viernes, 5 de marzo de 2010

Los vuelos


El sol y las nubes, el sol y las nubes y de nuevo el sol como aquel día.

La historia de mi vida y de mi pueblo desde aquí, tan pequeñita. Esos campos, el arroyo, los silos y este mundo lleno de paz y silencio que gana altura con mi altura. Siento que soy un alma con un sentido heroico y allá voy con mi carga.

Y aquí voy.

No me animé a volver a ver lo que quedó después del impacto. Se que la nave está en un museo que jamás visité. Era un capítulo cerrado de mi vida, para transitar mansamente a éste en que sigo siendo un héroe, aunque algunos no se animen a preguntarme cual es la diferencia, en qué se parecen estos vuelos a aquel otro, si le temo a la muerte y solo sueñan en silencio que preguntan y tienden a agitar sus pañuelos cuando me ven pasar.

Sacanta no es tan distinta al mar a veces. Hay días en que la niebla está casi al ras del suelo. Pero yo soy libre siempre, libre con la prolongación y la supremacía de mis alas.

En la paz del cielo me reencuentro con mi mundo tan lejano. Aquellas fiestas patrióticas en la escuela, ese 25 de mayo sin Cabildo, ni llovizna y yo sobrevolando la flota inglesa.

El piloto Ricardo Lucero en combate. Sentí el impacto de la respuesta al fuego y supe que tenía que eyectarme. El viento y la suerte corren carreras a veces y si uno es piloto sabe que el peligro es grande cuando eso sucede. Mi paracaídas se enganchó en uno de los mástiles de una fragata y caí sobre el océano sin poder liberarme, y atravesé el barco por debajo sintiendo de cerca en esas aguas el frío de la muerte.

Los ingleses filmaron mi rescate, la imagen del oficial británico apuntándome con su fusil cuando estaba tendido en el suelo boca abajo, con su bota en mi cabeza, recorrió el mundo.

Lucero prisionero de la flota enemiga.

Estoy en Sacanta, en vuelo, con mi avioneta, dejando mi carga, tan distinta a aquella otra, fumigando los sembradíos. Vuelo a poca altura del suelo y soy libre, con la supremacía y la prolongación de mis alas de ángel.

Quizás los diarios digan que perdí el control, quizás, como aquella vez, el viento y la suerte corrieron una carrera que no vi.

Siento el viento y la supremacía de mis alas y mi pueblo abajo tan pequeñito.
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