sábado, 3 de marzo de 2007

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Crecí en los 60 y a corta edad, en un cine de barrio y gracias a una prima unos años mayor que yo, descubrí a Los Beatles, punto de partida para deslumbrarme con una de las mentes más brillantes del siglo pasado, Lennon.
En ese mismo cine (Cine York) se conocieron mis abuelos cuando era un salón de baile y en mi adolescencia vi una película que me marcó para el resto del viaje: Lenny, interpretada por Dustin Hoffman. La vida de Lenny Bruce, un cómico de stand up norteamericano que hacía reír a la platea, parado solo sobre el escenario con un micrófono de pie.
Había entrado a ver una película prohibida para nuestra edad con cuatro compañeros de secundaria. Esa película pasó al olvido. En la matinee estaba incluída Lenny y yo quedé fascinado con ese sujeto y sus chistes brillantes.
"Los tiempos han cambiado. Si Cristo hubiese nacido en ésta época, los cristianos andarían con una silla eléctrica colgada del cuello".
Recuerdo que me dije: "Esto quiero hacer".
Empecé a escribir textos humorísticos y cuentos que compartía con mis amigos y compañeros, algunas canciones.
Años más tarde me subía por primera vez a un escenario a presentar mis creaciones.Supe por mi hija Ayelén que el camino estaba claro.
En uno de esos almuerzos en que fue invitada por un compañerito de jardín de infantes, el padre de su amiguito le preguntó: ¿Qué hace tu papá? Y Ayelén con total naturalidad respondió: "Mi papá hace reír a la gente".
Uno a veces se confunde y cree que las cosas suceden por obra del azar, que no existe un destino prefijado.
A los 22 inicié una terapia psicoanalítica y luego de contar la experiencia de aquella tarde en el cine, mi terapeuta me dijo que él había escrito la versión argentina de Lenny con música de Luis Alberto Spinetta.
Si escribo y gozo haciéndolo es gracias a mis padres.
Desde muy chico, con los primeros poemas, me hicieron creer que yo era el eslabón perdido entre Shakespeare y Borges y no dudaron en alentarme a leer mis primeras producciones en cuanta cena con amigos se presentara.
Años más tarde y guiado por un amigo, presenté mis cuentos humorísticos a Humberto Costantini, quien no dudó un segundo en decirme que lo que le presenté era una mierda tan alejada de la literatura como Hitler de la Madre Teresa de Calcuta, que hiciera lo posible por mantenerme alejado de su domicilio.
Recuerdo que cuando le di la mano para presentarme me dijo secamente y dejándome de una pieza: "¿Sabés que sos mucho más simpático personalmente que por tus textos?"
Lejos de resignarme me anoté en su taller literario pese a su resistencia, aprovechando que su secretaria desconocía absolutamente su opinión sobre mi trabajo.
Fui el primero en llegar a la primer reunión y su cara al abrir la puerta la recuerdo perfectamente hasta hoy.
Empecé a aprender a escribir cuentos con él. Empecé y seguí solo aunque hasta hoy no haya aprendido, porque Humberto se nos fue ese año por un cáncer.
Aprendí mucho trabajando con él y a él también le debo haberme cruzado con un sujeto impresionante: Ariel Armony, amistad que perdura pese a la distancia que nos separa. Ariel está dando clases en Estados Unidos y mantiene con éxito este vicio de ordenar las letras y las palabras sobre un papel.
La producción de ficción todavía no fue a parar a ninguna imprenta. Los cuentos humorísticos sí.
Y escribir humor es a mi entender, lo más serio del mundo.
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