sábado, 28 de agosto de 2010

Los regalos


Yo entiendo que no es fácil, no señor. Yo también paso por ese trance cuando llega un cumpleaños y tengo que elegir que comprar para el homenajeado, sobre todo si la persona no es un amigo, si tengo que pensar que le puede gustar, calzar en el cuerpo o lucir. Y sobre todo sufro en las fiestas, que siempre corro a último momento contra reloj para conseguir los regalos del árbol navideño.
Pero hay que hacer una pausa y pensar que no está bien regalarle una peineta a una mujer calva, un dvd a un ciego, un piano a un manco, tener una idea aproximada de la utilidad del regalo.
Y están los otros obsequios, esos que son un compromiso para que los recibe porque tiene que pensar dónde colocarlo, qué hacer con él o con qué tipo de combustible arderá mas rápidamente.
Observen estos simpáticos caballitos de la foto.
Hay ciertos adornos orientales que uno jamás colgaría en su casa, porque no hay onda para las cortinas con colgantes o esos faroles blancos y rojos. ¿Qué hacer con estos caballitos, por ejemplo, cuando uno no es dueño de un stud, ni es del campo, ni posee una caballeriza, ni practica equitación, ni pato, ni polo, ni es cartonero y la última vez que vio un caballo fue en la calesita del barrio?
Uno debe agradecer lo que se le ofrenda y tomar un problema. Porque quizás el que los regala espera verlo sobre un mueble, una repisa, al lado del teléfono cuando viene de visita. Y el que lo recibe tiene que pensar que hay otras visitas que llegan a la casa y explicarles porqué tiene a esos dos simpáticos caballitos sobre la biblioteca.
Uno podría responder que es un regalo. Un caballito que nos hace acordar a otros caballitos que no corren por el campo, ni relinchan, ni galopan pero que a veces salen de compras.
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