𝚊𝚜 𝚙𝚘𝚛𝚚𝚞𝚎 𝚜𝚎 𝚖𝚎 𝚕𝚕𝚎𝚗𝚊 𝚕𝚊 𝚙𝚊𝚕𝚖𝚎𝚛𝚊 𝚍𝚎 𝚐𝚘𝚛𝚒𝚕𝚊𝚜. 𝙳𝚊𝚛𝚒́𝚗, 𝚎𝚗 𝚕𝚊 𝚖𝚎𝚜𝚊 𝚍𝚎 𝙼𝚒𝚛𝚝𝚊 𝙻𝚎𝚐𝚛𝚊𝚗𝚍 𝚘𝚙𝚒𝚗𝚘́ 𝚜𝚘𝚋𝚛𝚎 𝚕𝚊 𝚎𝚌𝚘𝚗𝚘𝚖𝚒́𝚊 𝚑𝚊𝚌𝚒𝚎𝚗𝚍𝚘 𝚛𝚎𝚏𝚎𝚛𝚎𝚗𝚌𝚒𝚊 𝚊𝚕 𝚙𝚛𝚎𝚌𝚒𝚘 𝚍𝚎 𝚞𝚗𝚊 𝚍𝚘𝚌𝚎𝚗𝚊 𝚍𝚎 𝚎𝚖𝚙𝚊𝚗𝚊𝚍𝚊𝚜. 𝙰𝚑𝚒́ 𝚗𝚘𝚖𝚊́𝚜, 𝚕𝚕𝚊𝚖𝚊𝚛𝚘𝚗 𝚊𝚕 𝚊𝚐𝚎𝚗𝚝𝚎 𝙿𝚒𝚛𝚒𝚗𝚌𝚑𝚘 𝚚𝚞𝚎 𝚒𝚗𝚝𝚎𝚛𝚛𝚞𝚖𝚙𝚒𝚘́ 𝚜𝚞 𝚎𝚗𝚝𝚛𝚎𝚗𝚊𝚖𝚒𝚎𝚗𝚝𝚘 𝚙𝚘𝚛 𝙿𝚊𝚕𝚎𝚛𝚖𝚘 𝚢 𝚙𝚞𝚜𝚘 𝚊 𝚝𝚛𝚊𝚋𝚊𝚓𝚊𝚛 𝚊 𝚜𝚞 𝚎𝚚𝚞𝚒𝚙𝚘 𝚍𝚎 𝚙𝚛𝚘𝚍𝚞𝚌𝚌𝚒𝚘́𝚗 𝚙𝚊𝚛𝚊 𝚙𝚘𝚗𝚎𝚛𝚕𝚎 𝚑𝚞𝚖𝚘𝚛 𝚢 𝚍𝚊𝚛𝚕𝚎 𝚘𝚝𝚛𝚊 𝚟𝚞𝚎𝚕𝚝𝚊 𝚊𝚕 𝚛𝚎𝚙𝚞𝚕𝚐𝚞𝚎.
𝙽𝚞𝚎𝚜𝚝𝚛𝚘 𝙴𝚖𝚋𝚊𝚓𝚊𝚍𝚘𝚛 𝚍𝚎 𝚕𝚞𝚣, 𝚏𝚞𝚝𝚞𝚛𝚘 𝚙𝚛𝚎𝚖𝚒𝚘 𝙽𝚘𝚋𝚎𝚕 𝚍𝚎 𝚎𝚌𝚘𝚗𝚘𝚖𝚒́𝚊, 𝚐𝚊𝚗𝚊𝚍𝚘𝚛 𝚍𝚎𝚕 𝙿𝚛𝚎𝚖𝚒𝚘 𝙶𝚎́𝚗𝚎𝚜𝚒𝚜 𝚚𝚞𝚎 𝚘𝚝𝚘𝚛𝚐𝚊 𝚕𝚊 𝚂𝚘𝚌𝚒𝚎𝚍𝚊𝚍 𝚍𝚎 𝙵𝚘𝚖𝚎𝚗𝚝𝚘 𝚍𝚎 𝚂𝚘𝚕𝚊𝚗𝚘, 𝚕𝚞𝚎𝚐𝚘 𝚍𝚎 𝚑𝚊𝚋𝚎𝚛 𝚎𝚗𝚌𝚘𝚗𝚝𝚛𝚊𝚍𝚘 𝚢 𝚙𝚛𝚊𝚌𝚝𝚒𝚌𝚊𝚍𝚘 𝚑𝚊𝚜𝚝𝚊 𝚎𝚕 𝚌𝚊𝚗𝚜𝚊𝚗𝚌𝚒𝚘 𝚞𝚗𝚊 𝚎𝚡𝚙𝚛𝚎𝚜𝚒𝚘́𝚗 𝚚𝚞𝚎 𝚍𝚒𝚜𝚒𝚖𝚞𝚕𝚊 𝚕𝚊 𝚙𝚊𝚙𝚊𝚍𝚊 𝚢 𝚜𝚞 𝚌𝚊𝚛𝚊 𝚍𝚎 𝚝𝚘𝚛𝚝𝚊 𝚏𝚛𝚒𝚝𝚊, 𝚜𝚎 𝚟𝚒𝚘 𝚒𝚖𝚒𝚝𝚊𝚍𝚘 𝚙𝚘𝚛 𝚞𝚗𝚊 𝚌𝚊𝚗𝚝𝚊𝚗𝚝𝚎 𝙿𝚘𝚙 𝚚𝚞𝚎 𝚜𝚎 𝚑𝚊 𝚎𝚗𝚜𝚊𝚗̃𝚊𝚍𝚘 𝚌𝚘𝚗 𝚎́𝚕 𝚜𝚒𝚗 𝚝𝚎𝚖𝚎𝚛𝚕𝚎 𝚊 𝚕𝚊𝚜 𝚌𝚘𝚗𝚜𝚎𝚌𝚞𝚎𝚗𝚌𝚒𝚊𝚜 𝚚𝚞𝚎 𝚙𝚞𝚎𝚍𝚊𝚗 𝚌𝚊𝚎𝚛 𝚜𝚘𝚋𝚛𝚎 𝚎𝚕𝚕𝚊𝚜 𝚍𝚎 𝚕𝚊𝚜 𝙵𝚞𝚎𝚛𝚣𝚊𝚜 𝚍𝚎𝚕 𝚌𝚒𝚎𝚕𝚘.
𝙼𝚒𝚎𝚗𝚝𝚛𝚊𝚜 𝚝𝚘𝚍𝚘 𝚎𝚜𝚝𝚘 𝚜𝚞𝚌𝚎𝚍𝚒́𝚊 𝚢 𝚕𝚊 𝚐𝚎𝚗𝚍𝚊𝚛𝚖𝚎𝚛𝚒́𝚊 𝚍𝚎 𝚕𝚊 𝚍𝚞𝚎𝚗̃𝚊 𝚍𝚎 𝚕𝚊 𝚌𝚊𝚍𝚎𝚗𝚊 𝚃𝚘𝚜𝚝𝚊𝚍𝚘 𝚎𝚗𝚝𝚛𝚎𝚗𝚊𝚋𝚊 𝚙𝚊𝚛𝚊 𝚎𝚕 𝚌𝚘𝚖𝚋𝚊𝚝𝚎 𝚌𝚘𝚗𝚝𝚛𝚊 𝚎𝚕 𝚗𝚊𝚛𝚌𝚘𝚝𝚛𝚊́𝚏𝚒𝚌𝚘 𝚌𝚘𝚗 𝚕𝚊𝚜 𝚗𝚞𝚎𝚟𝚊𝚜 𝚌𝚊𝚌𝚑𝚒𝚙𝚘𝚛𝚛𝚊𝚜 𝚜𝚘𝚋𝚛𝚎 𝚕𝚘𝚜 𝚓𝚞𝚋𝚒𝚕𝚊𝚍𝚘𝚜, 𝚎𝚕 𝚙𝚎𝚛𝚒𝚘𝚍𝚒𝚜𝚝𝚊 𝙷𝚞𝚐𝚘 𝙰𝚕𝚌𝚘𝚗𝚊𝚍𝚊 𝙼𝚘𝚗 𝚙𝚞𝚋𝚕𝚒𝚌𝚘́ 𝚞𝚗 𝚊𝚛𝚝𝚒́𝚌𝚞𝚕𝚘 𝚍𝚎𝚗𝚞𝚗𝚌𝚒𝚊𝚗𝚍𝚘 𝚎𝚕 𝚙𝚕𝚊𝚗 𝚍𝚎 𝚎𝚜𝚝𝚛𝚊𝚝𝚎𝚐𝚒𝚊 𝚚𝚞𝚎 𝚒𝚖𝚙𝚕𝚎𝚖𝚎𝚗𝚝𝚊𝚛𝚊́ 𝚕𝚊 𝚂𝙸𝙳𝙴 𝚙𝚊𝚛𝚊 𝚟𝚒𝚐𝚒𝚕𝚊𝚛, 𝚎𝚜𝚙𝚒𝚊𝚛, 𝚙𝚎𝚛𝚜𝚎𝚐𝚞𝚒𝚛 𝚘 𝚕𝚊𝚜 𝚝𝚛𝚎𝚜 𝚊𝚌𝚌𝚒𝚘𝚗𝚎𝚜 𝚊 𝚕𝚊 𝚟𝚎𝚣 𝚎𝚗 𝚊𝚛𝚊𝚜 𝚍𝚎 𝚖𝚊𝚗𝚝𝚎𝚗𝚎𝚛 𝚊𝚕 𝚙𝚊𝚒́𝚜 𝚎𝚗 𝚘𝚛𝚍𝚎𝚗 𝚌𝚘𝚖𝚘 𝚙𝚛𝚘𝚖𝚎𝚝𝚒𝚘́ 𝚕𝚊 𝚝𝚘𝚜𝚝𝚊𝚍𝚘𝚛𝚊 𝚢 𝚚𝚞𝚎 𝚗𝚘 𝚜𝚎 𝚏𝚒𝚕𝚝𝚛𝚎𝚗 𝚋𝚛𝚒𝚐𝚊𝚍𝚊𝚜 𝚔𝚞𝚛𝚍𝚊𝚜, 𝚖𝚊𝚙𝚞𝚌𝚑𝚎𝚜, 𝚟𝚎𝚗𝚎𝚣𝚘𝚕𝚊𝚗𝚘-𝚒𝚛𝚊𝚚𝚞𝚒́ 𝚘 𝚍𝚎 𝙱𝚞𝚛𝚔𝚒𝚗𝚊 𝙵𝚊𝚜𝚘 𝚙𝚘𝚛𝚚𝚞𝚎 𝚎𝚕 𝚏𝚊𝚜𝚘 𝚎𝚜 𝚞𝚗𝚊 𝚍𝚎 𝚕𝚊𝚜 𝚌𝚘𝚜𝚊𝚜 𝚚𝚞𝚎 𝚖𝚊́𝚜 𝚍𝚊𝚗̃𝚘 𝚗𝚘𝚜 𝚑𝚊𝚌𝚎𝚗 𝚊 𝚕𝚊 𝚜𝚊𝚕𝚞𝚍.
𝙰 𝙰𝚕𝚌𝚘𝚗𝚊𝚍𝚊 𝙼𝚘𝚗 𝚜𝚎 𝚕𝚎 𝚍𝚎𝚜𝚌𝚘𝚗𝚏𝚒𝚐𝚞𝚛𝚘́ 𝚕𝚊 𝚌𝚘𝚖𝚙𝚞𝚝𝚊𝚍𝚘𝚛𝚊, 𝚜𝚎 𝚕𝚎 𝚌𝚊𝚢𝚘́ 𝚎𝚕 𝚆𝚑𝚊𝚝𝚜𝚊𝚙𝚙, 𝚜𝚎 𝚕𝚎 𝚋𝚕𝚘𝚚𝚞𝚎𝚘́ 𝚎𝚕 𝚃𝚠𝚒𝚝𝚝𝚎𝚛 𝚢 𝚜𝚎 𝚕𝚎 𝚎𝚜𝚌𝚊𝚙𝚘́ 𝚎𝚕 𝚌𝚊𝚗𝚊𝚛𝚒𝚘 𝚎𝚗 𝚎𝚕 𝚖𝚒𝚜𝚖𝚘 𝚍𝚒́𝚊 𝚍𝚎 𝚜𝚞 𝚙𝚞𝚋𝚕𝚒𝚌𝚊𝚌𝚒𝚘́𝚗 𝚙𝚘𝚛𝚚𝚞𝚎 𝚒𝚐𝚞𝚊𝚕 𝚚𝚞𝚎 𝚊 𝚕𝚘𝚜 𝚋𝚛𝚘𝚝𝚎𝚜 𝚟𝚎𝚛𝚍𝚎𝚜 𝚍𝚎 𝙵𝚛𝚊𝚐𝚊 𝚚𝚞𝚎 𝚚𝚞𝚎𝚖𝚘́ 𝚕𝚊 𝚜𝚎𝚚𝚞𝚒́𝚊 𝚢 𝚊 𝚕𝚊 𝚝𝚘𝚗𝚎𝚕𝚊𝚍𝚊 𝚍𝚎 𝚢𝚎𝚛𝚋𝚊 𝚚𝚞𝚎 𝚕𝚘𝚜 𝚛𝚊𝚝𝚘𝚗𝚎𝚜 𝚕𝚎 𝚌𝚘𝚖𝚒𝚎𝚛𝚘𝚗 𝚊 𝚅𝚒𝚍𝚊𝚕 𝚢 𝚊 𝚁𝚒𝚝𝚘𝚗𝚍𝚘, 𝚌𝚞𝚊𝚗𝚍𝚘 𝚎𝚜𝚝𝚊́𝚜 𝚍𝚎 𝚖𝚊𝚕𝚊 𝚛𝚊𝚌𝚑𝚊, 𝚝𝚘𝚍𝚊𝚜 𝚝𝚎 𝚟𝚒𝚎𝚗𝚎𝚗 𝚎𝚗 𝚌𝚘𝚗𝚝𝚛𝚊.
𝙰 𝚗𝚘 𝚍𝚎𝚜𝚎𝚜𝚙𝚎𝚛𝚊𝚛 𝚙𝚘𝚛𝚚𝚞𝚎 𝚗𝚞𝚎𝚜𝚝𝚛𝚘𝚜 𝚖𝚊𝚗𝚍𝚊𝚝𝚊́𝚛𝚒𝚘𝚜 𝚝𝚒𝚎𝚗𝚎𝚗 𝚗𝚞𝚎𝚟𝚊𝚜 𝚒𝚍𝚎𝚊𝚜 𝚚𝚞𝚎 𝚊𝚙𝚘𝚛𝚝𝚘́ 𝚂𝚝𝚞𝚛𝚣𝚣𝚎𝚗𝚎𝚐𝚎𝚛 𝚚𝚞𝚒𝚎𝚗 𝚗𝚘 𝚕𝚎 𝚝𝚒𝚎𝚗𝚎 𝚖𝚒𝚎𝚍𝚘 𝚊𝚕 𝚏𝚛𝚊𝚌𝚊𝚜𝚘 𝚙𝚘𝚛𝚚𝚞𝚎 𝚎𝚜 𝚜𝚞 𝚊𝚕𝚒𝚊𝚍𝚘 𝚒𝚗𝚌𝚘𝚗𝚍𝚒𝚌𝚒𝚘𝚗𝚊𝚕 𝚍𝚎𝚜𝚍𝚎 𝚚𝚞𝚎 𝚕𝚎 𝚍𝚒𝚎𝚛𝚘𝚗 𝚊𝚕𝚐𝚞́𝚗 𝚌𝚊𝚛𝚐𝚘.

Pepe

 


Anda tu imagen recorriendo el Mundo y esta cosecha debe ser solo una parte de lo mucho que sembraste.

Hoy te nombran hasta los que te combatieron o no te entendieron.

Nadie de nosotros tuvo doce años para reflexionar en una celda sin luz, de comunicarse con otros presos con golpes de nudillo en la pared en un sistema de vocablos inventado por ustedes mismos.

Fuiste parte de los que se fugaron del penal de Punta Carretas, integrante de ese grupo rebelde llamado Tupamaros. Eso lo pasan por alto los que repiten tus frases pero niegan el pasado.

Un malicioso periodista te preguntó alguna vez: ¿Usted mató?, respondiste: “Tenía mala puntería”.

Le hablaste a los viejos con la frescura de los jóvenes y a los jóvenes con la sabiduría de los viejos.

Sos y serás el estandarte de una generación que creyó que un mundo mejor era posible.

Tu paisito te va a extrañar y todos nosotros también.

Gracias por todo, Pepe

 


En la manga

 

Ilustración: Darío Parissi

Son las diecinueve. Me bajo del auto para comprar cigarrillos. El frío es más intenso de lo que suponía, basta con mirar los vidrios para darse cuenta que estos días de junio vienen anticipando un invierno duro. Me encojo de hombros y levanto las solapas de mi viejo gamulán. El viento en la cara me quita la modorra y caminar es mucho mejor que sentarse a esperar dentro del coche. 

Desde la caída de los cinco anoche no hay novedades. Se blanquearon los números en la morgue, según me dijo Ramón. Vuelta de página en el archivo, ingreso y pianola, señales, respetar el orden del procedimiento. Fin para los cinco, nada más. Semáforo verde, cruzo. Pueyrredón y Las Heras. Puedo pararme en esta esquina y reconocer al detalle los lugares destacados, las referencias y sus gentes con los ojos cerrados. Esto más que una gimnasia para la memoria, es una cuestión de seguridad que se confirma cuando abro los ojos y allí están el viejo de las flores, encorvado a la luz de una vidriera, separando el cambio chico para dárselo a los tacheros, el cura que pasa seis y media, apurado por el atraso, con un portafolios de cuerina negra, la vieja de la plaza, el gordito del kiosco de cigarrillos que hoy no para de reírse. Me viene bien para practicar un poco. Después de tantos días sin que pase nada estoy fuera de estado. Quedate quieto gordito, no te agachés que te convierto en un número. Ya está. Se nota que no tengo un carajo que hacer. Todo en orden, sin novedades. El movimiento de siempre y las caras de siempre. Me parece que hoy tambien me vine al pedo. Por la dudas me preparo porque reconocer al seis entre tanta gente no va a ser nada fácil. Eligieron una buena zona y habrá que estar listo. 

El tipo que está en la esquina es el seis. Se bajó de un taxi en Gelly y Obes y camina despreocupado por la avenida Las Heras. Es de gran contextura física, conforme a los datos, cabellera tupida y canosa, tiene un saco sport de color claro, usa la corbata ligeramente desajustada, con el primer botón de la camisa blanca desabrochado. Lleva un perramus oscuro doblado en el brazo izquierdo. Se coloca el perramus y se frota las manos. Se detuvo para pedir fuego en la parada de los colectivos. Al seis le gusta sonreír, se mueve cómodamente en esta zona bacana, su vestimenta y su aire cortés son típicos de Barrio Norte. Tiene clase, pasa desapercibido para todos menos para mí que sé que es el seis. Llega al kiosco de diarios y revistas y se inquieta o se sorprende más bien con un titular del vespertino y vuelve la cabeza para terminar de leerlo. Toma un ejemplar. Vamos seis que estás caminando por la manga como la vaca rumbo al matadero. Al fin decide sacar uno de la pila, extrae del bolsillo del saco algo de dinero para pagar mientras sostiene el diario con la otra mano, sin apartar los ojos de la lectura. Extiende la palma abierta para recibir el vuelto y sin mirarlo lo guarda en el bolsillo. Cuarta página, tercera columna, ahí tenés que leer. Eso, ponete nervioso, seguí leyendo, enterate, fue culpa del cuatro. Sigue caminando muy preocupado ahora, no tan tranquilo. Tropezó con alguien presumiblemente tan distraído como él y levanto la vista como para pedir disculpas. Es una mujer delgada, de cabello oscuro, lleva un trajecito sastre color habano, muy elegante, secretaria ejecutiva de cajón. Se están excusando. Ella está de espaldas. Ahora gira. Sus gestos enmarcan perfectamente sus treinta o treinta y cinco años. Las primeras sonrisas del casual encontronazo se fueron diluyendo rápidamente y la conversación que sostienen es de frases cortas, precisas. Ella abre la cartera y saca algo que no puedo registrar bien. Es el siete. Ella es el siete. No me caben dudas. Parecía un encuentro casual pero se conocen. Son buenos actores. La sorpresa me inmovilizó un instante mientras ellos charlaban, un poco la sorpresa y otro poco el frío que me congela los dedos de las manos. El seis no disimula su nerviosismo al hablar, acompaña sus palabras con un vistazo general y permanente a la avenida. Aparta los ojos de la mujer para mirar por encima de sus hombros el movimiento de la cuadra. 

El seis la toma suavemente del brazo colocándose a su izquierda, le señala la confitería de la esquina en un gesto entre enérgico y amable. Ella asiente con la cabeza y baja la vista, en una actitud de subordinación, sometimiento, inseguridad, más que de aprobación. Caminan por Las Heras con pasos cortos, rozándose. Es él el que habla mientras ella lo observa con mucha atención. Él mira al suelo al hablar y cada tanto levanta la vista para observar de reojo a la gente que pasa a su lado. 

Yo retrocedo hasta la plaza atropellando a cuanto infeliz se me cruza en el camino y pidiendo disculpas a la carrera, jadeando de tanto faso y culo pegado a la silla, con medio pulmón en la boca. Me pesa hasta el gamulán y no me queda otra que acomodarme las cosas como pueda y seguir. En la carrera pisé un charco y siento la humedad en la media cerca del talón. Mierda con este frío. Tienen que aparecer ahora. Llegan a la confitería de Las Heras y Pueyrredón y el seis saca la mano del perramus para empujar la puerta y con la cabeza hace una leve y cortés reverencia. Es amable el seis, seguramente tan amable y refinado como el hijo de mil putas del cuatro. Ella entró en la confitería en silencio, con la cabeza gacha y señaló tímidamente una de las mesas cercanas a la ventana que da a Peuyrredón. Gracias por la gentileza, debo corregirme y decir que los dos son muy amables. 

Se sentaron y él la toma de la mano sacudiéndola como si intentara despertarla o hacerla reaccionar. Ella levanta la vista y sonríe. El se echa hacia atrás con la silla. La mira de reojo, como viejo zorro que es. Imagino que tratando de adivinar cómo se enteró de lo de anoche. Porqué lo llamó por teléfono a él y le contó todo. Estás desconfiando seis. No te gusta que la tripulación abandone el barco cuando se hunde. Que huyan como ratas para todos los agujeros posibles y vos te quedés arriba, como buen capitán que sos. Además sabés, porque el tres te lo dijo, que ella y el cuatro se entendían muy bien desde hace un tiempo, que los amueblados no eran un lugar para citas como éstas. 

El seis la sigue mirando sin decir nada, es como si intentara calcular su peso a ojo. Saca un paquete de cigarrillos del perramus y le convida mientras le hace el pedido al mozo. Ella le dio fuego y comienza a hablar en forma pausada, acompañando su relato con algunos dibujos que su índice traza sobre la mesa. El seis está muy interesado. Ella es muy linda, mucho más linda de lo que me había imaginado por su voz, tan parecida a la de Estela, nuestra operadora. Se acerca el mozo con los whiskys y ella deja de hablar, nerviosa y conmovida. Una vez servidos, el hombre hace una pregunta señalando el mantel nuevamente. Ella se niega con la cabeza y lo interrumpe, lo mira con furia, dice algo en un tono violento. Él vuelve a tomarla del brazo, la llama al orden, temeroso que las personas sentadas a las otras mesas los escuchen. Alguien que se detuvo para encender un cigarrillo, los ocultó un instante. El siete intentó irse pero él sin inmutarse dijo algo muy breve que la detuvo cuando ya había tomado la cartera y el abrigo. La mujer abrió grandes los ojos. Dentro de su sorpresa había algo de horror, abatimiento, indecisión. Se quedó tiesa, como si hubiese visto caer un rayo a dos metros suyo, con la mirada apuntando y disparando sobre el seis a quemarropa, varias veces. El seis volvió a dirigirse a ella en voz baja per de manera enérgica, mascullando insultos. Ella giró la cabeza mirando hacia la calle y pude verla mejor. Es realmente muy linda la siete, de ojos grandes y profundos, cualquiera diría que es abogada, arquitecta, o algo así. Él está agitado. Se pasa la mano por la frente y trata de serenarse. Golpea suavemente la mesa con las manos abiertas, enfatizando minuciosamente. Recalcó lo dicho varias veces en un tono muy bajo. Estira el cuello y se ajusta la corbata sacando pecho. Parece un gerente de fábrica hablándole a un empleado que vine a pedirle aumento, soberbio, poderoso, sin dejar lugar para el error o el equívoco, con una clase y firmeza dignas del seis. Por eso llegaste, por ser impersonal y preciso, exacto, trepador, tenaz, obsecuente. La mujer resopla fastidiada. Él saca un papel arrugado del bolsillo del saco y lo coloca sobre la mesa. Ella se desentiende. El vuelve a llamarla al orden y el siete al fin, asiente con disgusto. Siguen dialogando en un tono mucho más calmo ahora. Él llama al mozo, para pagarle seguramente, mientras da las últimas indicaciones. Se levantaron casi al mismo tiempo, después de pagar la cuenta y ahora caminan hacia la puerta como si estuviesen apurados, mirando sus relojes de pulsera. 

Están en la vereda. El se coloca el perramus. La veo otra vez a ella de cuerpo entero. Recuerdo que con Ramón, habíamos hecho una apuesta cuando pinchamos el teléfono hace dos meses. Habíamos arreglado una cena para el que acertaba en qué número aparecía una voz femenina. Yo dije el siete. La séptima llamada la hizo ella. Los primeros cinco cayeron anoche. El seis está en la manga y es una lástima que vos, siete, también caigas. Él vuelve a ofrecerle cigarrillos. Los tengo a los dos de frente y saco la última foto, última y mejor para dos copias. Desde mi posición puedo ver el vapor que exhalan de sus bocas claramente. Hace mucho frío y yo estoy medio congelado, satisfecho por el deber cumplido y pensando en la cara del Oficial Principal al mirar mi trabajo. Ansioso por contarle a Ramón cómo apareció el siete y que vea las fotos. Mientras guardo la cámara en la guantera del auto los veo caminar por Las Heras en dirección a Azcuénaga, derechitos por la manga, en cuyo final espera un gatillo distinto al de mi cámara que pondrá punto final al trabajo.