viernes, 21 de agosto de 2015

No podía ser mejor


A fines de los 80 y principio de los 90, en salas como Liberarte, Oliverio Mate Bar, El Bululú, Remember, Bar el Taller, El Pozo Voluptuoso, El Vitral, Museorock, Después de hora y otras, se veían espectáculos distinguidos. La distinción la conferían la estética, la temática y el bajísimo presupuesto de producción.

Los elencos de aquellos distinguidos espectáculos, rotaban en esos lugares. Y los nombres que aparecían interpretando sus rutinas en ellos, mudaban de un sitio a otro. Carlos Guarnerio, Eduardo Calvo, Pereira & Lumbardini, Alejandro Angelini, Diego Wainstein, Merpin, el Negro Vallejos, Hugo Fili, Marcelo D Andrea, El Bollini Club, Los Kelonios, Tuqui, Los Naftalina, Eduardo Poi, Los Ganzúa,  Los Kijotes, compartíamos camarines, escenarios, el café de algún bar de Corrientes y en noches de buenas gorras, el plato de pastas de Pipo.

Veinticinco artistas de esos grupos se juntaron una vez y armaron algo que se llamó El Comiclú, un espacio de comedia que ofrecía 5 rutinas por noche. Fue en la sala de ATE, en el año 1994 y sin que lo imagináramos se convirtió en una señal luminosa de lo que vendría años más tarde.

Muchos de estos tipos por afinidad humorística, por frecuencia emocional, se hicieron amigos. Con varios de ellos hemos compartido horas de risas y buen vino. La vida y las decisiones nos llevaron por caminos diferentes, pero anduvimos siempre transitando barrios parecidos. Algunos se afianzaron en el stand up, otros tomaron un sendero más próximo al mundo del teatro, pero conservando el mejor recuerdo de aquellas maratones donde salíamos de actuar en un lugar para ir a otro.

Hugo Fili cumplió años exactamente el miércoles 20 de agosto. En una sala que tiene algunos meses en Palermo, Sergio Lumbardini, su socio y escudero personal, organizó su cumpleaños invitando a amigos y humoristas desde aquellos primeros tiempos hasta hoy. La consigna era interpretar un chiste del homenajeado y hacer una rutina propia de cinco minutos.

Si resulta una tarea infructuosa narrar lo que sucedía en los camarines, imagínese, amigo lector, qué sucede con lo que se  ha visto en el escenario.

No se filmó, así que la palabra irrepetible se cumple de manera cabal. Queda  en el recuerdo de  quienes estuvimos esa noche en el escenario y los que tuvieron la fortuna de haberse decidido a ir.

Hay detalles que realzan el nivel del evento. Uno de ellos es la camaradería  y la  admiración por el trabajo de los colegas. El otro es que también probaron sus rutinas monologuistas que están haciendo sus primeras armas. Acá no hay temas de cartel. Si hacés reír, pertenecés al club.

Las imágenes son simbólicas. De aquellos viejos tiempos hay pocos registros. No existían las cámaras digitales ni los celulares que podés utilizar como filmadora o microondas para calentarte el sandwich.

Hubo algunos guiños internos para el homenajeado. Martín Rocco trajo chistes de un monólogo de Hugo que  tiene en VHS, instrumento paleolítico del 94, un vintage, según lo definió. Yo usé mi vestuario de médico cirujano como en los tiempos  en que compartíamos con Hugo  el escenario de El Bululú. Su amigo, Sergio Lumbardini, le regaló, además de la torta que preparó Déborah, esposa de Sergio, una rutina maravillosa de Jerry Lewis (uno de los ídolos de Fili) donde el maestro tipeaba una carta en el aire con una imaginaria máquina de escribir.


Fue una maratón, como aquellas, sin moverse de ese sitio. O moviéndose hacia el pasado y hacia el futuro como los grandes  novelistas.

Algunas del camarín










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