domingo, 14 de diciembre de 2008

El Arte Transformador


Ralph Owen es al bisturí lo que Dalí fue al pincel. Una proporción efectuada con exactitud por un matemático. Este siglo queda transformado con su estilo y su arte. Ralph Owen es capaz de convertir a Silvester Stallone en Julia Roberts con nueve cicatrices perfectas hechas en un solo trazo. Y a eso no llegó con una mañana de inspiración, con los años en la Universidad de Maine o con su doctorado en París. “Aprendí a hacer cirugía estética viendo desfiles de moda” dijo una vez.

La historia de Owen no es sencilla. ¿Qué fue lo que inspiró a Owen a ser cirujano y no matarife? ¿La tortuosa fealdad materna como recuerdo de la niñez? ¿La persecución por recuperar la belleza de una novia muerta durante las preparatorias? ¿El descarrilamiento aquella tarde del tranvía de San Francisco? Es cierto que hoy es uno de los hombres de mayor fortuna de Hollywood y ha perdido popularidad al declararse a favor de las dictaduras en Latinoamérica.

En una biografía no autorizada escrita por Stephen Sheen se desliza que en un centro de atención clandestino que abrió en las Bahamas operó y modificó los rasgos de muchos perseguidos políticos, de célebres delincuentes y de ricos acomodados por el poder. En ese capítulo se detallan sus eventuales pacientes y sus exitosas intervenciones. El ex presidente de Argentina, capital de Río de Janeiro, se hizo tres transformaciones en su clínica para ganar con otra imagen tres exitosas elecciones. Alguien cercano al quirófano cuenta además jugosas charlas y da muestras del sentido del humor de Owen. Cuando oscultó al mandatario janeirino dijo sobre su nariz. “Esto no parece un tabique, parece la serpentina de un calefón”, chascarrillo que provocó carcajadas entre los dos asesores presidenciales presentes, su elige-corbata y su elige-gato.

Su obsesión por alcanzar el detalle perfecto es todo un signo con el que se rige su vida. Sus tres esposas, finalistas todas en concursos internacionales de belleza, detallaron en el libro de Sheen pormenores que Ralph Owen no se ocupó en desmentir.

Cuenta Jeniffer Ryan, la primera en casarse con el cirujano que se sentía permanentemente observada por el cirujano plástico más requerido y mejor remunerado del mundo. Una mañana, mientras tomaban el desayuno, observó: “Tu nariz no te favorece con el sol de la mañana. Corregiremos ese detalle.” Una semana más tarde entraba al quirófano con un seriado de fotografías tomadas en el jardín de la mansión a las 10.30 a.m.

Sus afirmaciones le trajeron numerosos enemigos. “Se preguntan porqué me separo de mujeres tan hermosas luego de haberlas operado. Soy un artista y me siento satisfecho como un pintor cuando termina un cuadro. Cuando un cuadro se termina de pintar hay que colgarlo.”

He operado a mis siete hijos de distintas imperfecciones estéticas y cuando los miro muchas veces experimento una sensación ambigua: si los reconozco como padre, los detesto como pacientes y viceversa. Pude disimular la sonrisa estúpida de Warren, me resultó imposible atenuar la severidad de sus cejas.

Un político argentino vino a mi clínica a operarse los glúteos porque no le gustaba cómo le caían los pantalones. Un buen sastre le hubiese salido más barato pero jamás hubiese descubierto que la mejora en la caída de los pantalones lo haya conducido a la homosexualidad.

Muchas veces su consultorio fue requisado por personal de la CIA y el FBI por las sospechas de que temibles criminales se hayan tratado para cambiar de rostro. “Cierta noche se presentó un adinerado empresario y cuando lo anestesiaba me confesó: “Yo era cartero”. Intenté persuadirlo que para cartero esa cara no estaba nada mal.

Continúa lamentándose sobre alguno de sus mayores éxitos: “Pamela Anderson, todo un caso. Logramos pronunciar sus curvas con unos trazos incisivos con el bisturí pero las siete onzas de colágeno nos hicieron transpirar.

Todas sus pacientes mujeres terminaron siendo tapas de revista: Sophia Loren, Pamela Anderson, Julia Roberts y Diane Keaton un par de semanas antes de entrar a los sets de filmación. Cameron Díaz un poco antes de casarse. Gail Stevenson unas horas antes de entrar a la prisión de Cleveland.

Creo que mi mayor virtud es saber escuchar a las mujeres que recurren a mi técnica y alcanzar la exactitud de lo que me piden. Es difícil el primer contacto. Uno debe escucharlas con atención y por lo general tienden a divagar. Muchas veces me tientan a disimular con un error de trazo la práctica de una lobotomía que termine con el principal problema de la paciente.

En Nueva Jersey tuvo problemas con la ley al ser sorprendido en una razzia por personal policial participando de una orgía con menores. “Calumnias con las que siempre he peleado con la prensa. Me he negado rotundamente a dar primicias, a hablar de la historia clínica de mis pacientes. Quieren hacerle creer a la población que no hay diferencias entre Mengele y yo. Creen que por dinero puedo aceptar cambiarle el rostro a cualquier criminal. Hace poco se acercó a mi consultorio un ex ministro de economía de un país sudamericano que ahora no recuerdo para decirme “Doctor, me gustaría contar con sus servicios. Con esta cara no puedo salir de mi casa”. Lo observé atentamente y le dije: “Estimado, con ese rostro usted no debería salir de su baño.”

Practico lo que sé y para lo que estudié durante años tomando en cuenta que el trabajo que voy a realizar me estimule, opere como motivador por el riesgo, por la dificultad, por la imposibilidad o por los honorarios.

Siempre mantuvo su lugar distinguido en el ranking de escándalos. Hizo frente a muchos juicios al evidenciar su más excluyente contradicción. El equilibrio de un pulso firme a la hora de practicar una incisión, se contradecía con su impulsiva y cruel manera de responder a simples consultas.

La multimillonaria Anne Stevenson concurrió a su consultorio con el hijo menor de una integrante de su ejército de servicio doméstico. La señora Stevenson lo denunció por discriminación pese a estar dispuesta a abonar los gastos que el prestigioso cirujano exigiese. La consulta duró solo unos segundos y el diálogo ganó espacio en todos los medios. Según cuenta la señora Stevenson, versión que Owen nunca desmintió, aconsejada por sus amigas a que comenzara la charla ponderando las aptitudes del cirujano plástico (su egocentrismo lo hacía proclive a escuchar con mayor atención todo comentario cuyo principio tuviese un cumplido) le dijo: "Doctor, este niño es hijo de una persona a quien yo aprecio y que sirve en casa desde hace años. Está preocupada por la fealdad de la criatura y estamos convencidos que sus manos maestras pueden corregir estas imperfecciones", a lo que Owen respondió mirando de reojo al pequeño: "Señora, tanta preocupación y sufrimiento se pudieron haber evitado si en vez de traer este niño a mi clínica lo hubiese llevado al Puente de Brooklyn. Un método más eficaz y barato de hacer mejoras sobre esa infeliz expresión es esperar Halloween y comprar una buena máscara con forma de calabaza".

No tengo nada contra la gente de color. Cada uno llega al mundo como puede, pero aprendo de mis errores como ninguno de mis colegas. Hay rasgos que la naturaleza marca a fuego. Fui uno de los que intentó cumplir el deseo de Michael Jackson y lo único que logré después de tres horas de sudar como un beduino es dejarle una quijada cuya forma me recordaba a un par de mocasines que utilizo para practicar golf. Si los negros vienen al mundo con esa cara y esos labios por algo será. Ningún blanco toca la trompeta como ellos. Prefiero dejarlos como están. Uno de mis pasatiempos es el jazz y no tengo porqué estropearlo por mis estúpidas obsesiones.

Otro caso que cobró notable repercusión pública fue el juicio de la revista Selecciones Readers Digest. Cansado de esperar una respuesta por una entrevista, un periodista de la editorial se presentó en su mansión de Beverly Hills donde fue invitado a pasar y a esperar a Owen en el jardín. El periodista vio venir al cirujano tirando de la correa de dos mastines que lanzaban tarascones al aire. Owen se detuvo a unos diez metros de donde estaba sentado y le dijo: "El pasquín para el cual usted trabaja hizo una espantosa nota sobre uno de mis atletas preferidos. Desde donde usted se encuentra a la verja hay 75 yardas. Voy a soltar estos perros para poder observar mi reloj y tomar el tiempo en que usted tarda en saltarla. Comprobaremos si son idóneos para criticar a un deportista olímpico". Acto seguido y cuando el periodista había llegado a la mitad del parque, según el testimonio de Owen en el juicio, el más bravo de los perros se zafó de su control. El alegato del periodista fue expresado por una intérprete que con mucho esfuerzo escuchó los sonidos guturales que amortiguaban las vendas.

Odio a los que critican las acciones armadas de nuestro país cuando la única arma mortal que sostuvieron en sus manos fue una caña de pescar. Odio a los críticos de música cuando uno pone un triángulo en sus deformadas y torpes manos y al tocarlo desafinan. Odio a los críticos de cine a los que uno les pide que saquen una fotografía y al observarla considera los estragos que hace el Parkinson sobre algunas personas. Odio a los críticos de teatro cuyas excelentes condiciones actorales le permitieron representar a un árbol en un acto estudiantil. Odio a los que escriben notas sobre mi persona cuando nunca estuvieron a una distancia que les permita opinar sobre el perfume que llevo ese día.


Controvertido, odiado por mucha gente y amado hasta la veneración por notables personalidades, Ralph Owen es un personaje distinguido de las últimas décadas. Entre los que lo detestan existen los que se pondrían ya en sus manos con absoluta confianza para que "enmiende algunas distracciones del Supremo, que no puede atender un quirófano colectivo".

Palabra de Owen.
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