sábado, 26 de noviembre de 2016

Tomo partido


Estoy a favor del toro en las corridas y del león en los safaris, de los rebeldes en las revueltas, sobre todo en aquellas que combaten los marines. Mis héroes no usan capa ni antifaz, ni vuelan por los aires, ni manipulan rayos poderosos. Son, fundamentalmente, humanos hasta la médula.

Cuando el imperio más poderoso de la historia bloquea, hostiga y combate a una pequeña isla presto atención. Si su fuerza, la encargada de los trabajos sucios, ésa cuya sigla es la palabra Compañía en castellano, reconoce oficialmente haber trabajado en 634 atentados contra un hombre, inmediatamente pienso que han sido más los crímenes cometidos, y sospecho que fueron impulsados por el miedo de que ése mal ejemplo se propague.

Han llovido, como llueve hoy en Buenos Aires, contra él miles de acusaciones. Y han mezclado su imagen de dictador con la de otros que, mientras le sirvieron al imperio, fueron sus ejemplares aliados.

Su eterna, poderosa e indómita rebeldía ha oficiado de faro para varias generaciones de jóvenes que creyeron que otro mundo es posible.

En los principios de su gesta heroica eligió como compañero de armas a un argentino, otro ícono que no pudo sepultar el fin de los tiempos y las utopías. Juntos iniciaron un periplo desde México para desembarcar en Cuba y construir su cuartel rebelde en la Sierra Maestra. Juntos entraron triunfales en la Habana. El argentino tuvo otro sueño y para poder cumplirlo se separaron.

Algo me dice que pueden volver a encontrarse en este momento o renacer, con otros nombres, en el alma de dos niños y que, pasado un tiempo, algo parecido a lo que ya sucedió se repita. Y el sabor de la justicia se pueda paladear en otras bocas.
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