sábado, 16 de agosto de 2014

Los laberintos y juegos de la mente


Entró en el comedor con una marcha que no correspondía a sus ochenta y un años y a las dificultades físicas que a duras penas soporta su andador de cuatro patas. La puerta se cerró con un estrépito que anunciaba los gritos y las preguntas: “¿Porqué no me dijeron que mi madre había muerto?” “¿Con qué derecho me escondieron la verdad?” La familia quedó en silencio mientras ella a viva voz reclamaba e insultaba a los que no reconocía.

Unas horas atrás había soñado. Había vuelto a ser la niña que fue en su Tucumán querido y natal. Estaba en un campo, rodeada de gente que no conocía, como ahora, que la observan con estupor, en absoluto desconcierto. Siente que se angustia y quiere volver a su casa, que extraña. Y le pide a quienes no conoce que la lleven  de regreso. Al verla desesperada, acceden. Allí va la niña, de vuelta a casa, por el sendero del valle, con sus pasos cortos y torpes.

Qué extraño es ver tantos vecinos y parientes saliendo de su casa. Se suelta de la mano y corre. Se abre paso a empujones, se zafa y esquiva a quienes intentan detenerla.

Rodeada de velas, tendida en su cama, está su madre. Y la niña que fue siente que el corazón le estalla en el pecho al mismo tiempo en que las lágrimas comienzan a rodar por sus mejillas. No tiene consuelo. El pecho le duele y el peso de la desazón le vence las rodillas flacas. Una parte de ella se rompe mientras la otra intenta descubrir el engaño. La llevaron lejos para que no viera, como lejos estuvo después cuando su madre realmente murió en su Tucumán querido y natal, con ella, una de sus siete hijos, en Buenos Aires.

Llorando se despierta. Y llorando y gritando todo lo que le permite su voz pregunta. No reconoce a su hija ni a su nieta ni a los ojos enormes de ambas. De donde ella viene, en aquel tiempo, estas dos mujeres no existían, ni siquiera habían nacido. Y el pasillo que separa los dormitorios del comedor es exactamente igual al sendero del valle del Tafí Viejo en su camino de vuelta a casa.

Dos horas después, bebiendo un té y con un hilo de voz, entiende lo que ha sucedido. Descubre que hay una puerta misteriosa que divide pasado y presente y esta puerta a veces se confunde entre laberintos, datos, estaciones, calendarios.

martes, 5 de agosto de 2014

A tu salud


Hoy me tomo un whisky a tu salud.
Por tus treinta y siete años de búsqueda inclaudicable,
por todas tus rondas a la plaza, por cada jueves,
porque entre decir y hacer hay un abismo,
por tu sonrisa,
por Laura,
por tu nieto,
por los otros que todavía faltan,
porque la esperanza también es una bandera,
por tu reencuentro y por el nuestro.