El odio cabalga desde lejos
montado en la ira
y la codicia,
seguro en el
bolsillo del avaro,
a resguardo de la
razón
en la filosa daga
del tirano.
El odio anida un
alma miserable,
es mudo, ciego y
sordo,
con un olfato
infalible
para elegir el
alma de seres despreciables.
El odio es un
veneno amargo,
un grito
sostenido,
un puñetazo,
un bombardeo, una
invasión,
un despojo, un
asesinato.
El odio tiene
lengua y lenguaje,
dientes para
engullir,
manos para
estrangular.
Es traicionero y
falsificador,
veloz como el
lince,
zigzagueante como
las serpientes.
El odio no tiene
Patria ni religión,
no distingue de
razas,
es inmune a los
gestos conciliadores,
a las culturas, a
las civilizaciones,
a los idiomas,
No se doma ni se
aplaca.
Solo responde a
la ternura de las balas.