miércoles, 22 de noviembre de 2006

La Invasión a Hao Pen


En cada visita a las escuelas militares, algún cadete del auditorio me formula la misma pregunta: ¿cómo fue la toma de Hao-Pen? Pareciera ser que prefieren el relato de un corresponsal de guerra a la cronología de los viejos manuales de instrucción. Invariablemente expongo con exactitud los pormenores de aquella hazaña. Fueron tres los factores que determinaron la toma de Hao-Pen aquella mañana de agosto de 1945:La pericia de la oficialidad aliada, la sorpresa y el terremoto que azotó a la isla dos horas antes del desembarco, reduciendo la dotación enemiga de 40000 hombres en 157. No fue fácil para los 60000 soldados que tuvieron como objetivo el Cuartel General de este punto estratégico del imperio nipón llegar hasta él. El aguerrido espíritu de la tropa japonesa y la interminable serie de obstáculos que dejaron a nuestro paso (casas, árboles, autos, todos destruidos y arrojados en nuestro camino con una saña demencial) aplazaron la toma de la unidad militar seis meses. Era casi imposible para nuestros muchachos el desplazamiento en medio de ese caos y, tomando en cuenta que hasta habían modificado el curso de los ríos, nuestros mapas llevaban a los marines una y otra vez a una muerte segura. Donde debía haber un puente se encontraba un precipicio, donde estaba señalado un campo minado se expandía una depresión de arena movediza, donde decía “Cantina” encontrábamos una inmobiliaria.Dije antes pericia de nuestros militares designados en el operativo por la brillante estrategia elaborada por el general Cristopher Sanders en bombardear por aire dos horas y desde los barcos cinco horas y media eludiendo en forma diplomática el protocolo para asentar una cabeza de playa. Del francés Forgiére para rescatar a sus paracaidistas de la ciénaga y del inglés Mc Taylor para encontrar la cantina.Nuestros planes tácticos fueron variando sobre la marcha por ser peligrosos para nuestros muchachos o por inútiles. De nada sirvió la aplicación durante dos semanas de algunos artilugios aprendidos del mariscal Römmel en el desierto cuando consideramos que la batalla iba a realizarse en plena selva y nuestros hombres no entendían el alemán.Para evitar la intercepción de mensajes cambiábamos nuestros códigos cada dos días, táctica que pagamos cara cuando la frase “está en la letrina” dicha al pasar por un operador de radio originó una descarga de artillería que terminó con nuestro hospital de campaña, seis heridos y los cuatro últimos números de Weed-end.Los hai-sei (tábanos de pantano) fueron el primer escollo para nuestros hombres. Al principio dudamos si su clasificación correspondía a simples insectos o a animales salvajes. Aunque sabemos que fue una exageración decir que los aguijones traspasaban los cascos, es certero afirmar que desfiguraban los rostros de nuestros muchachos, inflamándole pómulos y párpados, provocando la muerte de nuestra patrulla expedicionaria cuando al confundirla con el enemigo fue acribillada por la primera línea. El zumbido constante y los permanentes culatazos que se propinaban nuestros soldados para quitarle de la espalda a un compañero algún hai-sei, perturbaron los ánimos del regimiento. Hubo intensos tiroteos por un frasco de repelente y un grupo de infantería entonó durante horas el hit “Vuelve Margarita”. Lo único que los mantenía alejados eran los cigarros del general O’Reilly, aunque el abuso en el empleo de los mismos derivó en una reprimenda de la ONU por considerarlos contra la Convención de Ginebra.Al segundo mes de marcha sin encontrarnos con un solo nipón comenzamos a pensar en su capacidad de camuflaje y si este desplazamiento nuestro no concluiría en una artera emboscada. Realizamos despliegues y repliegues, movimientos circulares, pinzas y centros pasados para desconcertar al enemigo sin ningún resultado evidente.Desde el portaaviones, James Pickimbah nos daba apoyo logístico descargando desde el aire provisiones y pertrechos de guerra aprovechando el poderío de nuestra fuerza aérea. La noche del 7 de noviembre realizamos una práctica de oscurecimiento ante el dato de nuestro servicio de inteligencia de la llegada de aviones enemigos. Escuchamos el ruido de los motores y apagamos todas las luces. El día 8 dimos sepultura a 12 oficiales de la plana mayor, ya que un par de cañones y un jeep arrojados desde al aire cayeron sobre el alero de su tienda de campaña, donde se habían reunido para definir nuestra futura estrategia.Luego de este episodio la tropa se notaba más desalentada que cuando descubrimos los tábanos de pantano. En la mañana siguiente acusamos el primer impacto de nuestro enemigo. En árboles cercanos al campamento encontramos colgados al teniente Holms y al cabo Kerly. Mientras se investigaba cómo pudieron los nipones burlar la guardia y ajusticiar a nuestros hombres, el capitán Federik reportaba el secuestro de su compañía completa, unos 150 soldados que no habían amanecido en sus carpas. El enemigo se había alzado con sus armas y la totalidad de las provisiones para la compañía.Si tomamos en cuenta que llevábamos 3 meses sin contacto con el Pentágono, que desde la fatídica noche del 7 de noviembre no recibimos más apoyo logístico ni las raciones para alimentar a nuestro ejército, el clima de malestar estaba justificado. Intentamos levantar el ánimo de aquellos valientes guerreros de diversas formas y ninguna dio un resultado satisfactorio. Apenas alguna que otra risa en la fiesta de cumpleaños del mayor Wiscoing, alguna que otra canción silbada en el silencio de la noche por uno de los centinelas y los ya rutinarios culatazos para espantar hai-sei.Con ese panorama poco alentador nuestros oficiales eleaboraron el ataque final al que bautizaron “Ventolina Ponja”. En tres flancos compactos rodeamos el cuartel japonés donde un grupo desprevenido de guardias al notar nuestra presencia dejaron de lado sus juegos de naipes para proceder a izar la bandera blanca sin disparar un solo tiro. Más que una rendición creo que deberíamos hablar de bienvenida la de esos 157 hombres emocionados por nuestra llegada. Cualquiera que observase esa escena hubiese apostado a que nuestra tropa de ocupación era una patrulla de la Cruz Roja.Un par de semanas más tarde festejamos ruidosamente nuestra victoria al lograr entender de boca de nuestros prisioneros que Japón se había rendido hacía ya seis meses, plenamente convencidos de que el triunfo se había consolidado gracias a un buen número de gloriosas batallas como la que nosotros habíamos librado.
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