Miguel escribe y
viaja en reversa,
las palabras lo
llevan de la mano a la niñez,
a su viejo
barrio,
a la voz materna
pronunciando su nombre,
a seguir con los
ojos el recorrido del tranvía,
a los viajes de
su padre en busca del sustento,
a la fila de
amigos que lo rodearán en su cumpleaños,
a la galería de
fotos de los que no comparten ya su mesa.
Descubre con
asombro el poder de la escritura,
su fuerza
transformadora
y sin
proponérselo repasa
el acopio de
cartas que nunca envió,
las
conversaciones consigo mismo,
mensajes a sus
hijos y nietos
que quedaron en
su teléfono móvil
y que algún día
quizás se revelen.
Miguel escribe
con el impulso de una necesidad,
de un reflejo
primario que lo gobierna,
cautivo de una
sensación que lo libera.
Escribe como le
habla a los amigos,
a la naturaleza
o a Dios,
en su tono
íntimo y directo
cuando medita y
se aleja del caos,
cuando se
interna mar adentro de sí mismo.
Miguel escribe y
viaja a cada casa,
a cada rincón de
la memoria,
abrazándose a
cada alma.
Y mientras
escribe no imagina
que yo imagino que él escribe.
