viernes, 20 de abril de 2018

Ceniza



El cielo es plomizo, gris; tan gris que puede confundirnos sobre cuál es la hora real: estamos en el mediodía y la luminosidad es idéntica a la de las seis de la tarde. Algunos asientos detrás de mí del colectivo en el que viajo, la conversación que escucho se mimetiza con el paisaje que veo del otro lado de la ventanilla. Un hombre se queja, a su compañera de viaje, de cuánto es menospreciado su talento, de todas las cosas que cambiará para ganarse el respeto de sus mediocres colegas, de lo bien que hablan de sus cuentos encumbrados escritores, de los talleres que es capaz de organizar para un alumnado ávido de su luz. La mujer escucha y sobre el final de cada párrafo estimula con pocas palabras su verborragia, su catarsis, su sermón. El hombre habla en voz alta y cada tanto se enoja con el universo que conspira en su contra. El cielo, mientras tanto, se vuelve ceniza.

Sentí que el hombre tocó el timbre solicitando detenerse en la próxima parada. No  pude dominar  mi curiosidad por observar sus rasgos, intentando comprobar si su voz correspondía con la imagen que me formé de él sin haberlo mirado una sola vez. Descendió antes que la mujer; iba envuelto en una nube densa que impedía escudriñar sus rasgos. Allí quedó, dentro de la borrasca donde solo se distinguía una mano de la mujer. Miré hacia atrás y vi la nube. En la calle, el día resplandecía majestuoso.

martes, 17 de abril de 2018

O Rei do Pelourinho



En una de las calles de Pelourinho, el barrio emblemático del centro bahiano, nos encontramos Jacqueline y yo con Edmundo Edvon Santos, artista de ochenta y cuatro años, quien ostenta desde hace décadas la preciada condición de ser “El negro más bonito de Bahía”, presentación personal luego del saludo de rigor, es certificada por los residentes que se acercan a saludarlo.

Edmundo anda vendiendo sus trabajos en distintas técnicas plasmados en litografías de papel satinado y porta consigo una carpeta con folios donde conserva notas, fotos, premios de otros tiempos no tan lejanos, sobre todo para quien fue hijo de un hombre que vivió hasta los ciento seis años. Dueño de un humor inteligente, exquisito, nos cuenta la historia de su barrio, de origen aristocrático hasta que la proliferación de la población negra, altamente competitiva en superarse entre sí  en el número de hijos, obligase a los primeros residentes a emigrar a otras zonas más apropiadas a su abolengo.

Santos define las etapas de la vida de un hombre trazando un paralelismo con los pájaros. Hasta los treinta es un picaflor y anda de un lado al otro picoteando todas las flores. Cuando llega a los cuarenta se convierte en un águila que selecciona a sus presas. Llegando a los sesenta es un buitre que come lo que encuentra y a los setenta es un cóndor. Con dor (dolor) aquí, con dor allá.

Conversamos con él casi una hora. Sus trabajos fueron declarados de interés cultural por la intendencia y un visitante le regaló la edición de unos minutos de filmación https://youtu.be/3yKYJTlYtks. Lleva una camisa y una gorra de color blanco impecables que le confieren un aire señorial que sumado a la  gracia de sus gestos, cadencias y entonaciones nos hace  sentir que estamos frente ante alguien de linaje africano.

Edmundo es un príncipe y un rey en Bahía.

Al estrechar su mano le prometí que escribiría sobre este encuentro que me hizo un poco más rico de lo que soy.

miércoles, 21 de marzo de 2018

Reflexiones matinales

El Capitalismo y la religión católica se parecen. Ambos te prometen un paraíso invisible en un futuro incierto.

La reencarnación no garantiza mejora. Siguen naciendo muchos más Herodes que Cristos.

La diferencia entre un sicario y un ministro de economía es la herramienta de trabajo. El primero utiliza un arma de fuego y el segundo una lapicera.



jueves, 1 de marzo de 2018

La búsqueda



Ella y yo disimulábamos siempre en aquellos paseos, con nuestros ramos de  flores en la mano y un gesto de tristeza. Éramos dos  visitantes más entre la  gente. Durante semanas recorrimos metódicamente cada calle y nos deteníamos de tanto en tanto frente a una sepultura, dudando y discutiendo, en voz baja y con absoluto respeto, si lo habíamos encontrado, si poníamos fin a la pesquisa.

No nos importaba el tiempo. Daba lo mismo que fuese un día soleado, lluvioso, frío o de un calor sofocante. Mantuvimos durante meses el espíritu de nuestra ceremonia y el secreto de nuestra búsqueda.

Fue un domingo de julio a la tarde. Nos detuvimos frente a una tumba de mármol con vetas rosadas. Leimos la placa lentamente, en voz baja, probamos y degustamos su sonoridad, las sensaciones al pronunciarlo. Micaela. Encontramos el nombre con que bautizaríamos a nuestra hija.

domingo, 14 de enero de 2018

Conté la plata


Conté la plata. Estaba toda. Nunca faltó un peso pero la plata se hizo para contar, me enseñó mi viejo. Regué las plantas del balcón mientras sintonizaba la clásica a medio volumen para que escuchen los vecinos, así siguen creyendo que soy el vecino que todos quieren tener. Le puse un poco más de alpiste a los pájaros, limpié el piso de las jaulas y cambié el agua de los bebederos. Separé los billetes grandes y los coloqué entre las páginas de algunos libros. Anoté los títulos para que no me pasara lo de la aquella noche con Fiorini. El tano y yo abriendo los libros y yo que no le daba la espalda para no darle la oportunidad que me amasijara. El tano desconfiaba que lo quisiera sarpar y yo, en esa situación,  hubiese pensado lo mismo.
Separé un fajo para los regalos de Navidad. Hice la lista del almacén y cuando abrí la heladera para ver si tenía huevos para la dieta, vi que una parte del diario asomaba por debajo de la  puerta. Lo llevé hasta el balcón y me acomodé en la reposera. La tapa me dio la orientación. Página 17. Y ahí estaba. Empresario textil muere en accidente automovilístico. Si en tres días no aparece ningún testigo, algún cabo suelto, el Juez firma la carátula.

Lo veo medio triste al cardenal. Podría llevármelo conmigo al Tigre.

martes, 26 de diciembre de 2017

Barrio viejo


Jamás hubiese creído que después de haber vivido una vida a tanta velocidad y vértigo, sentiría este raro placer de viajar en un automóvil tan lentamente. Hasta me cae bien el chofer, aunque solo vea sus ojos reflejados en el espejo. Hacía mucho tiempo, quizás desde las épocas de mi padre y su Plymouth 39, que no recorría el barrio al ritmo de los paseantes domingueros. Se me llenan de aire los pulmones al mirar el techo verde que construyeron los árboles a uno y otro lado de una de mis calles preferidas para encontrarse en un abrazo de ramas que apenas permite el paso de unos pocos rayos de sol.

La plaza y la iglesia. La plaza donde jugué en la infancia y enfrente la iglesia donde se casaron mis padres y mis hermanos. Yo no quise. Después que Inés se casara aquí con mi hermano, sin remordimientos por sus años de noviazgo conmigo, no pude venir ni al casamiento de mis dos mejores amigos. Aquella noche pude haberme matado pero no tuve valor.

La casa del Tala. Cómo se fue viniendo abajo desde su partida a Canadá. Noches enteras de caña y pase inglés se esfumaron como los paquetes de cigarrillos que comenzábamos a consumir. Nunca le dije al Tala cuánto me había dolido su partida. Jamás hablamos de la noche que trajimos engañada a Estercita y la emborrachamos. Como lloró. Y nosotros, borrachos como ella, no pudimos hacer nada.

La casa de la vieja Emilia. Siempre creimos que era una bruja y le hacíamos maldades para esconder el miedo que nos inspiraba. Y ahora me saluda desde la vereda. No me guarda rencor, pese a que sabía que el cerebro de la pandilla, la piel de judas, el más canalla de todos era yo. Pobre vieja.

El barrio está como lo recuerdo desde siempre. En cada regreso alguna que otra novedad chiquita. La bicicletería del tano que cerró, la vieja heladería que hoy es un lavadero, la casa de Inés que nunca recuperó el cerco de ligustrina que se llevó el incendio. La cuadra de mis amigos, el azote del diablo. Pensar que el único que no se enderezó con los años fue el Hormiga. Y nunca, ninguno de nosotros tuvo el valor de ir a visitarlo en prisión. Queda lejos, decíamos. Ni una carta le mandamos al Hormiga.

El barrio y los amigos de siempre, que me acompañaron desde la infancia. Aquí están, siguiéndome en caravana en mi último paseo.

domingo, 10 de diciembre de 2017

Asociación libre

No es un secreto que uno de los músicos que más me han impactado sea Charly García.
Hay cuatro o cinco canciones que de tanto en tanto repito como un mantra.
Hoy a la mañana, mientras viajaba en bicicleta a casa de mi madre, vino a mí "Mientras miro las nuevas olas", uno de los temas del disco de Serú Girán, Bicicleta justamente.
Hay una estrofa que volvió a calar hondo con otro significado.

Quiero estar en la playa cuando se han ido
los que tapan toda la arena con celofán
Recordar las estrellas que hemos perdido
y pensar a suerte y verdad nuestro porvenir.
Será cómo yo lo imagino o será un mundo feliz?

Pienso en el mundo que imaginamos.