En mis días de conscripto fui
asistente de un capitán del ejército. Después de la formación prestaba
servicios en la oficina de logística del batallón donde también trabajaban
civiles. Allí contaba con mi verdadero arsenal: papel en abundancia y muchas robustas
y amadas Olivetti Lexicon 80, máquinas de escribir que por su peso podrían
considerarse como armas de guerra.
Un compañero, el soldado Di Pascua,
conociendo mi inclinación por las letras, me encargó una carta para su novia.
Nuestras salidas de franco por entonces eran esporádicas y él quería que su
novia se enterara de su vida en el cuartel.
La misma tarde del encargo,
aprovechando la soledad de la oficina, me dispuse a escribir con fervor y
patriotismo, ingredientes necesarios en un soldado argentino según nuestros
superiores.
Aprovechando una serie de símbolos de
la tipografía, unos espacios después del encabezado, escribí que era tal mi
emoción que la máquina funcionaba expresándose a su manera, y ahí nomás dos
renglones de esos extraños caracteres. Describí con mi estilo los días en el
vivac, las carpas de campaña para treinta y seis soldados, el entrenamiento
militar, el orden cerrado, las marchas y la vida como recluta, nuestra mirada
sobre los oficiales y suboficiales. Cerré los párrafos humorísticos con una
hilera de símbolos y escribí unas ocho líneas en tono poético.
Esa noche, antes de ir al comedor por
nuestra cena, la leí bajo la luz de un farol rodeado de compañeros. Las risas
llamaron la atención del suboficial de semana, un Cabo primero que se ocupaba
de despertarnos a diana, ordenarnos dormir y cumplir con el horario de todas
nuestras actividades. El cabo se acercó a nosotros sigilosamente y me arrebató
la carta de las manos y se dirigió con ella al casino de suboficiales.
Luego de cenar, ya en la cuadra, nos
ordenó que en remera y calzoncillo, listos para dormir, nos paráramos al pie de
la cama mirando hacia donde se encontraba él para que el soldado Di Pascua nos
leyera la carta que le había escrito a su novia. Di Pascua no dudó un instante
en decir que él no había escrito esa carta y el cabo primero dudó menos que Di
Pascua en preguntar por el autor. Di Pascua pronunció mi apellido. Al llamado
del suboficial salí de la formación y me dirigí a donde se encontraba. Lea,
soldado, dijo. Levanté la vista y vi ciento cincuenta pares de ojos formados en
hilera mirando hacia mí y la dificultad de tener que explicar los signos
extraños con los que comenzaban la carta.
Arremetí con buena voz esperando que
el suplicio pasara pronto. Escuchaba risas tímidas al principio y cada vez más
estridentes a medida que avanzaba en el texto. Alcancé a ver en algunas pausas
obligatorias por las risas que tapaban mi voz que algunos soldados se agarraban
de las camas doblados por la tentación. Llegué a la línea divisoria con la
parte poética y personal y me detuve. Me di vuelta mientras los soldados
aplaudían y el cabo primero se secaba las lágrimas producidas por la risa. Le
entregué la carta y ordenó que nos acostáramos para dormir.
El cabo le ordenó a Di Pascua que lo
asistiera con el parte en su dormitorio. Allí conversaron.
-Cómo me hizo reír ese hijo de puta
-comentó el Cabo. -Escribe muy bien, sobre todo la
parte en serio. -¿Hay algo que no leyó? Encendé la
luz para que se levanten todos. -Por favor, mi cabo primero, yo se la
leo pero si se enteran los soldados me van a matar. Y le leyó el texto que faltaba.
A la mañana siguiente nos despertó
con el silbato, nos hizo vestir y tomar los elementos de rancho para salir al
campo a buscar el mate cocido y el pedazo de pan con el que desayunábamos.
Escuché a mis espaldas cuando salía: “Molinari, venga!” -Ordene mi cabo primero! -le dije
parado firme en posición militar. -Me leyeron anoche la parte que no
leyó -me dijo esperando algún comentario que a horas tan tempranas no se me
ocurrió. -A partir de ahora usted va a ser el
que le escriba las cartas a mi novia. Yo le voy a ir contando las situaciones y
usted escribe. -Si, mi Cabo primero. -Salga a desayunar.
Los días siguientes, cuando cumplía
funciones como nuestro suboficial de semana y por alguna razón nunca
justificada nos hacía correr por el campo y tirarnos cuerpo a tierra, yo
caminaba a su lado con un borrador y un bolígrafo tomando nota de las cosas que
me contaba sobre su novia y la familia. Los soldados corrían por el campo
mientras yo escribía. A la tarde redactaba la carta y se la entregaba.
Días más tarde, después de la
formación, me llamaba aparte de y me decía: Matamos. Bien soldado, continúe
así. Al trabajo. No tengo idea cuánto tiempo prosperó
esa relación. Creo que la primera dificultad surgió el día que ella le pidió
una carta y yo ya no era soldado del cuartel.