sábado, 14 de octubre de 2017

Alma migratoria

Hernán tiene dos años y sube al avión acompañado por una azafata encargada de cuidarlo en su viaje de Francia a Argentina donde lo esperan sus abuelos. Su madre es francesa y su padre argentino. Ésa circunstancia le permite contar con doble nacionalidad. Su padre terminará en un año su postgrado de arquitectura en la Sorbona.

Hernán escucha los relatos de sus abuelos sobre su tierra de origen, Asturias, lugar al que jamás regresarán. A temprana edad descubre que algunas historias de desarraigo también se escriben con lágrimas.

En su nuevo mundo no deja de viajar. Los boletos hacia nuevos horizontes les son cedidos mágicamente por Julio Verne y Emilio Salgari, sin documentos que portar, ni listas de embarque, ni trámites aduaneros.

Hernán lleva en la sangre una señal parecida a la que poseen las aves migratorias. En algún momento imprevisible se activa, y para cuando eso ocurre lleva en su mochila lo imprescindible para emprender un nuevo viaje. Sus pies dejan su huella en Uruguay, Bolivia, Brasil, Perú, México, Estados Unidos, Francia. En ningún lugar se sintió extranjero por más de veinticuatro horas.

La mágica señal, posiblemente, se haya activado un día para que eligiera cumplir el servicio militar obligatorio en Francia y evitarse un tránsito obligatorio por Malvinas.

sábado, 30 de septiembre de 2017

Viaje en tren


Sergio y Elena viajan en tren con destino a San Pedro para cumplir con su plan de acampar durante un fin de semana a orillas del río. Las abultadas mochilas fueron revisadas varias veces antes de partir, impulsados por la angustia que abriga algún olvido. Están relajados y felices. El brazo de Sergio rodea los hombros de Elena y esa sensación de protección, el monótono ruido del motor del tren y el acompasado vaivén del vagón la invitan a sumergirse en un sueño profundo.

Sergio la contempla con ternura. Por la ventana observa como las viviendas comienzan a espaciarse a medida que abandonan la ciudad dejando atrás sus ruidos, sus edificios, su smog. El aire es diáfano y la tarde fluye al ritmo del paisaje. Una sensación intensa de bienestar los invade. A Elena dormida y abrazada, a Sergio cuyos ojos paladean el verde que los rodea y los dorados rayos del sol cayendo sobre el campo. Saben que llegarán de noche, que acamparán a oscuras, alejados de los pequeños grupos de carpas, que despertarán cuando lo ordene el día y que recorrerán a pie la orilla del río y el pueblo.

Cada cruce de barrera rasga la armonía del paisaje con el estridente tintineo de las campanillas. El sonido es débil al principio, hasta que al llegar a cada paso nivel donde se escucha en su máxima potencia. Luego lo diluyen la distancia y el crujido de los durmientes.

Sergio imagina cómo sería la vida con Elena en lugares como estos, sin motores, ni sirenas, sin desperdicios, saboreando unos mates bajo las estrellas, rodeados de la calma nocturna y el canto de los grillos. Vuelve a mirarla. Ella duerme y él le transmite con su abrazo protector y cálido sus sensaciones inexplicables. Se escucha a lo lejos una campanilla anunciando otra barrera, y como antes, vuelve a sonar con mayor intensidad cuando pasan cerca de ella hasta volverse imperceptible.

Sergio imagina la lluvia sobre el campo. Se acomoda en el asiento, estira las piernas y cierra los ojos en duermevela. Otra señal de alerta lo hace pensar, sin abrir los ojos, que por los cortos intervalos de silencio están atravesando un pueblo. El tren sigue al mismo ritmo y para su sorpresa escucha que por el sonido intenso de la campana el vagón está detenido exactamente sobre un paso nivel. ¿Habrá ocurrido algo? -se pregunta. Abre los ojos y a su alrededor distingue los muebles de su dormitorio, el reloj despertador que marca las diez y doce y el teléfono que no para de sonar. Atiende semidormido. Es la voz de Elena que le pregunta si está bien, si sabe qué sucedió.

Durante siete años no faltó ni llegó tarde a su empleo y desde hace dos horas su teléfono recibe llamadas que aún no ha contestado.
Se había quedado dormido, pero familiares y amigos suponían que Sergio estaba trabajando en la AMIA cuando estalló la bomba.

sábado, 23 de septiembre de 2017

Los objetos de Quinquela

Como los barcos que comandaron, corrieron distinta suerte. Algunos presidieron embarcaciones modestas y no por eso menos emocionantes. Después de miles de millas y de olas que azotaron sus cuerpos, descansaban apoyados en una pared y esperaban la noche para recordar en la intimidad de la sala sus historias de travesías.

Alguien recordó a aquel marinero que se negaba a desembarcar porque sentía mareos en tierra firme. Una noche sus compañeros lo llevaron a puerto por la fuerza. Unas horas después yacía boca abajo acuchillado, en un charco de sangre, luego de una pelea entre borrachos.

Una dama recordó que originalmente su mirada estaba dirigida al agua pero quedó con la vista al cielo de tanto suplicarle al Dios de los mares clemencia en una tormenta que por milagro no se convirtió en naufragio.

O aquella otra, secreta confidente de las cartas de amor de un tripulante a su amada esposa. No sabía el pobre que su hermano ocupaba durante sus ausencias su lugar en la cama conyugal. Después del último viaje no volvió a embarcar.

El pintoresco hombrecillo con acento italiano que trajo del otro lado del océano familias que escapaban de la hambruna europea y se volvieron prósperas en estas tierras.

El más triste y golpeado de todos fue rescatado del fondo del mar medio siglo después y por las noches no duerme, perseguido por los gritos desesperados de los pasajeros.

martes, 19 de septiembre de 2017

Negrita

Llegó a casa de mis padres adoptada en una veterinaria con tres meses de edad en brazos de  mi hermana. Y fue mi viejo el encargado de cuidarla en sus primeros días en su nuevo hogar. Creo yo que en gratitud a ese gesto, cuando mi viejo enfermó y había que curarle las heridas de la pierna, ella abrazaba la pierna enferma de mi padre y le daba su calor.

Dicen que los gatos nos acompañan a atravesar portales de otras dimensiones y nos ayudan a regresar de ellos ilesos. Por algo los egipcios lo consideraban un animal sagrado.

Parió cuatro hijos y el único macho fue envenenado cuando creció por una de esas almas oscuras que habitan cualquier barrio y que ocupan los primeros bancos en las misas a las que nunca faltan.

Tenía tanta personalidad como para atravesar el patio trasero donde están los perros y beber el agua del balde destinado a ellos.

Cuando yo iba de visita los fines de semana era la primera en salir a saludarme y luego de comer y sin aviso se subía a mis piernas para dormirse una siesta.

Pude comprobar que no hay que cuidarse de los gatos negros. Son los humanos los verdaderamente siniestros y portan consigo muchos años de mala suerte y calamidades.

Mi hermana la llevó a la veterinaria hace unos días. La habían envenenado. El veterinario le confesó que mucha gente entraba a su consultorio pidiendo veneno para gatos. “Yo estudié para curar, no para matar”-les respondía. También existen quienes ofrecen una recompensa a los guardias de la zona por cada gato muerto. Si hay un dinero sucio seguramente será ése.

Partió al cielo de los gatos. Ese cielo al que no se reza, no se miente, no se asciende como bienaventurado. El infierno sigue acá abajo.

martes, 29 de agosto de 2017

La copa rota


Osvaldo permanecía inmóvil en el sillón con la vista fija en la pared. Dos lágrimas redondas, perfectas cayeron y se mezclaron con los cristales  brillantes de la copa hecha añicos en el piso. Francisco se acercó y abrazó a Inés rodeándola con sus brazos por la espalda. El estremecimiento de ella hizo eco en su pecho y el suave impacto de los corazones fue suficiente para que pudiera dejar brotar su llanto. El tiempo se detuvo. Francisco e Inés se consolaban en silencio. Ninguno de los tres atinó a juntar los vidrios. Se quedaron abrazados contemplando el destrozo como señal luminosa de una tragedia que acaba de revelarse. El sonido de los pasos de Osvaldo subiendo la escalera los sacó del trance.

En medio de un silencio oscuro como la noche se dividieron como siempre las últimas tareas antes de subir al dormitorio. Inés le pasaba los platos y vasos ya  secos para que él los acomodara en la alacena. Fue Francisco quien enfrentó por primera vez el lugar vació en la hilera de copas de licor. Sin decir una palabra se acostaron y se durmieron.

Durante años celebraron los tres, en las noches de invierno, el ritual de beber una copita de  licor después de  la  cena. Mientras bebían conversaban sobre sueños, anécdotas y las pequeñas historias vividas durante el día. En el invierno de la guerra Inés y Francisco mantuvieron la ceremonia nocturna siguiendo las noticias que llegaban desde el frente y rezando para que Osvaldo volviese al hogar sano y salvo.


Esta noche no había sido distinta a ninguna otra. Allí estaban los tres saboreando el licor, sentados en el living mientras afuera se escuchaba la tormenta. El estruendo de un rayo sacudió la casa. Osvaldo, aterrorizado, dio un grito desgarrador y apretó los puños con tanta fuerza que destrozó la copa que tenía en la mano. Luego se tiró al suelo y quedó en cuclillas tapándose los oídos mientras temblaba. Inés y Francisco corrieron a abrazarlo y darle consuelo.

jueves, 24 de agosto de 2017

El pintor de moradas


El pintor desciende a la bóveda llevando al hombro una escalera tijera. Al llegar al subsuelo observa las telarañas en los rincones y el polvo del lijado previo diseminado por el piso. Unas telas manchadas cubren la fila de ataúdes. Por la claraboya baja la luz de una mañana soleada y primaveral. Calcula mirando su reloj de pulsera que a mediodía habrá terminado de darle la primera mano. Escucha la voz del capataz que se acerca a la puerta para saludarlo y le responde. Vuelve a ascender en busca de los tachos y su pincel de cerda más ancho. Cuelga el tacho de pintura en el gancho de la escalera y asciende decidido sobre cuál será su comienzo. Introduce el pincel en el tacho hasta la mitad y en el borde escurre parte de la pintura. El pincel sale con la carga justa y se desliza sin chorrear por la pared. En el ritmo de los movimientos se destaca su oficio. Recuerda que tomó el trabajo dos semanas atrás y que no le dijo a su mujer. Para ella él sigue pintando la mansión de los Ezcurra. Dos generaciones de la familia descansan en esta morada.

Lleva una hora pintando y su mano derecha se encuentra apenas salpicada de pintura blanca. Un alboroto lo sorprende. Una pequeña bandada de pájaros ingresa a la bóveda aturdiéndolo con su trino y frenético aleteo. No comprende lo que sucede en el estrépito y pierde el equilibrio cuando su pie derecho resbala del peldaño que le sirvió de apoyo. Instintivamente trata de detener la caída con su mano libre y empuja el cajón ubicado en el nivel superior. Cuando su espalda choca contra el suelo el cajón cae golpeando contra las ménsulas y se abre. Los pájaros aún desorientados chocan contra las paredes de la bóveda buscando la salida. Sobre el pintor está la escalera, el tacho de pintura y los restos de un Ezcurra. Desesperado se quita como puede los trastos y el esqueleto de encima y corre gritando hacia la puerta. El pintor corre y grita presa del espanto. Grita y no se detiene en su loca carrera. Sigue corriendo por los pasillos y por las calles que rodean el cementerio, con los ojos fuera de sus órbitas, como si detrás de él corriera el mismo diablo.

Pocos le darán trabajo a partir de ahora. Dicen que tiembla, que habla entrecortado y que parece un loco.

sábado, 19 de agosto de 2017

La libreta de ideas


Miró el reloj de pared y se incorporó de un salto. Se había hecho tarde. Se colocó el abrigo y salió a paso rápido con rumbo a la estación de trenes. En el viaje ordenó mentalmente su agenda para aprovechar al máximo el tiempo en la ciudad. Retiraría las órdenes para los lentes y aprovecharía la hora libre para buscar un libro en las librerías de avenida Corrientes. Después de pasar por el dentista se encontraría con Víctor en el café de siempre. Le contaría el sueño que tuvo dos noches antes. Víctor ya no era su psicoanalista. Se lo contaría como a un amigo. Recordó el consultorio que había abandonado cinco años atrás y tuvo una idea. La perfección de la organización le produjo la misma alegría que la consumación íntegra del plan. Abrió el morral y comprobó, luego de hurgar en todos los compartimentos y bolsillos, que la libretita de  ideas no estaba. Se propuso memorizar la idea como un mantra para retenerla y la tarea le consumió el tiempo de viaje.

Cuando llegó a la estación terminal se detuvo en un kiosco y compró un paquete de pastillas de  menta. Disfrutó tomar el subte en un horario donde el flujo de pasajeros es  menor. Observó a la  gente a su alrededor, escuchó las bondades de un producto en la  voz de un vendedor ambulante y cuando quiso volver a la idea que se le había  ocurrido en el tren, ésta se había esfumado. Sintió un poco de rabia. La misma rabia que lo acometía cuando componía mentalmente una melodía y al pasar por un negocio con la música a alto volumen la estructura armónica se desmoronaba como un castillo de naipes. Cuando eso le sucedía recordaba el pizarrón repleto de la clase de matemáticas y el profesor borrando la deducción de las fórmulas  cuando él no había alcanzado a copiarlas. Para darle una solución a estos imponderables estaba la libretita que había olvidado en su casa.

Cumplió rigurosamente con el plan que se había trazado y con una diferencia de quince minutos al horario acordado llegó al bar donde se encontraría  con Víctor y pidió un café. Cuando estaba a punto de  comenzar a leer el libro que había comprado una hora antes llegó Víctor. Se abrazaron y saludaron con las frases de rigor. Traje algo para vos, dijo su ex psicoanalista.

-Hace cinco años, cuando dejamos tu terapia, dejaste en mi consultorio tu libreta de apuntes. Nunca recordé  traerla hasta hoy que la separé especialmente a la mañana antes de  salir.
Y allí estaba, intacta, con su tapa amarilla, como él creyó que la había olvidado en la mesa del living de su casa, con catorce frases que  contenían distintas ideas y el párrafo inicial de la novela con la que  ganaría ese año el primer premio internacional de su carrera.