sábado, 18 de mayo de 2013

Murió el Cuco


Lo alcanzó la muerte, como antes la justicia, sin que pudiera entender que no era Dios, que decidir entre la vida y cómo sería la muerte de las personas no lo convirtieron en otra cosa que un asesino, uno de los más macabros asesinos. Murió. Murió creyendo haber sido importante para su Patria, cuando en realidad fue solamente el eficiente mayordomo de un poder que se ocupó de formarlo y destacarlo como buen alumno en la Doctrina de Seguridad Nacional norteamericana  y la Escuela Francesa de la guerra contra Argelia, para tener el camino libre para llevar a cabo un plan con fines económicos.

Murió Videla. Lo dicen los diarios hoy y lo comunicaron los medios durante el día de ayer. Murió en  una cárcel común. El guardia, desde su celda, pidió la asistencia de un médico porque no respondía. Padecía de hipercolesterolemia, hipertensión, arritmia y cáncer de próstata. Lo encontraron sentado en el inodoro de su celda, cerca de su origen.

Hay que explicarle a los jóvenes que no padecieron su tiempo en el poder quien fue. Hay que decirles, contarles qué hizo, que plan siniestro llevó a cabo, incluso aquellos que jamás les provocamos a nuestros hijos miedo con la oscuridad y con el Cuco, aunque esté bien demostrado que estos dos existen, porque éste que murió representa perfectamente al monstruo y su mandato, sus órdenes, sus miserias, la parte más oscura de la naturaleza humana.

Los hechos necesitan proyección para hacer historia. Hay quienes en este país y en el mundo escribirán en sus libros su nombre y apellido rodeado de otras circunstancias, en otra lectura, en otro contexto, como escriben algunos sobre Hitler, Papá Doc, Pinochet. No le demos espacio, contemos lo que vimos, que no quede en el olvido lo que pueden hacer seres despreciables como él, gente sin alma.

Mi maestro de historia, me hizo escuchar una tarde un disco de un show de Sabina que tenía la canción de despedida al cortejo fúnebre de un dictador como Franco, especialmente reservado, como se reserva un champán para momentos como éste. Pero no es necesario. No es necesario darle un lugar de importancia a esta muerte. Hay que darle un lugar y preponderancia a lo que Videla hizo en vida, para no confundirse, para enterrar con él el tiempo en que vivió en libertad en su casa de Belgrano como si fuera un vecino más con el que compartimos el ascensor, los pasillos, la puerta de entrada.

Los que creen en la justicia divina pensarán en su juicio. Si esto es cierto, puede Videla encontrar en el otro mundo quien lo defienda, aunque no hallará quien lo indulte.
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