miércoles, 11 de enero de 2017

Siempre en obras



Aníbal Montecchia era albañil. En las obras practicaba una mezcla de danza y acrobacia, bailando un tango sobre los andamios o sobre los bordes de los ladrillos de canto. Los hombres que toman riesgos como estos son como los buenos actores: imprevisibles. Un mediodía subió a la terraza de un edificio de veinte pisos para almorzar y se tentó con la idea de caminar por el borde. Se dio cuenta, al mirar hacia abajo, que el vértigo podía llevarlo a planta baja sin escalas y abandonó para siempre las piruetas.

Trabajaba muchas horas en Buenos Aires, le iba muy bien, pero el ritmo y el ruido no habían sido hechos para su mundo. Descubrió este detalle personal a contraluz, en un viaje. Pasó unos días en Esperanza, Santa Fe y se dio cuenta que cuerpo y mente se entendían con el ambiente, que aquello que vivía en Buenos Aires, lo iba a enfermar tarde o temprano.

Pensó. Pensó en un lugar que no fuera tan rural ni tan citadino. Y se fue a Mar del Plata a probar suerte, sin trabajo pero con el motor de la fe de poder vivir más tranquilo. Como albañil danzarín, y acróbata, puso su corazón en el teatro y, para perfeccionar el oficio de montar otro tipo de obras, comenzó a tomar clases con Gregorio Nachman. Los ejercicios con su maestro no le resultaban cómodos; él buscaba acción y a las pocas clases abandonó la escuela. Yendo a una obra en construcción se encontró con Nachman quien, al verlo, le preguntó por qué no concurría más a las clases. Aníbal mintió; dijo que era por falta de dinero. Gregorio le dijo que fuese igual, que él lo becaba.

Montecchia, albañil, constructor, comenzó a colocar sus ladrillos de actor en obras teatrales hasta que llegó la dictadura y apareció en las listas de los artistas prohibidos. Para conseguir la autorización y poner en cartel una de las obras teatrales de entonces, “Ha llegado un inspector”, los mandamases de turno pusieron como condición que buscaran otro actor o no tendrían el permiso para llevarla a escena.

Rinaldi  lo incluyó en el elenco de La ratonera. No hubo objeciones por parte de las autoridades y se quedó. Se quedó con la obra en cartel por treinta años. Hoy Nachman forma parte de la lista de actores marplatenses desaparecidos.
Con una de vida de película encima, también hizo cine y sigue entrando y saliendo de las salas como si él las hubiera construido.

Su obra predilecta es Juan Palmieri, con la que ganaron la primera Estrella de Mar. Aníbal hacía tres personajes y con esa obra se presentaron en el festival de Caracas. La noche de la presentación el público parecía pintado. En una sala donde las butacas, por su posición casi vertical, daban la impresión de caer como una avalancha sobre el escenario, la pieza, semimontada, transcurrió en silencio. Al caer el telón la ovación fue conmovedora. Los otros elencos subieron al escenario a saludar y a abrazar a los actores.

Trabajó en un restaurante cerca de la playa cuando llegó a Mar del Plata en 1968; luego en las obras, en el duro oficio de albañil. Dice sonriendo: “El teatro es un juego, como jugar a la pelota”. Montecchia comenzó su trabajo en las tablas como aficionado a los 18 años, en Buenos Aires, con Rubén Castagno, en el Villa Malcom y en el club Piraña. Castagno le perdonó que disolviera la sociedad artística y que se fuera a vivir a Mar del Plata porque ése también era su sueño.

El 21 de marzo de su primer año en la ciudad el frío fue récord y la ferocidad del viento en cada esquina lo hizo dudar sobre su permanencia en la ciudad elegida.

Actualmente también escribe. Escribe ideas en papeles sueltos. Conserva el fuego en su mirada inteligente y profunda.

Montecchia hoy sigue actuando y su única condición para aceptar un papel es no tener dificultades con la lectura del texto porque debido una de las operaciones de cataratas el balance óptico de sus ojos no es parejo.

Con Eduardo Calvo se conocieron en una cena de elencos marplatenses. Una tarde, caminando por Mar del Plata, Montecchia le señaló a Eduardo un edificio diciendo que él había trabajado en su construcción. El padre de Eduardo había vivido muchos años allí. Las coincidencias suelen ser tan misteriosas como el destino mismo.

Eduardo Calvo me había hablado muchas veces de él, de sus encuentros, de sus charlas. Me preguntó si tenía alguna objeción en invitarlo a ver el primer ensayo. Le dije que no, que sería un honor.


Puede que Montecchia tenga dificultades para leer, pero sentado en la primera fila, al finalizar el ensayo, señaló un detalle en un punto del escenario. Era un chicle pegado al borde.
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