sábado, 25 de agosto de 2007

Polo y yo



Prefiero pensar que no voy a olvidarme, que no harán estragos en mí los años ni el Alzheimer, ese alemán loco que se escapó de la segunda guerra y sigue asolando a la gente.
Prefiero pensar que si alguna tarde de lluvia, repaso un album de fotos, entenderé que ésta que veo en blanco y negro fue tomada de ese modo y no destiñó con el paso del tiempo.
Porque debo decirte que todos, vos y yo incluídos, vamos cambiando bastante, nos estiramos mucho al principio para volver a encogernos y arrugarnos al final.
Y yo te veré crecer naturalmente y siempre serás Pedro o Polo, como te gusta que te llamen.
Me contarás historias cada día más complejas y yo te contaré las mías.
Pero no he de olvidarme de nuestras primeras charlas en la casa de tus viejos jugando en el jardín, luchando, ante la mirada vigilante de tu madre con el carnet de la obra social a mano y el botiquín de primeros auxilios.
Y menos debo olvidar que alguna noche en Uruguay escuchaste subido a mis hombros la historia de Rulloni y California que yo le contaba a tu padre y a partir de allí ese fue tu destino feliz cada vez que jugabas a viajar con tus viejos a algún sitio en los aviones que inventaste en el living de tu casa.
Y tampoco tendría que olvidarme que una tarde, en un campamento, nos tapamos con una toalla que tenía el increíble poder de aislar a las personas para que nadie escuche lo que se conversa cubierto con ella y vos lo probaste diciendo cosas terribles como: culo, pito, caca, mientras todos nos rodeaban, y cuando nos quitábamos la toalla mágica, nadie había escuchado nada.
Unos meses depués de esta fantástica prueba, me invitaste a tu cuarto, te sentaste en la cama y usaste el cubrecama con poderes similares a aquella toalla y conversamos sobre los miedos, tan parecidos en ese momento y siempre a los míos.
No debería olvidarme que con tus cuatro años vos decías que yo era tu amigo, palabra de extraño poder que me hace inmune a las tristezas, a las bombas neutrónicas, a los terremotos y a las noches de tormenta.

domingo, 19 de agosto de 2007

Juegos imaginarios

Hace algunos años, Mario Rulloni, fotógrafo, humorista, artista de profesión, me contó una historia que pintaba de cuerpo entero a su abuelo.
Mario tenía no más de 6 años y miraba fascinado la serie Ruta 66 todas las tardes en el televisor familiar de su casa paterna en Villa María, Córdoba.
Ese día en la serie se repitió muchas veces un punto geográfico que a Mario le llamó la atención: California.
Cuando su abuelo llegó de trabajar en su puesto en la feria, Mario corrió a su encuentro y le preguntó:
- Abuelo, queda lejos California?
- ¿Querés ir? Te llevo.
Y lo subió a su vieja camioneta por una ruta desconocida para el niño que era Mario entonces.
Mario se quedó dormido mientras viajaba. Se despertó cuando era noche con los sacudones suaves de su abuelo.
- Llegamos.
Ante él había una gran calle de un lugar que no conocía y en el fondo un puesto iluminado de máscaras y artesanías.
- Abuelo, ¿estamos en California? ¿puedo comprar algo acá para mostarle a mis amigos que estuve en California?
- Claro...
Y así fue que Mario compró una de las máscaras colgadas en el puesto para llevar a casa y contarles de su aventura, digna de Ruta 66, una de sus series preferidas.


Daniel Mongelli, padre de Julieta, jugaba a que tenía un perro imaginario, que a excepción de él en la familia no veían.
Y andaba con su correa y su collar paseando el perro por la casa y le preparaba la comida y lo llamaba por su nombre, Sanguinetti, y el pequeño perro, obediente, venía a su encuentro moviendo la cola como todo los falderos y Daniel le prodigaba caricias y frases estimulantes.
Julieta se preocupaba por la conducta de su padre y aclaraba a las visitas en secreto.
- Papá cree que tiene un perro, seguile la corriente. Decile que es muy bonito. -mientras hacía la universal seña de mover el dedo índice en forma circular sobre la sien.
Las visitas respondían al pedido de Julieta y cuando Daniel venía con la correa y el collar, le decían
¡Qué perro más bonito!
Unos meses más tarde, uno de los amigos de Daniel, le contó que su perra había tenido cachorros cocker spaniel, uno de la camada era blanco con una mancha negra en la frente. Daniel le pidió ese cachorro para llevar a su casa.
Mientras esperaba el tiempo del destete de la perra, Danielsiguió con el juego y ya describía a Sanguinetti con lujos y detalles de su mancha, su carácter, su tamaño y lo llevaba y traía de la veterinaria para los controles.
Una de las vueltas a casa llegó con el cachorro que había comprado hacía dos meses.
Julieta lo vio entrar naturalmente a casa con el perro en sus brazos diciendo que lo había tenido que llevar como otras veces al veterinario.
Julieta no salía de su asombro.
Allí estaba ante ella, ese perro, tan bien descripto por su padre, con la mancha negra en la frente, que hasta recién formaba parte del imaginario familiar.

domingo, 5 de agosto de 2007

Lunes otra vez

La multiplicación de los panes es una de las referencias inevitables en la historia cristiana. La sociedad de hoy vive la multiplicación de los lunes. El lunes es fácilmente identificable entre los días de la semana. Basta con entrar al subterráneo, caminar por las calles de la ciudad, para darse cuenta que es lunes.
El rostro enjuto, deformado por las arrugas que presagian la vuelta a la oficina, a las colas en los trámites, a los embotellamientos de autos, a las bocinas.
Volvemos de una pausa en esa guerra de ruidos de las grandes ciudades.Volvemos después de un par de días de reencuentro con nosotros mismos, sordos al despertador, ausentes a los compromisos inevitables.
He notado que los lunes se han multiplicado.Se ha contagiado el martes y el martes tosió y contagió al miércoles y el miércoles al jueves. Solo el viernes, aún, se mantiene inmune a la enfermedad del lunes, al andar alunado, bien de lunes, fuera de foco, carente de sonrisas. Los dientes solo se muestran en señal de desafío, copiamos el estilo de los perros. No ladramos, ni orinamos en los rincones, pero demostramos que no solo sonreímos.
El lunes suele ser un día fatal y el fastidio empieza a herrumbrarnos a partir de las 19 horas del domingo, el día que Dios eligió para el descanso, poderosamente sabio, visionario, sabiendo que al día siguiente sería lunes y estaría fastidioso, preocupado por tantos rostros humanos que parecen despiadados.
A la gente le está pasando algo.
Se le están confundiendo los días. Hablan con aliento a lunes en días que nada tienen que ver con esa fecha trágica.La gente se está enlunando.
Sería bueno que nos confundamos un poco y que oficialmente mintamos con descaro, en diarios, carteles electrónicos de subtes y trenes, digamos que es miércoles, que hagamos creer que quedan sortear solo tres días para empezar el fin de semana, no digo siempre, cada tanto, aunque alguno maldiga el haberse olvidado de un vencimiento, de un compromiso, de una promesa, aprovechar la confusión unos minutos para ver qué pasa, cómo saluda el vecino, el diariero, la guardia urbana, el comisario de abordo, el guarda de tren, el camillero.
Convengamos que no es esta una solución permanente ni definitiva, pero al menos, gozaremos al creer, por unos minutos, que algún milagro se produjo, que sorteamos los primeros días sin sobresaltos, que estamos a merced de un juego sorpresivo, fértiles para esbozar una sonrisa inesperada.