sábado, 14 de marzo de 2015

Nudo


No son precisos los datos en cuestiones geográficas. Se entiende, en la lectura del texto recuperado, que el relato se desarrolla en algún país del hemisferio sur. No se mencionan coordenadas ni latitudes, se cuenta la historia como la vivió el protagonista.

Los años, el polvo y la humedad volvieron ilegible el nombre del autor.

Había un país enredado, maldito, que sufría la perfidia de la Diosa Fortuna. Sus avatares naturales, pestes, guerras internas, catástrofes climáticas no eran distintas a las de cualquier otro país del Mundo. Sus épocas de bonanza escasas y sus penurias muchas. Vivía en un permanente enredo entre la codicia inescrupulosa de un grupo de sus habitantes y la mirada voraz de los imperios, siempre a punto de invadirle, siempre listos como boys scouts a hacerse de sus riquezas naturales. Como toda nación joven parecía presa de un comportamiento dísloco, adolescente. Nadie creía que haya sido casual que este continente fuese cuna de innumerables rebeldes, dispuestos de manera natural y permanente a alzar su voz disconforme y hasta sus armas si fuese necesario.
Sus mandatarios solían mirar hacia otras latitudes. Sus clases dominantes comparaban el desarrollo de países serios y rectos, de conducta ejemplar, con éste maldito que les había tocado en suerte.
Los hombres de fe creían que este suelo no cayó en gracia a los ojos de Dios. Los astrólogos atribuían su decadencia a cierta extraña alineación de los astros. Los especialistas en finanzas aseguraban que las épocas de vacas flacas tenían su origen en factores de mercado, que siempre se iba en contra de la corriente, que sus planes fracasaban por un pueblo que carecía de sensatez, austeridad y compromiso.
Se sucedían los gobiernos y los planes. Se interrumpían los ciclos democráticos por otros impuestos a sangre y fuego. Se vivía en una locura permanente, en la más grande desazón y hasta se pisó el infierno de una guerra.
Se aplicaron cientos de recetas a tantos males que aquejaban al país, alentando a la esperanza orientada en la medicina sanadora, difundiendo las virtudes y los buenos oficios de apellidos patriotas que sabían cómo hacerlo, que sabían cuáles eran las herramientas apropiadas para terminar de una vez por todas con el nudo que los conducía inevitablemente al fracaso.

Alguien, no se sabe cómo, no se sabe cuando, se animó a tirar de la punta del ovillo. Alguien con voluntad, dispuesto a desenredar la madeja tejida con precisión durante años. Y dio con el nudo, con el núcleo, con el agujero negro donde caía y se hundía hasta desaparecer la justicia, la igualdad ante la ley, la equidad, la educación, la salud, la paz de sus habitantes.
Gritos de horror invadieron las calles. Se rasgaban las vestiduras los demócratas y los hombres de honor ante los hechos oscuros colocados como pruebas ante sus incrédulos ojos. Historias medulares de seres comunes y mortales habían tejido la madeja. Crímenes aberrantes, estafas, vaciamientos, injusticias, despojos habían sucedido ante miradas silenciosas y cómplices. No fueron los mercados, ni Dios, ni los astros. Eran personas con nombre y apellido, eran empresas con marcas prestigiosas, eran doctores, clérigos, rabinos, médicos, periodistas, escritores, artistas, eran mandatarios, corporaciones, entidades bancarias, instituciones, las que armaron la fábula del nudo y el país enredado.
Lo siguieron a este hombre otros. Algunos en agradecimiento por haber emprendido la tarea en hacer públicas las verdaderas causas de tantos infortunios. Otros, porque informados, vaya a saber uno cómo, ya que siempre hay una historia oficial y ésta por alguna razón carece de rigor y de método, exaltaron el valor  del desenmascaramiento.
El resto de la hojas se han estropeado. No se sabe cómo siguió la historia. Puede que este accidente haya sido natural, o sea obra de Dios, los astros, los especialistas. Me inclino a pensar que son estos últimos, eternamente solícitos a regresar al plácido confort que ofrecen sus nudos.
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