Nelly

 


Hoy, en la mitad de mi segunda semana de vacaciones, escribí un poco. Me traje un par de textos incompletos, una idea a desarrollar sobre un nuevo espectáculo y algunos borradores. Comencé un proyecto nuevo inspirado en una corta caminata desde el lugar donde me hospedo hasta la rambla, aproximadamente una cuadra y media, con la intención de encontrar vacío el banco en el que una tarde conversamos con mi hermana sobre insolubles conflictos familiares, anhelando que su magia continuase intacta y que yo pudiese hacer viajar a mi corazón al otro lado del río, donde no lejos de su casa, en una cama extraña, con una máscara de oxígeno colocada, mi madre esperaba que la batería de antibióticos venciera a una neumonía. Llevé un solo cigarrillo, el encendedor y las llaves del departamento que me prestó un generoso amigo, quien a esta hora en que yo escribo, duerme.

Cuando me enteré de la noticia sobre la internación de mi madre quedé fijado, suspendido, en ciertas imágenes, en algunas fotos de la infancia y en una vida que lleva noventa y un años en los que le cuesta encontrar momentos de felicidad, y allí queda, ante la insólita pregunta, detenida, repasando un arduo inventario como un buscador de perlas.

Nada de lo que sus hijos podamos hacer parece suficiente. Ella no demanda otra cosa que atención pero no puede elegir qué le gustaría hacer, a quién visitar, qué lugar cercano recorrer. Entonces si resultan dolorosos, agraviantes los reclamos de los domingos después del almuerzo cuando le pedimos que se mueva como su médico prescribe, como da cuenta la lógica para conservar la salud. Muchas veces responde con una verdad irrefutable: no tiene ganas, ya hizo mucho, ya cocinó los suficientes platos para todos, ya planchó camisas y delantales escolares, ya rezó por todos y nos cuidó en fiebres, paperas, sarampiones, ya atravesó la densa bruma de los miedos cuando llegó el momento de cumplir con el  servicio militar obligatorio y luego la guerra de Malvinas. Cuando una peritonitis exigió cuarenta y ocho horas de espera para saber si su hijo mayor se salvaba o pasaba a reposar en el Parque de los quietos. Ya pasó por el sufrimiento de una hija ante cada cura de su oído, y nosotros creíamos que había exageración en esos gritos hasta que nos enteramos que sus tímpanos perforados estaban en carne viva y las tres gotas que había que administrarle tenían una alta dosis de alcohol. Ahora pareciera que esos hijos toman revancha de arcaicos retos y penitencias y los devuelven con tasa de interés incluída.

Lleva un peso enorme en las espaldas, un kilo por cada año donde fue descubriendo que no existe la familia perfecta, del doloroso error al construir un hogar en la casa de sus suegros, de tener que compensar el invalorable asilo con el cuidado y el oficio de enfermera para ellos cuando pasaron los años como a ella le pasaron. No quiere recordar su infancia en Alpachiri, Tucumán, su viaje a Buenos Aires, sus trabajos como empleada doméstica en familias acomodadas de zona norte, un barrio residencial donde una tarde, en un colectivo, se encontró con mi padre.

Ya habló lo que tenía que decir, sin saber si perdonó imperdonables infidelidades, la férrea y despótica disciplina que impuso un suegro de personalidad explosiva, porque al fin de cuentas era su casa y bajo su arbitrio nacían y se cumplían las reglas.

Una inteligencia superior la alumbraba, desaprovechada por un autoexilio en una comarca cuyos límites los marcaban una cocina y un lavadero. Sabía lo elemental y con eso le alcanzaba para hacer proezas con la economía familiar con los exiguos ingresos de un marido taxista y luego camionero en una fábrica textil.

Inmenso viaje hizo en un tren más largo que el transiberiano y más añorado que el Estrella del Norte, servicio de ferrocarril que la trajo a Buenos Aires como antes había traído a su tía, y que la llevó de regreso pocas veces, incluso conmigo muy pequeño en una travesía que selló mi amor incondicional por los trenes.

Tiene sus secretos bien guardados, lecturas de situaciones en que la ha guiado más su intuición que su razonamiento, escuchas fraccionadas con las que supo hilvanar la trama completa que la motivó. Una chispa de humor ácido e ingenio que a veces acompañaba con un gesto de picardía o una risa silenciosa. Una inteligencia superior para conseguir lo que quería sin pedirlo, para lograr una aprobación, habilidad que me inspiró a bautizarla como “El Cardenal Richelieu". En algunos desvaríos por su enfermedad soltó algunas frases que nos parecieron incongruentes pero que estoy seguro tendrían su sustento.

Lleva consigo escenas de dolor imborrables. Yo fui testigo de dos: cuando volvió de la clínica donde nació la menor de mis hermanas y Haydee, la esposa de mi tío Ernesto, mientras ella almorzaba, le recriminó la falta de conciencia para traer al mundo a un tercer hijo cuando a duras penas podían sostener a dos.

Mi padre estaba en el dormitorio cuando escuchó los gritos y su intervención originó la ruptura definitiva con su hermano, una división familiar que se sostuvo con el tiempo y marcó el fin de las fiestas familiares compartidas. El otro lado de la historia dice que mi tío Ernesto, de mejor posición económica que mi padre, comparaba suertes con su hermano, esgrimiendo que mi padre con sus magros ingresos pudo tener tres hijos y él con lo abultado de los suyos solo dos. Este reclamo había sido la mecha que detonó la discusión. Mi hermana menor cargó con el estigma de haber dividido a la familia con su llegada al mundo.

En ciertos ciclos de su enfermedad, en un discurso catártico, repasa como en un rosario las penurias desentendiéndose de eso que llaman destino.

En todos estos años la vi perder el control en dos ocasiones: la última fue en un brote de su demencia temporal transitoria cuando llegué a su casa acompañado de mi pareja de entonces cuando ella me había pedido hablar a solas. Se convirtió en un volcán de gritos e insultos. La primera fue una tarde, cuando antes de poner a lavar los pantalones de trabajo de mi padre, vació sus bolsillos y encontró una carta de amor que le había escrito a mi padre una mujer.

Su viaje a Córdoba no tuvo muchas explicaciones: “Mamá necesita descansar” fue la respuesta oficial. Pasó unos días en la casa de su tía Alcira. No sé si además de asilo recibió consejos. No sé si meditó sobre lo que había pasado. La historia volvió entre quejas una tarde, muerto ya mi padre, ante sus hijos, en un discurso catártico, sin comas ni puntos seguidos, en uno de esos sermones que detonaba la demencia, para que tomemos nota de que en la vida hay episodios que no sepulta el olvido.

La vida en color sepia, como el suplemento que venía con el diario La prensa los domingos. Mario Levrero, el escritor uruguayo, quiso escribir la novela luminosa. El lado luminoso de la novela sobre la vida de mi madre está en los capítulos que hablan del amor incondicional para sus hijos, por los amigos de sus hijos, a quienes les daba el cariño que según percibía acertadamente les faltaba. Marcelo, mi amigo de la infancia, vivió en su casa unos meses. Varios compañeros de colegio pasaban de visita para recibir un poco del sol del hogar y eso la reconfortaba tanto como vernos disfrutar su tarta de duraznos y su torta trenzada de vainilla con limón. Era generosa en gestos amorosos. Silvina, una amiga de la secundaria y su beba tuvieron asilo en momentos difíciles. Silvina me dijo que nunca le preguntó ni le cuestionó nada, que allí estaba Nelly con su plato de comida y su gesto maternal para escuchar lo que quisiera decir. Cuentan que una vez, siendo un bebé, me dejó sin aire en medio de besos y abrazos. Ella contaba que me llevó al pediatra porque no lloraba y el médico se rió porque el llanto era el reclamo común de las madres y ella lo estaba consultando por mi silencio.

Así como inspiró mi amor a los trenes, me inició en el vicio de la correspondencia epistolar, cuando agregábamos algo de nuestra actualidad a una carta que ella les escribía a sus hermanos en Tucumán o a su tía en Australia. El amor por la correspondencia, como el de los trenes, se sostiene hasta hoy y aquello que en mi infancia me parecía mágico, hoy me resulta imprescindible. Poner la voz en una carta, poner el alma. Antes que germinaran las primeras poesías y las primeras letras de canciones escribí esas cartas. Ella y mi padre me convencieron de que escribía bien, que tenía talento para la poesía y la prosa. Una herencia que impregna mi escritura y mi inmenso amor por la literatura. La vereda del sol de su lado luminoso.