Durante los veinte días que permaneció en casa de su hijo, nuera y nietos en Maldonado, Uruguay, se impuso a sí mismo una disciplina tan férrea y estricta como la de los atletas olímpicos. Con el primer mate del día en la mano, encendía su computadora personal y sentado frente a ella, pensaba en una escena. Su meta eran relatos cortos, humorísticos, que abordaran situaciones sobre las que no pensamos habitualmente. Si la luz de la inspiración lo conducía a un tema celestial, comenzaba a tipear sobre el teclado una conversación de Dios con San Pedro sobre música, de Dios con el Diablo por un partido desafío al fútbol entre los jugadores del Cielo y los del Infierno.
En la hora u hora y treinta minutos que duraba su ejercicio y el reto personal, regresaba a los dieciséis años de sus primeros textos y dibujos, al inusitado ímpetu que devolvía al motor sus doscientos caballos de fuerza. Y con las ideas que se ordenaban sobre la pantalla de la laptop germinaban viejas semillas que despertaban con él de largos letargos. Entonces el viaje a lugares desconocidos resultaba tan fascinante y encantador como el que podría haber realizado en un cohete rumbo a otras galaxias.
En ese tiempo el Universo se detenía y desde el eje central que era la casa de sus seres queridos, todo permanecía estático, en pausa, para que él lo ordenara, lo corrigiera, lo mejorara. A veces sonreía sorprendido por un gesto o comentario de uno de sus personajes que no había previsto ni imaginado.
Si el lector tiene la amabilidad de alejarse, de ponerse a mi lado, verá a un hombre de ochenta años de edad que, concentrado en su trabajo, parece de treinta. Quien lo observe como usted y como yo ignora que para sentarse con determinación como se ha sentado este hombre hace minutos, mate en mano, impulsado por un arrebato que cualquier observador definiría como locura, para escribir ese párrafo que a los simples mortales nos llevaría una década, éste hombre que aquí vemos, este hombre que ya no sabemos si tiene treinta u ochenta años, estuvo mucho tiempo escribiendo para publicar sus libros en distintas editoriales, libretos para elencos de televisión, para programas de radio, creando guiones, dibujos, historietas, inventando remates y gags para otros. Y con ese capital que atesoró durante tanto tiempo le está dando vida a lo que podremos leer cuando lo publique en unos minutos. Recién entonces asistiremos como espectadores a una conversación entre Dios y el diablo, a una reunión de hombres, ángeles, fantasmas.
Parece un cuento.
Yo diría que es una redacción, como las que proponía la maestra de quinto grado
luego de una visita guiada.
