Lejos de las necrológicas y de los infames que pueden festejar una
muerte, elijo escuchar su música mientras escribo. Una de mis letras preferidas
es Queso ruso.
El Indio es el cacique de una tribu de huérfanos. Rebelde como Lautaro, Arbolito, Cafulcurá, Sayhueque, Caballo Loco, Toro sentado, Gerónimo. A diferencia de ellos que cabalgaban lanza en mano, el Indio portaba un micrófono y un block de notas para sus letras cargadas de mensajes. Y su tribu recibía el recado y asimilaba el contenido en sus memorables misas ricoteras.
El Indio es mucho más que un fenómeno popular. Nos dan cuenta de ello sus fieles en una despedida eterna.
La resistencia es cosa seria.
Él eligió hace tiempo las banderas para su corazón. Y aquellos que
reprochan su elección son los que no tienen corazón ni otra bandera que la del
dinero y la genuflexión ante el poder.
La rebeldía es cosa seria en tiempos de pueblos narcotizados por una
maquinaria digital que arría sus deseos quitándole toda actividad neuronal y
conciencia.
Siempre me puse del lado de los rebeldes. Atrás de los mansos y los
lameculos hay muchos más.
Muchos años atrás Jorge Cafrune cantaba “El orejano”, que es aquel
animal que no tiene marca ni dueño. Cafrune fue atropellado y muerto mientras
viajaba a caballo para rendirle un homenaje en Yapeyú a San Martín.
Me encantan los que se plantan y cuestionan, los que nos sacan de la
fantasía de Disney para mostrarnos la basura y los gusanos que nos rodean.
Ya sabemos, tenemos experiencia sobre como opera la maquinaria del poder
contra los que se plantan.
El Indio es también una bandera y una forma de plantarse en ésta
humanidad rota.
De esa miel no comen las hormigas.
