sábado, 17 de enero de 2009

Mi amigo Marcelo Gabella


En feroces circunstancias, de las cuales suelen rescatarse individuos de valor y fieles en las artes de la camaradería, soportando el clima marcial del año 81, que sin oportunas premoniciones nos conduciría al temporal bélico del 82, conocí a un sujeto, estudiante de arquitectura, maestro de profesión, del cual sus documentos personales señalaban como Marcelo Eduardo Gabella.
En el oscuro y tristemente célebre Batallón de Arsenales 601 Esteban De Luca, nos hicimos de un jeep cierta tarde y a los gritos de Dakatari probamos como quien prueba a un potro su resistencia, hasta provocarle una hemorragia de aceite que lo pasaría inevitablemente a mejor vida.
La vida nos fue presentando sus distintas rutas y en más de una oportunidad nos separó.
Cambiamos domicilios, teléfono y con la calvicie algunos rasgos personales.
Hemos llorado sin amargura y reído sin excitación.
Hemos amado con la misma profundidad con que se marcaron nuestras cicatrices.
Jamás nos preguntamos de qué se trata la amistad, los códigos de honor, las incontables muestras de afecto.
Tenìamos nuestros ritos. Nos sentàbamos a beber y pedìamos tres vasos. En el que quedàba libre colocàbamos los relojes de pulsera y asì el que se emborrachaba era el tiempo y asì la vida transcurrìa.
Hay silencios que lo dicen todo y miles de palabras pensadas que no alcanzan a completar la descripción de un milagro.
Este camarada, compañero incondicional de miles de kilómetros de ruta, de líneas de planos, de litros de tinta, de incalculables pasos de la mesa a la barra de un bar imaginario, no conforme con contaminarme con sus incurables señales de amistad, ha pintado un cuadro que refleja una actuación mía, tan especial como él.
Para preservarme del infarto, tuvo la deferencia de mostrármelo inconcluso el día de mi cumpleaños.
Mi hija es amiga de sus hijas como corresponde a las leyes elementales de la física y de las Ciencias del Corazón.
Hemos compartido en estos últimos dos años momentos que a otros les lleva una vida, pasando y repasando como en el cine de barrio de la infancia, recuerdos, fotos familiares, secretos guardados con siete llaves, escenas que deseamos abandonar en el altillo del olvido.
Ahora se ganó con un cuadro tan bello como su persona, un lugar físico en mi casa, como antes se lo ganó en mi corazón.
No quisimos con Martìn, su hermano y tambièn el mìo, que la obra se perdiera sin el conocimiento de la gente, asì que en complicidad con su hija Martina, armamos unos pequeños videos.
En el primero estàn sus cuadros y la preparaciòn de la muestra.
En el segundo lo que la gente fue escribiendo, amigos, vecinos, visitantes ocasionales en un cuaderno que dejamos para tal fin.
Lo extrañamos mucho.




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