sábado, 18 de agosto de 2012

Mensajes

Leyó el asunto y cientos de aguijones comenzaron a perforar su espalda, un remolino en la boca del estómago y una puntada fueron las señales que precedían al sudor en las manos y las palpitaciones.
En un tono impersonal, frío, sin que mediaran frases reparadoras, le anunciaban que ya no pertenecía al estudio y que su liquidación final estaba lista para que pasara a retirarla por la administración.
Esta semana en su vida acompañó al clima en Buenos Aires y la lluvia anticipó el llanto de Paula, los truenos, sus errores en evidencia en la oficina de su jefe y el mismo granizo que decoró su auto asemejándolo a un papel húmedo y arrugado, las discusiones en casa, y ese discurso cruel, escuchado en la entrada de la cocina que narraba la película de sus últimos tiempos y el no puedo seguirte en esta locura porque dejaste de ser el tipo de quien me enamoré.
No era consciente de la lluvia que lo empapaba y opacaba la pantalla del celular, que ahora indicaba la recepción de un mensaje de texto, mientras él, como una isla, parado en la esquina, inmóvil, volvía a entrar en otro cono de sombra y angustia, pensando que las desgracias no vienen solas, oprimiendo el ícono de abrir con vértigo, intuyendo que las primeras palabras que leería serían huérfanas de emoción y sentimiento, de los gestos amorosos de otros tiempos, cuando dio el paso hacia la acera.
Las lágrimas se mezclaban y confundían con la lluvia, los sonidos de la calle venían de otro mundo.
Fue un ruido seco al que le siguieron algunos gritos de espanto. Quedó tendido a varios metros de la senda peatonal, con los ojos abiertos y las piernas contraídas hacia un costado. Su celular aún encendido voló a algunos metros con el mensaje de texto abierto cuando alguien lo recogió del pavimento.
Nadie supo si había alcanzado a leer el texto completo, hasta las palabras te amo.
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