viernes, 10 de junio de 2011

Cámaras, cámaras, cámaras

El monólogo que no fue ni será:
Buscando material de otras épocas para ver si enlazaba algún texto al nuevo, me encontré con un monólogo que nunca presenté y que ya en ese entonces se refería a la superpoblación de cámaras en todas partes.





El gran problema del hombre hoy es su incapacidad para adecuarse a los cambios.

Hace unos años mirábamos asombrados como un hombre parecido a nosotros ponía un pié en la Luna para clavar una bandera. Ahora vemos con naturalidad como un hombre se clava a otro hombre en un reality show para llevarse quinientas lucas. Antes nos comíamos los codos por saber lo que pasaba en un túnel de vestuario antes de salir a la cancha. Ahora podemos ver a los jugadores gritar, darse ánimo, insultar al rival, mear, pasarse el jabón, saber si es judío.

La televisión cambió los códigos. Ahora hay cámaras  por todos lados, menos en los lugares imprescindibles como el Congreso o la casa de gobierno. Cámaras ocultas, cámaras de seguridad. Sonría, lo estamos filmando, cartel ubicado en la puerta del excusado donde acabás de sentarte por un retorcimiento intestinal.

Con una diferencia de 2000 años nada más, Gran Hermano hubiese cambiado la Historia de la Humanidad:
“La Ultima Cena”: toma 1. Jesús corta el pan y lo reparte y se escucha una voz en off, parecida a la que creemos que debería tener Dios diciendo: “Pedro, estás nominado” Y la posterior consulta a la platea telespectadora:
·        Si quiere que se vaya Judas debe discar el 0600-111-0001
·        Si quiere que se vaya Pedro el 0600-111-0002.
Y Judas y Pedro en poses raras mirando a cámara con los números de su nominación telefónica debajo de la imagen. Veríamos todas las internas de un hecho clave en la historia universal. María Magdalena que hace lobby para quedarse con las quinientas lucas y los derechos  por las estampitas de Jesús.

Conocemos tipos que tienen una esposa que se hace cómplice con la producción de un programa para jugarle una broma pesada al marido, el cual si el corazón le resiste, pasará a llamarla ex mujer en la próxima tanda publicitaria.

Porque al tipo le pasa de todo: todo el día lo filman cuando le pasan una serie de cosas que no le sucedieron en toda una vida. Se le prende fuego el velador cuando despierta a la mañana, le explota en la cara una taza de café cuando desayuna, se da cuenta que una canilla gotea, llama al plomero y le dejan la casa parecida a una extensión del subte, unos tipos arreglando la calle le convierten el auto a la ley de convertibilidad y se lo dejan hecho una empanada. Le hacen un control de alcoholemia extraños policías y lo exponen a bailar un carnavalito alrededor del auto. Todo esto observado por millones de espectadores que mueren de risa desde sus casas por las brillantes dotes cómicas que tiene el personaje totalmente enajenado.

El público aprende a actuar frente a las cámaras y los actores empiezan a preocuparse porque ellos no. Y se quedan sin laburo y empiezan a hacer de locutores, de conductores, de maestros de ceremonia, de periodistas, de cocineros, de maestros pasteleros. Hasta aparecen revistas que hablan de la vida de los que ayer era gente común de barrio y hoy aparecen filmados encerrados en una casa, en un bar, en una isla.

Un boom que dejó en el olvido los talk shows con las chicas de la noche. ¿Se acuerdan? Una condujo un programa tiempo después pero el rating no alcanzó al número de gente que pasó por su dormitorio. Si la hubiesen visto los amantes era un éxito.

La otra terminó cantando un hit cuyo estribillo era “¿Quién me la puso, quién me la puso? Demostrando que consultar la guía telefónica no la ayudaba porque era amnésica.

Los programas de escándalos con travestis, hijas que reprochaban a sus madres el haberle quitado el novio y obligarlas a lavar la ropa interior de éstos, cuando éstos se quedaban en casa, padres que se quejaban que no le lavaban su ropa interior porque madre e hija se peleaban por la del novio de ambas dos, tíos que violaban a sus sobrinas pero aparecían a cara descubierta, sin capucha, sin ponerse de espaldas, quizás engañados con que era un programa para Estocolmo.

¿A quiénes le van a dar el Martín Fierro este año sino hay actores y si hay público trabajando?

Todo esto se vino dando gradualmente con la aparición de este tipo de programas que se hacen en todo el mundo y nosotros continente colonizado, incorporamos.

Empezamos con un grupo de doce personas que fueron llevados a una isla caribeña a sobrevivir sorteando diferentes pruebas.

Los dividían en grupos, los hacían competir, los filmaban cuando lloraban, conjuraban, pactaban, cortejaban, dormían juntos, se bañaban, se peleaban. Y la gente al otro día comentaba:
“Yo quiero que gane Rosario porque tiene un hijo.”
“Yo que gane Federico porque sabe hacer de todo, no como el inútil de mi marido.”
“Yo quiero que gane Carla porque no se mete con nadie y siempre está arreglada.”

Imaginemos que esto genera un cambio en la cultura. Que todos quieren observar la vida de todos. Que los empresarios montan circuitos cerrados en sus empresas y ven como Fernández pega los mocos debajo del sillón y en las planillas de caja, como Gutiérrez pellizca con disimulo las nalgas de la recepcionista, como los operarios Petrini y Villoldo se besan apasionadamente escondidos detrás de una máquina enfardadora. Y a los que van a echar los nominan para que los integrantes de la firma elijan, pero no por su condición de trabajadores sino por:
·        Peor dicción.
·        Peor beso fingido en cámara.
·        Peor estilo para rascarse el higo.
·        Peor maquillaje.
·        Peor cara de fisura el lunes a la mañana.
·        Peor humor.

Todos intentaríamos mejorar. Cambiaríamos por una cuestión de supervivencia nuestra estética. No haría falta el cartel “Sonría lo estamos filmando”. Todos sabríamos que nos están filmando todo el tiempo.

Grandes congresos familiares a fin de año con nominaciones:
“Ricardito, vos no lo sabías pero instalamos una cámara infrarroja en el velador de tu mesa de luz”
·        Por mirar revistas porno para motivarte antes que salga tu mujer de la ducha.
·        Por insultarla cuando duerme e invocar el nombre de tu suegra, aquí presente.
·        Por la desagradable costumbre de meter la cabeza entre las sábanas cuando despedís un flato.
·        Por hacer el amor con Norma sin pasión y con un fervor y entusiasmo parecido a nuestro Presidente de la sociedad de fomento cuando da un discurso.
·        Por el monólogo del 26 de junio 1.37 horas sobre tu crisis personal.
·        Por nombrar a tu jefe 235 veces en el año cuando no podés argumentando cansancio.
·        Por tus puntos de vista hacia nosotros, tus parientes y nuestra voracidad al comer cuando rara vez nos invitás, vertido la noche del cumpleaños de uno de tus hijos.
·        Porque cuando te llamamos por una emergencia bajaste el volumen de la campanilla del teléfono y seguiste durmiendo como una marmota.
Estás nominado.

Tenés dos meses para cambiar o buscate otra familia cuyas exigencias de casting estén a tu altura.
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