viernes, 23 de marzo de 2012

El pasillo

Subió la escalera levemente encorvado, la postura corporal del alpinista vencido por la fatiga, la mano derecha rozaba el pasamanos y se contraía en cada impulso con la torpe intención de afirmarlo, la cabeza gacha, la vista en los peldaños que crujían bajo sus pies al ritmo del ascenso, alarma sonora que en otros tiempos anunciaba su llegada a quien ya no lo espera.
Años atrás y en otras circunstancias, hubiese sido mecánico y conocido ese trayecto, lo hubiese recorrido sin pensar, los escalones de dos en dos, sin sujetarse y con los ojos cerrados, aunque sus ojos hoy abiertos, avanzan hacia lo desconocido, al laberinto diseñado por recuerdos en la niebla, hacia el primer descanso que lo obligará a girar a la derecha para volver a ascender los seis que faltan y que jamás contó, para llegar al pasillo, porque esa prisa y ese ímpetu ya no existían.
Un murmullo conocido se escuchaba, seguramente rezos ya olvidados en otras vidas y en otras muertes, mezclados con conversaciones propias del ambiente familiar, el ceremonioso pésame, esa oración dicha hasta el cansancio y repetida desde el fondo de los años, esa música de orquesta que se apronta, desafinada, heterogénea, a quien solo unifica la intención de afinar y la tristeza.
Se detuvo en el pasillo al girar para dirigirse a la habitación del fondo, a la de madre y antes de abuelo, justo allí, entre el pasillo y la entrada al dormitorio, con lágrimas en los ojos por verlo regresar, su hermana extendía sus brazos. Sintió que los brazos dirigidos hacia él, anticipaban las sensaciones que lo invadirían en ese abrazo cálido, anhelado, intenso, ese calor que perdura en la memoria de la piel, de sentirse siempre a salvo, siempre protegido, rescatado del tumultuoso mar de miedos que lo ahogaban justamente en ese pasillo, a ciertas horas, nunca a la misma, cuando sentía que la imagen de su abuelo en el cuadro de la pared cobraba vida e intentaba atraparlo en la carrera desde la escalera a la habitación de su madre, aunque cerrara los ojos, aunque no intentara mirar, aunque alargara las frenéticas zancadas hacia el otro extremo, donde esperaban los brazos de su hermana que entendía como si fuesen propios esos miedos, aunque haya sido tantas veces repetidos esos espantos y que la salpicadura de sangre no fuese cierta, porque quizás fue parte de un sueño o de haber escuchado en sueños de las voces de los mayores el tronar de los dos caños de la escopeta, estratégicamente apoyados en el mentón de su abuelo, esos miedos de que de niño lo perseguían, a ciertas horas, nunca a la misma, cuando sentía que la imagen de su abuelo en el cuadro de la pared cobraba vida.
Y fue como entonces eterno ese trayecto, porque se había prometido a sí mismo no volver jamás a recorrerlo, y había cumplido hasta hoy, a pesar de los ruegos familiares en otras tragedias, en otras ceremonias, la vida en esa casa fue quedando definitivamente atrás y para siempre, con decisión y rigor militar, sorprendiéndose a sí mismo muchas veces, agitando su mano cerca de la cara, el gesto de espantar moscas, cuando en realidad eran recuerdos los que zumbaban sobre su cabeza, leyendo el apellido en el periódico, históricamente ligado a la vida social y política de la nación, envuelto en escándalos judiciales en los últimos años y por los cuales no respondía absolutamente  nada cada vez que al escuchar su nombre le preguntaban si tenía alguna relación con la familia que aparecía en las noticias.
Un intenso hormigueo en los pies comenzó a invadir sus piernas como una gangrena, el sudor frío, una angustia opresora, el golpeteo del corazón  en el pecho y que repercutía hasta el estómago, la boca seca en un segundo, los miembros paralizados, un nudo en la garganta que no cedió aún cuando se aflojó la corbata y desprendió el botón del cuello de la camisa.
Se dijo a sí mismo que esto no estaba sucediendo, que no retrocedería ni se inclinaría como deseaba, en cuclillas hasta desaparecer, en ese lugar del que no había podido avanzar un paso, detenido y solo, profundamente solo como en otros episodios que no podía repasar con exactitud pero que seguían latiendo con su eco lúgubre, pasajes que no pudo volver a sortear en ninguna confesión, como la imposibilidad de escuchar su propio nombre dicho por su padre, aquel Octavio de seis años que ahora lo miraba y lo veía desencajado y sudoroso, a medio vestir, en su escritorio cuando quedó paralizado como ahora, en la puerta, escuchando su nombre en tono violento, el reto concentrado de no debiste entrar allí en tres sílabas, no debiste ver esto sobre lo que vas a callar, no debiste, volvé a tu cuarto, cerrá la puerta, no viste nada, ese Octavio sonrojado, fue victimizado por el destino para ser colocado como testigo callado y omnipresente de una violencia solapada en el ambiente de la casa por la estirpe familiar, los buenos modales, el tino y la corrección en el proceder intachable.
Esa noche la fiebre hizo arder su cuerpo y no hubo paños fríos, ni aspirinas, ni tina con agua fría que hiciera ceder, y en el remolido de las pesadillas no estuvo seguro si su prima hermana Inés, la que había visto de espaldas en el escritorio de su padre, era quien lo observaba con ojos que no reconocía, empañados de miedo, tal vez esperando que en el delirio contase lo que vio o creyó ver sin comprender, porque así como sucedió aquello que llegó a discernir unos cuantos años después, sin la fiebre que sublevaba en erupción las palabras que no podían explicar lo inexplicable para su edad, así de intensos fueron otros descubrimientos sin puertas cerradas, sin esconder, como escondía su madre los pequeños frascos de alcohol por toda la casa, ese pequeño escalón al infierno, el pozo profundo en el que había caído, su lenguaje muchas veces incomprensible, mezclando el español con el francés, con el llanto, con el balbuceo de una lengua anestesiada vaya uno a saber por cual bebida, porque en el mismo tono que se saludaba a un vecino, que se rezaba, que se conversaba en la mesa familiar, sin exabruptos, sin insultos, sin palabras urticantes, con los buenos modales aprendidos desde niños, con el mismo énfasis y entonación, leían en algunas reuniones nombres y apellidos, personas que habían caído en desgracia, futuros ausentes sin aviso de sus puestos de trabajo, de sus escuelas, de sus iglesias, con la misma cadencia e impostación, se hablaba en el escritorio de su padre de armas importadas y exportadas, de armas capturadas y devueltas al mercado, en tono monocorde, sin exaltación alguna, se describía como fue hallada muerta Inesita, cuánta congoja, qué desgracia esta familia, cuándo terminará tanto dolor.
Solo fue un instante que abarcó medio siglo.
Abrazó a su hermana y entró en la habitación, miró a la familia, bajó la vista y sin saber muy bien porqué, lloró en silencio.
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