martes, 28 de junio de 2011

Rojo y blanco

Al año y medio mi viejo, un tipo admirable, me llevó por primera vez al Monumental. Era el año 62 y River había obtenido su último título en el 57, trofeo que no volvería a sus vitrinas hasta 1975. 18 años de sequía que no le hicieron perder la condición de seguir siendo como hasta hoy, el club que más  campeonatos ganó en el fútbol argentino.
Mi viejo me contagió genéticamente una pasión por la que siento un orgullo inconmensurable. Me contó una y otra vez las hazañas deportivas y también los momentos de derrota como aquella en Chile con Peñarol donde apareció el mote de "gallinas", porque no se podía comprender como un equipo que bailaba a otro y le ganaba 2 a 0 podía perder 4 a 2.
Desde aquella fecha hasta el 75 vi finales donde todo quedaba en un subcampeonato, donde aparecían los estigmas de los pasos que se adelantó Roma en el penal de Delem, la mano de Gallo salvando un gol sobre la línea y la creencia que su suerte se hizo humo cuando River culminó la tribuna que le faltaba a su estadio y perdió la forma de herradura que hasta entonces irradiaba su suerte de campeón.
Entendí una cultura del juego, lo que algunos llaman paladar negro en este deporte y con él comprendí porqué un plantel se podía retirar derrotado y aplaudido de pie, o ganador y silbado por su parcialidad. Porque el buen juego, el buen gusto en el juego era todo. El equipo jugaba muy bien y perdía y la gente lo aceptaba, pero aún en la victoria no aceptaba que no se tratara al balón como este juego notable se merece.
Por eso creo que River perdió mucho más que una categoría yéndose al descenso, perdió un estilo que empezó en "La Máquina" y se mantuvo a lo largo de los años.
Hoy muchos de los hinchas de River quieren que gane cueste lo que cueste, necesitados por un resultado salvador y no por una congruencia que  hasta podría definirla de ideológica. River salió campeón con Diego Simeone como técnico y no jugaba a nada. Iba a la cancha y me dolían los ojos. El dato más claro y evidente es que al año siguiente ese plantel fue el último del campeonato y donde se inició el punto de partida hacia el descenso a la B.
No somos como nuestros primos que en un partido gritan un gol hecho con la canilla o con la espalda, o de rebote como si fuera el gol de Maradona a los ingleses.
Mi viejo me dio en herencia algo muy saludable. Vivir en carne propia, como si estuviera en el césped con los once que juegan, las alternativas de un partido. Un nerviosismo, un sufrimiento, una exaltación inexplicable que  no se compara con religión alguna.
No pertenezco a esta generación de hinchas que quieren el resultado a toda costa. La historia nos ha enseñado que si un equipo mantiene la buena calidad de su juego, como Velez hoy, a la larga sale campeón y hasta quizás repita.
Si jugás bien, seguramente pelearás el título aunque no lo ganes. Si jugás mal, pelearás por salvarte del descenso.
Muchos hinchas gritaron y aplaudieron actuaciones lamentables. Son también responsables de no exigirle a su plantel, de no reclamarle que respete su tradición y su estirpe.
No me gustan los que se quejan por fallos u errores, arbitrales ya padecimos muchos y no ganamos nada lamentándonos y levantando la voz. Es un deporte de hombres y no de adolescentes chillonas que rodean al árbitro discutiendo cualquier cosa, cuando no se conoce caso alguno, donde un juez ante un reclamo, reconsidere su actitud y cambie el fallo. No jodan. Tampoco quiero dirigentes que golpeen  los escritorios  de las autoridades deportivas porque los resultados para mí se obtienen en el campo de juego.
Ayer lunes, un día después de perder la categoría, se registró el más alto índice de ausentismo laboral. Ese fue el enorme impacto en la numerosa comunidad riverplatense.
Se que a muchos no les cayó la ficha todavía, les parece increíble esta realidad, otros permanecen debajo de una campana sanguchera hasta procesar el duelo y salir a la calle.
Quisiera poder recordar cuántos equipos jugaron como aquel del 96, con el que nos ibamos llenos de toques, pases, juego colectivo, fantasía. En otras épocas, para jugar en River había que tener fundamentalmente buen pie. Hoy solo basta con garra y la voluntad de correr.
Esta derrota de hoy no es la única. La renuncia o el olvido a una tradición que lo distingue mundialmente si.
Hasta hace poco, algunos afirmaban que la buena disposición táctica y el despligue físico hacían ganador a cualquier equipo. Por suerte el Barcelona y la selección de España, volvieron a afirmar que cuando se juega bien, como nos sigue gustando a muchos, se triunfa. Aquellas famosas tres G: ganar, gustar, golear.
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