miércoles, 7 de diciembre de 2011

Dramaturgia

Las cenas de los elencos que cumplen su última función son inspiradoras. Los comentarios, los chistes, disparan imágenes, inician otros vuelos.
Allí estaba yo, hablando con Nacho en el patio de un centro cultural, una noche estrellada, degustando unos vinos, dejando que el tiempo fluya.
Y una actriz le comenta a Nacho que en una escena de máxima tensión, se asustó cuando percibió como latía su corazón. Y allí nomás pensamos en el gran actor que tiene que ponerse en la piel de un infartado y es tan maravillosamente bueno en lo que hace que llega al infarto real en plena obra.
Después hablamos del trabajo en otras épocas, con otra cultura y cómo ministros de economía de turno cambiaban un estado de ocupación plena al cierre sistemático de fábricas. Es una pena caminar por zona sur y encontrarse con tantos galpones, pequeñas fábricas abandonados.
Fue el momento de entrar en el túnel del tiemjpo y recordar los mensajes, los slogans, discutir sobre sus intenciones, para mí, siempre macabras y desmedro del blanco de siempre.
Y de ese túnel a otro más real que se introduce en el movimiento del conurbano a las dos de la mañana y las paradas de los colectivos con largas hileras de gente y decenas de adolescentes que allí inician el periplo de su noche, y yo pienso cuántas ciudades del mundo tendrán en suburbios movimiento semejante, y esas rarezas de los pearcings y los artefactos electrónicos, gracias a los cuales el pasaje completo de un colectivo repleto escucha las cumbias de moda.
La mayoría de los chicos tiene una gorra con vicera. Me impacta el contraste de la noche cerrada cruanzdo el puente de Pompeya y esta moda de las gorras iguales a las de los raperos yankis. Recordé que siempre hubo modas, como recordamos en la cena de actores. La época de los cinturones de cuero crudo, los pantalones de marca, ser cheto o ser pardo.
Recordé que una tarde mi viejo volvió a casa del trabajo y le comenta a mi madre que había visto a un boludo de mi edad con un sombrerito blanco de tenis en la cabeza, enfundado de tal manera que no podían verse sus ojos. Media hora después, por la misma puerta hace ingreso un pelotudo similar al que había visto hacía unas horas pero un poco más reconocible.
Todo eso en una noche.
Publicar un comentario