Verano del 84


En el verano del 84, unas veinte personas que no se conocìan, concidimos en un punto geogràfico: Villa Gesell.
Las amistades que comienzan en un camping, al amparo de la sombra de unos pinos, magnificadas por la cercanìa del mar y de la playa expiran magicamente con llegada del otoño, de manera parecida a las brasas del fogòn.
No fue el caso.
En la semana del regreso a Buenos Aires nos reunimos para organizar la vuelta a Villa Gesell, creo yo, con la melancòlica esperanza de detener el tiempo, recuperar la magia y que la vida transcurriese allì.
Como Peter Sellers, tuvimos nuestra fiesta inolvidable en la casa de Gustavo. Alguien recuerda los detalles de cada disfraz, la producciòn, el esmero puesto en una fiesta que durò dos dìas y cuyo eco perdura.
Soy padrino de uno de los cuatro hijos que tuvieron mis amigos, celestino de una historia de amor que trasciende la muerte, padrino de boda, por citar lo que conozco inmediato a mi nariz y a mi ombligo.
Con la mayorìa de ellos nos seguimos encontrando con tan distintas como intensas frecuencias, compartiendo vino de por medio, anècdotas a las que el tiempo no pudo teñir de sepia.
Desayunàbamos juntos haciendo fogòn, compartìamos el almuerzo y las responsabilidades de conseguir leña, alimentar el fuego, cocinar, lavar las ollas. Largas tardes de playa, la vuelta al camping, la cena y el fogòn con la guitarra hasta la madrugada donde el ciclo volvìa a empezar como todos los dìas.
Fue tan dificil separarse para regresar a Buenos Aires como olvidar estos momentos que cumplieron 25 años.
La nueva generaciòn propiciò el reencuentro de un grupo de personas que creciò y se educò con con el repiquetear de los tacos de las botas militares.
Tenìamos corazones jòvenes y del lado del corazòn las ideas. Abrimos los ojos de otra manera en la primavera alfonsinista. Una paradoja extraña fue que a pocos dìas del primer reencuentro repasàbamos las fotos de una dècada que fue nuestra por tv porque Alfonsìn se habìa ido al otro barrio.
La virulencia de los embates econòmicos que llegaron con el gobierno siguiente, le abrieron a varios la esperanza de emigrar intentando cambiar la suerte. Y fue Adriana la primera rumbo a Italia, con quien mantuve una correspondencia epistolar que se transformò en novela con diez años de cartas entre Arezzo y Buenos Aires. Años màs tarde fue David, Carla y sus cuatro hijos.
Todos sobrevivientes de las distintas crisis que socavan los ahorros o la razòn, nos fuimos alejando en cien mudanzas de casas, nùmeros telefònicos, trabajos, parejas, matrimonios, surfeando el dìa a dìa con fiereza y convicciòn.
No somos de los que representan los años con la gordura o flaqueza de las vacas, no hablamos de rachas ni de lluvias, ni de sequìas. Cargamos otras cosas en las mochilas muy distintas a las carpas y cacharros de aquellas èpocas. Tenemos hijos y sobrinos en edad de vivir una experiencia semejante a la nuestra, de hecho, hace muy poco, los dos hijos mayores de David recorrieron el Norte y unos dìas despuès, en idèntica direcciòn lo hizo mi hija.
Suelo pensar en aquellos a los que perdì el rastro y las señas particulares.
Cuando nos reencontramos vimos las canas y la calvicie, las transformaciones que hace el tiempo. Y entendimos que venimos todos de la misma cultura de vereda y barrio, que tenemos otras cosas en comùn ademàs de haber compartido inicialmente quince dìas de veraneo en Villa Gesell.