domingo, 20 de abril de 2014

Noticias de Pablo



Murió acribillado en una redada policial, armado, descalzo, saltando por los techos, decidiendo, como siempre, su destino. Prefirió caer muerto en su ley a ser preso y deportado, con otras leyes extrañas, escritas en inglés.

Su vida se cuenta en la novela más vista en latinoamérica: "El Patrón del mal". Le asignan cuatro mil muertes, un número menor si lo comparamos a ministros de economía y dictadores que asolaron estas tierras y que también matan con una firma o una llamada telefónica. Pero a estas muertes, tecnócratas y otros sicarios al servicio de la infamia, la consideran necesarias.

Algo extraño ha ocurrido luego de su muerte. Su sombra se ha agigantado. En Medellín, los humildes le rezan y le piden milagros y hasta le atribuyen más hazañas y obras de beneficiencia que las que en realidad realizó.

Hospitales, escuelas, canchas de fútbol, viviendas, fueron construídos por él con el dinero que obtenía del mercado que diseñó con la cocaína. La construcción de su imperio marca un antes y un después en la era del narcotráfico.

En la guerra personal que mantuvo contra el gobierno colombiano y los Estados Unidos, sus enemigos no dudaron en aliarse con el cartel rival para derrotarlo. Así son las cosas en la guerra. Todo vale, incluso plantarse en la ilegalidad y darle privilegios de acción a otros traficantes para volverlos poderosos. "Los pepes", los perseguidos por Pablo Escobar, se unieron para terminar con este indeseable, este obstáculo a sus intereses.

Guardaba un odio irremediable por los gringos.

Pablo Escobar, a los ojos de quienes leemos las noticias de los diarios era un asesino despiadado.

En una libreta llevaba la lista de sus enemigos.

Esa libreta desapareció con él. 

Los diarios se abstienen de utilizar los mismos calificativos que expresan sobre este delincuente para otros, de apellidos ilustres, de dignísima formación, de santos deseos, de patrióticos preceptos y devotas intenciones.