domingo, 17 de junio de 2018

Juana y su estrella


Juana es mi nieta y cumplió tres años. Yo sabía que los libros son para ella objetos mágicos y a mi me gusta regalarlos a las personas que quiero. Estuve en una librería eligiéndolos cuidadosamente por su historia y por su ilustración. Juana posee una afinada sensibilidad artística.

Fui a su cumpleaños con mis regalos: dos libros de cuentos, unas barras de plastilina, una tijera con la que no corriese el riesgo de cortarse y el molde para arena de una estrella de mar que encontré brillando en las playas de Bahía y recogí pensando en ella.

Esperé el momento oportuno, cuando la euforia de los juegos con sus amiguitos mermó en intensidad y se los fui entregando uno por uno. Mirándola a los ojos, a esos profundos y amorosos ojos le dije: "Y esta estrella de mar la encontré en una playa de Brasil brillando en la arena, y el brillo era tan fuerte, tan fuerte que me hizo acordar a vos". Tomó la estrella como si le hubiese entregado un don.

No abandonó la estrella durante los juegos de la tarde. Comió la torta del festejo con ella en la mano y a toda persona que le preguntara por su juguete nuevo le contaba la historia de la estrella de mar.

Juana cumplió tres años y en su inmensa sabiduría ya entiende que es lo importante de la vida.

viernes, 8 de junio de 2018

Mi hermano y yo



Nadie puede negar el lazo familiar, la filiación de sangre, el haber compartido la misma infancia en la misma mesa y en la misma escuela. Sin embargo, mi hermano Enrique y yo somos tan distintos que cualquiera que nos trate un par de minutos dudaría sobre el parentesco.

Vivimos una infancia normal, como muchas, en un barrio de gente trabajadora, sin otras peleas que esas que surgen entre hermanos por un juguete o por cuestiones propias de algún partido de fútbol en el barrio. Nuestros amigos fueron los mismos desde muy chicos hasta que comenzó a frecuentar otros vecinos que vivían a unas pocas cuadras de distancia.

En aquellos tiempos le pidió a nuestro padre que lo hiciera socio del club al que iban sus amigos, donde jugaba al rugby su nuevo círculo social. Llegaron a mi casa de visita por entonces todo tipo de personajes y se notaba que nos miraban como a bichos extraños a su ambiente y se divertían con las ocurrencias de mi viejo. No se parecían a mis amigos, hablaban de otra manera, apretando los dientes y las palabras. Iban a las fiestas top de las familias acomodadas y les gustaba salir con las chicas de los colegios  escoceses . Mi hermano, para sorpresa de todos, comenzó a decir palabras en inglés dentro de sus conversaciones en la mesa familiar. Mi padre soportó durante un tiempo las palabras man, too much y otros vocablos semejantes que se habían puesto de moda.

Un día, cuando preguntó qué posibilidades tenía de  concurrir al mismo colegio donde iban sus amigos, mi padre fue categórico y tajante.
-Nosotros no pertenecemos a ese mundo -le dijo. Tu padre es un tipógrafo en una imprenta, no puede pagar esa cuota ni bancar ese tren de vida.
Sentí que nos envolvía un manto de vergüenza. La de mi viejo por no poder brindarle lo que mi hermano pedía y la de mi hermano por ver caer en tierra sus aspiraciones por una situación familiar que no merecía.

Una noche sucedió un encuentro casual que tardé años en comprender y que nunca le dije, sobre el que jamás le pregunté. Esa noche tuvo en mí el efecto de una espina que se quiebra al ras y queda metida en la piel hasta que el cuerpo la disuelva.

Yo volvía caminando casi de madrugada de uno de los bailes de carnaval en un club de la zona. Cuando doblé en la esquina de casa ví a mi hermano bajar de un auto importado de alta gama, poco común en aquellos años. Mi hermano descendió y se metió en el chalet de los  vecinos de enfrente a nuestra casa. Me detuve y lo vi saludar desde la escalera de piedra, simulando utilizar las llaves de entrada. El auto, luego de unos bocinazos partió. Quique bajó las escaleras y entró en nuestra casa. Yo me quedé unos minutos sentado en el umbral fumando, haciendo tiempo para que no sospeche que lo vi. Me di cuenta mucho después lo importante que era para mi hermano la  imagen del lugar que ocupaba, que nuestra familia y nuestra modesta casa eran muy poco para alcanzar el mundo al que quería pertenecer.

Hace poco  me junté con unos amigos para ir a la movilización en protesta por volver al Fondo monetario. Él, en cambio, a unas pocas cuadras, festejaba el campeonato de Boca. Cuando los muchachos me preguntaron por él les dije que estaba de viaje. Me dio vergüenza. Y rogué que el destino, que siempre es jodido y traicionero, no cruzara nuestros caminos en el regreso como aquella noche de carnaval.

Una Navidad nos trenzamos en la cena en una discusión que perdió su cauce e hicimos llorar a mamá.

El viejo fue radical toda la vida y si viera a un hijo peroncho cabeza se moriría de nuevo- me dijo. Yo le quise explicar que era una cuestión de principios y no de partidos pero no pude redondear la frase que él reunió a su familia, con la urgencia de los que quieren ponerla a salvo de una catástrofe, y se fue. A partir de ahí no hablamos más de política  y me duele reconocer que en los domingos familiares me aburro como una ostra con su recuento de detalles rutinarios, sus anécdotas de oficina, los chismes de la farándula, su plan de vacaciones, sus idas al teatro, las películas que vio en la semana, pero mamá está contenta porque la familia está unida.

viernes, 11 de mayo de 2018

Pasajero



Después de casi treinta años volví a subir a un avión. No se parecía en nada esta moderna aeronave a aquel Hércules en el que nos embarcaron rumbo a Malvinas.

Despegamos de Buenos Aires en un día nublado y al cruzar el Río de la Plata el avión se sacudió unos minutos debido a la turbulencia. Cuando tomó altura y se estabilizó me empecé a relajar y me quedé dormido.

Me despertó el ruido del carro donde transporta el servicio de abordo. La azafata, con una sonrisa celestial, depositó un par de sandwiches triples de jamón y queso y unas galletitas dulces sobre mi mesa rebatible. Acompañé la vianda con un café corto y un jugo de fruta.

Intenté leer la revista que colocan en los sobres del respaldo de los asientos anteriores cuando un dolor agudo me desgarró la boca del estómago. Fue tan punzante como inesperado. A los pocos segundos comencé a sudar y a sentir espasmos y burbujas en todo el aparato digestivo. Me avergoncé pensando que esos ruidos que provenían de mis tripas fueran escuchados pero los dos hombres que compartían conmigo sus lugares en la misma fila de asientos dormían sin enterarse. Observé que un hombre salía del baño ubicado en la parte delantera del avión. Me aflojé el cinturón de seguridad con la secreta esperanza que eso me aliviara, pero lejos de disminuir su intensidad el dolor me hacía dudar si luego de incorporarme podría llegar hasta el baño sin que una catástrofe intestinal me dejara en ridículo con todos los pasajeros. Me incorporé con mucho esfuerzo y apoyándome en los asientos me dirigí por el pasillo hasta el baño y entré con tanta prisa como decisión. Me aflojé el cinturón, bajé mis pantalones y me senté en el inodoro con el vientre totalmente inflamado. Despedí una catarata líquida mientras pensaba en cómo iba a dejar el lugar en las mejores condiciones posibles. Sentí un vacío en el estómago y una sensación de vértigo que me obligó a aferrarme de las paredes de la cabina del baño. Si había sido un pozo de aire debe haber asustado a todo el mundo. Noté que todo se estaba moviendo frenéticamente y escuché algunos ruidos de cosas que chocaban en el pasillo. Luego comenzaron los gritos mientras yo trataba de sujetarme de donde podía ante las sacudidas cada vez más intensas. Las luces del baño se apagaban y encendían. Escuché gritos de espanto y un zumbido agudo mezclado con la voz del comandante cuyas palabras no alcanzaba a entender. En medio de los sacudones me incorporé y me higienicé, tratando de volver a mi asiento lo más pronto posible. Las luces del baño se apagaron y tardé en hacer girar el picaporte para salir. Afuera del baño todo estaba en completa oscuridad y en silencio. Las sacudidas de la nave terminaron pero no podía precisar dónde se encontraba mi asiento. La gente conversaba sobre los minutos de terror que habían pasado y volvieron a encenderse las luces que identifican los lugares. Llegué a mi asiento, me ajusté el cinturón y no sé cuánto tiempo pasó hasta que me dormí nuevamente.

Me despertó la voz de la azafata anunciando que estábamos a punto de aterrizar y el consejo de mantener los cinturones abrochados. Bajé del avión con mi bolso de mano y en la caminata hasta el hall pude ver a los que vinieron a esperarme. Estaban mis padres, mis abuelos, dos amigos y los compañeros que había dejado en Malvinas.

miércoles, 2 de mayo de 2018

Réquiem para mi cámara Canon



En la categoría de objetos existen instrumentos que a mi entender escapan a la lista de inanimados. Los relojes, las brújulas, la pluma estilográfica con la que escribo en este momento y que de acuerdo al día y a su propio carácter, puede ser dócil y sumisa o arisca como un caballo chúcaro.

El gran BB King había bautizado con un bello nombre de mujer, Lucille, a su amada guitarra Gibson. Sus buenas razones tendría.

Las máquinas fotográficas también tienen su magia. Por ellas pasaron momentos que quisimos registrar, preservar, documentar por su trascendencia o valor sentimental.

Ésta máquina de fotos, por primera y única vez fotografiada, viajó a Buenos Aires en manos de mis amigos Ariel y Mirna y desde su llegada a mi casa no ha faltado a ningún compromiso importante. Entre sus mecanismos se han transmutado con fidelidad escenas magníficas.

Dejó de funcionar hace dos meses, después de quince años de odisea. No podía arrojarla a la basura como un trasto viejo, una lamparita quemada, un tubo de rollo de papel higiénico. Fui a la oficina oficial de Canon y le dije a la mujer que me atendió:
“No puedo tirarla a la basura. Dispongan ustedes de este cuerpo y tomen lo que les sirva”

La empleada, al principio, no entendía claramente el porqué de mi visita, pero luego, con mucha delicadeza, la extrajo del estuche, la encendió (y encendió efectivamente, como negándose a su jubilación obligatoria) pero no logró disparar una foto.

Me devolvió las pilas recargables y el estuche de cuero.

Allí la dejé, con miles de horas y kilómetros recorridos, con miles de recuerdos aún latentes.

martes, 1 de mayo de 2018

El Diablo gana por goleada



Desde que éramos niños nos han plantado en la mente y en las tripas la épica batalla del Bien contra el Mal. Y así fuimos bien representados y defendidos por nuestros superhéroes y su titánica lucha contra los que querían dominar el Mundo.

La Iglesia católica ha puesto blanco sobre negro advirtiéndonos sobre los hechiceros y maléficos encantos de Lucifer, quien con sus oscuras tentaciones ha intentado conquistarnos bajo el influjo pecaminoso de la avaricia, la lujuria, la ambición por la conquista de todos los bienes terrenales.

Si observamos la situación del Mundo actual podemos decir que las huestes del mal en todas sus formas y estilos ganan por goleada.

No hay lugar en el Planeta que no viva algún tipo de caos social, económico, moral, donde las víctimas son los más débiles. Ciudades devastadas, poblaciones masacradas para que un selecto número de malhechores aumenten sus ganancias con la venta de armas, claven sus garras en las riquezas naturales y siembren el horror y el espanto.

Ya no existen el Pingüino, el Guasón, el Acertijo, Gatúbela, el Capitán Monasterio. El Diablo es sabio y entendió que el crimen organizado debe estar bajo la estructura de una sociedad anónima y que los criminales identificables son solo accionistas.

Desde la era Cristiana, con diferentes métodos y argumentos, el Innombrable ha ido despachando a los buenos con paciencia, dedicación y sentido de la oportunidad. Se dió el lujo de expulsar al Hijo de Dios hace dos mil años y no con conforme con esto, ha continuado esa práctica hasta nuestros días.

Puede que a Dios le suceda lo mismo que a algunos técnicos de fútbol: se quedó sin capacidad de reacción. Como no sabemos en qué momento del partido estamos es preciso plantarse con actitud para que no termine en baile y la derrota no sea solo abrumadora sino también humillante.

jueves, 26 de abril de 2018

La primera muerte




Con el corazón batiendo en el pecho, se metió en la maleza buscándolo. Entre los pastizales lo encontró. Aún se estremecía en estertores, haciendo un colosal esfuerzo por aferrarse a la vida, con sus grandes  ojos mirando el cielo tan lejano. Se quedó  observándolo morir lentamente mientras la angustia le cerraba la garganta. Lo levantó del suelo delicadamente, como si ese gesto tuviese algún valor. Fue su primera muerte. Cavó una pequeña fosa y llorando lo enterró. Al lado del pájaro colocó su gomera.

viernes, 20 de abril de 2018

Ceniza



El cielo es plomizo, gris; tan gris que puede confundirnos sobre cuál es la hora real: estamos en el mediodía y la luminosidad es idéntica a la de las seis de la tarde. Algunos asientos detrás de mí del colectivo en el que viajo, la conversación que escucho se mimetiza con el paisaje que veo del otro lado de la ventanilla. Un hombre se queja, a su compañera de viaje, de cuánto es menospreciado su talento, de todas las cosas que cambiará para ganarse el respeto de sus mediocres colegas, de lo bien que hablan de sus cuentos encumbrados escritores, de los talleres que es capaz de organizar para un alumnado ávido de su luz. La mujer escucha y sobre el final de cada párrafo estimula con pocas palabras su verborragia, su catarsis, su sermón. El hombre habla en voz alta y cada tanto se enoja con el universo que conspira en su contra. El cielo, mientras tanto, se vuelve ceniza.

Sentí que el hombre tocó el timbre solicitando detenerse en la próxima parada. No  pude dominar  mi curiosidad por observar sus rasgos, intentando comprobar si su voz correspondía con la imagen que me formé de él sin haberlo mirado una sola vez. Descendió antes que la mujer; iba envuelto en una nube densa que impedía escudriñar sus rasgos. Allí quedó, dentro de la borrasca donde solo se distinguía una mano de la mujer. Miré hacia atrás y vi la nube. En la calle, el día resplandecía majestuoso.