Las fotos que repaso

Me di cuenta tarde. Caí de golpe, fui iluminado por la sabiduría sin querer. Recuerdo que fue una noche en que  repasaba las fotos que tenía en la computadora, posiblemente un domingo pensando en el lunes y la oficina. Cada vez que me iba de vacaciones y tomaba fotos, cuando las veía tiempo después me invadía la nostalgia,  unas ganas irrefrenables de volver al a aquel lugar maravilloso donde fui feliz por 15 días. Y allí supe que me hacía mal, que no era bueno recordar de esta manera, y escuché esa frase  de Sabina que dice “Nunca vuelvas al lugar en que fuiste feliz”
Entonces dije: No me agarran más. Y empecé a sacar en los viajes otro tipo de fotos, aquellas que reflejaban momentos espantosos. Una trampa para que si después de unos meses repasaba esos grandes momentos en la oficina y en mi casa, quisiera seguir de largo, esquivarle el bulto a la nostalgia. Hice un álbum. Cada tanto lo miro.

Esta es la casera que nos alquiló en la costa cuando le dijimos que había una diferencia en el precio publicado en la web.



Segundo día de playa. Todos dispuestos a disfrutar en grande.

Cuarto día. Todos en la orilla, nadie metido en el mar. Todo el agua para nosotros. Saqué una foto porque no podía creer tanta soledad. Del agua no nos sacan más!!!!


No recuerdo quién nos había recomendado el crucero. Es un viaje tranquilo recorriendo las costas.
Recuerdo que se nos cayó el bolso con el termo al agua.

Puente para cruzar tranquilo, siempre y cuando no reviente un neumático.
Nos tuvimos que quedar en el pueblo una semana.

El mar pica, el mar pica!!! gritaba la nena de Néstor y nosotros nos reíamos.

Aquella caminata en la montaña. Escuchamos un ruido, como si bajara al galope una tropilla de caballos. 

Nos pidieron que nos quedáramos en el hotel porque iba a ventar un poco. Salimos a la mañana siguiente.

Nos habían dicho: "San Pablo es una ciudad maravillosa para recorrer, con algunos problemas en el tráfico vehicular"


Nos habíamos quedado sin efectivo. El cajero no nos devolvió la tarjeta y luego apareció esta pantalla.


A veces las repaso. Sobre todo cuando siento que necesito un descanso. Les doy una mirada y me vuelven unos impulsos locos por trabajar.
















Nudo


No son precisos los datos en cuestiones geográficas. Se entiende, en la lectura del texto recuperado, que el relato se desarrolla en algún país del hemisferio sur. No se mencionan coordenadas ni latitudes, se cuenta la historia como la vivió el protagonista.

Los años, el polvo y la humedad volvieron ilegible el nombre del autor.

Había un país enredado, maldito, que sufría la perfidia de la Diosa Fortuna. Sus avatares naturales, pestes, guerras internas, catástrofes climáticas no eran distintas a las de cualquier otro país del Mundo. Sus épocas de bonanza escasas y sus penurias muchas. Vivía en un permanente enredo entre la codicia inescrupulosa de un grupo de sus habitantes y la mirada voraz de los imperios, siempre a punto de invadirle, siempre listos como boys scouts a hacerse de sus riquezas naturales. Como toda nación joven parecía presa de un comportamiento dísloco, adolescente. Nadie creía que haya sido casual que este continente fuese cuna de innumerables rebeldes, dispuestos de manera natural y permanente a alzar su voz disconforme y hasta sus armas si fuese necesario.
Sus mandatarios solían mirar hacia otras latitudes. Sus clases dominantes comparaban el desarrollo de países serios y rectos, de conducta ejemplar, con éste maldito que les había tocado en suerte.
Los hombres de fe creían que este suelo no cayó en gracia a los ojos de Dios. Los astrólogos atribuían su decadencia a cierta extraña alineación de los astros. Los especialistas en finanzas aseguraban que las épocas de vacas flacas tenían su origen en factores de mercado, que siempre se iba en contra de la corriente, que sus planes fracasaban por un pueblo que carecía de sensatez, austeridad y compromiso.
Se sucedían los gobiernos y los planes. Se interrumpían los ciclos democráticos por otros impuestos a sangre y fuego. Se vivía en una locura permanente, en la más grande desazón y hasta se pisó el infierno de una guerra.
Se aplicaron cientos de recetas a tantos males que aquejaban al país, alentando a la esperanza orientada en la medicina sanadora, difundiendo las virtudes y los buenos oficios de apellidos patriotas que sabían cómo hacerlo, que sabían cuáles eran las herramientas apropiadas para terminar de una vez por todas con el nudo que los conducía inevitablemente al fracaso.

Alguien, no se sabe cómo, no se sabe cuando, se animó a tirar de la punta del ovillo. Alguien con voluntad, dispuesto a desenredar la madeja tejida con precisión durante años. Y dio con el nudo, con el núcleo, con el agujero negro donde caía y se hundía hasta desaparecer la justicia, la igualdad ante la ley, la equidad, la educación, la salud, la paz de sus habitantes.
Gritos de horror invadieron las calles. Se rasgaban las vestiduras los demócratas y los hombres de honor ante los hechos oscuros colocados como pruebas ante sus incrédulos ojos. Historias medulares de seres comunes y mortales habían tejido la madeja. Crímenes aberrantes, estafas, vaciamientos, injusticias, despojos habían sucedido ante miradas silenciosas y cómplices. No fueron los mercados, ni Dios, ni los astros. Eran personas con nombre y apellido, eran empresas con marcas prestigiosas, eran doctores, clérigos, rabinos, médicos, periodistas, escritores, artistas, eran mandatarios, corporaciones, entidades bancarias, instituciones, las que armaron la fábula del nudo y el país enredado.
Lo siguieron a este hombre otros. Algunos en agradecimiento por haber emprendido la tarea en hacer públicas las verdaderas causas de tantos infortunios. Otros, porque informados, vaya a saber uno cómo, ya que siempre hay una historia oficial y ésta por alguna razón carece de rigor y de método, exaltaron el valor  del desenmascaramiento.
El resto de la hojas se han estropeado. No se sabe cómo siguió la historia. Puede que este accidente haya sido natural, o sea obra de Dios, los astros, los especialistas. Me inclino a pensar que son estos últimos, eternamente solícitos a regresar al plácido confort que ofrecen sus nudos.

Penitencia

Viejo, muy viejo. 29 de mayo del 87. Épocas de economías terribles y peores laburos. Escrito para Nico, que tenía entonces 5 años.



Penitencia
A vos te digo, gurrumín,
enano sabio,
a vos que te metés la plaza en el bolsillo,
a vos que estás mirando, sin saberlo
como todas las cosas se hacen chicas.
A vos, al que le ajusta el zapatito
y trae golosinas a escondidas,
que hurga en los rincones, haciéndose preguntas
y se llena de asombro con la magia.
A vos que te asustaban los payasos,
que te gusta escuchar los grillos y el silencio.
A vos, abrazo de oso,
a vos cara achaplada,
sonrisa de verano y calesita.
A vos te digo, duende,
andá sabiendo,
que aunque me veas cansado y medio lento,
con los ojos vidriosos, haciendo cuentas
y no anda por la casa de pirata.
Que aunque no monte lunas de juguete,
ni salga a arriar con vos a las estrellas,
que me vuelva un poco torpe galopando
y esté un poco molesto de oficina.
Te hablo de esos días de sordera
que no escucho tu temible: ¡¡¡Arriba las manos!!!
ni el silbido de canciones mías,
tus tardes de jardín o tus porrazos.
No, no estamos jugando a los fantasmas
porque como te dije,
esos no existen.
Hablo de esas noches que me pedís un cuento
Y me llevás al living para preguntar qué pasa.
A vos te digo, forajido
que hablás igual que yo
y sabés el nombre de mi jefe,
porque es la cantinela de esos días,
la mancha de humedad de nuestro encuentro.
A vos te digo, gato,
no lo dudes,
saldremos a pintar nuestro domingo,
tus témperas azules, tus secretos,
mis cielos sin hollín, mis mariposas.
A vos te digo, enano,
no te asustes,
que aunque me veas así,
no existen los fantasmas
ni estás en penitencia.