Reunión cumbre

 

Foto: Aye Decuzzi

Reunidos alrededor de una mesa estaban los dioses de todos los tiempos, de todas las eras. Sus semblantes severos reflejaban el desastre de los resultados. La humanidad se había extinguido y ellos fracasaron. Sus malos hábitos y sus pésimas decisiones llevaron a la quiebra a un buen negocio. No discutieron los datos que reflejaban los libros contables. Pusieron en una urna sus nombres para sortear quién cerraría la persiana de entrada y le daría una barrida al local.


Laberinto

 


Me había perdido de manera absurda. La angustia tomó otras dimensiones cuando descubrí que las calles y las casas me resultaban conocidas. Enfrenté la macabra situación de reconocer el laberinto en el que me hallaba pero no recordar cuál era la puerta de salida. Recordé a Borges y sus reyes perdidos. La ciudad gris y su atmósfera plomiza me trajo a la memoria a Ricardo Reiss y sus encuentros con el fantasma de Pessoa en Lisboa, donde logró reunirlos la imaginación de Saramago. 

Al fondo de una calle solitaria había un bar. Un vistazo rápido al interior me quitó todo deseo de ingresar en él. En una mesa cuatro hombres parecían haberse fugado del cuento Los asesinos de Hemingway. En otra un hombre, con la vista fija en un plano, pensaba en una estrategia para un atraco perfecto. Una mujer mayor, frente a un vaso de ginebra, cantaba tangos y recitaba versos de Carriego. A unos pocos metros un rufián la observaba con aire de venganza contenida. 

Me alejé del callejón sin ser visto. No me extrañó no encontrar un policía en ese barrio de mala muerte ni alguna persona que pudiera orientarme para dar con el camino de regreso a casa. Estaba perdido en un lugar atiborrado de nombres y referencias cuando siglos atrás los vikingos atravesaban el océano sin otra orientación que la de las estrellas. No tenía consuelo. En un mundo mapeado por teléfonos móviles y satélites yo observaba el fin de los objetos analógicos como los personajes de Fahrenheit cuando ardían los libros, o el protagonista de “una soledad demasiado ruidosa” metido en un sótano observando como la prensa hidráulica compactaba y destruía kilos de joyas de la literatura universal. 

Días atrás había conversado sobre las cartas personales y aquellos escritos como la Biblia que registraron siglos en la vida de la Humanidad. Si todo eso se perdiera, ¿cómo sabrán las futuras generaciones cuáles fueron nuestros pasos, nuestros miedos y dudas, los peligros que debimos enfrentar? Ese temor de Juan Forn a que historias maravillosas se olviden. 

Alguien me tomó del brazo y me hizo una pregunta que no entendí. Su rostro conocido y amable me devolvió la calma. Confesé: “estoy perdido. Me distraje y me perdí”. Sonrió como suelen sonreír los rescatistas. Me acompañó por un pasillo repleto de libros diciéndome: “Volvieron a editar a Hrabal. No todo está perdido”

Miguel escribe

 

Ilustración: Darío Parissi
Dedicado a Miguel Corbo

Miguel escribe y viaja en reversa,

las palabras lo llevan de la mano a la niñez,

a su viejo barrio,

a la voz materna pronunciando su nombre,

a seguir con los ojos el recorrido del tranvía,

a los viajes de su padre en busca del sustento,

a la fila de amigos que lo rodearán en su cumpleaños,

a la galería de fotos de los que no comparten ya su mesa.

Descubre con asombro el poder de la escritura,

su fuerza transformadora

y sin proponérselo repasa

el acopio de cartas que nunca envió,

las conversaciones consigo mismo,

mensajes a sus hijos y nietos

que quedaron en su teléfono móvil

y que algún día quizás se revelen.

Miguel escribe con el impulso de una necesidad,

de un reflejo primario que lo gobierna,

cautivo de una sensación que lo libera.

Escribe como le habla a los amigos,

a la naturaleza o a Dios,

en su tono íntimo y directo

cuando medita y se aleja del caos,

cuando se interna mar adentro de sí mismo.

Miguel escribe y viaja a cada casa,

a cada rincón de la memoria,

abrazándose a cada alma.

Y mientras escribe no imagina

que yo imagino que él escribe.

Los relojes

 

Breguet No. 160 Grand Complication, más conocido como Marie-Antoinette o la reina

Henry Graves Supercomplication de Patek Philipe

Nos encontramos con Julio como tantas otras veces en un café. Conversamos sin orden, como sucedieran los temas que ambos hilvanábamos naturalmente. Yo le comenté sobre la teoría de lo perjudicial que puede ser para una casa el efecto de los relojes detenidos en ella, que le había comentado eso a mi hermana y cuando comenzó con la tarea de hacerlos reparar hubo una sucesión de hechos inesperados. Recordé a Cortázar que decía que regalar un reloj no es obsequiar un simple objeto, sino entregar "un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire".

Julio me contó que había escrito por encargo de una editorial un libro sobre historias de relojes y dos de esas historias eran fascinantes.

El Breguet No. 160 Grand Complication, más conocido como Marie-Antoinette o la reina, es un reloj de bolsillo diseñado por el relojero suizo Abraham Louis Breguet, al que le correspondió el número de serie 160.[1] Mencionado como un poema en relojería, se cree que el reloj fue encargado en 1783 por el conde sueco Hans Axel de Fersen, amante de la reina de Francia María Antonieta de Austria.[] El trabajo en el reloj comenzó en 1783 y se completó en 1802.[2]

El reloj está integrado por 823 componentes,[1] y debía contener todas las complicaciones conocidas en la época en la que se concibió, incluidas las siguientes:

·       Reloj

·       Hora solar[]

·       Reserva de cuerda

·       Calendario perpetuo

·       Repetidor de minutos

·       Termómetro

·       Cronógrafo

·       Amortiguación –se llama Incabloc—, un sistema de protección contra golpes, invención propia de Breguet.

·       Repetidor de minutos

·       Cuerda automática[]

·       Segundero independiente

Incluso para los estándares de la época, era una pieza astronómicamente cara. Se utilizaron los materiales más valiosos (incluidos oro, platino, rubíes y zafiros) sin límite de tiempo o costo. El reloj está revestido de oro, con una esfera transparente que muestra el complicado movimiento de los engranajes en su interior. Breguet utilizó zafiros en el mecanismo para reducir la fricción.]

Los registros de la empresa Breguet indican que los costos de fabricación llegaron a la colosal suma de 30.000 francos. Esto es más de seis veces el costo de la otra gran obra de Breguet, el nº 92, que se vendió al duque de Preslin por 4.800 francos.

El reloj, con los años, cambió de dueños entre expertos en relojería y coleccionistas. Fue robado junto a otras piezas del Instituto L. A. Mayer de Arte Islámico el 17 de abril de 1983. De los 106 relojes sustraídos, solo se recuperaron 39 en 2007, incluido el de María Antonieta.[] Los relojes fueron devueltos al museo de Jerusalén. En 2013, el reloj se valoró en 30 millones de dólares.

James Ward Packard (1863-1928) fue un enorme inventor, fascinado por las tecnologías que aparecieron a fines del siglo XIX, ingresó en la producción industrial, primero con una empresa de lámparas eléctricas y luego con su compañía Packard Motor Car. Packard se había hecho fanático de la mecánica miniaturizada y recibió su primer Patek de bolsillo en 1905. De inmediato encargó dos piezas complicadas. La primera tenía un cronómetro capaz de medir medio segundo. En total, era 16 complicaciones, la pieza más compleja que Patek había creado en ese entonces. Pero la pieza que acicateó el espíritu competitivo de Graves fue el pedido de Packard de un reloj con una bóveda celeste con 500 estrellas, ya que deseaba poseer un grande complication que representara el cielo nocturno de su amada ciudad de Warren. A pocos meses de su deceso, en 1927, Packard recibió este reloj, que se lo conoce como el Reloj con Complicaciones Packard. Era un reloj con repetidor de minutos de tres gongs, calendario perpetuo con fases y edad de la Luna, indicación de oriente y poniente, ecuación del tiempo y mapa celeste.

El pedido de Packard fue alrededor de 1925 y Graves, al enterarse, buscó que Patek Philippe le hiciera “el reloj más complicado de la Tierra”. El reloj le fue entregado en 1933 y fue el Supercomplication más complejo del mundo, con 24 complicaciones controladas por 900 piezas en dos esferas. De la misma manera que Packard, Graves puso el cielo nocturno de su ciudad, Nueva York, para inmortalizarlo. Además, le añadió indicación de la salida y la puesta del Sol, y ecuación del tiempo en la esfera secundaria. En la principal tenía un calendario perpetuo con fases y edad de la Luna, indicador de reserva de marcha para el movimiento y para el repetidor, cronógrafo rattrapante, alarma con gong y repetición de minutos con carrillón Westminster con grande y petite sonnérie. Su costo fue cinco veces superior al de Packard.

En un momento de su vida, cuando Graves tuvo la desgracia de perder a dos de sus hijos varones, sintió deseos de arrojar al lago su Supercomplication, pero su hija consiguió disuadirlo. Más adelante, en 1969, ya fallecido Graves, su hijo aceptó la oferta de un coleccionista norteamericano y lo vendió por 200.000 dólares. En 1999, Sotheby’s fue elegido para vender el Supercomplication entre otras antiguas pertenencias de Graves. Fue comprado en 11 millones de dólares por el primo del emir de Qatar, Sheikh Ali Al-Thani. Más adelante, en 2012, para pagar deudas que había contraído Al-Thani, el reloj volvió a subastarse en Sotheby’s. El 11 de noviembre de 2014, el Henry Graves Jr. Supercomplication terminó vendido en 24 millones de dólares.

Miré mi reloj de pulsera y pedí la cuenta. El mozo nos dijo el valor en una denominación en Bitcoins que ni Julio ni yo conocíamos. Le dije que no entendía lo que me estaba diciendo y el mozo respondió extrañado por mi desubicación que la moneda que mencionaba era de curso legal a partir del año 2158.

Mientras ella duerme

 

Ilustración Darío Parissi

Ella dormía

mientras los hombres la soñaban

y despertaban habiendo olvidado lo soñado

con la densa bruma de la vigilia.

Cada uno la veía en una escena diferente,

a veces íntima como una confesión, otras en un mar de gente.

Quizás sonreía enigmáticamente,

tal vez desbordando su inquietante sensualidad.

Para todos ellos el sueño era único y secreto,

y como toda fantasía

nunca elegían las situaciones ni los lugares,

no se cumplían en ellas sus deseos

y quedaban a merced de parecidos interrogantes.

Ella dormía

desconociendo sus múltiples paraderos en la noche,

furtivos domicilios,

eventuales citas sin horario,

extraño deambular sin rumbo fijo.

Ella irrumpía como un súbito desmayo,

sin tiempo para buscar sostenerse,

para amortiguar el derrumbe contra el suelo

ni asimilar la sorpresa.

Ella dormía

desconociendo que la llamaban en otros sueños por su nombre,

que la seguían por calles de otros mundos,

sin tiempo para detenerse

ni sospechas para mirar atrás.

Ella dormía también

en la imaginación de sus soñadores,

que no se atrevían a despertarla

creyendo que su sueño les pertenecía,

que podían contemplar sin ser visto

la maravillosa sensación de ser soñado,

para acercarse a ella con sigilo,

sin un ruido ni un gesto que perturbe,

acercar a sus labios el oído

y recibir la bendición de oír sus nombres.

El Indio

 


Lejos de las necrológicas y de los infames que pueden festejar una muerte, elijo escuchar su música mientras escribo. Una de mis letras preferidas es Queso ruso.

El Indio es el cacique de una tribu de huérfanos. Rebelde como Lautaro, Arbolito, Cafulcurá, Sayhueque, Caballo Loco, Toro sentado, Gerónimo. A diferencia de ellos que cabalgaban lanza en mano, el Indio portaba un micrófono y un block de notas para sus letras cargadas de mensajes. Y su tribu recibía el recado y asimilaba el contenido en sus memorables misas ricoteras.

El Indio es mucho más que un fenómeno popular. Nos dan cuenta de ello sus fieles en una despedida eterna.

La resistencia es cosa seria.

Él eligió hace tiempo las banderas para su corazón. Y aquellos que reprochan su elección son los que no tienen corazón ni otra bandera que la del dinero y la genuflexión ante el poder.

La rebeldía es cosa seria en tiempos de pueblos narcotizados por una maquinaria digital que arría sus deseos quitándole toda actividad neuronal y conciencia.

Siempre me puse del lado de los rebeldes. Atrás de los mansos y los lameculos hay muchos más.

Muchos años atrás Jorge Cafrune cantaba “El orejano”, que es aquel animal que no tiene marca ni dueño. Cafrune fue atropellado y muerto mientras viajaba a caballo para rendirle un homenaje en Yapeyú a San Martín.

Me encantan los que se plantan y cuestionan, los que nos sacan de la fantasía de Disney para mostrarnos la basura y los gusanos que nos rodean.

Ya sabemos, tenemos experiencia sobre como opera la maquinaria del poder contra los que se plantan.

El Indio es también una bandera y una forma de plantarse en ésta humanidad rota.

De esa miel no comen las hormigas.

Rebaño

 


El rebaño pastaba tranquilo en el prado,

ajeno al manto de las estrellas que lo cubría,

al seseo del viento que mecía la hierba,

indiferente a la estación y a los trópicos.

Y deglutía con lentitud pese al hambre saciado,

el rebaño ignoraba la utilidad de su lana y de su carne,

desconocía los deseos del pastor en su vigilia,

el trajinar de los hombres,

el rodeo silencioso del sueño que los invitaría a tenderse.

Inmerso en su impertérrita mansedumbre,

exiliado de cualquier voluntad,

ignoraba los designios del destino,

su historia, su linaje,

el eterno ciclo de su especie,

el brillo de los ojos del lobo acechándolo.

Quedaron cuatro notas

 

Ilustración Darío Parissi

Quedaron cuatro notas suspendidas,

tres líneas de fiebre y una carta sin terminar,

las facturas de servicios ordenadas,

las fotos familiares y una taza de café frío.

Un cenicero repleto de colillas y la estilográfica cerrada,

una guitarra cubierta de polvo,

algunos apuntes con letra despareja

y un reloj despertador a cuerda detenido.

La luz se filtraba por las cortinas claras,

un olor a tabaco flotaba en el ambiente,

una máscara de porcelana sonreía en la pared

y un libro señalado en la mitad esperaba sobre la mesa.

La luna redonda dentro de una cerradura,

la lectura de algunos libros esenciales,

las risas de veladas maravillosas,

canciones impregnadas en las paredes.

la sombra de una hilera de discos,

dos constelaciones por descubrir,

el eco del choque de unas copas en el brindis,

la euforia contenida y el amor derramado,

las noches de vigilia,

los besos sin pasión

y todo el universo en cuatro notas.

Inconmovible

 


No me conmovió la noche,

ni la luna plateando el río,

ni las luces de mi ciudad en la otra orilla,

ni el gato blanco y negro que esperaba ver cruzar la calle.

No me conmovió el susurro del viento

revelando su secreto indescifrable,

la abrumadora presencia de tantas estrellas titilantes,

la mansa soledad de las calles en las noches de verano,

el perfume de las glicinas

ni el aroma de las casas anunciando la reunión de la cena.

Estaba anestesiado,

borracho de ideas absurdas

y pesadillas improbables,

literalmente suspendido,

ausente,

en pausa como algunas canciones,

detenido como un tren expreso

en medio de la estepa siberiana.

Nada parecía atravesarme,

podía ver los estragos de la batalla

sin escuchar el estruendo de las armas, los muertos, los heridos, la pólvora,

era el pesado instante que antecede al luto,

el caos enmarañado de interrogantes,

el desorden de una habitación luego de una pelea,

los estragos de la marejada.

En medio de ese humo y desconcierto estaba

y no hubo sirena de alarma

para ponerme a salvo en un refugio,

estaba distraído cuando me aturdió una llamada.

Del otro lado del río,

entre las luces de mi ciudad,

mi madre daba un paso hacia la noche.



El último sonido

 


Repasó los últimos días arrepentido por las consecuencias de sus actos. Caminó hacia la higuera escuchando el tintineo en sus bolsillos de las treinta monedas.

Dios de la adolescencia

 

Ilustración: Darío Parissi

Se maquilló con esmero cuidando todos los detalles. Disimuló las ojeras con una crema, delineó los ojos y las cejas, y cuando se observó en el espejo satisfecha, disparó varias selfies con distintas expresiones, sensuales, dirigidas, hasta disponer de un buen número, elegir la mejor y subirla a las redes. Salió del departamento olvidando por unos segundos el cuidado de la postura corporal que la hacían lucir un poco mayor a sus espléndidos dieciséis años y caminó por el pasillo hacia el ascensor con los pasos de una adolescente inquieta. Volvió a mirarse al espejo y constató el poderoso efecto de los mechones rojos en su cabellera negro azabache. Se sentó en el último escalón de la entrada del edificio y cuando empezaba a caer la noche su cara se iluminó aún más con el reflejo de la pantalla de su celular. 

Recorrió el Instagram y comprobó que la última foto que se tomó antes de bajar a la calle se había publicado siete minutos antes. Un impulso eléctrico partió del centro de su pecho hacia  las extremidades cuando apareció en la pantalla de su celular una notificación con forma de corazón. Pulsó sobre la foto sonriendo. No era la señal que esperaba. Una amiga había clickeado que le gustaba. Recorrió la red social para enterarse quiénes estaban conectados en ese momento, en ese instante, quiénes estaban viviendo en forma paralela lo que ella experimentaba con tanta intensidad. Pensó en la fiesta dos noches atrás y experimentó eso que algunos adultos llaman ansiedad. 

La pantalla de su celular era la vía de escape al oscuro laberinto de la vida, la salida de emergencia que la alejaba a diario de las peleas con su madre, de la última discusión por el pedido de cambio en los horarios con su padre, quien, siete pisos arriba, rodeado de los libros de Bukowski y discos de viejas bandas de rock, le había dado un asilo temporal sin llegar a comprenderla. Sentía que en los dos años que llevaba la separación de sus padres, ambos habían envejecido dos siglos y no entendían los cambios, el lenguaje, los sueños y las aspiraciones de jóvenes como ella. 

Pasó por varios reels y feeds que compartía su círculo de amistades, como pasaron por sus ojos con cierta curiosidad las pastillas que veía que con sigilo compartían sus amigas, algunas conversaciones con una connotación sexual no aclarada y ese dulce encanto de placidez y somnolencia que producía la marihuana. Los días se sucedían tenebrosos como el futuro, envejecidos y de color ocre como el ambiente del colegio y las casas de sus padres. 

Un video con música melancólica de fondo la arrastró a las profundidades de los peores días de su vida que en los pocos años de existencia no podían ser muchos pero que para ella eran fatales. No se dio cuenta de que su rostro adquiría un gesto compungido que jamás hubiese permitido compartir en las reuniones con amigas ni en las redes sociales que la habían desconectado de la realidad que la rodeaba por veintinueve minutos, cuando sus parpadeos disminuyeron su ritmo natural,  sus ojos quedaron fijos en las imágenes y su mente viajó como un rayo por lugares que jamás había visto. 

Sintió que se le hacía un nudo en la garganta, le costaba respirar y un peso desconocido le oprimía el pecho, las piernas le temblaban, estaba empapada por un sudor frío y una mordaza invisible, siniestra e invulnerable le impedía el grito de socorro. Cuando volvió a experimentar la misma sensación de desesperación que aquella tarde en que casi se ahoga en el arroyo Solís, el alma volvió mágicamente a habitar su cuerpo, a sentir el duro y frío escalón sobre el que se había sentado, aflojarse las comisuras de los labios. Él había publicado un me gusta sobre su foto.

Detrás de Parissi

 

Intervención fotográfica: Darío Parissi

Durante los veinte días que permaneció en casa de su hijo, nuera y nietos en Maldonado, Uruguay, se impuso a sí mismo una disciplina tan férrea y estricta como la de los atletas olímpicos. Con el primer mate del día en la mano, encendía su computadora personal y sentado frente a ella, pensaba en una escena. Su meta eran relatos cortos, humorísticos, que abordaran situaciones sobre las que no pensamos habitualmente. Si la luz de la inspiración lo conducía a un tema celestial, comenzaba a tipear sobre el teclado una conversación de Dios con San Pedro sobre música, de Dios con el Diablo por un partido desafío al fútbol entre los jugadores del Cielo y los del Infierno. 

En la hora u hora y treinta minutos que duraba su ejercicio y el reto personal, regresaba a los dieciséis años de sus primeros textos y dibujos, al inusitado ímpetu que devolvía al motor sus doscientos caballos de fuerza. Y con las ideas que se ordenaban sobre la pantalla de la laptop germinaban viejas semillas que despertaban con él de largos letargos. Entonces el viaje a lugares desconocidos resultaba tan fascinante y encantador como el que podría haber realizado en un cohete rumbo a otras galaxias. 

En ese tiempo el Universo se detenía y desde el eje central que era la casa de sus seres queridos, todo permanecía estático, en pausa, para que él lo ordenara, lo corrigiera, lo mejorara. A veces sonreía sorprendido por un gesto o comentario de uno de sus personajes que no había previsto ni imaginado. 

Si el lector tiene la amabilidad de alejarse, de ponerse a mi lado, verá a un hombre de ochenta años de edad que, concentrado en su trabajo, parece de treinta. Quien lo observe como usted y como yo ignora que para sentarse con determinación como se ha sentado este hombre hace minutos, mate en mano, impulsado por un arrebato que cualquier observador definiría como locura, para escribir ese párrafo que a los simples mortales nos llevaría una década, éste hombre que aquí vemos, este hombre que ya no sabemos si tiene treinta u ochenta años, estuvo mucho tiempo escribiendo para publicar sus libros en distintas editoriales, libretos para elencos de televisión, para programas de radio, creando guiones, dibujos, historietas, inventando remates y gags para otros. Y con ese capital que atesoró durante tanto tiempo le está dando vida a lo que podremos leer cuando lo publique en unos minutos. Recién entonces asistiremos como espectadores a una conversación entre Dios y el diablo, a una reunión de hombres, ángeles, fantasmas. 

Parece un cuento. Yo diría que es una redacción, como las que proponía la maestra de quinto grado luego de una visita guiada.