domingo, 14 de enero de 2018

Conté la plata


Conté la plata. Estaba toda. Nunca faltó un peso pero la plata se hizo para contar, me enseñó mi viejo. Regué las plantas del balcón mientras sintonizaba la clásica a medio volumen para que escuchen los vecinos, así siguen creyendo que soy el vecino que todos quieren tener. Le puse un poco más de alpiste a los pájaros, limpié el piso de las jaulas y cambié el agua de los bebederos. Separé los billetes grandes y los coloqué entre las páginas de algunos libros. Anoté los títulos para que no me pasara lo de la aquella noche con Fiorini. El tano y yo abriendo los libros y yo que no le daba la espalda para no darle la oportunidad que me amasijara. El tano desconfiaba que lo quisiera sarpar y yo, en esa situación,  hubiese pensado lo mismo.
Separé un fajo para los regalos de Navidad. Hice la lista del almacén y cuando abrí la heladera para ver si tenía huevos para la dieta, vi que una parte del diario asomaba por debajo de la  puerta. Lo llevé hasta el balcón y me acomodé en la reposera. La tapa me dio la orientación. Página 17. Y ahí estaba. Empresario textil muere en accidente automovilístico. Si en tres días no aparece ningún testigo, algún cabo suelto, el Juez firma la carátula.

Lo veo medio triste al cardenal. Podría llevármelo conmigo al Tigre.

martes, 26 de diciembre de 2017

Barrio viejo


Jamás hubiese creído que después de haber vivido una vida a tanta velocidad y vértigo, sentiría este raro placer de viajar en un automóvil tan lentamente. Hasta me cae bien el chofer, aunque solo vea sus ojos reflejados en el espejo. Hacía mucho tiempo, quizás desde las épocas de mi padre y su Plymouth 39, que no recorría el barrio al ritmo de los paseantes domingueros. Se me llenan de aire los pulmones al mirar el techo verde que construyeron los árboles a uno y otro lado de una de mis calles preferidas para encontrarse en un abrazo de ramas que apenas permite el paso de unos pocos rayos de sol.

La plaza y la iglesia. La plaza donde jugué en la infancia y enfrente la iglesia donde se casaron mis padres y mis hermanos. Yo no quise. Después que Inés se casara aquí con mi hermano, sin remordimientos por sus años de noviazgo conmigo, no pude venir ni al casamiento de mis dos mejores amigos. Aquella noche pude haberme matado pero no tuve valor.

La casa del Tala. Cómo se fue viniendo abajo desde su partida a Canadá. Noches enteras de caña y pase inglés se esfumaron como los paquetes de cigarrillos que comenzábamos a consumir. Nunca le dije al Tala cuánto me había dolido su partida. Jamás hablamos de la noche que trajimos engañada a Estercita y la emborrachamos. Como lloró. Y nosotros, borrachos como ella, no pudimos hacer nada.

La casa de la vieja Emilia. Siempre creimos que era una bruja y le hacíamos maldades para esconder el miedo que nos inspiraba. Y ahora me saluda desde la vereda. No me guarda rencor, pese a que sabía que el cerebro de la pandilla, la piel de judas, el más canalla de todos era yo. Pobre vieja.
El barrio está como lo recuerdo desde siempre. En cada regreso alguna que otra novedad chiquita. La bicicletería del tano que cerró, la vieja heladería que hoy es un lavadero, la casa de Inés que nunca recuperó el cerco de ligustrina que se llevó el incendio. La cuadra de mis amigos, el azote del diablo. Pensar que el único que no se enderezó con los años fue el Hormiga. Y nunca, ninguno de nosotros tuvo el valor de ir a visitarlo en prisión. Queda lejos, decíamos. Ni una carta le mandamos al Hormiga.

El barrio y los amigos de siempre, que me acompañaron desde la infancia. Aquí están, siguiéndome en caravana en mi último paseo.

domingo, 10 de diciembre de 2017

Asociación libre

No es un secreto que uno de los músicos que más me han impactado sea Charly García.
Hay cuatro o cinco canciones que de tanto en tanto repito como un mantra.
Hoy a la mañana, mientras viajaba en bicicleta a casa de mi madre, vino a mí "Mientras miro las nuevas olas", uno de los temas del disco de Serú Girán, Bicicleta justamente.
Hay una estrofa que volvió a calar hondo con otro significado.

Quiero estar en la playa cuando se han ido
los que tapan toda la arena con celofán
Recordar las estrellas que hemos perdido
y pensar a suerte y verdad nuestro porvenir.
Será cómo yo lo imagino o será un mundo feliz?

Pienso en el mundo que imaginamos.

viernes, 1 de diciembre de 2017

Memorias de una vedette

Nosotras no sabíamos nada. Éramos las mujeres top de la televisión y los teatros de revistas. Estábamos en nuestro mejor momento. Aprovechamos que en esos tiempos nuestros cuerpos eran perfectos y todos los hombres del país soñaban con cogernos. En el teatro, cuando nos sentábamos en las rodillas de algún hombre y lo franeleábamos un poquito, pensábamos cuántas pajas se haría o cuanto se beneficiaría su mujer aquella  noche. Rajábamos la tierra y lo único que lamento es haberme subido al tren de la cocaína. No me bajé más. Y en aquella época nos llenaban las carteras, hoy la mendigo.

Ni me acuerdo cuántas fiestas fueron, qué se yo, fueron varias. Entrábamos en coches oficiales con custodia, como unas reinas. Y ellos al entrar al salón nos hacían la  venia. Me acuerdo que a Eduardo lo calentaba mucho verme en bolas con la gorra de almirante en la cabeza. Se ponía loco, me rociaba con champán y me pasaba la lengua por todo el cuerpo. Yo no podía creer que ese tipo serio que veía en los discursos fuese el descontrolado que conocía en la intimidad. 

A Alfredo, pese que era un churro bárbaro, le teníamos miedo. Nos mordía y dejaba las marcas. Era medio sádico y tenía una mirada de hielo.

Trabajábamos todas con el ruso y él se llevaba una parte de nuestro cachet. Eran noches de descontrol pero pagaban muy bien y nos divertíamos. Laburar y divertirse, ¿qué más querés?

Todo se supo después, por lo menos yo. Nunca vimos nada raro. Si lo dijera mentiría. Ellos también estaban en la cresta de la ola y nadie, salvo nosotras, les tocaba el culo.

¿Qué podría saber yo de todo eso? Para nosotros era solo la ESMA.

lunes, 27 de noviembre de 2017

Viva la Patria

Mi libro Disparates de la historia argentina cayó en manos de Alberto Pinter a poco tiempo de editarse, regalado por un amigo que quería compartir con él un rato de humor.
Estuvo en la cabeza de Alberto varios años dando vueltas con la idea de transformarlo en obra de teatro. Lo propuso dos veces y no prosperó.
En este caso se comprueba otra vez aquello de la tercera es la vencida y con otro amigo comenzaron a darle forma a la idea y convocar a otros para que se sumaran.
El texto original se transformó en Viva la Patria, una obra de teatro que representaron en distintas salas y que en un esfuerzo notable, mezclaron con video alojándose en Villa Lía, a pocos kilómetros de San Antonio de Areco. Allí se filmaron en sulky, a caballo, comiendo empanadas regadas con vino y espíritu patriótico.
Ayer, en una emotiva ceremonia me mostraron el video de la obra y el backstage.
La obra fue declarada de  interés cultural por la Municipalidad de San Martín. Luego del video recibí mi diploma.
Gracias a todos los que directa o indirectamente colaboraron para llevar la obra a un escenario.



miércoles, 15 de noviembre de 2017

El patio de la escuela

Fue aquí, Pocho, si, aquí mismo. Como si estuviera dibujado con tiza por la policía. Como me voy a olvidar. Estaba a punto de terminar el recreo largo. Si no te acordás es porque faltaste ese día.Me la pegó acá, justo en este lugar. Una piña traicionera, inesperada, de cagón. Pasaron muchos años pero me quedó para siempre. Estábamos forcejeando con alguno de esos juegos boludos de los varones y alguien, no sé quién, creo que le tocó el culo. Y se dio vuelta y sin decir nada, creyendo que había sido yo, sin que yo atinara a nada, me la puso en la cara. Sonó el timbre justo y tuvimos que quedarnos quietos. ¿Te acordás? Primer timbre quietos, segundo timbre,  salían del patio las chicas y en el tercero salíamos los varones. Yo sangraba por la nariz. En ésa época yo sangraba por la nariz sin que recibiera ningún golpe, pero la piña me entró de lleno. Bajé la cabeza y doblé la cintura mirando el piso para que la sangre no me manchara el delantal. El ruso dijo algo en voz baja, aunque no se podía hablar, algo para calentar la pelea a la salida de la escuela, cuando se armaba la ronda y todos te empujaban para que vayas al frente. Esas cosas que se dicen para calentar a los que iban a pelear. Yo estaba furioso pero las risitas contenidas me calentaron más. Sentía que la cara me ardía más de la bronca que del golpe. Cuando salimos del patio me vio la maestra del otro sexto. Me preguntó qué me había pasado. Le dije me caí. Me puso una mano en el hombro y me llevó a la sala donde tenían el botiquín. Me atornilló en la nariz dos algodones con agua oxigenada y me mandó de nuevo a clase. Entré con los dos tapones en la jeta y los del fondo se reían y él, Pezzoni, creo que sonrió. Me senté como si nada. Me acuerdo que López, que se sentaba atrás mío, me puso una mano en la espalda y me dijo que lo cagara a trompadas a la salida. A la salida no pasó nada.

Si, pasó mucho tiempo, Pocho, pero esas cosas nunca se olvidan. Cuando recibí la invitación de la escuela por los ciento cincuenta años lo primero que me vino como un flah fue esa escena en el patio. Porque podría haberme acordado de tantas cosas buenas, pero justo me tuve que acordar de eso y si lo vería a Pezzoni en los festejos. Y ahí lo tenés, allá, cerca del mástil, sacándose fotos, supongo que con los hijos, no? El no fue al viaje de egresados. Sus viejos no podían pagarlo. Me acuerdo que lo dijo con vergüenza pero yo ya lo tenía atragantado por esa piña traicionera. No me acuerdo si era buen tipo, Pocho, qué se yo. Me acuerdo de algunas chicas que me volvían loco y de la maestra de cuarto que tenía unas piernas hermosas. Pero si este pelotudo era buen tipo o no no me acuerdo porque yo no lo trataba. Cuando hacíamos trabajos en equipo nunca me tocó con él, así que tampoco sabía dónde vivía ni como era su familia.

Eso pasó en sexto. Estuve un año y medio planificando la venganza y tuve tres oportunidades que no aproveché. Las tres en excursiones. Cuando fuimos al museo de ciencias naturales pensé en ponerle el pie cuando bajábamos las escaleras. Hubiera sido tremendo. Un golpe perfecto, además no iba a saber que fui yo. Cuando fuimos a la fábrica de leche estuve a punto de empujarlo por una barandilla que daba a los piletones. Era medio negrito Pezzoni. Hubiese quedado blanco. Ya sé, boludo, ya sé que no es lo mismo pero se me pasó la calentura y la sed de venganza no. La tercera fue cuando nos llevaron al cine. Yo me llevé un compás en el bolsillo del delantal y tenía pensado clavárselo en la cabeza cuando se apagaran las luces. La maestra nos cambió de lugares y quedé muy lejos de donde se había sentado Pezzoni.
La verdad que no sé cómo saludarlo. ¿Qué le voy a decir? ¿Qué es de tu vida? Si nunca me importó un carajo. Tampoco me da para caretearla tanto. Está mirando para acá y le comenta algo a los que están cerca. ¿Son ex compañeros? Seguro que les está contando su versión de la piña que me dió el hijo de puta. Mirá, se ríe. Mirá si se va a disculpar después de cuarenta años, Pocho. Seguro que se está cagando de risa. Si se acerca se lo digo. No, cómo voy a armar quilombo acá. Es un recuerdo nada más. Sin rencores, eso. Estamos para festejar el cumpleaños de la escuela pero yo no me olvidé, que quede claro

Che, me parece o está hecho mierda? Parece que no le está yendo nada bien, no? Perdió el pelo, está lleno de arrugas. Parece que la vida le dio para que tenga. Y bueno, se hizo justicia al fin y al cabo. La vida le fue cobrando esa piña traicionera que me dio.

sábado, 4 de noviembre de 2017

Daniel


Daniel                                            4 de noviembre de 2017

El alma siempre ardiente
con destino de Cielo,
hamacaste los tiempos del silencio
en mayúsculas canciones
de notas chuecas y sublimes.

Marchaste con la gente
desalambrando anhelos,
miedos, rebeldìas,
con esa voz tan clara,
tan nuestra, tan humana.

Se fue una parte nuestra
anidada en fogones,
ruedas de mate,
encuentros, esperanzas.

Y el compadre Juan Miguel
y las infamias sin nombre,
aquellas que cantaste
son parte de tu eco.