sábado, 23 de enero de 2010

Fiel compañera. Una maravilla de la invención humana.
Una tarde de invierno de 1979, mi tía Clara me sorprendió con ella envuelta en su formidable maleta para llevarla a todas partes, como una notebook aunque con la ventaja que no necesita corriente eléctrica para trabajar.
Y empezó a acompañarme a escribir, me condujo a otros lugares que a su vez me llevaron a mi a otros destinos.
Sobre ella pude tipear febrilmente durante semanas los ejercicios literarios que Humberto Constantini y su taller convertían en cuentos.
Supongo que debe ser lo mismo para los pianistas. No se siente lo mismo tocando un piano eléctrico que uno acústico. Es una analogía tonta, pero escribir con una máquina no es lo mismo que sobre computadora. El sonido de las letras estampándose sobre el papel apoyado en el rodillo confieren a cualquier texto en otra liturgia.
Mi Olivetti Lettera 32. Y se percibe cuando entramos en calor y la redacción tiene un ritmo que no se interrumpe. Y se siente muy profundo cuando ese ritmo se quiebra ante un error o frente a una idea nueva que se interpone en el relato.
Viajó conmigo unas vacaciones a Uruguay para que pudiese terminar Disparates. Escribió conmigo los primeros espectáculos, soportó perder el aliento por textos cuyo destino era el Cajón de los bodrios, como decía el maestro.
Escribió cartas que pudieron encenderse en llamas.
Suelo sacarla del estuche para escribir a altas horas. La ubico en la mesa del living con el amor que se merece. Luego, al llegar al final de la carilla, saco la hoja y corrijo a mano sobre el texto.
Me preocupa pensar que a alguien se le ocurra un día dejar de fabricar las cintas.
Me gusta creer que los sonidos del impacto de los tipos sobre el rodillo es un dictado que a veces interpreto.

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