Las flores



Revolvió el café negro como la noche, mirando los círculos que hacía con la cuchara. No entendía porqué recordaba ahora momentos que jamás vinieron a su mente. Se detuvo en las caras que lo rodeaban con resignación y que de vez en cuando levantaban la vista para observarlo.


Ella presurosa, inquieta y ansiosa retocando el peinado de Gustavo en su primer día de escuela. No tenían entonces una cámara fotográfica pero él recordaba la escena con singular nitidez. El primer susto por el desmayo al caerse de la bicicleta. Los dos esperando el diagnóstico del médico en el pasillo del hospital.

Tuvo deseos de fumar. Hacía veintidós años que había dejado el cigarrillo. Fue la promesa que le hizo a la Virgen si Gustavo no era alistado para la guerra de Malvinas. La cumplió como tantas otras, como aquella que se hizo a sí mismo para terminar un amorío con una compañera de trabajo. El pulso le temblaba un poco cuando buscó en el bolsillo trasero del pantalón su pañuelo.

No tenía nada que decir esa noche. Recordó una tarde esperando que ella llegara en el café de siempre y él escondiendo un ramo de fresias, sus preferidas. Recordó su cara en aquella salida al cine en que los sorprendió la lluvia. Un murmullo a su alrededor estorbaba y empañaba la calidez de los recuerdos y su tímida sonrisa. Una mano extraña se apoyó en su hombro. Un hombre que no conocía le susurró al oído: “Señor, tenemos que cerrar”. Lo trajo a este mundo el olor rancio de las flores.

El héroe


En la noche del 9 de mayo de 1940, en una pequeña taberna de Essoyes, ubicada en el límite oeste de la ciudad francesa, veintitrés personas deliberaban sobre los hechos ocurridos en la casa de los Dumont unas horas antes.

Todos sabían que Alice Dumont había soportado en silencio durante años los golpes de su marido cuando regresaba ebrio a casa. Su marido, Baptiste, fue aumentando paulatinamente la frecuencia de sus borracheras y aunque en un principio alarmaba a los vecinos con sus gritos, insultos y ruidos violentos con el tiempo pasaron a ser parte de las características del pueblo.

Baptiste Dumont culpó siempre a Alice por la muerte de su único hijo. A la salida de su jornada en una imprenta pasaba por un bar intentando cerrar con alcohol una herida que jamás cicatrizaría.

Las señales de los  golpes recibidos por Alice eran tan evidentes como el temor que su marido le inspiraba. Algunas mujeres trataron de ayudarla pero ella siempre respondía que pronto pasaría, y que todo sucedía por  su culpa, que su marido era un buen hombre.

La radio anunciaba el principio de la invasión alemana y Essoyes estaba dentro de los puntos en la ruta a París. Algunas familias decidieron marcharse sabiendo lo que las tropas invasoras habían hecho en Polonia, otros se unieron a la resistencia para cobrar cara una segura derrota.

Las veintitrés personas reunidas aquella noche eran las únicas que sabían que Alice respondió por primera y última vez a los golpes de su esposo con una cuchilla de cocina. Siete de ellos se ocuparon de ocultar el cadáver y le consiguieron a Alice un lugar donde pasar la noche-

Tres días más tarde, durante la ocupación alemana, el cuerpo de Baptiste Dumont apareció junto al de algunos soldados de la resistencia caídos en combate.

La tumba de Baptiste Dumont exhibe los honores que se les dispensa a los héroes de guerra.

Suerte


Suerte                                        

Negra como la noche,
la tinta estilográfica,
la cerradura de la celda,
la hambruna o la guerra.
No la acompaña el destino,
secretos maleficios
ni órdenes del Creador.
Se esparce sin remedio,
sorda a invocaciones,
a rezos y a plegarias.
Se va por donde vino,
sin despedidas,
ni anuncios de frecuencias.
Solo cuando es buena
resulta luminosa y efímera.