La música, entre otras propiedades indiscutibles, tiene un efecto reparador sobre mí y mis estados de ánimo. En estos momentos, mientras escribo, suena Fiona Apple, una artista que descubrí gracias al Maestro Claudio Lafalce en su estudio de grabación mientras trabajábamos en mi disco.
Hay personas que
para cambiar el ambiente, la energía, las vibras de un lugar, encienden un
sahumerio. Yo pongo música. Mis gustos son amplios. Charly tiene la virtud de
pulsar mis cuerdas íntimas con sus acordes y con sus letras. El tío Paul o el
tío John, Génesis, Yes, Liszt, Fito, Spinetta, música uruguaya forman parte de
mis listas musicales que pueden durar sonando horas, no importa en qué momento
del día. Y cuando descubro a alguien que me conmueve lo busco en Internet para
escucharlo. He perseguido durante años canciones que escuché una sola vez. La
querida Mariluz Pagani, cuando la angustia le pesaba como un yunque en el medio
del pecho ponía el Adagio de Albinoni y lloraba despojándose de todo el lastre.
Muchos hablan sobre el poder sanador de Mozart y hay pruebas efectuadas con
pacientes internados en hospitales. ¿Amadeus sabía algún secreto sobre la
combinación de algunas notas? ¿Porqué para Beethoven la Quinta sinfonía es Dios
llamando a la puerta?
Cuando hijos o
amigos me recomiendan escuchar el trabajo de alguien recurro al rito de la
adolescencia: me siento en un sillón cómodo y lo escucho con atención, no lo
pongo de fondo para hacer otra tarea. No me distraigo del mensaje que están
intentando enviarme. Así sucedió con Keith Jarret hace poco, un disco
recomendado por mi amiga Adriana Grotto en una carta hace años y encontrado por
mi hija por la descripción que yo mantenía viva sobre la tapa de esa joya.
Siempre digo que
el humor es sagrado para mí. La música también. Recuerdo con mucho cariño
ciertas viejas escuchas de discos en casa de amigos. La máquina de hacer
pájaros, a 18 minutos del sol, Gismonti. Permanece intacto en la memoria el
préstamo de mi amigo Ariel Presta (no es un juego de palabras) cuando me confió
el doble de “Adios Sui Géneris”
Están cercanos
también, con inalterable precisión, algunos recitales e inflo el pecho cuando
cuento que escuché “Inconsciente colectivo” antes de que apareciera editada en
un disco inolvidable.
Las aplicaciones
ayudaron a contar con música mientras viajo, a cicatrizar alguna herida, a
tener presente que dentro del basural en que se ha convertido el mundo en que
vivimos, con sus miserias, con sus guerras, existe la música que siempre ayuda
a anestesiar o a hacer más soportable el dolor.
Cuando pienso en
todos los libros que están pendientes de mi lectura también pienso en toda la
música que no escuché.
Las elecciones
musicales son tan variadas como los días y sus climas. Puede que los huesos me
pidan algo con buen ritmo, temas más relajados, más sinfónicos, más ricos en
melodías, más conmovedores en sus letras. Recuerdo a gente que ya no frecuento
por sus recomendaciones musicales. Cuando vivía en Palermo el dueño de un
kiosco que estaba a una cuadra de mi casa me recomendó a Joaquín Sabina. Yo
solo había escuchado, maravillado por la letra, Pacto entre caballeros, donde
Joaquinito describe una noche de juerga con un trío de bandoleros que fue a
asaltarlo, lo reconocieron y terminaron en una noche de excesos que selló un
acuerdo que Sabina cumplió: hacerles una canción. En breve me hice de todos los
discos y escuché con atención sus letras.
Una tarde Bobby
Flores, en su programa de radio, nos angustió a todos con su consigna: ¿qué
disco rescatarías para pasar tu vida en una isla desierta? Él eligió Revólver
de los Beatles. Yo creo que el primer doble solista de Charly que incluye la
banda sonora de la película “Pubis angelical” en uno y “Canción de dos por
tres” en el segundo.
Voy a cortar acá porque el disco que estaba escuchando llegó a su fin.