sábado, 19 de agosto de 2017

La libreta de ideas


Miró el reloj de pared y se incorporó de un salto. Se había hecho tarde. Se colocó el abrigo y salió a paso rápido con rumbo a la estación de trenes. En el viaje ordenó mentalmente su agenda para aprovechar al máximo el tiempo en la ciudad. Retiraría las órdenes para los lentes y aprovecharía la hora libre para buscar un libro en las librerías de avenida Corrientes. Después de pasar por el dentista se encontraría con Víctor en el café de siempre. Le contaría el sueño que tuvo dos noches antes. Víctor ya no era su psicoanalista. Se lo contaría como a un amigo. Recordó el consultorio que había abandonado cinco años atrás y tuvo una idea. La perfección de la organización le produjo la misma alegría que la consumación íntegra del plan. Abrió el morral y comprobó, luego de hurgar en todos los compartimentos y bolsillos, que la libretita de  ideas no estaba. Se propuso memorizar la idea como un mantra para retenerla y la tarea le consumió el tiempo de viaje.

Cuando llegó a la estación terminal se detuvo en un kiosco y compró un paquete de pastillas de  menta. Disfrutó tomar el subte en un horario donde el flujo de pasajeros es  menor. Observó a la  gente a su alrededor, escuchó las bondades de un producto en la  voz de un vendedor ambulante y cuando quiso volver a la idea que se le había  ocurrido en el tren, ésta se había esfumado. Sintió un poco de rabia. La misma rabia que lo acometía cuando componía mentalmente una melodía y al pasar por un negocio con la música a alto volumen la estructura armónica se desmoronaba como un castillo de naipes. Cuando eso le sucedía recordaba el pizarrón repleto de la clase de matemáticas y el profesor borrando la deducción de las fórmulas  cuando él no había alcanzado a copiarlas. Para darle una solución a estos imponderables estaba la libretita que había olvidado en su casa.

Cumplió rigurosamente con el plan que se había trazado y con una diferencia de quince minutos al horario acordado llegó al bar donde se encontraría  con Víctor y pidió un café. Cuando estaba a punto de  comenzar a leer el libro que había comprado una hora antes llegó Víctor. Se abrazaron y saludaron con las frases de rigor. Traje algo para vos, dijo su ex psicoanalista.

-Hace cinco años, cuando dejamos tu terapia, dejaste en mi consultorio tu libreta de apuntes. Nunca recordé  traerla hasta hoy que la separé especialmente a la mañana antes de  salir.
Y allí estaba, intacta, con su tapa amarilla, como él creyó que la había olvidado en la mesa del living de su casa, con catorce frases que  contenían distintas ideas y el párrafo inicial de la novela con la que  ganaría ese año el primer premio internacional de su carrera.

martes, 8 de agosto de 2017

El Globo rojo es libre


El Globo rojo es libre. El Globo rojo es libre y es mágico. Huyó de la cinta de un film en blanco y negro, donde el único detalle cromático distintivo era su color. Cruzó los cielos de Almagro y elegió como forma terrenal una librería. Le confirió su magia, iluminó el lugar con su espíritu. Durante diez años, por alguna razón que desconocemos, abandonó su esencia nómade y dijo aquí, muy cerca de la esquina de Humahuaca y Medrano.

Los que tuvimos el privilegio de visitarlo sabemos que los estremecimientos del lugar no son producto del paso del subte, que los murmullos no son obra de otras almas que las que habitan en los libros. Yo me llevé de allí el destino de Cristo según la voz de Saramago, las historias clínicas del hospital siquiátrico de Madrid en la pluma de su director, Vallejo-Nájera. Yo fui testigo de tempestades en alta mar, de tifones, de atardeceres calmos y rojizos sobre un campo de trigo.
El inimitable perfume de los libros crea la atmósfera. Y creo que los niños del barrio se 
acercan a mirar, orientados por las piedritas que cada noche dejan como rastro Hansel y Gretel.




También hay juguetes. Juguetes especiales que recrean con nosotros el juego al que siempre invita un libro.










En una de las paredes hay fotos que captaron las escenas de estos diez años de vuelo.



Entre esas cuatro paredes sin señales hay miles de millas recorridas por Verne y sus colegas, cronopios que Julio describió, imágenes en versos apasionados, algún beso aún latente.








El Globo rojo es libre, tan libre como el amor, el destino o la palabra.

jueves, 3 de agosto de 2017

Y digo


Una hermosa gentileza del artista Darío Parissi

Con la paciencia de la araña,
el ímpetu del toro en la embestida,
el filo de la navaja del barbero,
la precisión del cronómetro.

Con la puntualidad de la hora señalada,
la inquietud del centinela,
la angustia del testigo,
la espesura de la noche.

Con la mirada del amante,
el destello del látigo,
el peso de una promesa,
el alivio de una confesión.

Con el orgullo del conquistador,
el pulso del cirujano,
la voluntad del abstemio,
así cabalgaré en la palabra.



jueves, 27 de julio de 2017

MI primer minué


Nos conocimos hace muchos años. Ella era una dama antigua y yo un patriota de la Revolución de mayo. El mundo no era más ancho que el patio del jardín de infantes.

Fue aquel, para los dos, nuestro primer baile en sociedad. Y así llegamos, tomados de la mano al salón de una familia patricia de la época para bailar un minué ensayado previamente, en medio de los aplausos generosos y emocionados de los mayores.

El recuerdo quedó intacto como la foto. Muchas veces vino a mi memoria con la misma nitidez.

Pasaron muchos años y una de esas casualidades que enmiendan los destinos hizo que diera con la casa en la que ella vivía. Me tomé unos días para juntar coraje y con la misma emoción de aquellos años al ingresar al salón de baile llamé a su puerta.


Una chica vino a recibirme, le pregunté por ella. Volvió sobre sus pasos y escuché un murmullo. La ví y le pedí disculpas. Le dije que me había equivocado de dirección. Esa mujer mayor no era ella.

sábado, 22 de julio de 2017

Punto de partida

Solo Molo se estrenó en el Bar El taller en octubre de 1986 con la dirección de Mariluz Mandracho.
Desde el 82 había trabajado con otros dúos y en el mismo bar compartí escenario con Willy Landin en "Alquimia" y Fernando Brucco en "¿Porqué nosotros?"
De esos espectáculos yo tenía para desarrollar solo 15 minutos en un unipersonal. Cuando el trabajo con los dúos terminó no tenía nada nuevo para hacer y tenía que encarar un nuevo proyecto. Todo lo que escribía entonces no me gustaba y daba más vueltas que un carrucel. Tomé valor y llamé a Eugenio Ramírez, el dueño del bar, y le dije que tenía un espectáculo de una hora listo para estrenar. No esperaba que Eugenio, que siempre te daba fecha a un mes dijera: 15 días.
A partir de ahí me empezó a gustar todo lo que escribía. Con los textos frescos todavía, comenzaron los ensayos y estrenamos. Anduvo bien.
Ese espectáculo giró luego por distintas salas. Estuvimos en Oliverio Mate Bar, Liberarte, La Casa del loco, Después de hora, El Pozo Voluptuoso y otras hasta anclarse durante años en El Bululú.
Me dio muchísimas satisfacciones. Por su composición, monólogos y canciones, las rutinas fueron cambiando. Entraba con un frac de friza de 1929 (te la regalo en verano) y me cambiaba en el escenario para cada personaje utilizando una silla como perchero.
Tuvo diferentes comienzos, incluso en el 86 un monólogo y una canción compuestos por palabras cuya única vocal era la O. Esto surgió para llamar la atención del auditorio de un bar donde no todo el público concurre a ver un espectáculo a la una de la mañana.
Luego esta rutina que comparto me acompañó durante años.
Fue filmado una vez en VHS y ese archivo histórico vaya uno a saber dónde terminó.


jueves, 20 de julio de 2017

Entrevista moderna

-Y?
-No se.
-¿No dio?
-No. El tipo pasó todo. Pasó el análisis del CV, pasó el psicotécnico pero en la entrevista..
-¿No da el perfil?
-El perfil es perfecto para el puesto. Calza exacto. Es lo que buscamos.
-¿Entonces?
-No tiene Facebook.
-¿Cómo que no tiene Facebook?
-Instagram te la entiendo, pero Facebook…
-¿Y cómo te lo dijo?
-Le pregunté, con diplomacia. Le dije: antes de la entrevista buscamos su Facebook. Y me dice: No tengo cuenta de Facebook.
-A la mierda
-No tiene Whatsapp
-Ah, bueno…
-Tiene un celular pedorro, del año del pedo. Con esto me arreglo, me dice. Para comunicarme está bien..
-¿Y cómo carajo vive?
-Así, desconectado del mundo…
-¿Y decís que todas las pruebas las pasó sin problemas?
-99 sobre cien.
-Qué increíble…
-Un bicho raro…
-Algo esconde. Entrevistá a otro.

martes, 18 de julio de 2017

Necrológicas


Entró al bar y se dirigió a la mesa de siempre. Dobló el diario en dos y lo colocó en la mesa, buscando al mozo con la mirada apoyó el perramus en una de las sillas. Pidió un cortado como todas las mañanas y una medialuna de grasa. Levantó la vista hacia la calle para quedarse con la imagen de la gente en el crudo invierno de Buenos Aires. Abrió el periódico y leyó los copetes de las noticias en la información general, luego, como todos los días desde hacía treinta años, saltó a las necrológicas.
La lectura de los avisos fúnebres formaba parte de su rutina por tradición familiar. Allí se enteraban, con un mensaje escueto, telegráfico, preciso, del fallecimiento de algún pariente, de un vecino o de un amigo de la infancia. Mientras comenzaba su recorrido por orden alfabético de la lista del obituario, el mozo le sirvió el café y a un costado de la taza la cuenta sin interrumpirlo. Abel, Alaiz, Alonso. Hizo memoria. Era un apellido común pero no conocía a ningún Alonso. Últimamente se había vuelto habitual encontrar a un viejo conocido. El paso de los años, como para él, llegaba para todos y tarde o temprano hijos, sobrinos, amigos y hermanos publicaban la última noticia de los que ya no tendría que llamar para enterarse como estaban.

Maroni, Mizzone, Muriatti. Se detuvo con un sobresalto. Sus primos vivían en La Pampa y hacía rato que no tenía noticias de ellos. Siguió sobre el artículo. Muriatti Ramón, sus hijos Alejandro, Marcelo, Mauricio, nietos, bisnietos y demás familiares participan con profundo dolor… Volvió sobre la lectura. Al principio, encontrar un homónimo fue un impacto, pero leer el nombre de sus hijos, nietos y bisnietos lo encerró en un desconcierto. Se sintió mareado y cerró el diario. ¿Sería una broma macabra? No tenía enemigos y sus amigos eran incapaces de publicar algo así. Bebió el café tratando de recobrarse de la desagradable sorpresa. Le pareció que estaba frío pero antes de llamar al mozo volvió a abrir el diario asustado para comprobar si esto podía ser una señal de alguna enfermedad senil hereditaria. El aviso estaba ahí, como él lo había leído segundos antes.

Ramón Muriatti llamó al mozo sin dominar el temblor en su mano derecha. El mozo continuaba acodado a la barra sin prestarle atención. Insistió levantando la voz y tampoco tuvo señal que lo escuchara. Se puso de pie y gritó pidiendo ayuda. Los parroquianos continuaron en sus conversaciones sin registrar su desesperado llamado de socorro. Tomó el abrigo para salir del bar y sorprendido vio la calle reflejando el aplastante calor del verano.