miércoles, 15 de noviembre de 2017

El patio de la escuela

Fue aquí, Pocho, si, aquí mismo. Como si estuviera dibujado con tiza por la policía. Como me voy a olvidar. Estaba a punto de terminar el recreo largo. Si no te acordás es porque faltaste ese día.Me la pegó acá, justo en este lugar. Una piña traicionera, inesperada, de cagón. Pasaron muchos años pero me quedó para siempre. Estábamos forcejeando con alguno de esos juegos boludos de los varones y alguien, no sé quién, creo que le tocó el culo. Y se dio vuelta y sin decir nada, creyendo que había sido yo, sin que yo atinara a nada, me la puso en la cara. Sonó el timbre justo y tuvimos que quedarnos quietos. ¿Te acordás? Primer timbre quietos, segundo timbre,  salían del patio las chicas y en el tercero salíamos los varones. Yo sangraba por la nariz. En ésa época yo sangraba por la nariz sin que recibiera ningún golpe, pero la piña me entró de lleno. Bajé la cabeza y doblé la cintura mirando el piso para que la sangre no me manchara el delantal. El ruso dijo algo en voz baja, aunque no se podía hablar, algo para calentar la pelea a la salida de la escuela, cuando se armaba la ronda y todos te empujaban para que vayas al frente. Esas cosas que se dicen para calentar a los que iban a pelear. Yo estaba furioso pero las risitas contenidas me calentaron más. Sentía que la cara me ardía más de la bronca que del golpe. Cuando salimos del patio me vio la maestra del otro sexto. Me preguntó qué me había pasado. Le dije me caí. Me puso una mano en el hombro y me llevó a la sala donde tenían el botiquín. Me atornilló en la nariz dos algodones con agua oxigenada y me mandó de nuevo a clase. Entré con los dos tapones en la jeta y los del fondo se reían y él, Pezzoni, creo que sonrió. Me senté como si nada. Me acuerdo que López, que se sentaba atrás mío, me puso una mano en la espalda y me dijo que lo cagara a trompadas a la salida. A la salida no pasó nada.

Si, pasó mucho tiempo, Pocho, pero esas cosas nunca se olvidan. Cuando recibí la invitación de la escuela por los ciento cincuenta años lo primero que me vino como un flah fue esa escena en el patio. Porque podría haberme acordado de tantas cosas buenas, pero justo me tuve que acordar de eso y si lo vería a Pezzoni en los festejos. Y ahí lo tenés, allá, cerca del mástil, sacándose fotos, supongo que con los hijos, no? El no fue al viaje de egresados. Sus viejos no podían pagarlo. Me acuerdo que lo dijo con vergüenza pero yo ya lo tenía atragantado por esa piña traicionera. No me acuerdo si era buen tipo, Pocho, qué se yo. Me acuerdo de algunas chicas que me volvían loco y de la maestra de cuarto que tenía unas piernas hermosas. Pero si este pelotudo era buen tipo o no no me acuerdo porque yo no lo trataba. Cuando hacíamos trabajos en equipo nunca me tocó con él, así que tampoco sabía dónde vivía ni como era su familia.

Eso pasó en sexto. Estuve un año y medio planificando la venganza y tuve tres oportunidades que no aproveché. Las tres en excursiones. Cuando fuimos al museo de ciencias naturales pensé en ponerle el pie cuando bajábamos las escaleras. Hubiera sido tremendo. Un golpe perfecto, además no iba a saber que fui yo. Cuando fuimos a la fábrica de leche estuve a punto de empujarlo por una barandilla que daba a los piletones. Era medio negrito Pezzoni. Hubiese quedado blanco. Ya sé, boludo, ya sé que no es lo mismo pero se me pasó la calentura y la sed de venganza no. La tercera fue cuando nos llevaron al cine. Yo me llevé un compás en el bolsillo del delantal y tenía pensado clavárselo en la cabeza cuando se apagaran las luces. La maestra nos cambió de lugares y quedé muy lejos de donde se había sentado Pezzoni.
La verdad que no sé cómo saludarlo. ¿Qué le voy a decir? ¿Qué es de tu vida? Si nunca me importó un carajo. Tampoco me da para caretearla tanto. Está mirando para acá y le comenta algo a los que están cerca. ¿Son ex compañeros? Seguro que les está contando su versión de la piña que me dió el hijo de puta. Mirá, se ríe. Mirá si se va a disculpar después de cuarenta años, Pocho. Seguro que se está cagando de risa. Si se acerca se lo digo. No, cómo voy a armar quilombo acá. Es un recuerdo nada más. Sin rencores, eso. Estamos para festejar el cumpleaños de la escuela pero yo no me olvidé, que quede claro

Che, me parece o está hecho mierda? Parece que no le está yendo nada bien, no? Perdió el pelo, está lleno de arrugas. Parece que la vida le dio para que tenga. Y bueno, se hizo justicia al fin y al cabo. La vida le fue cobrando esa piña traicionera que me dio.

sábado, 4 de noviembre de 2017

Daniel


Daniel                                            4 de noviembre de 2017

El alma siempre ardiente
con destino de Cielo,
hamacaste los tiempos del silencio
en mayúsculas canciones
de notas chuecas y sublimes.

Marchaste con la gente
desalambrando anhelos,
miedos, rebeldìas,
con esa voz tan clara,
tan nuestra, tan humana.

Se fue una parte nuestra
anidada en fogones,
ruedas de mate,
encuentros, esperanzas.

Y el compadre Juan Miguel
y las infamias sin nombre,
aquellas que cantaste
son parte de tu eco.

sábado, 14 de octubre de 2017

Alma migratoria

Hernán tiene dos años y sube al avión acompañado por una azafata encargada de cuidarlo en su viaje de Francia a Argentina donde lo esperan sus abuelos. Su madre es francesa y su padre argentino. Ésa circunstancia le permite contar con doble nacionalidad. Su padre terminará en un año su postgrado de arquitectura en la Sorbona.

Hernán escucha los relatos de sus abuelos sobre su tierra de origen, Asturias, lugar al que jamás regresarán. A temprana edad descubre que algunas historias de desarraigo también se escriben con lágrimas.

En su nuevo mundo no deja de viajar. Los boletos hacia nuevos horizontes les son cedidos mágicamente por Julio Verne y Emilio Salgari, sin documentos que portar, ni listas de embarque, ni trámites aduaneros.

Hernán lleva en la sangre una señal parecida a la que poseen las aves migratorias. En algún momento imprevisible se activa, y para cuando eso ocurre lleva en su mochila lo imprescindible para emprender un nuevo viaje. Sus pies dejan su huella en Uruguay, Bolivia, Brasil, Perú, México, Estados Unidos, Francia. En ningún lugar se sintió extranjero por más de veinticuatro horas.

La mágica señal, posiblemente, se haya activado un día para que eligiera cumplir el servicio militar obligatorio en Francia y evitarse un tránsito obligatorio por Malvinas.

sábado, 30 de septiembre de 2017

Viaje en tren


Sergio y Elena viajan en tren con destino a San Pedro para cumplir con su plan de acampar durante un fin de semana a orillas del río. Las abultadas mochilas fueron revisadas varias veces antes de partir, impulsados por la angustia que abriga algún olvido. Están relajados y felices. El brazo de Sergio rodea los hombros de Elena y esa sensación de protección, el monótono ruido del motor del tren y el acompasado vaivén del vagón la invitan a sumergirse en un sueño profundo.

Sergio la contempla con ternura. Por la ventana observa como las viviendas comienzan a espaciarse a medida que abandonan la ciudad dejando atrás sus ruidos, sus edificios, su smog. El aire es diáfano y la tarde fluye al ritmo del paisaje. Una sensación intensa de bienestar los invade. A Elena dormida y abrazada, a Sergio cuyos ojos paladean el verde que los rodea y los dorados rayos del sol cayendo sobre el campo. Saben que llegarán de noche, que acamparán a oscuras, alejados de los pequeños grupos de carpas, que despertarán cuando lo ordene el día y que recorrerán a pie la orilla del río y el pueblo.

Cada cruce de barrera rasga la armonía del paisaje con el estridente tintineo de las campanillas. El sonido es débil al principio, hasta que al llegar a cada paso nivel donde se escucha en su máxima potencia. Luego lo diluyen la distancia y el crujido de los durmientes.

Sergio imagina cómo sería la vida con Elena en lugares como estos, sin motores, ni sirenas, sin desperdicios, saboreando unos mates bajo las estrellas, rodeados de la calma nocturna y el canto de los grillos. Vuelve a mirarla. Ella duerme y él le transmite con su abrazo protector y cálido sus sensaciones inexplicables. Se escucha a lo lejos una campanilla anunciando otra barrera, y como antes, vuelve a sonar con mayor intensidad cuando pasan cerca de ella hasta volverse imperceptible.

Sergio imagina la lluvia sobre el campo. Se acomoda en el asiento, estira las piernas y cierra los ojos en duermevela. Otra señal de alerta lo hace pensar, sin abrir los ojos, que por los cortos intervalos de silencio están atravesando un pueblo. El tren sigue al mismo ritmo y para su sorpresa escucha que por el sonido intenso de la campana el vagón está detenido exactamente sobre un paso nivel. ¿Habrá ocurrido algo? -se pregunta. Abre los ojos y a su alrededor distingue los muebles de su dormitorio, el reloj despertador que marca las diez y doce y el teléfono que no para de sonar. Atiende semidormido. Es la voz de Elena que le pregunta si está bien, si sabe qué sucedió.

Durante siete años no faltó ni llegó tarde a su empleo y desde hace dos horas su teléfono recibe llamadas que aún no ha contestado.
Se había quedado dormido, pero familiares y amigos suponían que Sergio estaba trabajando en la AMIA cuando estalló la bomba.

sábado, 23 de septiembre de 2017

Los objetos de Quinquela

Como los barcos que comandaron, corrieron distinta suerte. Algunos presidieron embarcaciones modestas y no por eso menos emocionantes. Después de miles de millas y de olas que azotaron sus cuerpos, descansaban apoyados en una pared y esperaban la noche para recordar en la intimidad de la sala sus historias de travesías.

Alguien recordó a aquel marinero que se negaba a desembarcar porque sentía mareos en tierra firme. Una noche sus compañeros lo llevaron a puerto por la fuerza. Unas horas después yacía boca abajo acuchillado, en un charco de sangre, luego de una pelea entre borrachos.

Una dama recordó que originalmente su mirada estaba dirigida al agua pero quedó con la vista al cielo de tanto suplicarle al Dios de los mares clemencia en una tormenta que por milagro no se convirtió en naufragio.

O aquella otra, secreta confidente de las cartas de amor de un tripulante a su amada esposa. No sabía el pobre que su hermano ocupaba durante sus ausencias su lugar en la cama conyugal. Después del último viaje no volvió a embarcar.

El pintoresco hombrecillo con acento italiano que trajo del otro lado del océano familias que escapaban de la hambruna europea y se volvieron prósperas en estas tierras.

El más triste y golpeado de todos fue rescatado del fondo del mar medio siglo después y por las noches no duerme, perseguido por los gritos desesperados de los pasajeros.

martes, 19 de septiembre de 2017

Negrita

Llegó a casa de mis padres adoptada en una veterinaria con tres meses de edad en brazos de  mi hermana. Y fue mi viejo el encargado de cuidarla en sus primeros días en su nuevo hogar. Creo yo que en gratitud a ese gesto, cuando mi viejo enfermó y había que curarle las heridas de la pierna, ella abrazaba la pierna enferma de mi padre y le daba su calor.

Dicen que los gatos nos acompañan a atravesar portales de otras dimensiones y nos ayudan a regresar de ellos ilesos. Por algo los egipcios lo consideraban un animal sagrado.

Parió cuatro hijos y el único macho fue envenenado cuando creció por una de esas almas oscuras que habitan cualquier barrio y que ocupan los primeros bancos en las misas a las que nunca faltan.

Tenía tanta personalidad como para atravesar el patio trasero donde están los perros y beber el agua del balde destinado a ellos.

Cuando yo iba de visita los fines de semana era la primera en salir a saludarme y luego de comer y sin aviso se subía a mis piernas para dormirse una siesta.

Pude comprobar que no hay que cuidarse de los gatos negros. Son los humanos los verdaderamente siniestros y portan consigo muchos años de mala suerte y calamidades.

Mi hermana la llevó a la veterinaria hace unos días. La habían envenenado. El veterinario le confesó que mucha gente entraba a su consultorio pidiendo veneno para gatos. “Yo estudié para curar, no para matar”-les respondía. También existen quienes ofrecen una recompensa a los guardias de la zona por cada gato muerto. Si hay un dinero sucio seguramente será ése.

Partió al cielo de los gatos. Ese cielo al que no se reza, no se miente, no se asciende como bienaventurado. El infierno sigue acá abajo.

martes, 29 de agosto de 2017

La copa rota


Osvaldo permanecía inmóvil en el sillón con la vista fija en la pared. Dos lágrimas redondas, perfectas cayeron y se mezclaron con los cristales  brillantes de la copa hecha añicos en el piso. Francisco se acercó y abrazó a Inés rodeándola con sus brazos por la espalda. El estremecimiento de ella hizo eco en su pecho y el suave impacto de los corazones fue suficiente para que pudiera dejar brotar su llanto. El tiempo se detuvo. Francisco e Inés se consolaban en silencio. Ninguno de los tres atinó a juntar los vidrios. Se quedaron abrazados contemplando el destrozo como señal luminosa de una tragedia que acaba de revelarse. El sonido de los pasos de Osvaldo subiendo la escalera los sacó del trance.

En medio de un silencio oscuro como la noche se dividieron como siempre las últimas tareas antes de subir al dormitorio. Inés le pasaba los platos y vasos ya  secos para que él los acomodara en la alacena. Fue Francisco quien enfrentó por primera vez el lugar vació en la hilera de copas de licor. Sin decir una palabra se acostaron y se durmieron.

Durante años celebraron los tres, en las noches de invierno, el ritual de beber una copita de  licor después de  la  cena. Mientras bebían conversaban sobre sueños, anécdotas y las pequeñas historias vividas durante el día. En el invierno de la guerra Inés y Francisco mantuvieron la ceremonia nocturna siguiendo las noticias que llegaban desde el frente y rezando para que Osvaldo volviese al hogar sano y salvo.


Esta noche no había sido distinta a ninguna otra. Allí estaban los tres saboreando el licor, sentados en el living mientras afuera se escuchaba la tormenta. El estruendo de un rayo sacudió la casa. Osvaldo, aterrorizado, dio un grito desgarrador y apretó los puños con tanta fuerza que destrozó la copa que tenía en la mano. Luego se tiró al suelo y quedó en cuclillas tapándose los oídos mientras temblaba. Inés y Francisco corrieron a abrazarlo y darle consuelo.