jueves, 13 de febrero de 2014

Como en el teatro

Dicen que es la magia del teatro la que encandila a niños y adultos. El público olvida que son simples marionetas o actores los que tiene enfrente y se entrega. Se entrega sin reparos, y forma parte de esa historia que ellos cuentan, interpretan, experimentan, crean ante nuestros maravillados ojos.
Cosa extraña ésta, la de la magia y la vida de lo inanimado. Como un texto traza un periplo sin escalas visibles ni determinadas por los mapas, entre el papel que lo contiene y ese mundo que con manos de orfebre lo trabaja, lo pone en marcha, le confiere sentido.
En esta imagen apenas se ven los hilos negros, que luego de unos minutos de acción, nadie tiene en cuenta, ni siquiera el titiritero, atento a los gestos de sus actores.
Y ésta imagen también está colmada de analogías. Como en aquellos lugares donde tampoco es fácil ver los hilos ni a quien o quienes con arte y destreza los manipulan. No dejó títere con cabeza, repite el refrán popular. ¿Habrá sido despiadado o justiciero?
Fuera del mundo del teatro también hay actores, dramaturgos, guionistas, tramoyistas, iluminadores. Ellos montan, a su manera,  con estilo pulcro, perfeccionista, estudiado hasta el agotamiento, otras escenas para que el público las interprete, tal cual ellos desean.
Y a veces sucede algo extraño. En medio del movimiento desarrollado en el proscenio, la fuerza de la interpretación, la trama de la historia, la influencia de las luces, el giro dramático de los hechos, la entonación de las voces, todo lo confunde. Y el público no distingue si continúa siendo espectador o ya es marioneta.
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