Rebaño

 


El rebaño pastaba tranquilo en el prado,

ajeno al manto de las estrellas que lo cubría,

al seseo del viento que mecía la hierba,

indiferente a la estación y a los trópicos.

Y deglutía con lentitud pese al hambre saciado,

el rebaño ignoraba la utilidad de su lana y de su carne,

desconocía los deseos del pastor en su vigilia,

el trajinar de los hombres,

el rodeo silencioso del sueño que los invitaría a tenderse.

Inmerso en su impertérrita mansedumbre,

exiliado de cualquier voluntad,

ignoraba los designios del destino,

su historia, su linaje,

el eterno ciclo de su especie,

el brillo de los ojos del lobo acechándolo.