Escuché que ella lloraba en el dormitorio. Yo estaba en la cocina haciendo el mate, envuelto en un mar de preguntas. En el living esperaban las maletas con toda su ropa, el bastidor, la caja de pinceles y el último atrapasueños que no terminó. Afuera, la tarde, imitando a la casa, vestía al cielo de nubes para semanas de frío y de tormenta. Mientras daba el primer sorbo al mate mordiendo la bombilla, sentí que el suelo se movía, que algo sacudía la estructura de la casa y entendí que los naufragios no les ocurren solo a los barcos.
Tuve el impulso de encender la radio para no escuchar el llanto pero intuí que nada disimularía ese mundo lúgubre y desolador que me rodeaba. Cuando abrí la alacena encontré sus galletas preferidas, esa costumbre tan propia y tan suya de mezclar dulce y salado como la vida que ahora se me presentaba sin permiso en la cocina de mi casa. Ya no tenía resto anímico para despedidas. Ambos soportamos la partida de nuestros hijos y ella solo lloró en el auto cuando volvíamos del aeropuerto para despedir al mayor que viajaba a Alemania. Con Inesita fue distinto. Se habían peleado y llevaban tiempo sin hablarse cuando ella nos dijo que se iba.
La casa se fue vaciando de a poco, casi sin que nos diéramos cuenta. Hay cosas que no pueden reponerse como la yerba o el azúcar. Muchas tardes, después de dedicarle horas al cuidado del jardín, me dijo que al amor hay que cuidarlo y regarlo como a las plantas. Yo sabía que no era un reproche, era su punto de vista sobre la actitud que siempre tuvo hacia mí. Siempre me cuidó, me supo acompañar con su palabra y con su silencio, cuando sentía que caminaba en círculos o que estaba al borde del pozo de un fracaso. Me escuchó y me dio paz en mis aborrecibles sermones sobre el trabajo, aunque no entendiera la raíz del conflicto. Me tomó la mano como solo ella sabía hacerlo.
Nunca tuve tanto miedo como ahora. Dudaré cada mañana con cada cosa que ella resolvía en un parpadeo. Seré testigo de la lenta muerte de las flores por mi ineptitud o mi abandono. Solo me quedaré con sus cuadros, los pulóveres que me tejió y algunas cartas. La ceremonia será a las cinco según me adelantó la funeraria. Juro que ella no deja de llorar en nuestro dormitorio.
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