miércoles, 27 de junio de 2012

La presentación


Fijó la vista en la imagen que le devolvía el espejo y se concentró en el nudo de la corbata con el mismo esmero que puso en los últimos seis meses al proyecto que en menos de dos horas presentaría a toda la Compañía en un hotel céntrico, mientras sus hijos y su familia se desplazaban por la casa, ruidosos como un batallón de infantería, cómplices y socios de los acontecimientos que durante horas en las últimas cenas fue motivo central de conversación y planeamiento. Los dedos torpes lo estaban complicando en la tarea y como tantas otras veces convirtió la situación llevándola a otro contexto, comparándola mentalmente con una empleada de una tienda de lujo que acaba de vender la pieza de joyería más valiosa y no puede terminar con el moño que envuelve el paquete ya terminado. Era quizás ésta una deformación profesional, un estilo grabado a fuego de un recurso pedagógico para alinear a sus subornidados a sus ideas y conceptos, experimentando en carne propia que sin control ni meditación alguna, ese estilo puede ejercer mayor presión que consuelo a una situación desafortunada.

Alfredo Miguens llegó a la compañía con pequeños pasos de un camino que había empezado a recorrer en otras con puestos medianos, donde solo eran necesarios sus conocimientos contables, su visión en números fríos del delicado equilibrio de un balance, de la toma de decisiones para invertir en un proyecto o desestimarlo, teniendo al comienzo la responsabilidad sobre un departamento especifico y ahora sobre toda la estructura de una filial de una corporación internacional.

No había sido la suya una carrera meteórica ni tampoco cumplía con una alta demanda de sacrificio. La contabilidad le ayudó a encontrar siempre redituable la elección de los colaboradores claves, balanceando costos con beneficios en los años en que fue forjando una posición de mando cada vez más encumbrada. Había aprendido a escuchar y a decidir sobre lo que escuchaba y solo exigía en sus equipos de trabajo lealtad y compromiso, dos pilares que consideraba fundamentales, y cuando uno de ellos se debilitaba, en forma proporcional se debilitaba su interés, tomando esa relación, después de la decepción, el camino de la trinchera opuesta donde se aprontan para el ataque los enemigos. Entre sus íntimos, en esos momentos, no solo endurecía su intransigencia, sino que además adoptaba un vocabulario plagado de reseñas militares.

En el piso inferior, su mujer, Lucía, lidiaba con un hijo adolescente que consideraba estúpido ponerse un traje, un varón un par de años menor, al que había que sacar a la fuerza del baño y una hija de seis sobre la que tenía que estar encima para evitar que se dispersara y no llegara a estar lista para salir. Sabía que tenía un reloj funcionando en su dormitorio, un reloj que en estos momentos luchaba con el nudo de una corbata y que por su obsesión y cuidado de los detalles partiría para el hotel donde se haría la convención de la compañía una hora antes con el solo propósito de no dejar nada librado al azar y ultimar todos los detalles de organización.

Lucia pensaba sin haberlo expresado nunca, que estos últimos meses de agitación y desconciertos estaban llegando a su fin. Buscó refugio en su empresa particular, puso en ella su energía para evitar involucrarse demasiado en los proyectos de su marido y perder autonomía, depender de sus estados de ánimo, de su aire de ausencia de los últimos meses, ocuparse de sus proyectos tan a fondo como él, cuando ni bien terminada la sobremesa familiar de las cenas, huía a conectarse a Internet y desde allí a su mundo de planes, proyectos y decisiones empresariales.

En los primeros tiempos la Notebook era parte de la escenografía de la mesa, pero luego Alfredo armó su espacio en una habitación a la que le confirió carácter de escritorio personal y donde la entrada está vedada a todo el grupo familiar. Solo la empleada podía entrar en ella para la limpieza un par de veces a la semana y con la premisa de limpiar sin modificar el orden de ninguna carpeta, ningún libro, ningún papel. En este aspecto de organización familiar, la casa no se distanciaba de los métodos que Alfredo aplicaba en la empresa, una idea, una consigna y un brazo ejecutor para llevarla a cabo y mantenerla. Lucía en silencio, lo entendía claramente y lo compartía.

Sobre la mesa de luz estaban alineados tres relojes de pulsera esperando una dilatada elección definitiva. Una vista general al traje, la camisa y la corbata serían claves para la decisión final de cuál de los tres usar. Alfredo siempre buscaba una visión panorámica de las situaciones o de los escenarios y sabía que cuando se dirigiera hacia la mesa de luz para levantar el reloj y ajustarlo a la muñeca izquierda, seguiría dudando entre su predilecto y el que le había regalado el gerente regional cuando la filial alcanzó los objetivos del año anterior. Sabía que Schwartz era un observador y reparaba en esos detalles. Imaginaba su sonrisa cuando notara su elección para esta velada, pero también repasaba mentalmente en qué momentos usó ese reloj, en qué circunstancias y cómo, cuáles habían sido sus poderes como talismán en esas ocasiones. Había decidido hacía unos años atrás dejar de usar un bolígrafo con el que había firmado una decisión cuyo resultado no había sido el esperado.

En la cama el maletín estaba abierto y al costado de éste un cd que contenía un video de la compañía antes que él asumiera como gerente general y una presentación en diapositivas de su plan de trabajo, los cambios en la estructura de la organización, la proyección, el plan estratégico para los próximos tres años y una serie de premios para los puestos gerenciales si la compañía alcanzaba los objetivos estipulados para el ejercicio del año.

Acostumbrado a formar imágenes de la empresa con estilo radiográfico, siempre se nutrió de los comentarios de sus colaboradores, aún haciendo equilibrio sobre un manto de sospecha que lo mantenía alerta, no solo pesaban los informes oficiales, les daba un crédito significativo a los comentarios de pasillo, a los chismes, a las situaciones que se generaban por conflictos personales, pero que pintaban de cuerpo entero la falta de profesionalismo de los involucrados en ella, a lo que notaba en las actividades deportivas semanales, donde el comportamiento en el vestuario era tan representativo como el que observaba en el campo de juego. Muy a su pesar tuvo que reconocer para sí mismo, sin llegar a confesarlo ni siquiera a sus más íntimos amigos, que un porcentaje alto de los cambios que se generaron en la esfera del personal jerárquico comenzaron siete meses antes, cuando la secretaria del gerente financiero pidió hablar con él a solas después de hora y en privado.

El pedido de reunión fue en un primer momento desconcertante, aún hoy recuerda que la llamada entró en forma directa a su teléfono sin pasar por su secretaria y por fuera de modificarle la planificación de la agenda del día y los minutos que dedicaría a los correos del exterior con informes, despertó en él una intriga bien alimentada por el tono de voz que percibió al levantar el auricular y responder.

Desde hacía unos meses había machacado a todo el staff con la tenacidad de un herrero forjando el hierro caliente sobre el yunque, que la tecnología tenía el ambiguo sentido de asistirnos, como el cruel destino de desnudar nuestras debilidades y exponerlas públicamente. No hubo quién en todo el personal haya coincidido con otra persona en la interpretación de ésa frase. Fue inevitable que el concepto generara una atmósfera de desconcierto, sospecha o tensión, como la que se cernía sobre la gente cuando después del mediodía se escuchaba en toda la oficiana música clásica anticipando uno o varios despidos.

La secretaria del gerente financiero no despertaba en Alfredo la confianza que él consideraba necesaria y le preocupaba que luego de dos años sin conflictos en el área que éste lideraba, se haya iniciado algún otro incidente, cuyas causas no habían llegado a sus oídos, como para que pudiera actuar como él le gustaba: anticipándose.

Fabián Haffner, el joven y talentoso gerente financiero, había demostrado ya su capacidad en varios ciclos difíciles de la empresa, sobresaliendo por la brillantez de sus ideas para capear distintas crisis que se generaban por factores políticos externos, acompañando las estrategias comerciales de la compañía y por la rapidez con que adaptaba sus sistemas, los riesgos que corría a nivel crediticio o la búsqueda de metálico en los bancos, especulando con la fluctuación de las tasas de interés.

Alfredo Miguens comenzó a observar su destreza cuando lideró la transformación de la filial brasilera. El aplomo para surfear tres crisis en un período muy corto le hicieron ganar a base de inteligencia y sangre fría, un lugar de respeto y en el que Alfredo se sentía seguro. El hábito de medir los pro y los contra de cada perfil de sus allegados y la obsesión por anticiparse a posibles focos de conflicto, fueron por enésima vez los factores que lo obligaron a pensar durante días y en detalle, la estrategia que utilizaría para evitar que dentro de la empresa la imagen de Haffner comenzara a mostrar fisuras y se pusiera en riesgo el clima armónico que mucho le costó conseguir luego de una sangrienta y extenuante reestructuración.

Se sabía  que Haffner tenía todas las características de hombre de la noche, cierto atrevimiento que jugaba a su favor a la hora de decidir correr riesgos empresariales y un buen número de detalles que despertaban todo tipo de comentarios dentro del personal. Aunque no ostentaba y se cuidaba de que lo vieran, todo el mundo sabía que sus autos se actualizaban frecuentemente, pese a que jamás, ni aún lloviendo, lo dejase en el garaje de la empresa, que muchas mañanas llegaba con señales inequívocas en el semblante de no haber dormido, sus tres celulares siempre dispuestos abrochados al cinturón, las respuestas cortas en voz baja a llamados imprevistos en medio de reuniones.

Un par de años antes, la gente de Sistemas, tuvo que actualizar los servidores y configurar toda las notebooks de la Plana Mayor. La voz del gerente del Área de Sistemas fue clara y concisa en el celular de Alfredo, “vos sabès como es la política con el uso del sistema. Yo debería reportar que la máquina de Haffner tiene vínculos a decenas de páginas de pornografía y escorts en horarios de trabajo. Lo dejo en tus manos.”

Miguens planificó la charla  con su gerente durante dos días, y ya conforme con los ensayos y salvaguardando las posibles réplicas y evasivas, al final de un partido de squash en el que se dejó vencer para que el ánimo de su adversario estuviese en el nivel adecuado, avanzó con un “no me meto en la vida personal de la gente, siempre y cuando sus elecciones privadas no afecten a la empresa”. La sonrisa de Haffner se desmoronó en un suspiro y luego de una pausa que parecía interminable, disparó a quemarropa “Sistemas reportó que tu máquina tiene acceso a material pornográfico y quiero resolver con vos, por lo que representás en mi equipo,  como seguimos, porque cuando en una empresa como ésta, lo que se presume un secreto, lo saben dos, de allí a mil no hay escalas”

El segundo whisky catapultó el ardid y dos días más tarde Haffner era asaltado y despojado de su computadora con violencia. La nueva estaría limpia y para siempre. Punto final para un episodio que hubiese originado consecuencias desestimadas en el más complejo de los planes. “Siempre que dejás un rastro o una puerta sin cerrar, todo plan maquilla y disimula las fisuras que minarán tarde o temprano su estructura”. Luego guiñó un ojo sin un rasgo de malicia, lo que podría interpretarse como me debés una, te obsequio generosamente mi perdón o te aconsejo de acuerdo a mi experiencia.

Tuvo presente la imagen de la puerta cerrada cuando Romina, la secretaria del gerente financiero, entró en su oficina lo saludó y bajó la mirada. En la mente ágil de Miguens titiló la palabra confesión pero prefirió tomarse un tiempo, dar la espalda con rumbo a la cafetera y ofrecerle algo de beber que fue correspondido con un “no gracias” apenas perceptible, dándose tiempo para revolver el café y pensar si era conveniente mantener la puerta abierta para transmitir con una acción transparencia, aquí no hay secretos, mi oficina es de puertas abiertas, aunque no sea lo habitual, ver a esta chica aquí, es como cualquier reunión con cualquier empleado, o cerrarla, para propiciar la privacidad suficiente para que lo que venía dispuesta a decir fluyera naturalmente, y fue su habilidad para detectar detalles imperceptibles, como el de los ojos de Romina intentando cubrir el espacio que quedaba a sus espaldas, un poco incómoda, frotándose nerviosamente las manos, lo que lo decidió a caminar hasta la puerta y cerrarla delicadamente. El sonido del pestillo fue un disparador automático para que ella aflojase su posición corporal.

Comenzaron la conversación hablando de la comodidad de las oficinas, de los cambios, del buen clima general, del café que dejó de ser petróleo y se distendieron. No la había observado antes. Era atractiva. Y tenía una sonrisa seductora, conversación fluida, se vestía elegantemente y Miguens se recostó sobre el sillón y se llevó la taza a la boca apoyando los codos en el apoyabrazos, y notó que ella, en perfecto espejo, un segundo después, alejó la silla levemente del escritorio y cruzó las piernas también recostándose sobre espaldar, diciendo sin dejar de sonreír, ahora un poco nerviosa, “lo que vengo a decirle no es fácil para mi. Me siento muy bien con mi trabajo, pongo mucha energía en lo que hago, porque lo disfruto realmente, pero quiero confiarle que últimamente estoy pensando en dejar este empleo”. Su rostro volvió a mudar con una expresión sombría. “¿Vino a hablarme de un aumento sin conversarlo con su jefe?”. “No señor, no es mi estilo. Vengo a hablarde de algo más delicado”. “Me sorprende y no veo que puede ser lo que no funcione para que usted piense en renunciar”. “Voy a ser directa”. “Se lo voy a agradecer”. Una paloma los sobresaltó estrellándose contra los vidrios espejados de la oficina. “La seguridad del edificio se está tomando las cosas muy a pecho”, se animó a bromear Miguens. Ella sonrió. “En el último cierre mensual, mi jefe y yo nos quedamos conciliando unas diferencias hasta muy tarde”. Hizo una pausa y lo miró como si esperase que él prosiguiera el relato. El respondió con un ademán invitándola a continuar. “No quedaba nadie en la oficina y en un momento, como si fuera lo más natural del mundo, él se levantó de su silla, rodeó el escritorio, se colocó a mis espaldas y me dió un beso en el cuello. Me levanté entre sorprendida e indignada. La escena se puso peor porque intentó abrazarme y viendo mi reacción, tomó distancia y me pidió disculpas”. Romina bajó la vista y se miró las manos. “Me dijo que se había confundido y que no volvería a pasar. Nos fuimos como si nada sucediera. Bajamos en distintos ascensores pero nos volvimos a encontrar en el subsuelo, cada uno caminando para su auto y la verdad, es que ahí tuve más miedo que en la oficina, pero no hizo nada, cada uno a su auto. Creí que todo terminaría allí pero en los días siguientes fue peor”. Abrió su celular y comenzó a buscar información. “Recibí más de cien mensajes de texto de distinto tono, algunos amenazadores”. Hizo un silencio y se llevó la mano libre al rostro y sollozó. “Por favor, Romina, calmese”, dijo Miguens sin moverse de su sillón. “Déjeme pensar como resuelvo esta situación tan”. Lo angustió un poco no encontrar la palabra adecuada, certera, la que lo sacara como un salvavidas de ésta zozobra, mientras en la oficina se retiraban los últimos empleados y él no quería que ella saliera en ése estado para que los pocos que quedaban la vieran, que comience el rumor interno. “¿Sabe alguien más de esta situación?”. Ella negó con la cabeza. “Mejor así. Déjelo en mis manos y esperemos que encuentre la respuesta que usted se merece”

Romina se retiró en silencio, sin saludarlo y Miguens se incorporó buscando respuestas a través del vidrio que desde el piso once miraba a la avenida. Había comenzado a llover. Se preguntó cómo pudo estar fuera de este enredo, se reprochó el exceso de concentración en el proyecto durante los últimos meses, como para quedarse dormido dentro de un frasco y no notar este malestar interno, este preocupante clima que debe ser comidilla de toda la administración, esta rabia que germina en su interior, forjada por un sentimiento de traición, de alta traición de uno de sus oficiales de confianza y mascullando sus errores, repasando mentalmente el comportamiento de Haffner, notaba ahora, en éste instante, que en las últimas semanas habían hablado solo de la estrategia, de la rentabilidad, de la rotación de inventario, del aumento de los costos en la importación pero no de temas personales, ni de encuentros fuera de la oficina. Colocándose el saco para salir pensó en un partido de golf.

Cuando Alfredo Miguens abandonaba en su automóvil el garage de las oficinas, envuelto en una atmósfera musical que lo ayudara a pensar y relajarse, elección que le llevó unos segundos, programando la  limpieza de la mente para llamar a su casa y anunciar el comienzo de la vuelta al hogar, observó que Romina, en la vereda, luchaba con un paraguas que el viento le impedía dominar. Quiso ser cortés y bajó el vidrio de su ventanilla para llamarla pero el ruido de la calle lo obligó a tocar la bocina y esperar que con sorpresa, ella le devolviera la mirada. “Permítame que la acerque a alguna parte”. Ella no dudó. Cerró el paraguas con esfuerzo y completamente empapada por la lluvia que ahora arreciaba, se metió en el auto. “Estoy sin auto por unos días y justo hoy, esta tormenta”. “Este clima no se planifica, se soporta”. Ella sonrió. Miguens calculó rápidamente que si la acercaba hasta la primer estación de subte serían unos quince minutos de diálogo, donde debía cuidarse de no volver al tema que los había reunido en su oficina, para poder observar y medir mejor qué tipo de persona estaba sentada a su lado, una conflictiva, una oportunista, una trepadora, una fabuladora. No tomó en cuenta el caos en el tráfico agravado por la tormenta.

Ella lidiaba con la ropa y el cabello, él acompañaba sus movimientos disimuladamente, aparentando concentrarse en la conducción del auto, atascado en la avenida junto a cientos de automovilistas que perdían la paciencia haciendo sonar sus bocinas. La escena de la que formaban parte, los condujo naturalmente a conversar sobre el caos de la ciudad, la tranquila vida del Interior, las cosas simples de la vida que se aprecian de otra manera, fuera de los centros de consumo. Aislados en ese microclima particular, fueron soltándose, quitándose las armaduras que el trato laboral impone con sus reglas y sus modos, sus  distancias, se sonrieron, se observaron en otra dimensión de espacio, protegidos del mundo que los rodeaba por la intimidad del coche, guarnecidos del ruido exterior.

Ella respondió a un comentario con una sonrisa y cruzó las piernas con naturalidad, él percibió que el tono de su voz había cambiado y la erupción de un calor intenso que creyó disipar activando el aire acondicionado, pero se dejó llevar por un camino que ya no dominaba a su voluntad, como tampoco podía dominar que en cada comentario de Romina  la vista buscara la abertura de los primeros botones de su blusa y unas curvas apenas disimuladas por la oscuridad del interior del auto. “Nunca nos dimos tiempo para conocernos”, se animó a decir Miguens, “Nunca hubo oportunidad”, respondió ella sonriendo. “Aprendí que no todos los primeros impulsos tienen porqué significar algo”. Ella hizo una pausa, giró su cabeza hacia la ventanilla como si algo hubiese llamado su atención y luego se volvió al él “Creo que algunas cosas suceden solo en momentos. Hoy tengo otra imagen tuya”.

La proximidad ya no era solo física. Cuando Miguens escuchó la palabra “tuya” sintió el impacto de un cristal contra  el suelo, y ante él se abrieron todas las acepciones y significados que esa palabra representaba. No esperaba al mirarla, encontrarse con una sonrisa distinta a las que hasta entonces ella le había concedido. Quizás fue un cambio de posición corporal pretendiendo acomodarse, pero para su sorpesa las piernas de Romina se colocaron de costado y sintió o creyó sentir que su mano apoyada sobre la palanca de cambios la rozaba sutilmente. Colocó la señal de giro y encolumnó el auto en otro carril como para doblar “Salgamos de este lío” y bruscamente dobló por una calle lateral sin importarle los bocinazos provocados por la maniobra a sus espaldas. Había perdido el control de los pensamientos que disparaban su acción. La calle que eligió para salir del embotellamiento no era de un tránsito fluido y tuvo que volver a detenerse y recién allí pensó que estaba entrando en un terreno que no dominaba, que no estaba planificado y el silencio, la falta de palabras, lo ponía más incómodo. Ella sugirió como al pasar sino era mejor detenerse en algún lugar a esperar que el tráfico se normalice un poco. “No conozco mucho esta zona para elegir un lugar”. “Decime que tipo de lugar buscamos y sugiero”. La pérdida del control de la situación lo alteró lo suficiente como para hacer sonar la caja de cambios. Ella aseguró la estocada y sin darle tiempo a reaccionar colocó su mano suavemente sobre la de él, “Tranqui. ¿Estás apurado?” Cuando ella quitó su mano, él deslizó la suya y la apoyó en su pierna. Ella sonrió. Una nueva maniobra brusca y el auto se metió en un estacionamiento. Bajó la ventanilla para tomar el ticket y sin pronunciar una  sola palabra subió el auto al último nivel, un espacio de unos cincuenta metros de profundidad donde solo había tres coches estacionados. Detuvo en el lugar más alejado de la rampa de acceso. Apagó el motor, pasó su brazo por detrás del cuello de Romina y la besó desesperadamente. Ella respondió aprisionándolo de la cintura y dejó que su mano, mientras se besaban frenéticamente, comprobara al tacto el estado de excitación de Miguens, en una intensa, alocada sucesión de torpes movimientos, se entrelazaron, ajenos al mundo que los rodeaba y amparados por los empañados vidrios del auto, ella se montó sobre Miguens desabrochándose la camisa.

Las semanas siguientes se poblaron de encuentros furtivos en distintos lugares de la ciudad y un fin de semana largo, con la excusa de tener que organizar una  convención, Miguens dejó que su familia partiera hacia la costa para internarse con Romina en una isla del Paraná, a dos horas de lancha, impulsado hacia un espiral de absoluto desenfreno por esa sensación de vértigo y peligro que desencajó todas sus formas, potenció sus ideas innovadoras, descomprimió el peso de la responsabilidad que su cargo ameritaba. Ese coctail, esa dosis de adrenalina, humanizaron su conducta robótica, quitaron sus mordazas, lo hicieron sentirse mucho más joven, absoluta y genuinamente invencible, mejoró la calidad de su tiempo con la familia, porque en cada regreso, luego de encontrarse con Romina, la culpa le mordisqueaba la nuca.

Cuando percibió que el riesgo se había vuelto inmanejable y que un rumor en la oficina comenzaba a intoxicar el ambiente, que algunas preguntas de sus allegados les resultaban capciosas, habló con colegas de otras compañías para propiciar una salida decorosa para su amante, asegurándole una posición con condiciones ventajosas, sin tener que exagerar en virtudes, porque su eficiencia era incuestionable, calculando que la distancia contribuiría al final de la relación paulatinamente, y que cada encuentro, cada vez más esporádico, tendría como único diálogo el simple lenguaje de los cuerpos, libre de temas ligados a situaciones personales, cuestiones familiares, llamados y mensajes de textos en momentos inoportunos que pudiesen generar sospechas en su mujer, que tiñeran de alguna manera su encumbrada performance profesional. Había vuelto, como la marea, a su nivel, había anclado nuevamente en sus viejos tics y a sus cálculos de beneficios en la toma de decisiones, un estadío manso y con la grata sorpresa que el desenlace de esta relación era inimaginable para él en aquellos primeros tiempos en que la pasión devoraba hasta la vigilia.

Alfredo Miguens conducía ajeno a las peleas de sus hijos dentro del automóvil ya los comentarios de su esposa, concentrado en las caras que iban apareciendo en su mente, las que estarían cerca de la tarima y sonreirían con inequívoca señal de aprobación, el directorio regional completo, con sus respectivas esposas a su lado, los que viajaron para comprobar su buen tino en la elección para encabezar la filial argentina. Desfilaron también en otro espacio y con otras luces, sus viejos adversarios, los que intentaron desbancarlo, los traidores, a quienes se anticipó como buen jugador de ajedrez varios movimientos antes, los ausentes como su padre, con el que no podría compartir este instante de gloria, sus hermanos, los pasos que no contaría desde la mesa familiar al escenario, el instante de duda, si todo estaba en su sitio y de acuerdo a lo planeado, el último ajuste a los detalles antes de proyectar en la pantalla las diapositivas con los cuadros financieros de la compañía hasta el día de hoy y la proyección para los próximos años, el vaso de agua a la izquierda, las marcas en el papel para no tener que usar los lentes que tanto lo avejentaban y seguir el plan que se había trazado para su discurso en los ensayos, aclarar la garganta antes de hablar, alejado del micrófono que luego acercaría sin probar, pulsando el control remoto para que los slides se sucedieran a tiempo y al compás de las palabras claves, elegidas oportunamente para resaltar la raíz del mensaje, y un primer murmullo en la platea que lo distrae, un silencio que parece no obedecer a la atención y a la escucha de los presentes, su asistente le hace una seña que Miguens no comprende y no quiere distraerse mas para no trastabillar y transmitir inseguridad, toma aire para impulsarse y volver a arremeter con énfasis, de espaldas a una pantalla que en el vértice inferior derecho hace unos segundos anunció “Romina inició sesión en Messenger”, porque cuidados todos los detalles y creyendo que se notaba desde el público el sudor que infructuosamente intentaba disimular, tratando de escucharse y escuchar los comentarios y entender porqué su asistente buscaba la forma de subir al estrado, porqué su esposa se levantaba de la mesa y abandonaba el salón, porqué la gente, luego del murmullo ha enmudecido, se da vuelta para mirar la pantalla ante el gesto de sorpresa de los invitados con los ojos fijos en ella, y allí Miguens puede leer un mensaje insistente que se repite: “Dice Romina: tengo ganas de tenerla en la boca. ¿Me sugerís que hago?”
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