No me conmovió la
noche,
ni la luna
plateando el río,
ni las luces de
mi ciudad en la otra orilla,
ni el gato blanco
y negro que esperaba ver cruzar la calle.
No me conmovió el
susurro del viento
revelando su
secreto indescifrable,
la abrumadora
presencia de tantas estrellas titilantes,
la mansa soledad
de las calles en las noches de verano,
el perfume de las
glicinas
ni el aroma de
las casas anunciando la reunión de la cena.
Estaba
anestesiado,
borracho de ideas
absurdas
y pesadillas
improbables,
literalmente
suspendido,
ausente,
en pausa como
algunas canciones,
detenido como un
tren expreso
en medio de la
estepa siberiana.
Nada parecía
atravesarme,
podía ver los
estragos de la batalla
sin escuchar el
estruendo de las armas, los muertos, los heridos, la pólvora,
era el pesado
instante que antecede al luto,
el caos
enmarañado de interrogantes,
el desorden de
una habitación luego de una pelea,
los estragos de
la marejada.
En medio de ese
humo y desconcierto estaba
y no hubo sirena
de alarma
para ponerme a
salvo en un refugio,
estaba distraído
cuando me aturdió una llamada.
Del otro lado del
río,
entre las luces
de mi ciudad,
mi madre daba un
paso hacia la noche.
