lunes, 19 de abril de 2010

Siete clavos

Mientras se abotonaba la camisa lentamente miró de costado la cama revuelta y esos ojos clavados en la nada, que lo observaban mas allá de su figura. Un par de veces se detuvo en la mirada y quiso adivinar si era inocencia, pudor o el pacto secreto lo que la hacía indescriptible. Percibió el olor rancio del semen entremezclado con las salivas y supo que ésa atmosfera y verlo de rodillas ante él despertaba la líbido y esa pasión irrefrenable.
Repasó el desorden de la pieza con una mirada que parecía colocar las cosas en su sitio, todo lo que podía ordenar desde el espejo, cuando le devolvía su reflejo perdiendo compostura, los ojos entrecerrados, la cara encendida en sangre y esas venas de la frente que amenazaban reventarse. La pequeña espalda también se reflejaba, la pequeña espalda y su mano apoyada en la nuca.
Alejó los demonios sacudiéndose la ropa y moviendo a uno y otro lado la cabeza terminó de ceñirse la sotana.