miércoles, 12 de junio de 2013

La caída de los pianos


No recuerdo cuantos años tenía cuando  cayó ante mí, como un piano mal embalado en un quinto piso, la primera gran mentira: la verdadera historia de Melchor, Gaspar, Baltasar y Papá Noel.  Algunos años después, en la adolescencia,  leí Venas Abiertas de América Latina y dije: así no me contaron la historia en el colegio. Entonces entendí que ciertas verdades en las que creemos con fervor y patriotismo, con la raíz profunda del alma, se caen fácilmente, que hay otras verdades que por alguna razón permanecen ocultas y que existen personas que las cuentan de un modo más lógico, claro, preciso. Tan claro y preciso que cierran los porqué, los para qué y los a favor de quienes.
Y tomé distancia como en la escuela en la formación de filas, primero de los dogmas de fe, de creer o reventar, de lo que leía en los diarios que nada  me dijeron nunca sobre los reyes magos ni los gobiernos en América Latina como me había contado Eduardo Galeano. Y entiendo que quienes no tuvieron los mismos padres que yo, ni leyeron los mismos libros, ni tuvieron la suerte de contar con amigos que agrandaban su ojo derecho desde el párpado inferior con el índice y te decían al oído “mirá que…”  crean en otras cosas y vayan a misa y practiquen el budismo, sean judíos ortodoxos, sean peronistas de primera hora o de primer recreo, vistan esa horrible combinación de colores azul y amarillo.
No los trato de ignorantes, necios, obtusos. No les deseo la muerte, la extinción total y definitiva,  ni la iluminación, ni la conciencia cívica, ni el porcentaje de solidaridad necesario, ni la humanidad, simplemente respeto sus elecciones personales. Cada uno es responsable de portar el calibre de pensamiento con el que anda armado por la vida. Claro está que no admito determinadas miserias, ni son amigos míos todos los que aparecen como tales según Facebook.  Los requisitos para estar en el imperfecto  círculo de mi errante alma  son muchos y no todos lo resisten. Qué le vamos a hacer, es parte de haber tenido esos padres, esos colegios, esos amigos, esos libros, esas esposas, estos hijos. En definitiva, éste círculo contribuyó en gran medida a ser lo que soy.
Cuando leo historias de fracasos que se  repiten me pregunto porqué. Porqué se tropieza con la misma piedra, porqué se elige tomar un camino que lleva al sufrimiento, a la enfermedad, a la marginación al porcentaje más alto de la población. Porqué hay un club de privilegiados muy selecto y exclusivo que vive en un nivel y una mayoría en otro muy bajo. Y ato cabos, y trato de ver donde comenzó todo, con cual gobierno, con que ministro con que plan, que pasa con las nuevas ideas de todos los colores, que pasa con el socialismo, con los liberales, con los gobiernos dictatoriales. Y leo que se cayó el bloque socialista y me decían los predicadores aquellos con los que empecé a tomar distancia hace unos años,  que era el fin de las ideologías, que entrábamos en la globalización con una sola economía justa para todo el mundo. Y la globalización fue otro globo inventado por los poderosos para que China fabrique lo que antes fabricaban ellos así ahorraban en sueldos para su personal. Un producto terminado por un plato de arroz. Despidos masivos y el que venga a  ocupar un puesto que lo haga por estas monedas.
Y mi país, como todos menos uno en América Latina, en otros años y con otros gobiernos, hizo lo que la gran receta de los grandes cocineros mundiales decía. Se pusieron frente al televisor como ahora los fanáticos de la cocina con el Canal Gourmet y tomaron nota, y pusieron los ingredientes necesarios para una buena torta neoliberal, una de esas tortas explosivas que provocan tantos disturbios en Europa y en el planeta en sí. Esas tortas que le caen tan pesada a los mismos de  siempre, a los que están afuera de ese club selecto y exclusivo que contaba antes. Y la receta dice privatización de las empresas, achique del personal del estado, mayor poder a los bancos, reducción de inversión pública, achique en los presupuestos de educación y salud, en síntesis algo que se llama entre los tecnócratas “Ajuste” y está muy bien porque lo que se ajusta el nudo de la soga que terminará ahorcándote.
Mi país no sigue las recetas del Fondo Monetario y del Banco Mundial. Va por otro camino, que a compañeros de ruta latinoamericanos también le está dando sus frutos. Yo creo en esto por aquello de los padres, los libros, los amigos. Y entiendo que otros crean otras cosas y otros caminos que les deben parecer mejores que el que yo veo y en el que creo que hay que seguir, aunque nos critiquen en el Mundo civilizado, aunque nos aíslen como siempre aislaron al desobediente mandándolo al rincón, aunque nos pongan las orejas de burro. Me podrán decir los que creen en otras cosas que los suyos son caminos mejor asfaltados, mas iluminados, rápidos, seguros. Yo no les deseo la muerte, la extinción total, el estado de gracia que los ilumine para ir por esa ruta.
Este es el que soy y por eso pienso lo que pienso y elijo.
La receta neoliberal no fue para mí ninguna sorpresa. Es difícil, después de saber de memoria Pulgarcito, Blancanieves, La Cenicienta, que me sorprendan con un nuevo piano mal embalado.
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