Dios de la adolescencia

 

Ilustración: Darío Parissi

Se maquilló con esmero cuidando todos los detalles. Disimuló las ojeras con una crema, delineó los ojos y las cejas, y cuando se observó en el espejo satisfecha, disparó varias selfies con distintas expresiones, sensuales, dirigidas, hasta disponer de un buen número, elegir la mejor y subirla a las redes. Salió del departamento olvidando por unos segundos el cuidado de la postura corporal que la hacían lucir un poco mayor a sus espléndidos dieciséis años y caminó por el pasillo hacia el ascensor con los pasos de una adolescente inquieta. Volvió a mirarse al espejo y constató el poderoso efecto de los mechones rojos en su cabellera negro azabache. Se sentó en el último escalón de la entrada del edificio y cuando empezaba a caer la noche su cara se iluminó aún más con el reflejo de la pantalla de su celular. 

Recorrió el Instagram y comprobó que la última foto que se tomó antes de bajar a la calle se había publicado siete minutos antes. Un impulso eléctrico partió del centro de su pecho hacia  las extremidades cuando apareció en la pantalla de su celular una notificación con forma de corazón. Pulsó sobre la foto sonriendo. No era la señal que esperaba. Una amiga había clickeado que le gustaba. Recorrió la red social para enterarse quiénes estaban conectados en ese momento, en ese instante, quiénes estaban viviendo en forma paralela lo que ella experimentaba con tanta intensidad. Pensó en la fiesta dos noches atrás y experimentó eso que algunos adultos llaman ansiedad. 

La pantalla de su celular era la vía de escape al oscuro laberinto de la vida, la salida de emergencia que la alejaba a diario de las peleas con su madre, de la última discusión por el pedido de cambio en los horarios con su padre, quien, siete pisos arriba, rodeado de los libros de Bukowski y discos de viejas bandas de rock, le había dado un asilo temporal sin llegar a comprenderla. Sentía que en los dos años que llevaba la separación de sus padres, ambos habían envejecido dos siglos y no entendían los cambios, el lenguaje, los sueños y las aspiraciones de jóvenes como ella. 

Pasó por varios reels y feeds que compartía su círculo de amistades, como pasaron por sus ojos con cierta curiosidad las pastillas que veía que con sigilo compartían sus amigas, algunas conversaciones con una connotación sexual no aclarada y ese dulce encanto de placidez y somnolencia que producía la marihuana. Los días se sucedían tenebrosos como el futuro, envejecidos y de color ocre como el ambiente del colegio y las casas de sus padres. 

Un video con música melancólica de fondo la arrastró a las profundidades de los peores días de su vida que en los pocos años de existencia no podían ser muchos pero que para ella eran fatales. No se dio cuenta de que su rostro adquiría un gesto compungido que jamás hubiese permitido compartir en las reuniones con amigas ni en las redes sociales que la habían desconectado de la realidad que la rodeaba por veintinueve minutos, cuando sus parpadeos disminuyeron su ritmo natural,  sus ojos quedaron fijos en las imágenes y su mente viajó como un rayo por lugares que jamás había visto. 

Sintió que se le hacía un nudo en la garganta, le costaba respirar y un peso desconocido le oprimía el pecho, las piernas le temblaban, estaba empapada por un sudor frío y una mordaza invisible, siniestra e invulnerable le impedía el grito de socorro. Cuando volvió a experimentar la misma sensación de desesperación que aquella tarde en que casi se ahoga en el arroyo Solís, el alma volvió mágicamente a habitar su cuerpo, a sentir el duro y frío escalón sobre el que se había sentado, aflojarse las comisuras de los labios. Él había publicado un me gusta sobre su foto.