sábado, 24 de junio de 2017

El pájaro


Fue nuestro encuentro secreto de cada mañana. Yo la veía alegrarse con mi llegada y a pesar de  las rejas que nos separaban parecía feliz. Sus ojos vivaces me buscaban. Ella intuía que me gustaba escucharla cantar porque silbaba y se movía dentro de la jaula solo para alegrarme.

No fueron felices todos nuestros encuentros. Un día la jaula estuvo llena de flores. Ella tenía los ojos tristes y no cantaba. Apenas registró mi presencia. Traté de animarla dando saltos cortos sobre el cerco pero fue inútil.

Se mudó una mañana de agosto. Yo me quedé en mi nido de siempre, sobre el nogal a orillas del río. La reja de la ventana de su casa fue pintada ayer con un naranja estridente y los nuevos moradores no reparan en mí.

jueves, 11 de mayo de 2017

Cortos

Se levantó de buen ánimo. Las pastillas provocaron un sueño profundo y ahuyentaron las pesadillas. Después de desayunar se propuso seguir con la lista que había dejado sobre el escritorio la noche anterior. Había llegado hasta el cura. Lo pensó detenidamente durante días y no quería que faltara nadie importante. Sin estridencias, pero con decoro, pensó. Escribía con su letra desgarbada de siempre, la que le costó más de un reto de sus maestras de la escuela primaria. Escribía de prisa, lleno de entusiasmo.

Miró el cuadro de los nietos, el crucifijo en la pared y el rayo de luz que se filtraba por la ventana buscando inspiración.

Entre los papeles del escritorio había dos libros marcados con anotaciones que sobresalían de las hojas. Al lado de unos cuadernos ajados por el uso una biblia con un cordón dorado como señalador. Fue la primera vez en muchos años que se puso a escribir antes de afeitarse. Cada día ese ritual le costaba un poco más. De un día para otro descubrió una arruga, y luego otra, y otra más. Fue allí cuando pensó que sería así hasta el fin de sus días y se quebró.

Las últimas noticias le dieron nuevos bríos. Escribía cartas y más llamadas que las de costumbre. Hacía el esfuerzo de recordar las frases que marcaron su vida pero sabía, al pronunciarlas en voz baja, que eran imperfectas, que se habían desgastado como los muebles que lo rodeaban.

Le avisaron que había llegado su abogado. Se arregló el cuello de la camisa y la botamanga del pantalón. Caminó por el pasillo sin prestarle atención a otra cosa que a la puerta que tenía enfrente. Vio llegar al abogado, lo saludó y esperó en vano que abriera su maletín. De pie, apoyado en el portafolios, le dijo la frase ensayada: “Malas noticias. Pese al trabajo que hicimos en los medios, el fallo va para atrás y se suspende el beneficio del dos por uno. Se llenaron las calles de gente. Mucha presión”.


Fue el puñetazo seco contra la mesa lo que cambió la pose relajada del letrado. Lo miró a los ojos y quedó hipnotizado por el miedo que inspiraba el brillo de los ojos. Lo vio bajar la cabeza buscando una explicación y escuchó que decía en voz baja pero seguro: “Le dije al tigre que nos habíamos quedado cortos”

lunes, 1 de mayo de 2017

¿Qué te pasa, Ricardo?

Ricardo sintió un dolor punzante en la parte superior de su rodilla derecha cuando subía por las escaleras del subte en la estación Dorrego. Supo que aquel mal movimiento de la tarde al levantar la caja del depósito iba a traerle consecuencias. Pensaba que todavía le quedaba una hora de tren para llegar a su casa y que, seguramente, igual que el subterráneo, estaría repleto, viajaría apretujado, de pie y dolorido  hasta destino. Trataba de apoyar lo más suave posible en cada paso que daba, pero el dolor persistía.

Había sido un día de trabajo intenso, una sorpresa para todo el personal que ya se había acostumbrado a las semanas sin trabajo, a la reducción de personal y a la quita de la media jornada del sábado. Aguijoneado por el dolor, su aspecto era aún más sombrío que de costumbre. Volvió a su mente la penosa escena del miércoles pasado, cuando se acercó a su jefe de área y le pidió un adelanto. La respuesta fue como un puñal por lo tajante y una humillación pública,  porque a su tono de voz medido su jefe le respondió en voz alta poniendo en evidencia su solicitud. «¿Qué te pasa, Ricardo? ¿No ves la que estamos pasando?» Fue una cachetada para caer en la realidad. No era el momento.

Era martes y se sentía tan agotado como si fuese viernes, después de cargar en los hombros una semana completa en la estiba del depósito. Al llegar a la estación de trenes se distrajo observando a un muchacho que, a media cuadra de distancia, confundió con el mayor de sus tres hijos. Ninguno de los tres vivía con él y su esposa. Pensó que se aproximaba la fecha del aniversario treinta y cinco de casados y no contaba con dinero para hacerle un regalo a su mujer. Conoció a Silvia a los dieciséis y, pese a la negativa familiar, se casaron a los veinte. Un año más tarde, contra toda prevención y planificación llegó Armando, igualito al muchacho que hablaba por celular en el andén de la estación Chacarita. Si pudiera, le compraría a Silvia un celular nuevo.

El vagón del tren estaba aún más repleto que como lo había imaginado. Viajaba de pie y miraba el paisaje sin ver. Pronto, con la llegada del invierno, sería solo un desfile de luces y sombras. Estaba tomado de la manija de un asiento. Sentada debajo de él una chica de un poco más de veinte años miraba su celular mientras Ricardo, de vez en cuando, bajaba la vista para mirarle los senos turgentes que aprisionaban el escote de la blusa. Levantó la vista y vio que una mujer mayor lo observaba con gesto de indignación. Se avergonzó. Se sintió un viejo verde. Ricardo, se dijo a sí mismo: «¿Qué te pasa, Ricardo? No podés con tu rodilla y te imaginás que podés cogerte a esta nena que puede ser tu hija? Qué boludo y desubicado sos, Ricardo».

Estaba oscureciendo afuera del tren y el interior de Ricardo se mimetizaba con el paisaje. No había pensado en pasar los cincuenta años de edad en este trabajo. Sus sueños eran otros y los había olvidado. Toda la vida había ido en ascenso hasta un punto en que empezó a caer. «¿Cuándo habrá sido que todo se detuvo y empecé a ir cuesta abajo? Los chicos se fueron y la plata tendría que alcanzarnos tranquilamente a Silvia y a mí. Nunca ahorramos, Ricardo, en las buenas épocas la gastamos, en las malas, no la vimos. Ahora ya es tarde para reprocharse nada. ¿Qué te pasa, Ricardo? ¿Querés un coche solo para ir a trabajar? Si vacaciones ya no te tomás, ¿cuándo lo vas a disfrutar?»

Cuando faltaban dos estaciones para que tuviese que descender del tren se liberó un asiento. El dolor en la rodilla continuaba. Decidió quedarse de pie para evitar el enorme esfuerzo para  incorporarse. El dolor en la rodilla le recordaba a cada paso que estaba caminando porque él estaba en otro mundo. Cuántas veces en estos años hizo este camino, cuánto frío pasó, cuánto calor, cuántos fueron sus días de suerte, cuántas veces volvió contento y cuántas tristes como ahora.

Saludó a Silvia con un beso, el aroma del guiso que ella preparaba inundaba la casa y ese detalle, además de confortarlo, le abrió el apetito. Se tomó unos mates apoyado en la mesada, no quiso preocupar a Silvia con su dolor ni con sus penas. La vio trabajar con los ingredientes, contenta, diciendo que hoy daban la novela, que el día fue como siempre. Como siempre. Una semana atrás en esta misma cocina contó con vergüenza la respuesta de su jefe a su pedido de un adelanto a cuenta de sus haberes. Ninguno de los dos mencionaba la proximidad de la fecha. La felicitó por el aspecto que tenía el guiso, exageró su entusiasmo por sentarse a comer y se fue a dar un baño.

El calor del agua de la ducha alivió la feroz puntada en la rodilla. Repasó mentalmente las tareas que tenía pendientes para el fin de semana. Prefería que no vinieran de visita sus hijos el domingo para contar con más tiempo para reparar algunas cosas: el enchufe donde se conecta el lavarropas, el desagüe del jardín a la calle, quitar las hojas secas de las canaletas del techo para evitar que se filtre el agua en la próxima lluvia. Se pasó el jabón por encima de la rodilla suavemente. «Es muscular», pensó. «Me estoy poniendo viejo y achacoso. No hago nada. ¿Qué te pasa, Ricardo? ¿Perdiste tu aire juvenil y te estás amargando?»

Estaba de mejor humor cuando salió del baño. Silvia había puesto la mesa mientras miraba el reloj pensando en la novela. Pensó que mientras lavaba los platos, fumaba un cigarrillo en el patio y hacía tiempo, la novela ya iría por la mitad para cuando ella le pidiera que se sentara a su lado para verla juntos. Comieron y repasaron anécdotas de los chicos. Silvia le dijo que Ignacio, el segundo de sus hijos, había llamado a la tarde para avisar que dio con siete otro parcial. Siempre fue el más inteligente de los tres y el más perseverante. Ella resaltó las virtudes de sus hermanos. El asintió moviendo la cabeza mientras repasaba el jugo del guiso con un pedazo de pan. Silvia se limpió rápidamente los labios con una servilleta de papel y se levantó como un resorte mirando el reloj de pared. No quería perderse el repaso de las escenas del capítulo anterior.


Cuando Ricardo terminó de lavar los platos y fumar su cigarrillo de la noche, escuchó que ella lo llamaba para que se sentara en el sillón a su lado. En primer plano de la imagen que emitía el televisor estaban el galán y la protagonista femenina. Se miraban, sonreían, con esas sonrisas cómplices que suponen un encuentro amoroso próximo. Eran jóvenes, muy jóvenes. Ricardo miró de reojo a Silvia. Descubrió que sonreía. La luz del televisor disimulaba las arrugas que había notado en la cocina. La vio cuando se llevó los dedos a la boca, ése gesto que parecía decir quiero vivir esa historia, quiero entrar en ésa vida que me cuentan. Tuvo la sensación que ella se excitaba con el juego amoroso de los personajes, que vibraba. Se estremecía tanto como èl la recordaba en aquellos días en que se conocieron. Ricardo la vio hermosa, más hermosa que nunca. Puso su mano sobre el muslo de ella y la miró. Continuaba embelesada en la escena. Sintió que se le aceleraba el corazón y por primera vez en meses tuvo una erección. Siguió jugando con la mano en su pierna hasta que sus dedos se acercaron a la ingle. Ella puso su mano arriba de la él y la frotó sin quitar la vista del televisor. Escuchó una música romántica de fondo. Miró a la pantalla y ellos se besaban. La mano buscó más allá y ella la apartó con ternura. Su otra mano rozó el borde de los senos. Ella lo miró con otra expresión y dijo resuelta: «¿Qué te pasa, Ricardo? ¿Justo cuando miro la novela se te ocurren estas cosas?»

martes, 18 de abril de 2017

Disparates que me siguen alegrando

Hoy, justo hoy, le comentaba a Julio Parissi anécdotas de éste libro.
Le contaba cuando recibí los ejemplares para firmar autógrafos y dedicatorias para figuras destacadas de radio y televisión y la lista me hizo atragantar.
Cuando estaba propuesto para ser declarado de lectura obligatoria en las escuelas.



Un elenco de San Martín tomó el material y lo transformó en una obra de teatro: "Viva la Patria!"
Me acaba de llegar un correo comunicándome que la obra fue declarada de Interés legislativo por el Honorable Concejo Deliberante.
El libro fue publicado por Planeta en 1996 y reeditado por el sello de La Causa Gracia a través de Casa de Papel (Editorial de Julio, Rita y Darío Parissi) el año pasado.
Cada tanto me da una nueva alegría. Y yo la comparto.

viernes, 17 de marzo de 2017

La memoria de los objetos


Floreal Salgado heredó de su abuelo Tomás la pasión por los artefactos antiguos. Pasó largas horas de su infancia en el taller donde Tomás intentaba hacer funcionar máquinas que sus dueños descartaban por considerarlas irrecuperables, inútiles u obsoletas. Abonaba la teoría de que algunos objetos como los relojes, las plumas estilográficas, los encendedores o las radios a transistores tenían una particular memoria para almacenar la energía que depositaban en ellas sus usuarios habituales. La familia consideraba que los argumentos de Tomás obedecían a cierta locura que podía ser altamente nociva para el pequeño Floreal, a quien aconsejaban no hacer caso a todo lo que le dijera el anciano porque alguna enfermedad senil estaría siguiendo sus pasos.

La habitación de Floreal se fue llenando de todo tipo de artefactos a simple vista inservibles, y, rodeado de ellos, creció hasta la muerte de su abuelo. Años más tarde, cuando decidió irse a vivir solo, mudó con él su frondoso inventario de piezas que consideraba de colección. Su departamento se transformó en una exposición de relojes de taxi a cuerda, máquinas fotográficas, barómetros, planchas a carbón, balanzas romanas, trabucos y lámparas a kerosene.

Cierta tarde un amigo le pasó el dato que un anticuario de San Telmo tenía a la venta una Olivetti Lexicon 80, máquina de escribir pesada como pocas, muy comunes en las viejas redacciones de diarios y revistas, reparticiones públicas y organismos oficiales. La máquina poseía un halo de misterio. Presumían, en lo del anticuario, que había pertenecido a un gran escritor. No había forma de certificar su procedencia, pero alimentaban esa teoría los empleados del negocio de acuerdo a los datos que años atrás aportó quien la trajo para vender. El hombre no pidió por esta particularidad ninguna consideración en el precio, quería librarse de ella rápidamente y no caer en la tentación de arrojarla a la calle como a un trasto viejo. La tasaron en pocos minutos y el hombre se marchó conforme. Se vendió y regresó al local varias veces. Sus ocasionales compradores la devolvían argumentando que se habían arrepentido y que la máquina era muy incómoda para mover de un lugar a otro. En todos los casos aceptaron un valor menor al que habían pagado para adquirirla. En aquel negocio perdieron la cuenta de las veces que fue vendida, y hasta se hacían apuestas sobre los días en que tardarían en devolverla hasta que quedó abandonada en un rincón del local sin que le llamara la atención a nadie.

Floreal llegó al local, preguntó directamente por la máquina y con una rápida inspección comprobó que funcionaba. Se puso de acuerdo con el precio y la cargó en su auto pensando en dejarla por unos días en casa de sus padres. Un viaje por trabajo a Rosario iba a retrasar por unos días el placer de hacerla funcionar y elegir un sitio de su casa para exhibirla. Cada vez que se detenía en los semáforos la observaba y sonreía.

En Rosario sucedieron complicaciones que lo obligaron a quedarse dos días más que lo previsto. Al llegar al hotel la segunda noche de su estadía en la ciudad, el conserje le dijo que tenía un llamado de su padre. Subió a su habitación pensando que no recibiría buenas noticias. Cuando su padre atendió el teléfono no había en su voz ninguna señal de alarma.
-Queremos saber cuándo volvés para que te lleves la máquina de escribir que nos dejaste -dijo su padre.
-¿Porqué papá? ¿Cuál es el problema?
-Desde el primer día que la trajiste, cuando llega la noche, tu madre y yo escuchamos ruidos extraños, como si la máquina funcionara sola.
-No me vas a decir que me llamaste para hacerme esta broma -dijo Floreal con malestar
-Todas las noches, a la madrugada se escucha la máquina como si alguien la estuviese usando. No puedo tranquilizar a tu madre.
-Vuelvo el miércoles y paso directamente a buscarla.

Al regreso de Rosario pasó directamente por la casa de sus padres, conversó con ellos unos minutos y volvió a escuchar el mismo relato de los episodios nocturnos. Cargó la máquina en su auto y regresó a su casa. Luego de cenar la colocó en la mesa que utilizaba para trabajar en los artefactos que adquiría, encendió la lámpara, observó el rodillo, el funcionamiento de las teclas y los tipos. Colocó en el carrete una hoja en blanco y comprobó que para que funcionara correctamente tenía que hacerle una limpieza y un cambio de cinta. Observó que conservaba uno de los carretes con cinta de color negro y rojo, y que la perilla para cambiar de color también funcionaba. Bebió un café observándola con detenimiento, apagó la luz y se fue a dormir.

Tuvo un sueño. Caminaba por el pasillo de una oficina que ocupaba todo el piso de un edificio y a su derecha e izquierda decenas de dactilógrafos tipiaban frenéticamente las copias de documentos que tenían a un costado, al tacto, sin quitar la vista depositada en los originales. El ruido se hacía cada vez más fuerte hasta resultar ensordecedor. Se tapó los oídos y gritó. Gritó para pedir que se detuvieran y lo dejasen abandonar el lugar. Nadie lo escuchaba mientras los tipos golpeaban con fuerza en los rodillos de las máquinas. Se despertó empapado en sudor. Escuchó unos ruidos en el living. Aguzó el oído y para su sorpresa se dio cuenta que el ruido era el de la máquina de escribir que él había dejado en la mesa. Encendió la luz del velador, abrió la puerta de su cuarto y el ruido se hizo más intenso y claro. Cuando llegó al living buscó al tacto el interruptor de luz y la encendió. El ruido se detuvo. Miró la máquina. Pensó unos instantes que al dejarla había dejado centrado el carrete y ahora estaba estacionado a la izquierda, como si alguien la hubiese estado utilizando. Se quedó quieto observándola y sin entender el porqué de su acto reflejo, apagó la luz y se quedó inmóvil esperando que volviese a funcionar. Esperó en silencio unos minutos y volvió a acostarse. En penumbras se quedó pensando que el sueño había sido de tal intensidad que confundió los límites entre la pesadilla y la vigilia. Una hora más tarde volvió a dormirse.

A la mañana siguiente se dio una ducha y fue hasta la cocina a preparar un café. Al pasar por la mesa volvió a observar la máquina. El carrete estaba totalmente corrido a la derecha, en la posición límite, cuando quien escribe llega al final del renglón y corre la palanca para saltar al siguiente. Esto lo desconcertó y pensó que el sueño que había tenido le estaba jugando una mala pasada y lo confundía. Bebió el café observándola. Preparó las carpetas para su maletín y se aprestó a salir para el trabajo. Cuando dio la segunda vuelta a la llave de la puerta de entrada se detuvo y volvió a entrar. Sacó del bolsillo su celular y tomó una foto de la máquina.

La mañana transcurrió normalmente, respondió a llamados, participó de dos reuniones, tuvo que hacer un esfuerzo colosal para concentrarse en una planilla de presupuestos que corrigió varias veces hasta quedar conforme. A mediodía evitó salir a comer con sus compañeros y eligió un pequeño bar cerca de la oficina donde almorzó leyendo el diario. No podía dejar de pensar en lo que había sucedido en la madrugada. Pensó también en la conversación con sus padres y en aquel halo de misterio que la máquina de escribir poseía. Como hacía mucho no le sucedía, sintió ansiedad por regresar a su casa.

Abrió la puerta de su departamento con cierto nerviosismo. Dejó las llaves y metió la mano en el bolsillo para sacar el celular. Buscó la foto que había sacado en la mañana y se quedó estático unos segundos comprobando que el carrete no estaba en la posición en que lo había dejado cuando tomó la foto. Deseaba que su pensamiento lógico le diera una explicación. Se sirvió una taza de té y la bebió sentado frente a la máquina, observándola y pensando. Le quitó la tapa que protege los tipos, colocó una hoja y tipió una oración simple: Esta máquina funciona sola. Observó que el rodillo tenía algunas letras marcadas, huellas que dejan aquellos que digitan las teclas con frenesí pero le fue imposible descifrar qué decía, pese a su empeño de recurrir a una lupa para facilitarse la tarea.

Salió a buscar algo para cenar y nuevamente le tomó una foto a la máquina con su celular. Mientras caminaba pensaba de qué manera podía observarla trabajar, convencido que la máquina lo hacía cuando él no la estaba observando. La vendedora tuvo que preguntarle varias veces qué quería llevar porque estaba distraído mirando las bandejas de comida pero con la mente en otro sitio.

Después de cenar se  sentó a la mesa del taller, colocó bajo la lámpara a la vieja Olivetti, le quitó la tapa y le cambió el carretel de cinta por uno nuevo. Ajustó las tuercas que sujetaban el carretel y comprobó que al oprimir las teclas, el cabezal ascendiera hasta hacer coincidir la cinta con los  tipos antes del impacto contra el rodillo. Tomó un lubricante en aerosol y roció suavemente los mecanismos que chirriaban en su fricción, con un cepillo cilíndrico limpió los flejes y sus uniones. Colocó una hoja en blanco y luego tipió: Estoy lista. Quitó la hoja, cerró la tapa, apagó la  luz de la mesa y fue a acostarse. Ya en la cama tuvo una idea. Se levantó, fue hasta el living y colocó una nueva hoja en blanco en la máquina. Con la tranquilidad del deber cumplido, se entregó mansamente al sueño.

En la madrugada, en duermevela, escuchó el sonido de la máquina trabajando febrilmente. Confundía el sonido con parte del sueño de la noche anterior. Y con ese ambiente sonoro se acercó a una puerta al final de un largo pasillo. La reconoció inmediatamente. Era la misma puerta que conducía a la oficina donde trabajaban cientos de dactilógrafos, vestidos como en los años cincuenta, totalmente mecanizados con su tarea. Hizo girar el picaporte y la puerta se abrió. Al fondo de la oficina un solo hombre escribía a máquina con los ojos fijos en lo que estaba tipeando. Tenía una avanzada calvicie y lentes de armazón grueso de color negro. Floreal sabía que ése hombre estaba escribiendo algo importante y no quiso distraerlo con su presencia. Observó que en el escritorio más próximo a donde se encontraba había un calendario del año 1951. Cerró la puerta suavemente y se marchó.

Despertó con el sonido del despertador en la mañana. Se puso de pie tratando de reconocer el mundo real que lo rodeaba. Caminó hasta el baño, encendió la luz y se miró al espejo. Recordó la cara del hombre que escribía en la oficina que había soñado. Estaba seguro que lo había visto antes. Arrastrando un poco los pies se dirigió al living y encendió la luz. Se quedó mirando la máquina unos segundos. Luego se acercó hasta la mesa y arrancó de un tirón la hoja escrita de manera completa hasta el último renglón. Sin salir de su asombro comenzó a leer el texto tipiado mientras él dormía.

“Renato oyó los tiros. Volaron patos y garzas, y en la lejanía una nubecilla de humo azul se desguedejó lentamente en la quietud infinita de la tarde.”

Dejó de leer sabiendo que conocía el texto. Encendió la laptop, copió las primeras palabras en el buscador. El texto formaba parte de Los nutrieros, un cuento que Rodolfo Walsh había escrito en 1951.

lunes, 27 de febrero de 2017

El coleccionista

A Emeregildo Vazquez se lo llevaron una noche de verano entre cuatro integrantes del personal del hospital neurosiquiátrico Borda. Algunos vecinos observaban desde la vereda el despliegue y los más tímidos se asomaron a sus ventanas tratando de escuchar las voces de la calle que intercambiaban comentarios y conjeturas. Desde un auto estacionado a unos metros de las dos ambulancias, con las luces apagadas y a la sombra de los plátanos de la calle Rawson, su sobrino, Marcos, el mismo que Emeregildo había recibido de visita hacía unos días, comandaba el operativo. El mismo que prestó su juego de llaves para que los enfermeros entraran por sorpresa al inmenso caserón que ya no custodiaban los perros más temidos del barrio.

A diferencia del último suceso que había conmocionado al barrio,  este fue silencioso. Yo tenía seis años menos y recuerdo que durante unas noches el sonido de la sirena de los bomberos me persiguió hasta conciliar el sueño. A unas pocas cuadras de mi casa, una ventana abierta por el viento había derribado un calentador a kerosene de la casilla del guardabarrera. Solo se veían las llamas y mi madre prohibió que nos acercáramos a mi hermana y a mí. Recuerdo las caras de los vecinos. Las vecinas que se tapaban la boca con las manos, horrorizadas comentaban entredientes frases sueltas que ganaron significado años después "estaba con las hijas", "siempre tomó ese hombre más de la cuenta", "sacaron una mujer y no era Gladys".

La noche que trasladaron a Emeregildo Vazquez  no hubo comentarios, ni corridas ni preguntas. En el profundo silencio cabían el misterio y la impotencia. Yo lo vi subir a la ambulancia ayudado por los enfermeros. Cualquiera diría que emprendía un viaje. Esta fue la última imagen que recuerdo de él.

De los personajes que representaban al barrio como un accidente geográfico, Emeregildo Vazquez era el más simpático. Saludaba a todos con una sonrisa y media reverencia, detenía su paso para hacernos preguntas absurdas cuando nos encontraba sentados en barra en un umbral y solo se perdió de vista un par de semanas, cuando permaneció encerrado en su casa luego de la muerte de su madre.

Para los vecinos había ciertas reservas. Siempre tenían dudas sobre la salud mental de Emeregildo, el hermético secreto sobre su vida amorosa, sus malos hábitos, su extraña manera de saludar y conversar, su vestimenta anticuada, sus feroces perros, el misterio sobre el origen de los recursos para vivir en el caserón que de acuerdo a las luces y sombras cambiaba la forma y las sensaciones que provocaba.

Un mes más tarde el sobrino y dos hombres de traje y corbata tocaron el timbre de algunas casas en busca de testigos. Mi padre los escuchó sin invitarlos a pasar. Entró a la casa y dijo: "Me piden que salga de testigo. Van a entrar a la casa con otros vecinos para labrar un acta o algo así. Voy a ir"
Nadie recordaba haber entrado a esa casa jamás. Mis amigos y yo en alguna ocasión saltamos el cerco de la casa para recuperar una pelota caída en el jardín, mucho tiempo después que los dos perros Boxer que la custodiaba amanecieran envenenados. Emeregildo los habría enterrado en el jardín y jamás trajo otro perro.

Le pedí a mi padre si podía entrar con él. Miró a mi madre y luego negó con la cabeza. Era ese gesto que dice "no es para chicos", "no sabemos que vamos a encontrar. Esperen a que vuelva".

En la cena familiar mi padre hizo el inventario que le permitió su memoria. Estaba confundido. Repasaba los distintos lugares y  buscaba mentalmente una explicación lógica. Vi en sus ojos reflejada la prueba de la locura. A mi hermana y a mí nos mandaron a acostarnos.

Años después, una noche en la que bebíamos whisky en el jardín le pregunté a mi padre qué había visto. Volvió a cambiar la expresión. El mismo brillo y desconcierto que se habían instalado en sus ojos años atrás cuando intentó contarle a mi madre el recorrido que hicieron junto a los tres hombres por la casa.

Mi padre entró esa tarde a la casa con el sobrino, los dos hombres de traje y tres vecinos. La puerta de entrada se abrió con dificultad. No había luz eléctrica y tuvieron que abrir las persianas que durante años y a cualquier hora habíamos visto cerradas. Todos los muebles estaban atiborrados de souvenires, vasos, copas, lapiceras, boletos, fotos, tazas, abrigos. A los costados de los muebles en todas las habitaciones había cajas de cartón con igual cantidad de elementos que los que se veían afuera.

Vine a visitarlo por pedido de mi padre, dijo el sobrino,  y me di cuenta esa misma tarde que estaba loco. Avisé a mi familia y lo internamos.
El desorden en todos los ambientes de la casa correspondían en forma inversamente natural a otro, detallado por Emeregildo en cinco diarios personales, descubiertos algunos días después. Los espacios de luces y sombras también fueron pensados y diseñados para que el recorrido se asemeje al de un museo, un tránsito lógico por escenas y momentos en la vida de la casa.
Es posible que el temor al olvido de alguno de esos momentos hayan conducido a Emeregildo Vazquez al registro sistemático en su diario, un copioso inventario que como más tarde se comprobaría en otros manuscritos, repasaba mentalmente, enriqueciéndolo con conjeturas personales.
Atesorados con imágenes, y escenarios montados especialmente, Emeregildo había plasmado en distintos collages de objetos ciento nueve días inolvidables de los años en que vivió en esa casa.
Mi padre, sin hacer comentarios de lo que percibía como un caos, comenzó a darse cuenta del sentido de los objetos diseminados por la casa, cuando al entrar en la cocina, observó a un costado de la mesada de mármol, una bandeja cubierta con una lámina de plástico con dos tazas, una tetera, un par de cuchillos pequeños, dos cucharas, algunas galletitas, un frasco cerrado de mermelada y una esquela de referencia: "Ultimo desayuno de mamá."

Volvió sobre sus pasos al living, mientras los otros seguían recorriendo la casa murmurando la confirmación de insania.

En uno de los muebles, sobre un retazo de terciopelo rojo, estaban dos tickets de entrada al cine del barrio y como en todos los casos anteriores, la infaltable referencia histórica "Primera película que fuimos a ver con Luisa. Le tomé la mano."

En los diarios encontrados en un cajón de un mueble del altillo, la vida de la casa se contaba como una novela, en un apartado los nombres de las personas que en todos esos años la visitaron con sus fechas de referencia en uno de los márgenes, registro que quedó inconcluso a partir de la muerte de la madre de Emeregildo y el hermetismo absoluto que prosiguió a ese día.

En un escritorio de la planta superior se encontraban varias estilográficas con su etiqueta correspondiente, "2° a 6° en la Escuela N° 2 Bartolomé Mitre, "Papá firmó su testamento", "10 en Lengua, redacción, Mi Casa", con letra minúscula, de molde, prolija.

Álbumes de fotos, piedras del cementerio municipal y la fecha en que fue recogida cada una, cartuchos de escopeta con su infaltable referencia, postales recopiladas por orden cronológico en la pared de su cuarto, un diario personal donde describió a cada uno de sus vecinos.

Una plancha de corcho pegada a una pared del dormitorio sujetaba con alfileres varios recortes de diario que referenciaban una serie de envenenamientos de mascotas sin resolver por la policía, todos cercanos a la época en que aparecieron muertos los perros de los Vazquez, algunas necrológicas familiares con comentarios de puño y letra en los márgenes: "Dicen cáncer. Murió de pena".

En una vieja máquina de escribir Underwood había un escrito que ya ocupaba más de la mitad de una carilla, mi padre alcanzó a leer el primer renglón antes que el sobrino sacara la hoja de un tirón: "De todos mis sobrinos, Marcos, es quien lleva los rasgos familiares que nos distinguen..."

La casa se vació en pocos días y luego la inmobiliaria colocó un cartel sobre el portón principal anunciando su venta.

Los muebles fueron retirados en varios camiones y los papeles, blocks, cuadernos, álbumes, depositados en cajas en la vereda.

Mi padre, amante de las fogatas de elementos en desuso y el recorte de las podas de plantas ya marchitas, alzó una de las cajas con papeles para ser utilizada como combustible. Al abrirla le llamó la atención un cuaderno de tapas duras con una etiqueta que decía "Lugares secretos".

En la primer hoja había una columna de números relacionados con siete candados de combinación colocados en distintas puertas de la casa. En la segunda un título que encabezaba la página "Para mi sobrino Marcos" y un detalle preciso.
"En el interior de los barrotes de la cama de mamá y papá hay enrollados en billetes de cien sesenta mil dólares y otros cuarenta mil en los caños de la escopeta que se encuentra en el ático, vos sabrás darle un buen destino."


Mi padre buscó en el índice telefónico los datos de Marcos para comunicarle el hallazgo. Del otro lado escuchó una respuesta inesperada. Marcos había muerto hacía ya un mes, cuando salió a probar una escopeta que al disparar le explotó en la cara.

domingo, 12 de febrero de 2017

Poncho

Se diferenciaba de todos los perros que vieron en el pueblo. Fue el primero en acercarse a la carpa, tomarla como parte de su territorio y hacerse amigo. Y allí andaba siguiéndolos o encontrándose con ellos en distintos lugares, corriendo hacia ellos con la misma alegría que a uno lo embarga cuando se encuentra con gente querida. Lo bautizaron Poncho porque inspiraba, como los buenos perros, una sensación de abrigo y protección. En las noches merodeaba la carpa y se recostaba contra los laterales a dormir.

Poncho es grande y de pelo rubio, con personalidad, poderoso instinto y libre. Un callejero que es reconocido por todos y por todos saludado con una caricia en la cabezota, con ése santo espíritu que uno depara para la buena gente.

Una tarde llegó lastimado en una pata y los preocupó. Los turistas que tienen pocos días en un lugar confían en las personas que conocen y con su preocupación a cuestas y Poncho acudieron a pedirle ayuda a la dueña del camping. Su respuesta fue inmediata. Les pidió que lo ayudaran a subirlo a la camioneta, que ella se ocuparía de llevarlo a una veterinaria.

Días más tarde se encontraron con la mujer y le preguntaron por Poncho. Tuvieron la sensación de estar hablando con el veterinario que lo había atendido. “Por suerte la herida no llegó al hueso. Van a esperar unos días, que el antibiótico aísle la infección y lo van a destinar a un campo para que viva libre como hasta hoy”. Sonrieron felices. Poncho estaría viviendo pronto en un campo, cuidado y querido.

Dos días después fueron de visita a otro pueblo. Poncho estaba allí, libre como siempre pero en la calle y sin ser curado. Fueron a saludarlo, pero los perros, animales de buena memoria, no se olvidan de quienes ayudaron a subirlo a una camioneta para deportarlos de su territorio, así que los esquivó y se fue caminando hasta un nuevo lugar, mejor escogido: una parrilla. Una angustia enorme los azotó a los dos.

Allí le contaron que apareció hacía unos días, que le daban de comer, que daba vueltas todo el día y que regresaba a la noche.

Imaginaron la parte de la película que no se vio. Cuando la camioneta llegó al pueblo vecino se detuvo y Poncho fue abandonado a su suerte.

Hablaron con la chica que atendía como moza la parrilla. Le contaron la situación. Ella entendió y les dijo que se iba a ocupar de encontrarle un sitio, que allí le daban de comer y que estaba bien.


Otra historia de perros y perros.